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Redes de Coordinación e Intercambios

nos han ido conduciendo a la

TRES PRINCIPIOS BASICOS: 1 La política de desarrollo y la articulación

II. Redes de Coordinación e Intercambios

El tratamiento de este capítulo tal vez se enrede un poco al ir brincando desde nuestro proceso de articu-lación armónica dentro de las comunidades, hasta los acosos ideológicos y la inestabilidad sembrada en ellas por los sectores dominantes. Sin embargo, esa es la realidad vivida y ambos son elementos de peso en esto de redes e intercambios.

Desde fines de la década de los 80, vienen operándose cambios cuya incidencia en la vida y el trabajo comunitarios esbozan nuevos perfiles y caracteri- zaciones.

El estallido, la explosión inicial, puede ubicarse en el 27 de febrero de 1989. Hubo muchas cosas que ya no volvieron a ser como antes. La población fue eviden- ciando cada vez mayor preocupación por enterarse de lo que sucedía en el país, a la par que se generalizaba una abierta actitud de reprobación y protesta.

En el trabajo comunitario destacan dos aspectos entre tantos acontecidos.

El primero de ellos es el creciente interés de la gente por las noticias políticas, económicas y sociales del país, porque siente cómo le están tocando en carne propia. En consecuencia, desde febrero de 1992 nosotros acordamos incluir como punto inicial, en el temario de las reuniones de coordinación, un intercambio de información sobre el modo en que las comunidades aprecian la situación nacional.

Lo otro es que, traspasando los límites de los servicios públicos, a comienzos de los años 90, el gobierno irrumpe en las comunidades de manera directa con los programas llamados "sociales". Operan localmente entes oficiales y organizaciones no-gubernamentales con proyectos pre escolares, "becas" y micro empresas. Ello embiste al mundo comunitario con una proble- mática desconocida para él y se modifica el contexto de aplicación de nuestra metodología de trabajo. Las comunidades y los trabajadores socio-culturales son cortejados con señuelos ideológicos negativos, lo que nos trae a la memoria cómo en el pasado manipularon hasta desvirtuar y corromper a organizaciones sindi- cales, vecinales y cooperativas. ¿Será que ante el desprestigio de tales "organizaciones tradicionales", ahora se opta por tocar directamente a las comuni- dades, ya que sus intermediarios se agotaron? ¿Será que, más allá aún, están alterando las relaciones de trabajo en la producción, en las formas de pago y en los convenimientos?

Hemos querido poner en discusión tales problemas a partir de causas y efectos de su aplicación y confrontándolos con lo que venimos haciendo.

Para ello, en este capítulo presentamos unos subtítulos referidos a asuntos de coordinación propias del proceso en su dinámica de desenvolvimiento. Corresponden a esto: Las Coordinaciones, Construyendo alternativas y El flujo de información. Y, por otra parte, comentamos los programas gubernamentales e

internacionales para la comunidad. Los subtítulos son:

Niveles Institucionales, descentralización, programas "sociales" y trabajo comunitario y "Autososte- nimiento" y "Rentabilidad".

INVESTIGACION

Los primeros pasos, así como el inicio de cada nuevo trabajo comunitario, tienen como punto de arranque una investigación de la situación, de la realidad específica, hecha con la misma gente.

Tocamos aquí un aspecto determinante para todo el trabajo. Porque, entonces, se trata de llegar a la comu- nidad para enterarse de la situación, desde la visión dada por sus habitantes. Desde la otra cara de la moneda, quiere decir que no vamos a “dictar cátedra” sobre lo que allí ocurre o sobre lo que corresponde hacer, sino que, como modestos aprendices, con oído atento, escuchamos para saber en qué y cómo actuar.

