idea de que no todos los riesgos son iguales. Dicho entendimiento implicaría permitir que el menor se enfrente (bajo nuestra supervisión) a situaciones que conlleven un nivel de riesgo que pueda ser asumido. Por ejemplo; si su hijo quiere apren- der a patinar, usted puede decidir no permitírselo por temor a que se caiga y se haga daño o bien puede considerar dejar que su hijo apren- da a patinar. En el caso de que se haya inclinado por esta segunda opción es evidente que no le quedará más remedio que asumir las caídas que su hijo pueda tener. A cambio, éste, después de haber sufrido varias caídas entenderá que está realizando un compor- tamiento que entraña un riesgo, pero poco a poco irá descubrien- do que existen determinados movi- mientos, que él puede hacer para evitar caerse, lo cual reducirá con- siderablemente su sensación de riesgo y aumentará su percepción de control y seguridad.
De esta manera, cuando este mismo chico decida o tenga que aprender algún otro deporte, sabrá reconocer el proceso que debe seguir para minimizar el riesgo y potenciar su destreza sin dejarse abatir por el miedo o aumentar su peligrosidad por la osadía que, a veces, conlleva la ignorancia.
En definitiva, dejar que nuestros hijos experimenten por sí mismos cierta sensación de riesgo, les ayu- da a desarrollar las estrategias y habilidades que algún día necesi- tarán poner en práctica.
Otro aspecto fundamental que los padres no deben ignorar es el hecho de comprender que, del mismo modo que el menor debe irse aprovisionando de estas habi- lidades, también deberá forjar la suficiente confianza en sí mismo como para percibirse capacitado para enfrentar situaciones de ries- go. Dicho de otro modo, tan impor- tante como ser válido es creerse válido.
El docente se enfrenta con asidui- dad a alumnos adolescentes que aún con sobrada capacidad para enfrentar situaciones conflictivas, se vienen abajo y se perciben a sí mismos incapaces y sobrepasa- dos por los acontecimientos. En muchas ocasiones una generosa dosis de conanza en uno mismo, mostrándoles con pruebas de rea- lidad que están sobradamente capacitados para resolver sus con-
ictos, suele ser el “empujón” que necesitan para decidir “tomar las riendas” de la situación.
Para fomentar
la valía de los adolescentes es importante:
Permitirles que, a través de su propia experiencia, tomen con- ciencia de sus comportamientos y reacciones ante una situación de riesgo.
Concederles la oportunidad de comprobar que son capaces de resolver exitosamente las dificul- tades a las que se enfrentan.
Evitar hacer hincapié en los actos fallidos que no desembocan en la resolución del problema, ayu- dándoles a interpretarlos como parte del aprendizaje y no como fracasos por falta de capacidad.
Reforzar cada intento de reso- lución de una situación difícil, po- tenciando cada uno de los logros conseguidos y de las habilidades empleadas en ello.
Generar en el menor el senti- miento de capacidad compartien- do con él nuestras expectativas de éxito ante cada situación que hubiera de afrontar.
Hacerle participe de que enten- demos las dicultades que puede estar experimentando ante una situación compleja.
Ejercicio:
Marian esperaba con impacien- cia su 18 cumpleaños para poder sacarse el carné de conducir. Pero su ilusión se fue transformando en frustración y rabia, pues aunque pasó la prueba teórica a la pri- mera, es ya la tercera vez que sus- pende el examen práctico. Marian no solamente se siente incapaz de aprobar el examen, sino que últi- mamente ni siquiera se cree capaz de enfrentarse a él.
Recabando información sobre la forma en que sus padres están vivien- do esta situación, des- cubrimos que los días previos a la temida prue- ba la conversación entre ellos y su hija suele tener un guión similar a éste:
- Marian, supongo que recuerdas que pasado mañana te examinas otra vez del coche…
- Sí, papá, no hace falta que me lo recuerdes porque por desgracia lo tengo bastante presente.
- Si ya me imagino, pero tenerlo presente no te va a ayudar a apro- bar. Como suspendas otra vez yo no sé de dónde vamos a sacar el dinero.
- Ya lo sé pero ¿qué quieres que haga? Desde luego ya no voy a dar más clases. ¡Total, para lo que me sirven!
- Pero hija, por Dios, piensa un poco en lo que haces mal porque no es normal suspender tantas veces un simple examen de con- ducir.
- Pues no, no es normal, debe ser que yo soy más tonta que el resto del mundo. Según el profe- sor conduzco bien en las clases pero luego en el examen no sé qué me pasa que no acierto una. - Pues, Marian, eso sí que es un problema porque sin examen no hay carné. Hija no te martirices más. Si esto se va a convertir en un problema, pues lo dejas y pun- to. Mira, tu madre no tiene carné y siempre ha ido donde ha querido. Tampoco es una tragedia; hay cosas más importantes que tener un carné de con-
ducir.
- Ya pero a mí me hace mucha ilusión.
- Ya, hija. pero así es la vida.
Preguntas para la reflexión individual o en grupo:
De qué manera crees que pue- de estar influyendo el padre de Marian en su di cultad para apro- bar el examen.
Reconstruye tu propia conver- sación con Marian de manera que potencie su autoestima.