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Elena

Elena tiene 24 años y estudia en la Universidad de La Frontera. En Temuco vive con

su familia, compuesta por el padre, la madre, el hermano y un sobrino. Además, tiene dos hermanos más grandes, que están casados y viven con sus familias.

Elena siempre ha residido en Temuco, pero como su padres tienen tierras en una co-

munidad mapuche rural cercana (a 15 km.) desde la infancia siempre ha vivido un poco

en Temuco y un poco en la comunidad. Los padres han enfrentado situaciones de extre-

ma pobreza en el pasado y siempre han sido agricultores, aunque desde hace 6 años el

padre no puede trabajar porque tiene una discapacidad física, producto de un accidente de trabajo, y por ello en la actualidad percibe una pensión. La madre continúa traba-

jando y como resultado de su postulación al INDAP (Instituto Nacional de Desarrollo

Agropecuaria) recibe financiamiento del gobierno para el desarrollo de un proyecto de forestación y otro de recuperación de suelos en la comunidad mapuche. Elena, además de colaborar con la familia en el trabajo de la tierra, también tiene un terreno propio que los padres le regalaron, por eso está registrada como miembro de la comunidad mapuche.

Los dos padres de Elena son mapuches y hablan mapudungún. Elena dice que no lo habla pero que lo entiende porque en su casa se conversa en el idioma mapuche, aunque con bastante esfuerzo. Cuando estaba en la secundaria entendía más pero lo perdió un poco desde que empezó la universidad y que murieron los abuelos, ambos hablantes de mapudungún. La familia de Elena celebra el año nuevo mapuche y el guillatún en el campo, se trata de un rito de conexión con el mundo espiritual para pedir buen clima, siembra y cosechas o agradecer los beneficios recibidos, entre otras cosas. En la casa todos utilizan la medicina mapuche; desde que a la madre le descubrieron diabetes está tomando unas hierbas que le dio el machi (curandera y consejera) y Elena está tomando unas gotitas que hacen bien para la memoria. Cuando le preguntamos acerca de cómo se siente con respecto a la cultura mapuche, lo primero que dijo fue: “Mira, es que hay sentimientos encontrados”. Elena se considera parte de la cultura mapuche pero también de la cultura occidental chilena y es como otros chicos de su edad: se manejan en el ámbito de la biculturalidad. Ella dice que nunca se sintió discriminada por su origen étnico.

por ejemplo, el hecho de que la mayoría de las personas que viven en la comunidad no alcance un buen nivel de estudios que le permita desarrollarse mejor. Asimismo, no se siente identificada, es más, no está de acuerdo con las huelgas y protestas políticas que los estudiantes de la universidad realizan a favor de causas mapuches; considera que no es el modo más apropiado de hacerse escuchar.

El papá de Elena estudió hasta el 4º básico, sabe leer y escribir. En cambio, la mamá

nunca fue a la escuela y recién ahora está empezando a aprender, desde que participa en

el programa de alfabetización “Chile Califica” del Ministerio de Educación. Elena hizo la escuela básica y media en Temuco; al igual que los dos hermanos mayores, fue al Liceo Municipal Pablo Neruda. Ella cuenta que ir al colegio le encantaba porque podía descan- sar y ocuparse de algo que le gustaba en vez de trabajar en el campo, lo cual implicaba levantarse muy temprano y ocuparse de producir la tierra y cuidar de los animales. Los padres valoraban que ella fuera a la escuela, pero no la ayudaban cotidianamente con las tareas ni la incentivaban como a sus compañeros porque estaban ocupados con su traba- jo. Como la madre no fue a la escuela, lo que más le preocupaba era que, como primer paso, ella aprendiera a leer y escribir.

Cuenta, con una expresión de molestia, que en la escuela primaria los maestros no ayudaban mucho a los estudiantes a elegir la escuela secundaria con la orientación más adecuada a las preferencias personales, ni los incentivaban a perseguir estudios superiores.

En ese momento lo más común era terminar el liceo y empezar a trabajar. Recuerda que

en la casa se empezó a hablar de estudios superiores cuando uno de los hermanos mayo- res, que era muy bueno para dibujar y en la casa lo elogiaban por ello, se planteó ir a la universidad. El hermano decía que iba a estudiar construcción y con el título en la mano, con sólo firmar, le iban a pagar.

