2. Ethos trinitario: «Modo o estilo» propio de la Trinidad
2.3. Relaciones y misiones trinitarias
Es posible abordar las relaciones trinitarias y, por ende, sus misiones, por el modo en las cuales ellas se revelan en la economía de la salvación. Arzubialde plantea tres momentos de la autocomunicación trinitaria en la historia. El primero dice relación con el “éxodo de sí” del Hijo en su pasión, con lo cual el acceso al misterio trinitario sería del Hijo al Padre en el
249 Ver: Pikaza, Trinidad, 463-464. Al respecto, Zarazaga señala que “la perijóresis intratrinitaria no es simple
estar unas [personas] en las otras, sino el producirse extáticamente unas a otras en su misma autodonación y recepción absolutas.” Dios es comunión, 306.
250 Greshake, El Dios uno y trino, 228. 251 Zarazaga, Dios es comunión, 319.
252 Ver: Zizioulas, Comunión y alteridad. Persona e Iglesia, 173. 253 Boff, Trinidad, 518.
60 Espíritu.255 En su pasión, Cristo revela su condición de Hijo de Dios, con lo cual expone, asimismo, la figura de Dios como Padre y da acceso a la inmanencia, en virtud de la actividad del Hijo y del Espíritu que actúa en la humanidad de este último.256
Por consiguiente, en la Trinidad inmanente se da el fundamento tanto de la encarnación del Hijo y su entrega libre al Padre, como de la expiación de los pecados. Luego, “la forma o «lógica del amor» se manifestaba, en este caso, como expropiación, proexistencia u obediencia filial” 257, lo cual, de acuerdo a este autor, es posible por la presencia del Espíritu en Jesús, Verbo encarnado. Es necesario recalcar la condición de libertad que se da entre el Padre y el Hijo, quien acepta la donación de su vida en favor de la humanidad en una obediencia no obligatoria, sino gratuita y recíproca en amor, de quien recibe la divinidad.258
El segundo modo de relación es del Padre al Hijo, puesta de relieve en la fidelidad del Padre en la resurrección. Arzubialde argumenta que en tal acontecimiento se pone de relieve el fundamento originario de la generación eterna (Esse ad), con lo cual Dios es Padre del Hijo glorificado y el Hijo tiene preexistencia eterna. Asimismo, se revela la monarquía del Padre, origen de la divinidad.259 “Dios Padre, en este caso, aparecía como el «amor» y la «fidelidad» a la historia de Jesús, incluso más allá del drama humano, del límite de la finitud y de la muerte. Solo Él, en cuanto creador, es capaz de liberarnos del último enemigo resucitando a su Hijo de entre los muertos.”260 Desde ahí se comprende y puede accederse a la absoluta fidelidad en esta relación filial que se desenvuelve en el Espíritu eternamente.
El tercer acceso se da en virtud del Espíritu, quien permite retornar al origen y da pie a la dinámica autocomunicativa de la Trinidad. Es el amor revelado que se da, por una parte, como la comunión interna del ser divino y, por otra, como el don de la promesa que se desborda a la humanidad.261 El Hijo es quien promete el Espíritu, con lo cual
nos hace partícipes del Don escatológico de la inmanencia y comunión (Esse in) que solo a la Trinidad esencial pertenece y que, por participar de la relación de ambos y ser
255 Ver: Arzubialde, Humanidad de Cristo, lógica del amor y Trinidad, 277. 256 Ver: Ibíd., 278.
257 Ibíd., 278.
258 En relación con la libertad, Zizioulas plantea con respecto a la libertad trinitaria que: “[…] si reconocemos
al Padre como único arché ontológico de la Trinidad, hemos de decir que el Padre no es simplemente causa de que el Hijo y el Espíritu existan como seres particulares y sean quienes son, es decir, identidades únicas, sino que también es, de este modo, «aquel que quiere», el motor de la libertad divina.” Comunión y alteridad. Persona e Iglesia, 157. Por consiguiente, la libertad sería una característica ontológica de la Trinidad.
