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TEMPESTAD EN EL ADRIÁTICO

In document Ovidio - Tristes Y Ponticas (página 79-86)

Aunque propiamente el poeta nos describe en esta elegía una tempestad real que le sorprende en el Mar Adriático, poco des­ pués de su salida de las costas de Italia, presumiblemente del puerto de Brindis, nos inclinamos a pensar, sin embargo, que, cuando menos, subyace en todo este poema la imagen de la nave zarandeada por la tempestad que, como ya hemos dicho, simbo­ liza la situación adversa que vive nuestro poeta. Véanse, a este respecto, las continuas alusiones a su castigo perfectamente im­ plicadas en la trama de la elegía, hasta el punto de que más pare­ ce tratarse de una tempestad simbólica que de una real. Y es que no conviene olvidar, como muy bien observara ya O. Kro­ ner 27, que la tempestad en la poesía elegiaca, aparte de un pre­ texto o motivo narrativo, contribuye con frecuencia a simbolizar el estado de ánimo del poeta. De ahí que, al par que estamos ante una descripción objetiva del fenómeno natural de la tempes­ tad, nos encontramos también ante una visión subjetiva o auto- descripción anímica del poeta 28.

En el aspecto estilístico, esta elegía nos recuerda, en lo que a la descripción de la tempestad propiamente dicha se refiere, un pasaje paralelo de la Eneida 29.

21 «Elegisches Unwetter», Poetica 3 (1970), 388-408.

28 De nuevo remitimos a nuestro ya cit. estudio «La imagen de la nave...».

¡Dioses del mar y del cielo (pues, ¿qué otra cosa sino las súplicas me quedan?), no destrocéis los fragmentos de esta maltratada barca 30 y no os suméis, os lo suplico, a la ira del gran César! A menudo, ante el acoso de un dios, otro nos presta su ayuda. Múlciber 31 era contrario a 5 Troya, Apolo 32 estaba a su favor; Venus era favorable a los teucros, Palas h o s til33. Juno 34, enemiga encarnizada

30 Aunque hemos traducido ratis por ‘barca’, propiamente se usa pa­ ra referirse a una ‘balsa’. Y no es que aquí se trate en realidad de una balsa, sino que, como muy atinadamente comenta M. Dolç (op. cit., pág. 92), el poeta considera la nave que le transporta como una simple balsa a merced de la tempestad.

31 E n el texto latino tenemos el término Mulciber, Έ1 Fundidor’, que es uno de los epítetos más corrientes para designar a Vulcano, dios del fuego, que poseía una fragua en la que preparó las armas de Aquiles, que tanto daño producirían entre los troyanos. Vulcano, el Hefesto grie­ go, hijo de Zeus y de Hera, dios cojo de nacimiento, según se nos dice en la Iliada (I 571 y sigs.), arrojado por eso del Olimpo por su propia madre cayó en el Océano, donde fue recogido por Tetis que lo salvó y crió, por lo que le estuvo profundamente agradecido y, con motivo de la Guerra de Troya, luchó al lado de Aquiles, hijo de Tetis, para quien fabricó las famosas armas del héroe (cf. P. Gr im a l, op. cit. págs. 228-229, y A. Ruiz d e El v ir a, op. cit., págs. 83 y sigs., 108 y sigs., y 425 y sigs.).

32 Por el contrario, el dios A polo, hijo de Zeus y Leto y hermano de Ártemis, estuvo a favor de los troyanos en su contienda con los grie­ gos: entre otras razones, le unían lazos sentimentales con el pueblo troya- no, como por ejemplo su amor por la joven Casandra, hija de Príamo, y por la misma Hécuba, esposa del rey troyano, de quien tuvo un hijo, Troilo (cf. A . Ruiz d e El v ir a, op. cit., págs. 418 y sigs., y P. Gr im a l,

op. cit., págs. 35 y sigs.).

33 Para entender mejor el posicionamiento de ambas diosas en el con­ flicto de Troya, conviene recordar el fam oso juicio del troyano Paris, declarando a Venus como la más bella de las diosas, con el consiguiente enfado de Minerva y de Juno.

34 Juno, ‘hija de Saturno’, esposa de Júpiter y reina de los dioses, se había declarado abiertamente hostil a todos los troyanos a raíz del jui-

de Eneas, era más favorable a Turno 35; pero aquél estaba, sin embargo, protegido por el favor divino de Venus. A menudo, presa de su furor, Neptuno atacó al cauto Uli-

10 ses 36, pero a menudo también Minerva lo arrancó de las

manos de su tío paterno. Y a mí, a pesar de la distancia que me separa de todos éstos, ¿quién impide que alguna divinidad me ayude mientras otro dios 37 está airado? In­ feliz, pierdo en vano palabras baldías: pesadas masas de 15 agua inundan mi rostro mientras hablo, el terrible Noto dispersa mis palabras y no deja que mis súplicas lleguen a los dioses a los que van dirigidas. Así pues, los mismos vientos, para que no me vea dañado por un solo lado, empujan a no sé dónde mis velas y mis súplicas. ¡Ay des­ dichado de mí! ¡Cuán grandes montañas de agua se preci-

