Artículo publicado en el diario El Universal el 10 de marzo de 1980.
CON MOTIVO de la visita a Caracas de Guillermo Cabrera Infante, estuve
releyendo el número uno de la revista Libre. Para quienes no lo saben, Libre fue una hermosa y muy importante empresa cultural y política, una revista publicada en París, en castellano, y que aspiraba a ser ampliamente hispanoamericana. Su lista de colaboradores vale la pena citarla, por lo menos parcialmente, ya que es por sí sola un manifiesto: Claribel Alegría, Carlos Barral, Italo Calvino, José María Castellet, Julio Cortázar, José Donoso, Jorge Edwards; Hans Magnus Enzensberger, Carlos Fuentes, Carlos Franqui, Gabriel García Márquez, Salvador Garmendia, Jean Genêt, Adriano González León, Juan Goytisolo, Luis Goytisolo, Rodolfo Hinostroza, Noé Jitrik, Wifredo Lam, Plinio Apuleyo Mendoza, José Emilio Pacheco, Octavio Paz, Teodoro Petkoff, Angel Rama, Vicente Rojo, Severo Sarduy, Jorge Semprún, Susan Sontag, Antonio Tápies, José Angel Valente, Mario Vargas Llosa.
Libre se proponía “una labor revolucionaria en todos los planos
fundamentalmente accesibles a la palabra: cambiar el mundo, conforme al propósito de Marx; cambiar la vida, según el anhelo de Rimbaud”. En el contexto (1970) en que se comenzó a planificar la revista, ese propósito se hubiera encontrado tres cuartas partes cumplido, de acuerdo con los criterios de sus promotores, mediante una defensa integral y jubilosa de la Revolución Cubana. Por desgracia (o más bien por fortuna, porque la verdad es siempre mejor que la mentira, la realidad preferible a la ilusión), en abril de 1971 fue arrestado en La Habana el poeta Heberto Padilla y mantenido incomunicado durante nueve días en las dependencias de “Seguridad del Estado”, de donde emergió para hacer su famosa o infame autocrítica en una asamblea de la Unión de Escritores.
Al propagarse en los medios intelectuales hispanoamericanos de París y Barcelona la noticia del arresto de Padilla, catorce de los aproximadamente veinticinco escritores latinoamericanos y españoles involucrados en el proyecto de
Libre enviaron a Fidel Castro una carta llena de respeto, y hasta de cierta adoración,
manifestando preocupación por el hecho y, a la vez, su certeza de que Fidel enderezaría tal entuerto. Cuál no fue su escándalo cuando, fresca la tinta de sus firmas, Prensa Latina difundió una “confesión” de Padilla a la policía política y la versión taquigráfica del inverosímil acto en la Unión de Escritores donde Padilla, además de revolcarse en porquería, advirtió que varios escritores allí presentes (entre ellos, Lezama Lima) habían dado tantas o más razones que él para ser objeto de la atención y las bondades de la policía política. “Yo sé, por ejemplo… no sé si está
Lezama Lima… Los juicios de Lezama no han sido siempre justos con la Revolución Cubana… Y todos estos juicios, compañeros, todas estas actitudes y estas actividades (de Lezama Lima) a que yo me refiero, son muy conocidas… y además muy conocidas en Seguridad del Estado… Yo pensaba (en Lezama Lima y otros escritores) en esa celda (de Seguridad del Estado), que no era una celda precisamente sombría, como me había dicho el compañero Buzzi, a quien no veo por aquí. ¿Está aquí? Ah, sí, allí está el compañero Buzzi; que si no, me quiero referir a sus actitudes es porque Buzzi ha tenido su dolor y yo no quiero agregar aquí ningún dolor al que ya tuvo, y porque sé que él estaba preocupado mientras yo hablaba de que fuese a mencionar su nombre… El estuvo en la Seguridad del Estado. Y yo no vi aquella atmósfera que él me decía…”
En conocimiento de la confesión de Padilla y del acto en la Unión de Escritores, casi todos los futuros colaboradores de Libre despacharon una segunda carta a Fidel (y la publicaron en Le Monde), comunicándole esta vez su “vergüenza y cólera por el lastimoso texto de la confesión que ha firmado Heberto Padilla… así como por el acto celebrado en la UNEAC, en el cual el propio Padilla y los compañeros Belkis Cuza, Díaz Martínez, César López y Pablo Armando Fernández se sometieron a una penosa mascarada de autocrítica (que recuerda) los momentos más sórdidos del estalinismo”. Mario Vargas Llosa renunció (5 de mayo de 1971) al Comité de la Casa de Las Américas. Varios otros participantes en el proyecto de la aún no nacida Libre expresaron también posiciones individuales y diferenciales de repugnancia y rechazo al “caso Padilla” y sus implicaciones, entre ellos el venezolano Adriano González León.
Para algunos de ellos, ése fue el comienzo de un desencanto progresivo, no sólo con la Revolución Cubana, sino con el marxismo y hasta con todo historicismo. Otros reaccionaron como la mujer apaleada, y por lo mismo más subyugada, ante la brutal agresión a que los sometió Fidel en su célebre discurso en que los calificó de pseudo- izquierdistas descarados, de falsos revolucionarios usufructuando en París, Londres, Roma o Barcelona sus devaneos con la Revolución, y donde les dijo que no se molestaran más en defenderla ni se hicieran ilusiones de volver a ser agasajados en Cuba: “Ya saben, señores intelectuales burgueses y agentes de la CIA y de los servicios de espionaje del imperialismo: en Cuba no tendrán entrada… ¡Cerrada la entrada indefinidamente, por tiempo indefinido, por tiempo infinito!”
Esto causó gran dolor, por ejemplo, a Cortázar, quien escribió un poema de autoflagelación donde dice: “Todo escritor, Narciso, se masturba defendiendo su nombre. El Occidente lo ha llenado de orgullo solitario. ¿Quién soy yo frente a pueblos que luchan por la sal y la vida? ¿Con qué derecho he de llenar más páginas con opiniones personales?… Reconozco la torpeza de pretender saberlo todo desde un mero escritorio… Yo sé que algún día volveremos a vemos, buenos días, Fidel;
buenos días, Haydée; buenos días, mi Casa, mi sitio en los amigos y en las calles, mi buchito, mi amor, mi caimancito herido… déjame defenderte.”
Libre nació de todos modos, a fines de 1971, pero con plomo en el ala. Había
habido gran presión para que el proyecto fuera abandonado, y una campaña de injurias y calumnias, lo que explica el tono defensivo de la presentación del primer número, donde se afirma que el propósito de la revista no puede prestarse a equívocos ni a interpretaciones apresuradas, y que el financiamiento era “absolutamente independiente” (una de las mujeres apaleadas, Luigi Nono, se había dirigido en telegrama público al coordinador del primer número, Juan Goytisolo, en estos términos: “Te invito suspender publicación revista Libre financiada por Patiño verdadera ofensa moral a mineros bolivianos”…) Convertidos los apoyos con que posiblemente pensó contar en enemistades implacables, Libre sólo pudo acumular cuatro números espléndidos, antes de desaparecer. Su mayor contribución fue, apropiadamente, reunir todos los documentos y testimonios en torno al caso Padilla, que sin eso estarían dispersos, o se habrían perdido para siempre, o no habrían existido nunca.