El Plan Sebucán, como programa de Gobierno, se orientó desde un comienzo hacia el interior del país. Operaba con las Direcciones de Cultura de los Esta- dos. Ellas actuaban bajo la influencia o las instruc- ciones del Consejo Nacional de la Cultura, quien en la práctica ha tratado siempre a la provincia como subordinada. En sus primeras giras, al llegar el equipo del Plan, era esperado con reuniones preparadas para que los capitalinos habláramos e indicáramos qué había de hacerse. Luego quedaban asombrados por el simple hecho de preguntarles a ellos cuál era su situación, cuáles sus problemas y necesidades y en qué podríamos ayudarlos. Hubo lugares donde nos dijeron que nunca se habían encontrado con un equipo de los niveles centrales que llegara preguntando opiniones y en actitud de aprendizaje.

Estas simples preguntas fueron llaves maestras que abrieron de par en par las puertas a una relación rompedora de esquemas y con claras repercusiones en el trabajo. Porque, aunque la relación no se daba aún en un sector comunitario, el contacto con ese nivel institucional era con miras a ese objetivo. Por lo tanto, nuestra actitud imprimió su sello al trabajo comunitario posterior.

En el contacto con trabajadores sociales y culturales y las agrupaciones populares, se produjeron diversas reacciones, según fueran sus situaciones particulares. Finalizaba la década de los 70.

En Latinoamérica, cantidad de conductores políticos, militantes y simpatizantes habían visto desbaratadas sus aspiraciones de implantar nuevos sistemas socia- les, sea por la vía armada o la pacífica. Fue doloroso ir sintiendo cómo tantos esfuerzos bien intencionados, de gente buena, naufragaban con un saldo tan alto de víctimas o mártires, de frustraciones y desesperanzas. A muchos se les planteó como deber ineludible, impe- rioso, aprender de tanta desgracia y rectificar honestamente: Atreverse a someter a la prueba de la práctica la validez de los proyectos, las políticas, las organizaciones, las acciones y los métodos utilizados. Situarse en una actitud de descubrimiento y de apertura, capaz de reconocer nuestra incapacidad en cuanto a valorar la importancia intransferible del pueblo para cambiar este mundo de injusticias y desigualdades. Y capaz, también, de mirarnos al espejo en calidad de responsables, copartícipes o simpa- tizantes, en un momento o en otro, en mayor o menor medida, de esos proyectos fracasados a tan elevado costo.

Pero, al mismo tiempo, todavía persistían quienes se negaban a reconocer el fracaso y, más penoso aún, algunos que con irresponsabilidad, ignorancia y empecinamiento, mantenían una actitud prepotente, cuál infalibles portadores de la verdad, descalificando toda iniciativa de vincularse a las comunidades que no respondiera a sus dogmas.

En ningún país del continente las experiencias fallidas consiguieron ser mayoría. El apoyo y la receptividad provino siempre de poblaciones minoritarias. Sin embargo, quedaban descarados que pretendían aún “representar” a toda la población, al pueblo. Y con esa tramposería ideológica intentaban descalificarnos, sin entender que nosotros no buscábamos representar

a nadie sino ir haciendo el camino deseado, trazado y recorrido por todos.

Esto se hizo sentir especialmente en los grandes cen- tros urbanos. La persistencia de las provocaciones y del chisme, continuaron haciendo mella en la gente y causando daño. Fuimos blanco del ataque y el es- carnio en ciudades como Caracas, Maracaibo y Bar- quisimeto. En esta última, donde agonizaban, víctima de virajes politiqueros esos movimientos tan entusiastas y convocadores como la Unión Cultural de los Barrios y el Movimiento Aquiles Nazoa, se nos tildó por la prensa de servidores del Opus Dei, pregoneros de la ideología demócrata cristiana y agentes de la CIA. Paradógicamente, no faltaron funcionarios de gobierno que nos acusaron de ser piezas del “castro- comunismo” y de la K.G.B.

Pero este rechazo, aunque causó daño, fue francamen- te minoritario. Individuos dispersos y sectas urbanas dedicadas a alborotar. Igualmente minoritario era un apoyo incondicional y acrítico hacia nosotros, por parte de militantes que nos confundían con “correli- gionarios” por ser programa de gobierno.

