La tendencia a escribir, rayar y pintar ya lleva tiempo y se especula hasta sobre la prehistoria de estas prácticas hablando de antiguos rituales, cifrados accesos al conocimiento, astrología, magia, esoterismo y el comienzo de las ciencias. Hacer inscripciones sobre paredes en lugares públicos como manifestación moderna, si vamos a ubicar un marco temporal más cercano y algo arbitrario, lleva ya al menos medio siglo ampliamente documentado. En diferentes luga- res del mundo las pintadas tuvieron impactos diferentes.Desde la revolución francesa, vemos rebrotar en diferentes momentos de efervescencia histórica búsquedas de democratización, de homogeneización social, de procurar la atención a necesidades y deseos de las poblaciones.
El mayo francés es siempre la primer imagen que me viene de gente haciendo manifestacio- nes en la calle con conciencia de visibilidad pública, usando spray en las paredes para escribir frases cortas y también con imágenes pensadas para llamar la atención. En un muro parisino se veía: “Las paredes tienen oídos. Tus oídos tienen paredes.” El Mayo del ’68 fue la mayor huelga general de la historia de Francia, y posiblemente de Europa occidental. Y se encuadró dentro de una ola de protestas que recorrió el mundo durante todo el año de 1968, y años siguientes, Figura 2. De ese tiempo quedan recuerdos, imágenes, anécdotas y algunos íconos de la contracultura: desde barricadas, pasando por la rebeldía que significaba pelo largo entre los hombres, o la minifalda en las mujeres, hasta el uso masivo de graffitis en tonos políticos, artísticos o como parte de otras búsquedas. Ya hoy depende dónde y para quién el graffiti puede tener un elemento liberador de fuerzas sociales, o la imposición de un grito de batalla que se busca acallar, o captar para otros fines. En 1968 proliferaron los grafitis en Francia, sobretodo como un elemento contracultural liberador en un momento de estallido. Lo mismo pasaba en la Berlín de 1989 con los destrozos contra El Muro que era golpeado y pintado en el oeste como no lo había sido antes. Si se toma que 1968 y 1989 fueron momentos de ebullición y se los compara con la actualidad del pixação no es porque sean momentos idénticos políticamente. Tal vez un elemento común entre esas agitaciones sociales sea el de dejar rastros físicos en paredes.
De ayer a hoy, las intervenciones urbanas se han multiplicado hasta casi copar las ciudades. De un lado, no hay una gran integración entre los ciudadanos como habitantes de la ciudad. Rem Koolhas, arquitecto-urbanista, sentenció que la calle está dividida entre los consumidores y los ilegales, y fue más lejos al decir simplemente que “la calle murió”. Por eso, descubrir que la calle se divide entre estos dos grupos, sostiene, lleva a una tentativa –vana– de resucitar la vida urbana, por vía del arte público que está por todas partes. De otro lado, que el arte urbano esté en todos lados –banalizado por el autor holandés–, también al mismo tiempo le puede dar su
Figura 2: Mafalda camina por una calle en Latinoamérica. Años ’70
[Fuente: QUINO: Mafalda 9]
fuerza. Quizás ya no potencia en un sentido estético-artístico clásico pero sí como una potencia social que puede plantearse como novedad histórica. Lo que en 1968 y 1989 era explosión de molotov hoy es lo cotidiano de la ciudad por explorar.
Desde los 60s hay gente que reclama haber tomado las calles y paredes de la gran ciudad yanqui. Con Nueva York se inició y popularizó la cultural joven de invadir las calles con in- tervenciones. Las variantes de firmas nacieron con simples letras en fibra hasta convertirse en trazos rápidos de tags y sofisticados diseños de muchos colores en varias capas. Las etapas que salieron de los vagones de tren y subte, impulsados con la ayuda más amplia de la cultura del hip-hop, se volvieron plaga hasta el punto de alarmar los costados serios de la ciudad. Las ideas y la mano dura de la época Giuliani se hicieron ícono sobre la tolerancia cero a las interven- ciones urbanas y otras ofensas menores, que “arruinaban el clima de una ciudad tranquila”. En Nueva York no faltaron los pasos hacia el mundo artístico, con grandes exponentes que tran- sitaron entre las grandes galerías y la calle. En Estados Unidos, en alguna medida aparecieron todas las gamas de color del graffiti: las pandillas minoritarias después se popularizon con el hip-hop hasta hacerse fenómeno mundial, de otro lado el arte y las galerías se movieron en otros círculos que en alguna medida le hablaban a las masas y en otro modo se apartó de la masificación mayoritaria. De lo que en ’69 era nuevo y parte de lo que en ’89 se terminaba,
hoy se busca no un mero rompimiento sino una nueva cotidianidad. No tenemos los mismos monumentos del pasado, ni se los necesita. Con el pixação se abre una doble historia: por un lado, una historia no oficial de los olvidados; pero también al mismo tiempo, por otro lado, se ve una nueva historia que no está en otro plano, sino que es nuestro presente, así como la vemos, o como se la ignora. Las intervenciones están presentes, las atendamos o no. En São Paulo es muy raro encontrar lugares que no estén pintados, intervenidos.Hay dos excepciones principales. Una son los lugares demasiado apartados de la ciudad. Ahí los pixadores, si bien vi- ven periféricamente a la ciudad, pierden interés por no ser lugares tan visibles. Otra excepción de lugares donde se pinta menos son los lugares de vigilancia permanente y donde pintan de nuevo todo, como es en residencias de alto nivel económico. Dos ejemplos de esto se pueden encontar cerca de la Avenida Paulista: primero, a pocas cuadras de la avenida principal hay edificios altos con perímetro de rejas a distancia de la torre de viviendas de manera de hacer un largo camino para llegar hasta el predio; un segundo ejemplo está alejándose más cuadras de la Paulista donde está el barrio de Jardins, ahí la clave para pocas pintadas puede estar me- nos en la vigilancia sino en el hecho de que circula poco transporte urbano –de ómnibus, tren o metro–, y por lo tanto también se pierde visibilidad pública.