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RECUERDOS DE LA ÚLTIMA NOCHE PASADA EN ROMA

In document Ovidio - Tristes Y Ponticas (página 86-95)

Es esta la elegía más famosa con mucho de cuantas compuso Ovidio durante su destierro y una de las más bellas de toda la colección. Llena de un gran lirismo y patetismo evoca de una forma dramática la última noche pasada en Roma junto a los suyos, antes de partir hacia el exilio. Es, pues, una evocación, un recuerdo, y no la descripción de una realidad contada sobre la marcha.

Por lo que se refiere a su contenido, es decir, el tema de la despedida, no era la primera vez que Ovidio lo abordaba en su poesía 4S, pero esta vez lo vivía y sufría en sus propias carnes; no se trataba, pues, de un mero recurso retórico, sino de una vivencia personal, y eso hace que el poema esté impregnado de un gran sentimiento y dramatismo.

En cuanto a su forma, la misma presentación de la elegía está hecha, como muy bien comenta Delia Corte 49, en forma de tragedia, con unos protagonistas y un coro, y estructurada en cuatro partes bien delimitadas: vv. 5-26, 27-46, 47-70 y 71 hasta el final, todas ellas introducidas por partículas temporales que delimitan las respectivas escenas o cuadros de la elegía. Pues

48 Cf. Metam. XI 441 y sigs., y H eroid. VII: en las M etamorfosis se trata del adiós de Ceix y en las Heroidas del de Dido.

la presentación de la despedida es eminentemente visual, por cua­ dros o escenas: no en vano comienza el poeta con el término imago y una imago tristissima, que recuerda una noche de duelo de un funeral, tal y como el poeta nos hace ver mediante el reite­ rado empleo de la imagen ‘despedida = muerte, entierro’. Y es que, como muy bien comenta Y. Bouynot, «todo partir es en cierto modo morir» 50.

Esta elegía fue escrita con toda probabilidad durante el pro­ pio viaje, en alguno de los altos hechos en el camino, concreta­ mente, como opina Delia Corte 51, en un puerto del Epiro.

Cuando me viene al recuerdo la funesta imagen de aque­ lla noche, en la que transcurrieron mis últimos momentos en Roma, cuando recuerdo la noche en la que abandoné a tantos seres queridos, todavía ahora se me escurren las lágrimas de los ojos.

5 Ya se acercaba el día en que el César me había ordena­

do que abandonara los confines de Ausonia. Yo no tuve ni el tiempo ni la tranquilidad suficiente para hacer los preparativos52: mis facultades se habían entorpecido debi­ do a la larga espera. No me había ocupado ni de los escla- ío vos ni de escoger compañeros de viaje, ni me había cuida­

do del vestido o existencias apropiadas para un desterrado. 50 Op. cit., pág. 56.

51 I b id .

52 Los preparativos a que se refiere Ovidio, como él mismo nos dice más adelante en el v. 10, son los relativos al vestido y a las existencias que el poeta llevaría consigo para el viaje, es decir, dinero, alimentos, etc. Por lo que al vestido se refiere (cf. M. Do l ç, op. cit., pág. 103), los desterrados llevaban una indumentaria especial consistente en la pae­ nula, una especie de casaca o abrigo, provista de un capuchón (el cucu­ llus), y en las fajas que envolvían las piernas (cruralia); a veces, en lugar de la capucha o cucullus, llevaban un sombrero de fieltro de alas anchas, usado por los campesinos y los marineros y que era de origen macedonio.

Me quedé pasmado de la misma manera que aquel que, herido por el rayo de Júpiter, sigue con vida, aunque ni él m ismo tiene conciencia de su propia vida 53.

Pero cuando el propio dolor hubo disipado la nube 54 que envolvía mi espíritu y empezó a despertarse por fin mi sensibilidad, a punto ya de salir hablo por última vez 15

a mis afligidos am igos de los que, entre los muchos que había tenido, sólo quedaba uno que otro 55. Mi amante esposa 56, llorando ella misma más amargamente que yo, me abrazaba mientras yo tam bién lloraba, hasta el punto de que una verdadera lluvia de lágrimas caía sin cesar sobre sus mejillas que no lo merecían. Mi hija 57 se hallaba ausen-

53 Este símil del rayo, para referirse a su condena, es muy del gusto de Ovidio, por la referencia simbólica a Augusto, bajo la figura del Padre de los dioses: cf. nota 17 del libro I.