La mayoría de los trabajadores sociales y culturales que se acercaron lo hicieron por curiosidad. Querían ver qué pasaba. Y empezaron a darse cuenta que los participantes eran quienes definían y decidían. Fueron acudiendo al llamado de intercambiar experiencias entre ellos mismos para fortalecer sus respectivos trabajos. Luego, como respuesta al estímulo de investi- gar su realidad con las comunidades, comenzaron, paso a paso, a tejer una red de contactos y entendimientos informales que más tarde cuajaría en este proceso de alcance nacional.

Han pasado quince años y la práctica y la consecuen- cia entre postulados y acciones va dejando claro cuál es el lugar de cada quien. Sin proponernos ganar discusiones, pero sí poniendo la práctica como argu- mento principal, creemos que es sano dejar sentado que nuestra posición y nuestra trinchera es la misma de entonces, con más experiencia y más aprendizajes, con dudas e inquietudes, abiertos al descubrimiento y aún sin pretender tener la verdad en la mano, ni a Dios agarrado por las barbas. También, como antes, estamos ganados a discutir e intercambiar en pie de igualdad, al calor del trabajo comunitario, con café y sin cafetín, no porque estemos contra el cafetín, sino de las discusiones ampulosamente vacías donde las palabras intentan infructuosamente esconder la carencia de práctica y de conocimiento de la realidad concreta.

Aquellos tiempos iniciales con personas de institucio- nes y de comunidades nos abrieron un mundo nuevo:

las agrupaciones y la gente indagando sobre su propia realidad con el propósito de irla transformando. Esto

generó distintos sentidos, aproximaciones y herra- mientas para la investigación.

La investigación la aplicábamos, en primer término, a nosotros mismos. Y la fuimos manejando como un ins- trumento permanente en la perspectiva de que la comu- nidad o el colectivo se reconociera en sus necesidades e intereses compartidos.

De allí surgió la prioridad en el trabajo con niños y en la revalorización de las tradiciones; además, las pro- gramaciones de capacitación e intercambios de expe- riencia, buscando la coordinación y el trabajo conjunto. Al tener como sujeto o protagonista de la investigación a los promotores y la gente de la comunidad, definimos cuatro objetos o campos o, mejor aún, relaciones, donde fijar la atención para investigar:

La relación de la gente entre sí.

Cómo se trata la gente entre ella, qué es lo que más la mueve a comunicarse y qué bloquea los contactos, dónde acuden con mayor frecuencia, cómo y por qué se agrupan espontáneamente, cuáles son sus principales problemas, motivaciones y anhelos, etc., etc.

Relaciones de la gente con el medio creado.

En qué condiciones vive la gente, cómo se aprecia el funcionamiento de los servicios y las instituciones locales, cuáles son las posibilidades de participación y control, actuación o no en las agrupaciones comunitarias y el por qué, cómo perciben a los partidos, a la iglesia, etc., etc....

Relaciones de la gente con la naturaleza.

Junto con los indispensables asuntos relativos a la preservación del medio natural, esta relación se expresa también en actividades productivas (agropecuarias, mineras, etc.) y en las recreativas.

Relación entre nuestra actividad socio-

cultural y las necesidades y anhelos de la gente.

El énfasis aquí se centra en las opiniones de

la población, incluso para percibir cómo se entiende nuestra actividad y lo socio-cultural.

Mucha gente, cuando participa directamente en la investigación y pone en el tapete sus intereses y necesidades, se entusiasma por intervenir en la definición y puesta en práctica de las actividades.

