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Epígrafe I. Teorías de la violencia de género

1.4 Relaciones desiguales de Poder

Los roles que cada uno de los seres humanos ha desempeñado a lo largo de los años ha sido determinado en función del género. Tanto las funciones e incluso las actividades han sido clasificadas entre hombres y mujeres.

Ha sido tradición que los hombres ejerzan dominación hacia las mujeres en diferentes ámbitos: económico, social, familiar, político, cultural y religioso, entre otros. Esta forma de relacionarse no ha sido más que una expresión del androcentrismo, enmarcado dentro del patriarcado. El androcentrismo sitúa la mirada masculina en el centro del universo, como el centro de todas las cosas y representación global de la humanidad, ocultando otras realidades, entre ellas la de la mujer.

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El dominio del hombre, más conocido como patriarcado, es lo que constituye el inicio del tipo de organización social e inclusive intrafamiliar que nos rige actualmente, es aquí, donde cada uno de los elementos del núcleo de la sociedad comienza a adquirir su forma de comportamiento en el entorno que lo rodea. Con relación al patriarcado, las investigadoras Gil Rodríguez y Lloret Ayler (2007) señalan:

(…) el patriarcado, es un sistema de organización social en el que el poder político, económico, religioso, militar y la organización familiar están encabezados por hombres… El patriarcado es una organización muy antigua que llega hasta nuestros días y que se produce en diferentes grados en muchas de las sociedades (…). (pág. 23)

Todas las sociedades actuales, salvo ciertas excepciones, se rige por un sistema patriarcal, en el que el hombre es el “jefe” del hogar, y por lo mismos es quien impone normas y reglas de conducta para los miembros de la familia; es quien determina el rol que juega tanto la mujer como los hijos; y es este sistema lo que da origen a la organización de la sociedad, y constituye la pieza fundamental en donde surgen las manifestaciones más brutales de violencia.

Para la investigadora María de los Ángeles Morales (2012), con relación al patriarcado indica que:

El recurso del método de castigar mujeres es antiguo, permanentemente se actualiza reforzando la existencia de un sistema jerárquico denominado patriarcado que implica prácticas de omnipotencia e impunidad en el ejercicio del poder sobre la vida y la muerte de todos los miembros del grupo familiar a manos del violento. (pág. i)

Es evidente que el patriarcado se manifiesta de diferente manera en una y otra sociedad; en este contexto podemos distinguir dos tipos de patriarcado: patriarcado de coerción y el de consentimiento. El patriarcado de coerción se rige por normas rígidas, con lo que respecta a los papeles hombre/mujer, esto hace referencia a los sistemas que deciden mediante leyes o normas, sancionadas con violencia, lo que está permitido o no para las mujeres, como es el caso de la sociedad afgana. El patriarcado de consentimiento en cambio está basado en las formas de actuar adquiridas a lo largo de los años y pasadas de generación en generación en las

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mal denominadas “sociedades desarrolladas” y es precisamente este tipo de patriarcado que hasta la actualidad se mantiene en nuestra sociedad.

En el pasado, las mujeres, tenían definidas sus opciones de vida, bien podían ser esposas y madres, amas de casa, en muchos casos prostitutas o solteronas y/o hacerse religiosas. En la actualidad deben ser todo eso a la vez y además ser quienes sustenten el hogar. Así lo refiere Alicia H. Puleo al referirse al patriarcado de consentimiento expresa que

Esta sería la metáfora perfecta del patriarcado de consentimiento: cuando la mujer cree obrar en libertad, en realidad está obedeciendo nuevas consignas sociales. Ahora todas las mujeres pueden (y se sugiere que deben ser todo al mismo tiempo: madres asalariadas con doble jornada (incluso estériles gracias a las nuevas técnicas reproductivas), monjas que aportan las fuerzas de trabajo a la colectividad (a través de las nuevas formas de asociacionismo, en las que, por lo general, las mujeres ocupan las bases y no los cuadros dirigentes), y hasta prostitutas, ya que las revistas femeninas aconsejan cómo comportarse sexualmente para agradar a la pareja. Esta multiplicidad de funciones implica un enorme gasto de energía para las mujeres y un gran ahorro para el colectivo masculino que ya no es responsable del mantenimiento de la esposa. El Estado, a través de subsidios, compensa este abandono masculino de las cargas familiares. (Puleo, 1995, pág. 52)

El patriarcado es un elemento constitutivo del sistema dominante en que vivimos y lamentablemente formamos parte activa, este sistema de dominación es el que nos forma como personas, determina el rol que cada uno de los géneros hemos de cumplir, constituye inclusive el sistema cultural y el nivel de tolerancia que regula las relaciones entre hombres y mujeres dentro de la sociedad.

Estos actos a enmarcado a la violencia únicamente dentro del ámbito biológico, solo en lo referente al sexo femenino, puesto que han surgido actitudes y actividades hostiles en contra de las mujeres, hoy somos libres (aparentemente) de tomar decisiones con respecto a que hacemos y que no, pero somos juzgadas por lo que hacemos y por lo que dejamos de hacer, esto precisamente es lo que se constituye en el pilar o la base fundamental de lo que se denomina como relaciones desiguales de poder.