2o pitan dando vueltas en torno nuestro! Se podría pensar

que estaban ya a punto de tocar los astros más elevados del cielo. ¡Cuán grandes valles se abren a nuestros pies al hendirse las olas! Podría pensarse que estaban a punto de alcanzar el negro Tártaro. Adondequiera que miro, no veo sino mar y cielo: el uno, hinchado por las olas; el

25 otro, con amenazadoras nubes. Entre ambos braman con

espantoso zumbido los vientos: el agua del mar no sabe

cio de Paris; por ello, sería la eterna enemiga y perseguidora del troyano Eneas.

33 Turno, caudillo de los rútulos y adversario de Eneas en la segunda parte de la Eneida, y con cuya muerte acaba el poema virgiliano. De ahí que gozara del favor de Juno, la tradicional enemiga de los troyanos. 36 Ulises se convierte en blanco del odio de Neptuno, después de que aquél cegara a su hijo Polifem o. El calificativo fero x va referido a Nep­ tuno de modo circunstancial, mientras el de cautus se dice de Ulises de modo habitual.

37 Se refiere, naturalmente, a Augusto, a quien el poeta califica reite­ rativamente de ‘dios’.

a qué señor obedecer, pues ya el Euro sopla desde el pur­ púreo Levante, ya llega el Céfiro desde el tardío Occiden­ te, ya el gélido Bóreas se enfurece como una bacante desde el árido Norte, ya el Noto lucha en sentido opuesto 38. 30

El piloto duda y no sabe qué dirección evitar o seguir: ante esta peligrosa incertidumbre su misma pericia se asom­ bra. Sin duda vamos a perecer y no hay esperanza alguna de salvación, y mientras hablo el agua cubre mi rostro. El oleaje va a ahogar mi respiración y voy a recibir las 35

aguas homicidas en mi boca en balde suplicante. Y, sin embargo, mi fiel esposa no se duele de otra cosa que de mi destierro: ésta sola de mis desventuras conoce y llora. Ella ignora que mi cuerpo es zarandeado por las olas en alta mar, no sabe que me hallo a merced del viento y des- 40

conoce asimismo que la muerte está a mi lado. ¡Cómo ce­ lebro no haberle permitido embarcar conmigo! Así la muer­ te, ¡ay desdichado de mí!, hubiera tenido que sufrirla por dos veces. Pero ahora, aunque yo muera, como ella está a salvo, sobreviviré al menos en mi otra mitad. ¡Ay de 45

mí! ¡Con qué llama tan rápida han brillado las nubes! ¡Qué gran fragor resuena desde el etéreo cénit! Las olas golpean las tablas de los costados de la nave con no menor violencia que aquella con la que los pesados proyectiles de la ballesta baten las murallas. Esta ola que avanza sobrepuja a todas las demás: es la que sigue a la novena y la que precede a la 50 undécima. Y no es que tema la muerte, pero éste es un género de muerte miserable. Sustraedme al naufragio y la

38 En estos versos nos ofrece Ovidio una enumeración de los cuatro clásicos vientos homéricos, hijos de la Aurora y de Astreo o Tifón: el Euro o viento del Sudeste, vulgarmente llamado ‘levante’; el Céfiro o viento del Poniente, suave y templado, que anuncia la primavera; Bóreas o Aquilón, el viento gélido y seco del Norte, y N oto o Austro, viento cálido y húmedo del Sur.

muerte será para m í un regalo. Ya es bastante que el que muere de muerte natural o violenta pueda depositar, al mo-

55 rir, su cuerpo sobre tierra firme 39, hacer sus últimas re­

com endaciones a los suyos, esperar una sepultura y no ser­ vir de pasto a los peces del mar. Suponed que soy digno de tal género de muerte; yo no soy el único que va en este navio: ¿por qué mi castigo debe* arrastrar consigo a estos inocentes?

D ioses del cielo y dioses verdes que cuidáis del mar,

60cesad ya unos y otros en vuestras amenazas y la vida que me ha concedido la ira clementísima del César, dejad que pueda llevarla, ¡desdichado de m í!, hasta los lugares a los que se me ha ordenado ir. Si, por el contrario, queréis que pague el castigo m erecido, mi culpa, a juicio del pro-

65pió César, no merece la pena de muerte. Si el César

hubiera querido enviarme a las aguas estigias 40, no hubie­ ra necesitado para eso de vuestra ayuda. Mi vida no debe resultarle odiosa: y lo que me dio, cuando quiera, me lo puede quitar. Vosotros, al m enos, a los que no creo haber

70ultrajado con ninguna ofensa, contentaos ya con mis males, os lo suplico.

