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Refl exiones éticas mientras crece el horror.

Al tiempo que las crónicas judiciales diariamente captaban lectores entre los ciudadanos ávidos de periódicos, abundaban también las informaciones sobre sonados procesos penales sin conclusión defi nitiva. Como el caso Teresa Buitrago o Teresita La descuartizada que había causado conmoción en 1949, pero que dos años después no se había resuelto. Como tampoco encontraba claridad ni se destrababan los misterios surgidos en torno a los crímenes del doctor Nepomuceno Matallana, más conocido como el “Doctor Mata”. El 17 de julio de 1951, el cronista Felipe González Toledo, a través de una crónica en El Espectador titulada “Revelaciones sobre los desaparecidos”, recobró el interés por este sórdido personaje que, según el cronista, recuperaba el buen humor durante su juzgamiento. Ese era el estilo de González Toledo y sus pares: con lujo de detalles trataban

Una publicación en la que se describe el Esta- do de Sitio, fi gura recurrente aplicada para el orden público en la violencia partidista.

de resaltar los lados más insospechados del comportamiento de los criminales, sin advertir el sentido ético de sus relatos, pues en su sentir, “el periodista no debe jugar con la honra de la gente, mucho menos con la vida ajena”31.

Disquisiciones éticas que además hacían parte de los alegatos de múltiples procesados. Como ocurrió en el caso del Doctor Mata pues su abogado defensor, el profesional Isaías Ibarra, en medio del juicio contra su cliente la emprendió contra la prensa, argumentando que la situación procesal de Matallana obedecía a “la infl uencia de la prensa, el preconcepto de la lectura de los diarios”. Según el abogado, los periodistas, entre más sensación causaban, más público obtenían y por eso la gente llegaba a las salas que se llenaban hasta el tope para comprobar lo que decían los diarios32. La crítica era extensiva a los seguimientos

casi de novela que hacían Felipe González y otros cronistas judiciales como Germán Pinzón, a quien el periodista y escritor Gonzalo Arango califi có tiempo después como “un periodista cálido, imaginativo, vibrante, un novelador de lo cotidiano. Cuando ocurría un hecho excepcional, accidentes, genocidios, crímenes misteriosos, milagros de la Virgen, insurrecciones, terremotos, desgracias colectivas, las crónicas de Pinzón tenían la calidad de lo fantástico.”33

Y la materia prima para sus crónicas abundaba. Como abundaban los móviles políticos para que la violencia por razones partidistas también arreciaba. Desde el 9 de noviembre de 1949, día en que el Ejecutivo Nacional había declarado turbado el orden público y el Estado de Sitio, el denominador común del país, especialmente en la zona andina, era de extremada violencia. A pesar de que el presidente Roberto Urdaneta Arbeláez había reinstalado el Congreso de la República”34, una de sus primeras medidas fue formularle al poder legislativo la

censura de los medios. El ambiente político seguía cargado de intolerancia y los medios de comunicación, además de afrontar las difi cultades propias de la mordaza, deliberadamente tampoco mostraron mucho interés en denunciar a las hordas criminales que asolaron el campo a través de bandoleros tales como Chispas, Sangrenegra, el Capitán Venganza, Desquite, Lamparilla, Tarzán, Pedro Brincos, Resortes, toda clase de forajidos, unos con alguna ideología política, pero la mayoría simples asesinos dedicados a la sevicia y el pillaje.

Estas historias no aparecían con el despliegue que se necesitaba en los periódicos. En parte por apatía de los cuadros directivos de los periódicos hacia estos episodios de

El jurado lo condenó por el único crimen que se le pudo comprobar al doc- tor Matallana.

violencia partidista, y también debido a las presiones gubernamentales. En su defecto, buena opción era recrear la violencia urbana. Y en esta materia, las opciones seguían a pedir de boca. Sólo que empezaba a advertirse una mezcla entre la violencia política y la común, con peligrosas consecuencias. Así, por ejemplo, a mediados de 1951 se conoció una carta de un ciudadano llamado Félix Martín Navarro Uribe, enviada al Presidente del Senado para confesar que supuestamente él era el asesino del jefe de control de cambios Alfonso Jaramillo Gómez. “Yo lo maté pero el asesino es el doctor Enrique Vargas Orjuela, jefe del departamento Nacional de Investigación Criminal”35. Días después se comprobó que Navarro