259 Ver: Arzubialde, Humanidad de Cristo, lógica del amor y Trinidad, 279. 260 Ibíd.
61 lo más íntimo de su eterna unidad, recibe el nombre propio de su ser persona, que es el Amor. Comunión interpersonal del Padre y del Hijo, en cuyo ser personal se consuma la unidad en el Origen y a la que los seres humanos somos incorporados por la filiación o «vida en Cristo» y «en el Espíritu».262
Por consiguiente, sería por medio de la entrega del Espíritu por parte del Resucitado que el ser humano puede vislumbrar la comunión del ser trinitario, en su unidad y dinamismo de amor. La manifestación ad extra de la Trinidad en el Hijo y el Espíritu, en este caso, permite el conocimiento de la inmanencia -aunque nunca acabado del todo, como se ha dicho-.
Con base en lo anterior es que pueden diferenciarse las misiones de cada una de las personas divinas, pues, aunque son una única divinidad, su modo es particular y diferente. Ninguno de los tres es más importante que el otro, sino que conviven en plena armonía, pero cada uno con una misión distinta, donde una de las personas tiene una presencia salvífica en el mundo, que es su misión.263 El Padre, como origen no originado y causa de la divinidad es pura donación y de Él todo procede y en Él todo se consuma. El Hijo, en tanto, es quien recibe la donación paterna y responde a ésta, con lo cual es imagen perfecta del Padre y la revela en la historia en un movimiento descendente, en donación de su ser a otros. Por ello, el Hijo se comprende tanto desde la capacidad de recibir como de darse.264
El Espíritu es el amor que se desborda fruto del vínculo entre Padre e Hijo, por lo cual lleva a término el designio de salvación. Además, hace que todo retorne de nuevo al Origen en un movimiento ascendente.265 Asimismo, es el Espíritu el que “efectiviza la relación más inmediata del Padre y del Hijo con nosotros, es decir, el que hace posible la inhabitación. Allí Dios se nos da, se nos autocomunica como amor, como perdón.”266 Por tanto, es pura relación con el Padre y el Hijo, a quienes vincula y da a conocer a la humanidad, con lo cual invita a hombres y mujeres a entrar en la comunión divina. Así, es expresión de la sobreabundancia de Dios, del exceso de amor y que, estando presente tanto en el mundo como en los seres humanos y la Iglesia, va más allá de todo, dada su trascendencia.267
Por tanto,
“[…] su eterno dinamismo de amor y su pericorética inmanencia o paradójica unidad esencial que se manifiesta ad extra en la entrega del Hijo al Padre en el Espíritu y en la
262 Ibíd.
263 Ver: Ladaria, La Trinidad, misterio de comunión, 12; Zarazaga, Dios es comunión, 182 264 Ver: Cordovilla, El concepto trinitario de persona, 47.
265 Ver: Arzubialde, Humanidad de Cristo, lógica del amor y Trinidad, 283-284. 266 Zarazaga, Dios es comunión, 174.
62 ulterior efusión de este Don, la «caritas divina», por la que el ser humano es elevado a la divinización -objetivo último del designio eterno- y a la comunialidad trinitaria en que habrá de concluir escatológicamente en Cristo toda la creación para gloria de Dios Padre. La lógica del amor se manifiesta en este caso de manera personal como «inmanencia- comunión» (Esse in), «dinamismo universalizador» y «consumación escatológica» de la obra del Hijo, aspectos que caracterizan a la Persona del Espíritu Santo.”268
En consecuencia, se recalca la particularidad de cada una de las personas que, siendo distintas, no están en oposición. Más bien, todo lo contrario: sus relaciones son de comunión, sustentadas en la diferencia.269 Cada una de ellas está orientada hacia la otra, en una relación de donación y recepción absoluta, que se da desde la otra, junto a la otra y hacia la otra.270