Los Talleres donde se aplica la Metodología de Análi- sis Colectivo con Registro Abierto ofrecen un espacio privilegiado para entender la importancia de la investi- gación, porque ellos en sí mismos, por su diseño y su dinámica, son aplicación concreta de ésta. Sin embargo, no siempre tenemos al alcance un Taller. Por ello, en las reuniones o conversaciones informales hay que esmerarse en poner de relieve la importancia de los resultados que se están obteniendo al investigar. A propósito de lo que se aprende al investigar con la gente desde su propia realidad, un promotor nos narraba una anécdota personal a la cual siempre recurrimos porque grafica muy bien el problema. Lo suyo era el teatro y anhelaba utilizar sus cono- cimientos técnico-artísticos para “concientizar” a la comunidad en su lucha por mejores condiciones de vida. Acudió a una barriada muy pobre, ubicada en la falda de un cerro cuya cima daba a un barranco convertido en basurero. El duro cuadro de miseria se agravaba con la hediondez y el mosquerío provocados por la acumulación de basura en proceso de descom- posición. Se dijo a sí mismo que pondría todo su es- fuerzo en erradicar ese nocivo emplazamiento, amena- za permanente para la salud del pueblo. Convocó entonces a los jóvenes del sector interesados en hacer teatro. Luego de una entusiasta jornada inicial, propuso montar una obra sobre el basurero y citó a una segunda sesión para el día siguiente. Aunque llegó sólo la mitad de los jóvenes, dio comienzo a los ensayos de la obra donde denunciaba las nefastas consecuencias del depósito de basura . Al ensayo siguiente se presentó sólo un participante y tuvo que dar por terminada su empresa.

Pero él no podía soportar la visión de esa gente padeciendo los efectos de tan contaminante foco. Reanudó el intento con otros jóvenes del mismo sector y el ciclo se repitió tal cual. Luego de su segundo fra- caso, regresó en busca de razones para entender por qué no había logrado montar su pieza concientizadora.

Se acercó a la bodeguita, bebió unas cervezas con los vecinos, visitó algunos jóvenes y conversó con sus familiares. Descubrió que más del 70% de la población estaba desempleada y que más de la mitad vivía de escarbar el basurero, como su única fuente de ingre- sos. Y fue así como vino a darse cuenta que las necesidades de subsistencia definen prioridades impen- sables para alguien ajeno.

Insistimos en narrar estas anécdotas de nuestros primeros pasos, porque analizarlas en aquellos mo- mentos aportó a nuestra acción descubrimientos claros sobre actitudes y estilos en la investigación, en el trabajo y en la vida misma. Con el correr del tiempo, nos aumenta la comprensión de cuánto inciden en todo lo que hacemos. Al finalizar el segundo capítulo, reproducimos unos señalamientos sobre el promotor, sus métodos, estilos y actitudes. Intenta ser una síntesis de largos e inconclusos debates en torno a la práctica y nuestras relaciones comunitarias.

En el desarrollo de las labores locales y de las redes de coordinación que venimos tejiendo, la investigación se ha transformado en un factor determinante como método de trabajo y de capacitación.

No es fácil, porque la gente es renuente a aceptar que siempre está investigando y a atrapar conscientemente la importancia de la investigación para el trabajo y para la vida. Además, se dificulta porque existe la creencia de que lo que uno sabe no tiene valor ni importancia y que todo el mundo lo conoce.

No obstante, conviene apuntar que en estos quince años hemos logrado que cientos de agrupaciones y de pro- motores vayan asumiendo la investigación de manera consciente y con la naturalidad que da la práctica continua.

Algunos datos de la realidad para reafirmar que esto es posible. Actualmente todos los Encuentros Nacionales contemplan un proceso preparatorio con talleres zona- les y regionales donde, a partir de la realidad y la situación local, se debaten los puntos de análisis para el intercambio nacional. Esta investigación de la situación y las expectativas locales pasa a integrar el intercambio en el Encuentro. Allí se profundiza el análisis, se sacan conclusiones y se retorna a lo local con la visión colectiva de un universo más amplio, además de la identificación de problemas comunes y posibilidades de apoyo mutuo y actividades coordinadas o conjuntas para encararlos.