La humanidad y en especial nuestra sociedad hasta el momento no ha vivido una evolución radical en torno al modelo social que nos rige, el patriarcado, hasta la actualidad constituye el sistema dominante de relaciones dentro de la sociedad.

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Es este sistema social que ha impuesto a lo largo de los tiempos las actividades en las que puede encasillarse tanto al hombre como a la mujer. Se ha determinado durante décadas el lugar del hombre como el proveedor del hogar y a la mujer a las tareas domésticas del mismo, y es de esta manera como de generación en generación se educa a la población.

Para el investigador ecuatoriano Luis Oswaldo Trujillo Soto, en su libro El Feminicidio (2011) señala que:

La madre enseña a sus hijas, que las mujeres tienen que ser hacendosas, fieles, piadosas. Se olvidan de ciertas capacidades intelectuales, atributos nuevos de las características de ser mujer, de su fortaleza sicológica, capacidad intelectual, cualidades que se consideraban exclusivas de los hombres”. (Pág. 30)

Es evidente que, a partir de la costumbre, -lo que durante décadas ha sido “normal”- es como se han afianzado en todas las sociedades las relaciones desiguales basadas en el poder, en la fuerza, o en la dominación y como es innegable todas ellas puestas en un solo género o sexo, el masculino.

El mundo o esfera pública quedo cada vez más separado de la esfera privada y con ello también el carácter sexual de las actividades. Los hombres resultaron los únicos aptos para la vida social y publica, la política y las guerras, la economía y el poder (del estado, de las empresas, de la esposa, de la familia y de los hijos). Las mujeres resultaron ser las únicas capaces de entenderse con la casa, la crianza de los hijos, el dar placer a los maridos o amantes, el cultivar las artes y las letras, es decir, de hacer todo aquello que necesitaban los hombres para sentirse cómodos, compensados y complacidos para poder dedicarse de lleno a su vida pública y privada (…). (Rauber, 2005, pág. 45)

Este sistema patriarcal, trajo como consecuencia evidente la adjudicación de la mujer como madre y ama de casa, la ubico en una posición de desventaja en relación al hombre; el mal llamado “sexo débil”, se ha mantenido hasta la actualidad como el rezago perpetuo de una sociedad tolerante y en cierto grado esclavizante, capaz de aceptar y permitir que la mujer no pueda manejar ni su sexualidad, ni su vida en general de acuerdo a su libre albedrio.

1.4.2 Concepto de las relaciones desiguales de Poder

Para entender de qué se tratan las relaciones desiguales de poder, voy a citar a algunos autores que lo determinan conceptualmente:

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La página web de la FAO (Food and agricultura organization/organización de las naciones unidas para la agricultura y la alimentación) se establece QUE LAS:

Relaciones desiguales de poder, son aquellas que limitan un desarrollo equitativo, entre hombres y mujeres. Esto evidencia en posiciones de desventaja de las mujeres en relación a los hombres, materializadas por la subordinación, la falta de acceso a los recursos, a la educación, así como vulnerabilidad ante la pobreza y la violencia. (FAO, 2012, págs. 8-9)

Marcela Lagarde, señala que las relaciones de poder son “(…) procesos concatenados de formas de intervenir en la vida de otras/os desde el rango y una posición de superioridad (valor, jerarquía, poderío)”. (Lagarde, 1994, pág. 63) Michel Foucault, señala que estas relaciones de poder y su ejercicio se refiere a la “(…) manera en que unos pueden estructurar el campo de acción posible de los otros”. (Foucault, 1988, pág. 17)

Las relaciones de genero identificadas como relaciones de poder, se definen desde una estructura a través de la construcción social y política del poder masculino dominante, activo, violento, agresivo y de la construcción social de la sumisión femenina, como receptiva, tolerante y por ende pasiva.

La desigualdad de poder entre hombres y mujeres en la actualidad se caracteriza por manifestaciones de control y dominio por medio de la violencia física, sexual, psicológica, económica, discriminación, opresión y subordinación de las mujeres. La violencia en todas sus formas, pero especialmente la violencia sexual contra las mujeres es la característica esencial y especifica de las sociedades que heredan un sistema patriarcal, teniendo como objetivo principal perpetuar el dominio masculino sobre la sumisión femenina para darle continuidad a este ciclo.

Las relaciones desiguales de poder surgen en la interacción entre los sexos, donde actúan dos elementos fundamentales; el de dominación y el de subordinación; que han estado presentes en todas la sociedades, y que no tienen ninguna conexión con la fuerza física; elementos que se ejercen más que se poseen, pasa por los dominados tanto como por dominantes, y se acepta por considerarlo como parte de la realidad y la cotidianidad, es una situación cultural que no se ha podido erradicar de la convivencia social.

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