54 Una nueva alusión a la imagen de la tormenta o tempestad (cf.

Ow e n, Tristia: líber primus, cit., pág. 44).

55 La alusión al motivo del abandono de los amigos será un tema constantemente presente en la poesía del destierro.

56 Se trata de Fabia, la tercera esposa de Ovidio, con la que éste se casa alrededor de los cuarenta años. Era una joven viuda de la noble familia de los Fabios y emparentada, al parecer, con Marcia, prima de Augusto y esposa de Fabio Máximo (cf. P ónt. I 2, 136). Bastantes auto­ res han pensado que, con este matrimonio, el poeta aspiraba a ocupar el puesto cercano a Augusto que había dejado vacante la muerte de poe­ tas como Virgilio y Horacio. Lo que sí parece evidente es que esta tercera esposa tuvo bastante que ver en el hecho de que Ovidio centrara bastante su vida y serenara su producción poética.

57 Se refiere a su hija Ovidia (cf. De l l a Co r t e, op. cit., II, 218), tenida en su segundo matrimonio y casada con Fido Cornelio, que se encontraba ausente de Roma, por hallarse con su marido en la provincia de África, de la que éste era procónsul. N o se debe confundir a Ovidia, la verdadera hija del poeta, con su hijastra Perila, aproximadamente de la misma edad que la anterior, casada con Suilio Rufo, que sí que debía de hallarse presente la noche de la despedida de Ovidio de Roma (cf. nuestra introducción a Trist. III 7).

20 te, lejos, en las costas africanas, y no pudo saber nada

de mi aciago destino. Adondequiera que dirigieras la mira­ da no se oían sino gem idos de dolor, y el interior de la casa ofrecía el aspecto de un funeral ruidoso 58. Mujeres y hombres y hasta los siervos lloran por mi muerte y en el interior no hay rincón que no esté arrasado por las lágri-

25 mas. Si está permitido emplear grandes ejemplos en los pequeños sucesos 59, ése era el aspecto de Troya cuando fue tom ada.

Ya se iban acallando las voces de los hombres y de los perros, y la Luna, en lo alto del cielo, conducía sus caballos nocturnos. M irándola con los ojos hacia arriba 30 y contem plando a su luz el C apitolio 60, que en vano estaba cercano a mi casa 61, digo: «Divinidades que habi-

ss La imagen metafórica ‘muerte = condena del poeta’ domina por com­ pleto esta elegía y es un motivo m uy reiterativo en estos poemas del des­ tierro (cf., por ej., Trist. I 1, 118; I 3, 89; I 4, 28; I 7, 38; I 8, 14, y Pónt. I 9, 17; II 7, 48; III 5, 33; IV 16, 48 y IV 16, 51, entre otros pasajes).

59 Este verso, como muy acertadamente comenta M. Do l ç (op. cit., pág. 104), nos recuerda el m otivo virgiliano empleado en Eel. I 23, y en Georg. IV 176. Por nuestra parte, añadiríamos que, tanto en el texto de Virgilio, como en éste de Ovidio, en la confrontación que se hace de ‘lo pequeño’ y ‘lo grande’ subyace una alusión a la oposición temática de diversos géneros literarios com o didáctica/épica o elegía/épica: en los dos casos, con ‘lo grande’ se alude a motivos épicos.

60 Con el plural Capitolio, que encontramos en el texto latino, parece querer aludir Ovidio a las dos cimas de esta colina romana del Capitolio; la de la ciudadela y aquella en que se levanta el templo de Júpiter, que era el auténtico Capitolio (cf. M. Do l ç, op. cit., pág. 105).

61 En el texto latino encontramos el término lari, equivalente en este caso a domus. Como se sabe, los Lares eran los dioses del hogar, hijos de la ninfa Lara, amada por Mercurio, y venerados por los romanos como dioses protectores de la casa. Se les invocaba en todas las alegrías

táis estas moradas vecinas 62, tem plos que mis ojos no con­ templarán ya nunca más, dioses que he de abandonar, a los que honra la elevada ciudad de Quirino 63, ¡recibid mi adiós para siempre! Y aunque tom o tarde el escudo, des- 35

pués de caer herido, descargad al m enos mi huida del peso del odio; y al divino varón 64 decidle qué error 65 me sedu­ jo , no vaya a pensar que hay maldad donde sólo hay una equivocación; que el autor de mi castigo sienta vuestra mis­ ma convicción; una vez aplacado este dios, yo podría dejar 40

de ser desgraciado».

d o m é s tic a s y e n c u a l q u ie r n e c e s id a d o r ie s g o d e lo s c o m p o n e n te s d e l h o ­ g a r (P. Gr i m a i, op. cit., p á g . 3 0 7 ).