Pero, aunque todos vosotros quisiérais salvar a este des­ dichado, un ser que ha sucumbido no puede quedar ya a salvo. Aunque el mar se calme, aunque los vientos me sean favorables y aunque vosotros me perdonéis, no por eso voy a ser menos desterrado.

39 Hemos preferido la lectura solida de los códices T y B, seguida por Owen, por creer que con ella el texto cobra más fuerza: el horror del romano a la muerte en naufragio y su deseo de que ésta ocurra en tierra firme.

40 La laguna Estigia (o río Estigio) estaba situada en los Infiernos; de ahí que se utilice, con cierta frecuencia, como en el presente caso, para designar simplemente a la muerte.

N o es por el deseo de amasar riquezas sin fin , por 75

m edio del intercambio de mercancías, por lo que yo surco el vasto mar; ni me dirijo a Atenas 41, a la que en otro tiempo fui con deseos de estudiar; no voy a visitar las ciu­ dades de Asia, ni los lugares antes vistos, ni se me ha orde­ nado ir a la célebre ciudad de Alejandro para contemplar, so alegre N ilo, tus diversiones 42. Si pido vientos favorables, ¿quién lo podría creer?, es hacia la tierra de Sarmacia a la que se dirigen mis velas. Me com prom eto con votos a alcanzar la margen izquierda del inhóspito Ponto 43. De lo que me quejo es de alejarme tan lentamente de mi patria. Para ver a los tomitas situados en no sé qué lugar del mun- 85 do es por lo que intento abreviar la ruta por m edio de mis v o t o s 44. Si es que m e queréis, calmad estas olas tan grandes y que vuestra potencia divina sea propicia a nues­ tro navio; y si es que, más bien, me odiáis, dirigidme hacia la tierra a la que se me ha ordenado ir: parte de mi castigo 90

está en esa región.

¡Llevad mi nave, rápidos vientos! ¿Qué es lo que hago aquí? ¿Por qué mis velas se dirigen hacia los confines auso- nios? 45. N o es esto lo que ha querido el César: ¿por qué

41 Ovidio, como casi toda la juventud estudiosa romana, marchó a Atenas a completar su formación cultural, especialmente en filosofía y elocuencia, especialidades en las que Grecia contaba con grandes maestros.

42 Alusión a la fama de Alejandría en aquella época, debido a sus muchos atractivos por sus fiestas, diversiones y demás placeres.

43 Ovidio debió de entrar en el Bósforo procedente del Egeo; por ello, la ciudad de Tomos queda situada a su izquierda, en la margen oeste del Mar Negro.

44 El contraste existente entre los versos 75-80 y 81-86 es evidente. Contraste lleno de ironía y sarcasmo: el poeta pide a los dioses la salva­ ción del naufragio y, por ello, desea llegar cuanto antes al lugar del des­ tierro, pese a lo sorprendente que ello pueda parecer.

retenéis vosotros al que él envía al destierro? Que la tierra

95 del Ponto contemple mi rostro. Él lo ha ordenado así y

yo lo he merecido. Los delitos que él ha castigado, no creo que sea lícito ni justo defenderlos. Ahora bien, si las accio­ nes humanas no escapan a los dioses, sabéis que en mi delito no hubo malignidad 46. Es más, si sabéis que fue loo así, si me enajenó mi error y mi mente pecó por incons­

ciencia pero no por maldad, si (cosa permitida hasta a los más humildes ciudadanos) favorecí siempre la casa de Augusto, si sus órdenes públicas fueron para mí suficien­ tes, si bajo su principado he celebrado la prosperidad de nuestro siglo, si he ofrecido incienso en honor del César ios y de los magnánimos Césares 47 ; si tales fueron mis sen­

timientos, ¡perdonadme, entonces, oh dioses! Si no, que una enorme ola me sepulte cayendo sobre mí.

¿Me engaño o empiezan a disiparse las pesadas nubes y vencida cede la ira del mar que se va calmando? No es por azar; sois vosotros, invocados aunque sea bajo con­ dición y a quienes no es posible engañar, quienes me ofre­ céis ahora vuestra ayuda.

de la Campania y parte de la zona meridional del Lacio, es decir, la zona en que dominaba la lengua osea, pero se utiliza con frecuencia este nombre para designar a Italia en general.

46 Continuo ritornello en la poesía ovidiana del destierro. El poeta asegura una y otra vez que es inocente, que en su culpa o delito no hubo intencionalidad, es decir, conciencia de cometer el delito o falta que se le imputaba. Fue, pues, un simple error, una ‘metedura de pata’ involuntaria e inconsciente. D e ahí que en los versos siguientes diga que su muerte fue ‘ciega’ o ‘necia’, pero no ‘malvada’ o ‘culpable’.

47 El César, naturalmente, es Augusto, y los Césares son los adopta­ dos como tales, o sea, Tiberio, adoptado por Augusto, y Germánico, adoptado por Tiberio.

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