Cuando empezó la escuela media, se planteó como meta estar en el curso con los mejores alumnos porque allí estaban los profesores de mayor calidad y el mejor nivel de estudio. Ella dice que como es muy exigente consigo misma se esforzó muchísimo: estudió, obtuvo buenas notas en los dos primeros años y ya para el tercero, los profesores la pasaron al curso más selecto. Ahí cambió todo; estar entre los alumnos más estudio- sos la obligó a competir y esforzarse aún más. En el liceo los profesores les hablaban a los alumnos todo el tiempo sobre cómo iba a ser cuando estuvieran en la universidad. Entonces, por lo que le decían en la escuela y la referencia del hermano, se propuso ir a la universidad. Al terminar la secundaria la mayoría de los alumnos de su curso, junto con ella, rindieron la prueba de aptitud académica y entraron a carreras difíciles como ingeniería, medicina, etcétera.

Cuando les dijo a los padres que quería ir a la universidad, a ellos les pareció bien, pero le dijeron que era un gasto económico más para la casa. Ella dice que tuvo suerte con sus padres porque a pesar de las restricciones económicas siempre la apoyaron en lo que quiso. Quizás esto tiene que ver con que vivieron etapas sufridas por la situación de pobreza y entonces querían lo mejor para sus hijos:

–Sabes, en muchos otros estudios, se encuentra el tema de que no siempre pasa eso, de que los papás apoyan a los hijos cuando van a ir a la universi- dad, al contrario, muchas veces lo ven como un problema, el tema económi- co que tú dijiste primero, pero no sé…

— Yo creo que les da orgullo, porque como te decía donde yo vivo, la comu- nidad, yo jugaba con los chicos de mi comunidad, yo estaba todo el verano en el campo. ¿Playa? ¡Olvídate! Yo era del campo y tenía que trabajar (…). Te hacían levantarte, tenías que cosechar papas, tenías que ver los animales, qué sé yo, entonces te levantabas muy temprano y te acostabas temprano igual, entonces para mí entrar al colegio era como ah, voy a descansar, por- que me ocupaba de eso y era algo que me gustaba… Donde yo estudiaba también había otras niñas me acuerdo, dos niñas que venían del campo a estudiar a Temuco en el colegio básico y a ellas les encantaba, les encantaba el colegio. Porque yo me acuerdo que su abuelita vendía flores en el cemente- rio y entonces todos los días se levantaban a las cinco de la mañana a ayudar a la abuelita con las flores, y quizás con ellas pasó lo que conmigo no pasó, cuando ellas les dijeron a sus papás que querían seguir estudiando –porque yo todavía tengo contacto con ellas– y a ellas no les permitieron estudiar, o sea no les iban a ayudar económicamente.

— ¿Por qué crees que en el caso de tus papás fue distinto?

— No sé, no sabría decirlo, yo cacho que me saqué la lotería. No, no sé, la verdad no sé, pero ellos siempre nos han apoyado en todas las cosas que hemos querido hacer, si yo pasé por todo en la básica, jugué básquetbol, jugué vóleibol, ballet, hasta violín, entonces tú les decías y ellos te decían: dale nomás.

En realidad, Elena quería asistir a la Universidad de Chile, que era la única que en ese momento ofrecía la carrera que a ella le gustaba y, además, pensaba que valía la pena

porque es una institución muy reconocida. Pero irse a vivir a Santiago de Chile y dejar

su casa implicaba un costo económico enorme. Si hubiera encontrado una posibilidad de financiarlo lo hubiera hecho, pero eso no pasó y tuvo que encontrar el modo de estu- diar dentro de sus posibilidades. La motivación inicial de Elena para realizar estudios de pregrado era económica: pensaba que obtener un título, como decía su hermano, le iba

a permitir ganar dinero y, de este modo, mejorar sus expectativas de vida. También con- sideraba aburrido ponerse a trabajar después de terminar la secundaria y hacer lo mismo todos los días de su vida.

Con el puntaje que obtuvo en la prueba de selección universitaria, Elena ingresó a

la carrera elegida en la UFRO y no utilizó la vía de admisión especial para estudiantes con ascendencia mapuche. Obtuvo el 90% del crédito estatal. Tenía que pagar una parte

del arancel de su carrera de su propio bolsillo, además de los gastos de manutención. Al poco tiempo de empezar la carrera, la situación familiar incidió en sus estudios: el padre tuvo un accidente de trabajo que afectó gravemente su salud y los ingresos familiares se vieron drásticamente reducidos. Durante un tiempo, Elena colaboró en el cuidado de su padre que estaba hospitalizado, perdió muchas clases y no pudo aprobar todos

los ramos. Cuando se fue a inscribir al semestre siguiente, una autoridad de UFRO les

dijo no sólo a ella, sino también a otros compañeros que habían tenido problemas para asistir regularmente a clases:

–Nos dijo: “¡Podrías considerar cambiarte de carrera, porque me bajas el promedio general acumulado!”, entonces yo, pajarito nuevo, no pesqué, no, si yo estoy segura de lo que quiero, me fui a inscribir ramos.