estaba loco. Únicamente hasta el 26 de mayo de 1953 fue capturado. No obstante, dejó a las autoridades la preocupación del mal ambiente que estaba gestando la violencia política. Quizás por eso el año 1952 comenzó con el publicitado viaje que el 16 de enero hizo el ex presidente Alfonso López Pumarejo a la región de los Llanos Orientales en busca del reestablecimiento de la paz y la tranquilidad en esa región, terriblemente azotada por la violencia. En la zona, un contingente de llaneros, dirigida entre otros por Guadalupe Salcedo, Dumar Aljure y Eduardo Franco, se erigió como guerrilla liberal para enfrentar a las fuerzas del gobierno, en respuesta a la denominada policía “Chulavita” que había perpetrado múltiples crímenes políticos en la región. La propuesta de López Pumarejo era evitar que los guerrilleros liberales, quienes habían proclamado la “Ley del Llano”, aumentaran en número o terminaran por amenazar a las propias instituciones. Y ya no era asunto exclusivo de los Llanos Orientales, las denuncias por abusos de la Policía en ciudades como en Cali o en varios municipios de Tolima, Valle, Quindío y Cundinamarca, crecían signifi cativamente. En un solo episodio, un grupo de padres denunciaron que sus hijos habían sido golpeados a culatazos y obligado a arrastrarse por el piso en medio de torturas36.

Por esos mismos días se conoció el caso de un ofi cial de la policía en Bogotá que quería tomar sangre en vez de cerveza. El suceso fue ampliamente desplegado como ejemplo del mal ambiente que estaba imperando en Colombia y así lo registró El Espectador: “Después de tomar una cerveza, lo que quería era tomar sangre. Parecía ser un cabo o sargento uniformado que pidió una cerveza en una tienda donde arrojó la botella al suelo, pidió la cuenta y aseguró que sangre era lo que quería tomar y se abalanzó sobre el dueño de la tienda que gritó pidiendo auxilio a la guardia de policía que llegó con una patrulla. Aunque no hubo un crimen como tal, si mostró la sevicia con la que el uniformado enardecido iba a disparar su arma y que fue evitado por los ciudadanos que ayudaron al tendero a enfrentar el impase37. Una circunstancia que demostraba como la fi gura ofi cial o la

autoridad ya no representaba para los ciudadanos una protección sino una amenaza porque donde aparecían los uniformados generalmente se formaba un confl icto con los ciudadanos.

Claro que estos episodios, especialmente por conveniencia política, tenían un despliegue periodístico más discreto. En cambio la violencia común de las urbes recibía la máxima atención de los cronistas judiciales de los periódicos. Como el caso de El encostalado de Fusagasuga, ocurrido el 29 de febrero de 1952. Según los periódicos, en esta vecina

población cundinamarquesa apareció el cuerpo sin vida de Luis Naranjo Calero, quien había desaparecido el 21 del mismo mes. Sólo que apareció en un costal y enterrado en el antejardín de otro hombre llamado Pastor Luján, con quien el occiso había tenido negocios. Cuando Luján fue llamado a indagatoria y posteriormente a juicio, el periodismo se mantuvo acucioso para informar los detalles, pero a última hora y antes de producirse el veredicto, súbitamente cambió su declaración y nunca se pudo precisar cómo realmente mató a Luis Naranjo. El Espectadoral menos concluyó que el deseo de lucro fue el móvil de ese publicitado asesinato.

El 13 de marzo de 1952 se inició en Bogotá uno de los juicios más divulgados de la época. El proceso contra Ángelo La Marca, esposo y asesino de Teresa Buitrago, ya conocida entre los lectores como Teresita La Descuartizada. El Espectador lo califi có como un

proceso sensacional y así resaltó su comienzo: “Con gran interés inicia la audiencia pública del proceso La Marca y, como ya lo anotamos, ha sido extraordinaria la demanda de boletas de entrada al salón. Lo sensacional del proceso mismo y el prestigio de los abogados que intervienen en la audiencia hacen de este caso el más interesante entre todos los que se han debatido en audiencia pública en Colombia”38. Todo el mes de marzo, los periódicos se

ocuparon del caso. Al fi nal del mes, el titular “La Marca producto de importación”, evidenciaba la importancia periodística del caso y el interés de los lectores por conocer los pormenores de la vida del italiano que, con su personalidad macabra, supuestamente había cometido el crimen. El caso La Marca o Teresita La Descuartizada suscitó tanto interés público que en la sala de audiencias fue necesario hacer control del público en cuanto a su comportamiento para poder avanzar en la exposición de los abogados, especialmente durante la intervención del abogado del sospechoso. En desarrollo de la audiencia, mientras el abogado de la víctima casi santifi có a Teresa Buitrago, la contraparte preparó un cuidadoso análisis de las pruebas forenses y, por su

Un cabo o sargento uniforma- do pidió beber sangre antes que la cuenta. Foto: El Espec- tador.

