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SURREALISMO, TROTSKISMO Y LIBERTAD DE CREACION

Artículo publicado en el diario El Universal el 17 de septiembre de 1979.

MUCHO ANTES del exilio de León Trotski, ya existía amplia evidencia de que la

creación artística estaba siendo asfixiada por la Revolución Soviética. Comprometido en una lucha por la vida de sus amigos políticos, literalmente, Trotski no parece haber dado importancia particular a este aspecto de la peste estalinista. Por otra parte, muchos de los mejores artistas y escritores rusos habían compartido el entusiasmo inicial por la Revolución y conservaban amistad, o por lo menos acceso fácil, a los más altos jerarcas. Esto no impidió el suicidio de Maiakovski, pero sí mantuvo a Mandelstam en vida dos o tres años más allá de lo que de otra manera no hubiera sido posible. Bujarín era su amigo. Pastemak, quien conservó hasta la Segunda Guerra Mundial acceso telefónico a Stalin, también intercedió.

También Gorki intervino repetidamente para salvar la vida (aunque no la posibilidad de hacer obra y verla expuesta o publicada) de amigos menos indispensables que él a la imagen exterior del régimen.

Definitivamente expulsado de la Unión Soviética, Trotski va a desarrollar una febril actividad política, patética en lo organizativo (la Cuarta Internacional) pero grandiosa en lo literario. También va a descubrir que entre sus más fieles partidarios están André Breton y el grupo de artistas y escritores surrealistas que no habían sucumbido a los argumentos anteriores del mismo Trotski, de los cuales se desprendía que, pese a todo, la URSS, en tanto que “estado proletario”, seguía mereciendo la adhesión de todos los revolucionarios. Y revolucionarios habían querido ser los surrealistas, más que los mismos bolcheviques. Hay un curioso texto de Breton, en 1925, donde podemos leer lo siguiente: “El comunismo es el instrumento gracias al cual han podido ser derribadas las murallas del vetusto edificio (social); el comunismo ha demostrado ser el más maravilloso agente jamás propuesto para la sustitución de un mundo por otro. Para nosotros (los surrealistas), importa poco saber si el mundo nuevo es preferible al antiguo. Lo que podría preocupamos es que la Revolución Rusa haya podido llegar a su fin, cosa que yo no creo. ¿Terminada, tan rápido, una revolución de tal amplitud? ¿Convertidas ya en valores convencionales las nuevas ideas, como ocurría con las antiguas? No puedo aceptar esa hipótesis… No

puedo creer que la Revolución Rusa tome la vía de cometer no se qué proyecto utilitario más desastroso todavía (que el edificado por la sociedad burguesa)…”

Trostki entendía perfectamente que la destrucción por sí misma no puede ser el comienzo y el fin de una acción revolucionaria, pero exaltados como los surrealistas,

quienes, en un mundo todavía nutrido por los “valores convencionales”, podían jugar a la “revolución total y permanente”, contribuyeron sin querer al tejido de calumnias estalinistas con que se conformó el monstruo llamado “trotskismo”.

La convicción de que la tarea del revolucionario es destruir, y seguir destruyendo, no es una posición política, sino una condición patológica. Lo hemos visto en nuestros días, sin que tampoco sea nada nuevo: ésa fue la raíz del terrorismo nihilista en el siglo XIX. En vista de estas observaciones y datos, es posible imaginar que haya sido Trotski quien mitigara la furia iconoclasta de Breton después de 1930. En una entrevista de 1935, el periodista le pregunta a Breton por la diferencia entre “arte conformista” y “arte social”. Breton responde: “No se puede simplificar el problema de esa manera. El no-conformismo se expresa supremamente en obras como las de Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont, que no tienen en apariencia nada social. Son obras que deben su irradiación extraordinaria al hecho de que responden antes que nada (y por excelencia) a una sed humana, general, que sólo se satisface con el arte. (Después de la Revolución) todo debe poder seguir siendo dicho… La imaginación artística debe permanecer libre, exenta por definición de las circunstancias opacas de la historia, desligada de todo fin práctico…”

Agregaba Breton, con referencia a un pintor “realista socialista” del momento, que esa pintura no pasaría jamás de ser un género menor, y que, en todo caso, para el artista o el escritor, una profesión de fe revolucionaria no podría ser nunca sustituto de su aptitud para resolver problemas plásticos o poéticos.

Es más interesante todavía el texto que escribieron juntos en México, en 1938, Breton y Trotski, titulado Por un arte revolucionario independiente. Allí se habla, ahora en términos inequívocos, del envilecimiento del arte y de la persona de los artistas en la Unión Soviética, y no se vacila en equiparar la situación con la que sufrían los creadores en la Alemania nazi. Un párrafo un tanto débil de Marx es citado (“El escritor debe, naturalmente, ganar dinero para poder vivir y escribir, pero no debe en ningún caso vivir y escribir para ganar dinero. Su creación no es un medio, sino un fin en sí misma… La primera condición de la libertad de expresión es que escribir no sea un oficio”) para apoyar una fuerte y magnífica proclama de libertad de creación: “La actividad artística o intelectual no puede estar esclavizada por fines exteriores a sí misma, ni puede regimentarse con base en una pretendida razón de Estado… A quienes proponen, para hoy o para el futuro, admitir que el arte sea sometido (a la ideología), decimos que semejante condición está reñida con su naturaleza y es radicalmente incompatible con sus medios. Nuestra divisa es: en materia de creación, libertad absoluta.”

Es cierto que un poco más abajo, en el mismo manifiesto, se encuentra esta fórmula ingenua y contradictoria: “Para el desarrollo de las fuerzas materiales

productivas, la Revolución debe centralizar y planificar; para la creación intelectual, la Revolución debe establecer y asegurar un régimen anarquista de libertad

individual”.

A última hora, Trotski le pidió a Diego Rivera que firmara en su lugar, y así quedó para la historia. Podría pensar algún habitante de otro mundo, al enterarse de estas cosas, que la discusión quedó entonces cerrada. Pero iba a continuar. Y continúa.