Elena no prestó importancia al comentario de esta autoridad y se anotó en las mate- rias correspondientes. Al año siguiente, tuvo que abandonar temporariamente los estu- dios para generar ingresos que permitieran sustentar los gastos familiares. Junto con su madre trabajaron la tierra y tuvieron una buena cosecha, lo que les permitió obtener un

modesto ingreso. Después de eso, decidió buscar un empleo en Temuco e ingresó como

cajera en un supermercado. Con eso pudo juntar dinero suficiente para ayudar a su familia y ahorrar un poco para ella. Cuando la situación se acomodó, dejó ese trabajo y volvió a la universidad. Dice que al principio le costó mucho porque no conocía a nadie, no tenía con quien estudiar, pero con el tiempo se fue adaptando.

El año pasado el Proyecto Rüpü le envió un correo electrónico para invitarla a par- ticipar y ella se inscribió. Allí se enteró de un montón de cosas que no sabía: que se pueden dejar ramos de la carrera, repactar las deudas y recibir una beca de alimentación

que otorga la UFRO. Realizó cursos, utilizó las computadoras de la Ruka y fue al ciclo

de video sobre cultura mapuche. Le interesó involucrarse como tutora de los chicos que recién ingresaban a la universidad, pero eso no fue posible por la escasa disponibilidad de tiempo que le quedaba entre el estudio y el trabajo.

Cuando fue entrevistada, en septiembre de 2006, le faltaba un año para finalizar la

carrera:

–Esa fue mi primer… o sea, yo voy a entrar a la universidad, voy a firmar y voy a ganar plata, mira la tontera, pero era cabra chica y todo lo creía (…), hoy en día si tú no tienes un título (…), no me conformo siquiera ahora de salir como graduada, yo sé que tengo que hacer un magíster para poder tener la opción a un buen trabajo.

Elena se ríe de las ideas que tenía cuando empezó; considera que hoy en día no le alcanza sólo con el título de grado para obtener un buen trabajo. Quiere realizar un ma- gíster y luego quizás hacer otro posgrado:

–Esa idea de hacer un magíster, ¿es como una meta de la vida o una alter- nativa más?

–No, no. Es un paso más a seguir, después viene el posgrado y después… o sea es que tú ves, tú ves a los profesores que te hacen clases, ponte tú en mi departamento, y tú ingresas a la plataforma del profe y tú ves que el profesor ha ido, tiene un magíster, posgrado, entonces es eso, es como que uno ve eso, porque si él puede, yo igual puedo dar el paso.

Para ella sería fundamental acceder a algún financiamiento para realizar estudios de posgrado, por eso preguntaba si el Proyecto Rüpü ofrece alguna beca para hacer el

consultoría; luego, después de los cuarenta años, le gustaría crear su propia empresa.

También le interesa la medicina alternativa relacionada con la cultura mapuche porque

es sana, natural y no tiene contraindicaciones pero que irá viendo con el tiempo si también hace algo relacionado con eso, dice que todavía es joven y hasta el momento está todo bien.

Facundo

Facundo tiene 29 años y es graduado de la UFRO. Casi toda su vida vivió en la comu-

nidad mapuche Huenulaf en Botrolhue, ubicada en las proximidades de Temuco.

Facundo ha tenido una vida bastante difícil. Su familia originariamente estaba com- puesta por el padre, la madre y cuatro hermanos; sin embargo, dos de ellos fallecieron. Cuando era pequeño el padre era alcohólico y dejó a la familia. Esto obligó a la madre a

asumir la jefatura de hogar y salir a buscar un sustento para todos. Todos los hijos fueron

colocados en casas de distintos tíos en la comunidad, quienes recibían una mensualidad de la madre por el cuidado de ellos. Facundo estuvo un tiempo así hasta que se cansó de vivir en distintos hogares y cuando estaba en segundo medio, volvió a la casa de su madre en donde vivió sólo por unos años. En ese período, la madre residió en distintas localidades (Villarrica, entre otras) en donde pudo obtener trabajo como empleada do- méstica. Desde hace unos años, volvió a establecer residencia fija en la comunidad y vive con Facundo.