En febrero de 1992, debido a la inestabilidad política y social, a la veloz descomposición de las condiciones de vida y a la magnitud de la crisis moral y ética en los máximos niveles de decisión, decidimos dedicar espe- cial atención a la forma en que las comunidades esta- ban observando al país. Ya habíamos sentido la presión de la gente por debatir estos asuntos, que hasta poco tiempo atrás casi nadie les concedía interés. Acordamos incorporar, en toda reunión y taller, un intercambio sobre la visión que nuestra comunidad de trabajo tenía acerca del acontecer nacional. En el Encuentro Nacional de este año 1.994, todas las síntesis de los Talleres preparatorios zonales (22 en total) traían una descripción del país desde la mirada de las comunidades locales. Surgió una vertiente de aprendizajes valiosos, porque los medios de difusión masiva ven las cosas desde otros intereses. Y al cambiar el color del cristal, cambia el modo de ver y, por consiguiente, los asuntos que atraen la atención. Es posible que esta manera de encarar la investigación, traspase la idea que podamos tener en cuanto a lo cono- cido como “investigación participativa”. Entramos en estos detalles porque las palabras de repente varían caprichosamente en sus interpretaciones y pareciera que habláramos de lo mismo, cuando quizas no sea así. Creemos que al hablar de “investigación participativa” se tiende a entenderla sólo como actividad y método. Además de una actividad y además de un método, la investigación se enhebra con el diagnóstico y, sin cambiar de sujeto ni de objeto, programa los pasos cuyos resultados luego se evalúan. Y esta evaluación inicia una nueva investigación. Estamos, de este modo, ante un sistema cuyas fases interactúan en una cadena sin fin de práctica-teoría-práctica.

DIAGNOSTICO.

El diagnóstico es resultado de una investigación. Al poner, colectivamente, en orden datos e ideas y analizar los elementos extraídos en la investigación, la gente llega a determinadas conclusiones sobre la realidad, pero sobre todo, caracteriza problemas comunes y necesidades compartidas.

Primordialmente, el diagnóstico permite identificar las contradicciones. Es decir, el comportamiento de

elementos que en una determinada situación confi- guran un problema. El análisis de un problema in- tenta esclarecer sus características, las causas que lo generan y los efectos que produce. Así precisamos la contradicción. Y como, de un modo u otro, lo que nos va uniendo es darle a la vida el compromiso de mantenerla viva y el reto de superar los problemas para vivirla mejor, en el proceso mismo de precisar la contradicción se prefiguran alternativas para su- perarla.

Resumiendo, a partir de una realidad concreta, el diagnóstico aporta datos de la situación, identifica los problemas, define sus causas y sus efectos y plantea alternativas.

Al adentrarse en este proceso, en la comunidad el participante empieza a notar que hay cosas que sabe el vecino que él desconocía, a la vez que puede comprobar que ciertos datos de la realidad que él creía de dominio público sólo eran manejados por él y un par de personas más. El intercambio de conocimientos sobre la realidad compartida va insinuando virtualidades de apoyo mutuo y redimensiona el respeto hacia y desde los demás. Asombra cómo al aplicar la metodología se van percibiendo nuevas formas de relación entre la gente.

Nos ocurre a menudo en las reuniones y más aún en los talleres que la gente se admira y se fascina al verificar el conocimiento que tiene su colectivo de la realidad y del valor de sus propios conocimientos tan poco apreciados hasta ahora. Igualmente va saboreando la posibilidad de intervenir en las definiciones del trabajo y no esperar a “participar” cuando ya todo está decidido.

Pero, desde otro ángulo, en este punto del desarrollo, las agrupaciones tradicionales y los eternos caudillos locales, sienten que pierden piso. Hay quienes se contagian con lo que está sucediendo y se suman de buena gana. No son todos. Porque tampoco escasean los que al ver mermada su presencia o relegados los intereses de su “partido” o de su entidad, echan rápidamente mano a triquiñuelas y artimañas que obligan a permanecer atentos con miras a neu- tralizarlas y convertirlas, colectivamente, en elementos de aprendizaje a fin de entender lo que hay que