62 Las divinidades cuyos templos estaban situados en el Capitolio eran las que formaban la llamada «tríada Capitolina», es decir, Júpiter, Juno y Minerva.

63 Quirino es uno de los dioses romanos más antiguos, junto con Jú­ piter y Marte. Los datos más antiguos coinciden en presentarlo como un dios guerrero de origen sabino, relacionando su nombre con la ciudad latina de Cures: al parecer, es el dios de la colina del Quirinal, tradicio­ nalmente indentificada con los sabinos. Du m é z il (La religion romaine archaïque, París, 1966, págs. 246 y sigs.), sin embargo, sostiene la teoría de que Quirino era el dios protector de los campesinos y no de los guerre­ ros, lo que vendría apoyado por el término Quirites, aplicado a los ciuda­ danos civiles en oposición a los soldados. Al morir Rómulo, Julio Prócu- lo extendió la noticia de que se había aparecido en sueños y que le había revelado que se había convertido en el dios Quirino, por lo que debían elevarle un templo en el Quirinal, cosa que se hizo. Este último sentido de Quirino = Rómulo es el que tiene en este texto concreto (cf. P . Gr i­

m a l, op. cit., pág. 462 y 471).

64 Como ya hemos dicho (cf., por ej., notas 17 y 5 3 de este mismo libro), es frecuente este tratamiento de Augusto como divinidad a lo lar­ go de los poemas del destierro, en el deseo del poeta de adular al Empe­ rador, buscando el levantamiento o aminoración de la pena.

65 El término error, frecuentemente empleado por Ovidio (cf., por ej., Trist. II 98-100), refleja su falta de culpabilidad consciente y califica su culpa de un mero ‘desliz’ o ‘equivocación’.

Con esta súplica m e dirigí yo a los dioses; mi mujer con muchas más, aunque sus palabras quedaban entrecor­ tadas por los sollozos. Ella incluso, postrada de hinojos ante los Lares, con el pelo desgreñado, besó con su boca

45 tem blorosa el fuego ya apagado, y a los Penates 66, que

teníam os enfrente, dirigió muchas palabras que habrían de resultar inútiles en favor de su llorado esposo.

Ya la noche que tocaba a su fin impedía todo retraso y la constelación de la O sa Parrasia 67 había dado la vuelta sobre su eje. ¿Qué debía yo hacer? El dulce amor a la so patria me retenía; pero aquella era la última noche antes del exilio que se me había decretado. ¡Ah! ¡Cuántas veces, al ver que alguno se apresuraba a hacer los preparativos, dije: «¿Por qué te das tanta prisa? Piensa en el lugar hacia donde te apresuras a marchar y en el que abandonas». ¡Ah! ¡Cuántas veces fingí haber fijado de antem ano, com o más

55 indicada, una hora para mi marcha! Por tres veces llegué a pisar el umbral y por tres veces se me hizo volver, y hasta mi propio pie, indulgente con mi ánim o, era reacio a marchar. M uchas veces, después de haberme despedido, com encé a hablar de nuevo largo rato y, com o si estuviera marchándome, di los últim os besos. Muchas veces hice las

66 Eran los dioses protectores del interior de la casa, los dioses de la familia, mientras que los Lares lo eran del exterior de la casa. Los Penates se veneraban en un recinto sagrado, situado en el interior del hogar (penetralia), y cada familia tenía sus propias divinidades a las que rendía culto en dicho recinto.

67 Parrhasis A rcto s es la Osa Arcadia u Osa Mayor. La ninfa Calisto, hija de Licaón, rey de Arcadia, fue transformada por Juno en osa por ser amante de Júpiter y haber concebido de él a su hijo Árcade, que fue también convertido en oso. Posteriormente, Júpiter los transformó a ambos en constelaciones del cielo, formando Calisto la Osa Mayor y Árcade la constelación de Arturo. A la Osa se la llama ‘Parrasia’ por el Monte Párrasis de la Arcadia, de donde era natural Calisto.

mismas recomendaciones y me engañé a m í mismo, vol- 60

viéndome a mirar una y otra con mis propios ojos las pren­ das de mi amor. Por últim o, digo: «¿Por qué me apresu­ ro? Es a la Escitia 68 adonde se me envía y Roma la que he de abandonar: una y otra son un justo m otivo para mi tardanza. Estando aún con vida se me niega para siem­ pre a mi esposa que vive aún, mi casa y el dulce afecto de sus fieles miembros, así com o los amigos a los que 65 quise con amor fraternal, ¡oh vosotros, corazones que ha­ béis estado unidos a m í con una fidelidad com o la de Te­ seo 69! Mientras me esté permitido, os abrazaré; tal vez, no me sea posible hacerlo nunca más; el tiempo que se me concede debo considerarlo com o gracia». Sin retraso alguno ya, no termino ni de hablar, abrazando a todos 70

los que me son más queridos.