Los dos padres de Facundo son descendientes de mapuches. Él y su familia ampliada

han vivido siempre en la comunidad, pero como se encuentra ubicada cerca de Temuco,

cuenta que también están muy insertos en la sociedad occidental y que hay un proble-

ma de identidad cultural. Muchas costumbres mapuches se han perdido, al igual que el

habla cotidiana de la lengua. Cuando era pequeño, los abuelos le enseñaron a hablar en mapuche y varios de los tíos también saben mapudungún, pero muchos de sus familiares aunque saben la lengua, ya no la hablan. Facundo dice que se siente perteneciente a la cultura mapuche y que es, dentro de todos los primos, el más apegado a ella. Una de las actividades que más disfruta es realizar dibujos mapuches. Cuenta que siempre tuvo la necesidad de vincularse más con su cultura y fue una búsqueda constante. Cuando llegó a la universidad se encontró con estudiantes mapuches que venían de comunidades más

alejadas de Temuco en las que había una fuerte presencia de esta cultura. Él sentía que

se entendía mejor con ellos que con los estudiantes que venían de la ciudad. Allí se em- pezó a acercar más a sus orígenes, a practicar las ceremonias, a hablar con gente mayor y cambió mucho su visión:

Pero tú dices, llegó a cambiar mi visión, ¿qué es lo que cambió?

Cambió porque, o sea, no es que haya cambiado, más que nada es como que me reencontré, porque siempre sentí que me faltaba algo y ahora en- cuentro que estoy más completo.

¿Y cuándo encontraste eso que te faltaba? ¿Al entrar a la universidad o al practicar tu cultura en la comunidad?

Cuando comencé en realidad a conocer todo lo que tiene que ver con la cultura.

Cuando se murió el segundo hermano, la madre no quiso estar más en la comunidad

porque le traía muchos recuerdos. Varios integrantes de la familia se fueron a Temuco a

la casa de una prima. Facundo asistió allí a un liceo y gracias a que obtuvo una beca en segundo año pudo finalizarlo. En esa época, también trabajó durante el verano y ahorró dinero para pagarse todos los gastos asociados al estudio (pasaje, material de lectura, etc.). Al él le gustaba estudiar y le iba muy bien, de hecho, asistió a campeonatos de física y a concursos nacionales de arte.

Dentro de su familia, que es grande, sólo una prima ha llegado a la universidad, graduándose de pedagogía en inglés y es, en sus palabras, la única dentro de la familia, que había sido urbana”. La madre llegó hasta 3º básico y los tíos también. El tío que más estudió llegó hasta 2º medio de humanidades en el liceo. La educación no fue un tema valorado en su familia, porque había otras prioridades. Todos trabajaban y llevaban

dinero al hogar, entonces estudiar era considerado una carga y no una inversión a futuro que podría traer mayores beneficios económicos y de otro tipo. Cuando se mencionaba el tema de la universidad, no había apoyo familiar.

¿Cómo lo veía tu mamá?

Por ejemplo, como ella encima era sola, para ella yo era un gasto so- lamente, mi mamá nunca entendió, o sea, después cuando yo empecé a trabajar, recién se vino a dar cuenta de que sí, era como una inversión en cierta forma.

Cuando estaba por finalizar el liceo decidió que quería estudiar en la universidad.

No le contó nada a la madre, porque no lo iba a entender pero sí lo charló con la prima

que había sido universitaria, pensando que iba a contar con su apoyo. Sin embargo, ella le dijo que dejara de soñar y fuera más realista, que aunque tuviera capacidades no iba a tener recursos económicos para solventar una carrera. Esto lo sorprendió mucho, aunque menciona que le dio más fuerzas para perseguir su objetivo. Aunque en su familia no lo entendieran, para él era súper importante estudiar y no iba a detenerse hasta conseguirlo.

Tenía una motivación intelectual, una necesidad de ocupar la mente y desarrollar el pen- samiento. Además, quería demostrarles a su familia y a todos los que no le creían o no lo apoyaron que, aunque fuera pobre, el podía hacer una carrera universitaria y graduarse.

Originariamente quería estudiar arquitectura, pero es una carrera muy costosa que además no la ofrece la UFRO, entonces decidió realizar otra carrera. En el último año

del liceo ganó un concurso que le otorgó un premio en dinero y con eso pudo rendir la prueba de aptitud académica, ingresar a la universidad y pagar la matrícula. Facundo

utilizó la vía de admisión especial para estudiantes mapuches. Recibió el 100% del cré-

dito estatal que entrega el gobierno chileno, junto con una beca de MINEDUC, la beca

indígena y la beca de alimentación. Ahí tenía bastantes recursos para dedicarse a estudiar, aunque había gastos que debía cubrir por sí mismo, como por ejemplo, el pasaje para viajar a la universidad, materiales de estudio, entre otros. A veces faltó a clases por falta de recursos y en general tuvo que organizarse para cumplir con las exigencias académicas. Él menciona que tuvo buenos compañeros que le ayudaron, en ocasiones se quedaba en