intervención, fue felicitado y aclamado por los asistentes. Para terminar el mes y ya concluyendo la audiencia la situación era incierta y se hablaba de la crisis del proceso39. El caso perdió interés cuando terminó el juicio

y sólo meses más tarde se conoció el descenlace. Como era de esperarse, la libertad de La Marca por apremios procesales. Un fi nal que no provocó el mismo interés de los cronistas, siempre por la misma causa: exceso de episodios para recrear y satisfacer el interés de los lectores. El año 1952 continúo con las evidencias de agravamiento del orden público. Además de los sucesos en el Llano que ameritaron la intervención del Partido Liberal o de los críticos acontecimientos en diferentes regiones de la zona andina por efecto de la violencia partidista, durante la primera semana de septiembre tuvo lugar un episodio de agresión partidista que tuvo como blanco a la misma prensa. El sábado 9 de septiembre hacia las nueve de la noche, tras su regreso del sepelio de un grupo de policías asesinados en Gachetá (Cundinamarca), una turba conservadora la emprendió contra la sede de los periódicos El Tiempo y El Espectadorque fueron incendiadas. Acto seguido los asaltantes atacaron la sede de la Dirección Liberal Nacional y las casas de los dirigentes liberales Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo, quienes se vieron forzados a salir del país por las amenazas. En vez de reaccionar ordenando investigaciones a fondo porque desde el primer momento fue claro que en su mayor número la turba estaba integrada por policías vestidos de civil, el presidente Urdaneta optó por convocar a una Asamblea Constituyente para reformar la Constitución.

Según Urdaneta, esta era la forma más efi caz de enfrentar la violencia política, especialmente a través de una controvertida norma que pretendía elevar a categoría de premisa constitucional que todo colombiano que apareciera comprometido en actividades subversivas contra el régimen del Estado o que, a través del uso de la palabra oral o por escrito, atentara contra el prestigio de las autoridades, fuera juzgado como traidor a la patria. Los periódicos liberales restablecieron sus ediciones una semana después de los ataques, y quedó claro el poco apoyo que iban a tener de un gobierno que estaba más interesado en extremar sus acciones de censura. Por eso, además de los comentarios de rechazo, tanto al ataque a los periódicos y dirigentes liberales, como a las intenciones del gobierno por extremar sus medidas de fuerza, no fue mayor el despliegue para ocuparse de sucesos paralelos de violencia partidista que proliferaban en distintas partes del territorio nacional. Por el contrario, a las pocas semanas,

El socio de la víctima para no compartir las ganacias lo ase- sinó y enterró. Foto: El Espec- tador.

otro episodio de violencia urbana captaba el interés mayoritario de periódicos y lectores. Ocurrió en la segunda semana de octubre. Los cronistas dieron cuenta de la tragedia pasional ocurrida entre unos esposos que se mataron a disparos encerrados en un cuarto. Fue de los procesos más sonados y, como se califi caba en esa época, “sensacionales” para los lectores. Además permitió que los despachos judiciales volvieran a ser el destino necesario de muchos periodistas que, con Felipe González Toledo a la cabeza, no se cansaron de investigar. A puñal y revólver murieron en el mismo sitio Víctor Ramírez y Ana Susana Navas de Ramírez y fue un inquilino de la calle 9 N° 11-55 quien acudió a la habitación donde se escucharon las detonaciones. Según los cronistas, la situación del matrimonio fue siempre caótica por los confl ictos domésticos y de envidia en que estaban inmersos y esa fue la causa de la mutua agresión. Y mientras los lectores se deleitaban con el escabroso caso, con su mismo estilo, el cronista González cambió la cotidianidad con otra historia, la de un fratricidio involuntario en la población vecina de Suba, cuando el ciudadano Julio Cesar Martínez apoyó su escopeta en el piso y con el disparo dio muerte a Hernando Martínez, su propio hermano40.

Ese era el norte de los principales periódicos de la época. Las páginas editoriales con amplio despliegue para la política y las páginas informativas con buenas páginas para la crónica roja. Unas mejor escritas que otras, algunas francamente sensacionalistas o, como se diría años más tarde, “amarillistas”, pero defi nitivamente con muchísimo mayor despliegue que frente a la violencia partidista que ensombrecía la vida de las ciudades. Ciertamente, desde una perspectiva puramente informativa, las incursiones criminales de los “pájaros” o de los bandoleros conservadores y liberales no eran tan importantes como los episodios de sangre que involucraban a personajes del común. Por eso sujetos como el Doctor Mata o episodios como Teresita la Descuartizada y el italiano La Marca, provocaban mayor interés entre los lectores. En pocas palabras, la atención estaba centrada en dos frentes claros: la política partidista en su lucha por el poder y la violencia cotidiana, despojada de intenciones políticas, pero repleta de situaciones insólitas, propias de la agresiva conducta de los colombianos.