Mientras hablo y lloram os tod os, había aparecido bri­ llando en lo alto del cielo Lucífero 70, estrella funesta para mí. Me separo com o si abandonara mis propios miembros, y una parte de mi cuerpo parecía que era arrancada de la otra. A sí fue el dolor de M etió cuando unos caballos 75

lanzados en sentido contrario fueron los vengadores de su traición 71. Entonces estalla el clamor y los gemidos de los

68 Bajo el nombre de Escitia se alude a la región situada allende el Mar Negro, al norte del mundo conocido por los romanos y habitadas por pueblos nómadas del norte de Europa y de Asia.

69 La fidelidad de Teseo era legendaria, ya que éste acompañó a su amigo Pirítoo hasta los Infiernos con el fin de raptar a Prosérpina y quedó allí prisionero de Plutón para siempre.

70 Lucífero es el nombre latino del griego Fósforo, nombre dado a la estrella Venus como anunciadora de la mañana, mientras que se deno­ mina Véspero en su aparición a la caída de la tarde.

71 Alusión a Metió Fufecio, rey albano que, por su traición a Roma, fue condenado por el rey romano Tulo H ostilio a ser atado a dos cuadri-

míos y las manos de aquellos desgraciados se golpean los pechos desnudos. Entonces mi esposa, aferrándose a mis so hombros mientras ya partía, mezcló con mis lágrimas estas tristes palabras 72: «Tú no puedes serme arrancado; juntos nos iremos de aquí, juntos», dijo; «te seguiré y así seré la esposa desterrada de un desterrado. También a mí se me ha impuesto la marcha y a mí también me recibe el confín del mundo; yo seré una ligera carga para tu nave 85 de prófugo. A ti ha sido la cólera del César la que te ha ordenado abandonar tu patria, a mí el amor conyugal: este amor será mi César». Tales cosas eran las que intentaba ella conseguir, como lo había intentado ya antes, y a duras penas cedió ante el interés de su permanencia en Roma.

Salgo, o más bien aquello era ser llevado al sepulcro 90 sin haber muerto 73, escuálido, con el pelo desgrañado sobre mi intonso rostro. Ella, enloquecida por el dolor (se­ gún se me ha dicho), perdidos los sentidos, cayó desvane­ cida en medio de la casa. Cuando volvió en sí, con los cabellos afeados por el sucio polvo, y levantó sus miem-

95 bros del frío suelo, dicen que prorrumpió en lamentos

por ella misma, por los Penates abandonados, y que invo­ có repetidas veces el nombre del esposo que se le había arrebatado, y que se lamentó como si hubiese visto coloca­ dos sobre la pira los cadáveres de su hija y su marido jun­ tos; que deseó morir, y muriendo perder sus sentidos, gas que, tirando en direcciones opuestas, lo descuartizaron (cf. T i t o L i- v i o , H i s t , I 2 8 ).

72 Como muy bien observa De ll a Co r t e (op. cit., pág. 220 del vol.

I I ) , las palabras que Ovidio pone en boca de su esposa son propias de una dama de elevada educación y cultura, tal y com o parece que debía de ser Fabia (cf. nota 56 de este mismo libro).

73 Recuérdese lo dicho en la nota 58 de este libro, acerca de la imagen ‘muerte = destierro’, reiterativa a lo largo de estos poemas.

pero que no murió por consideración hacia mí. ¡Que viva! 100

Que viva y, puesto que así lo han querido los hados, me sostenga 74 continuam ente con su ayuda en mi ausencia.

74 Sublevet lo hemos traducido por ‘sostener’ para subrayar de esta forma la imagen metafórica subyacente en este verbo, ya que la condena al destierro de Ovidio es interpretada por éste como la casa que amenaza derrumbarse en ruinas, y su esposa actúa com o apuntalamiento para evi­ tar la caída del edificio.

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