Del sujeto individual al sujeto colectivo: un tránsito de la infancia a la familia de primera infancia.
La niñez puede ser comprendida como un periodo de la vida de los individuos, una clasificación etaria que condensa ciertos rangos de edad, en tanto se asocian ciertas características de los sujetos, las cuales pueden ir desde rangos antropométricos hasta desarrollos cognitivos. Sin embargo, la infancia, es una categoría muy compleja que tiene un fuerte sentido histórico en su conformación, pues, aunque refiere a un tipo de individuo determinado, este no siempre fue, sino que más bien ha surgido a la existencia desde ciertos procesos socio-culturales, que le han permitido moldease en diversas definiciones de sí mismo, incluyendo su división interna en otros periodos de vida.
“Cada sociedad, de acuerdo con su trayectoria histórica, ha tenido distintas concepciones de la infancia, de su desarrollo y de su educación. Estas construcciones sociales están influenciadas por las ideas y las prácticas culturales que están presentes en la vida diaria, así como por los avances que se van dando en el conocimiento científico y cotidiano, las movilizaciones de las poblaciones y las políticas públicas o normativas en curso” (M.EN., 2014, p.15)
Así pues, una de las formas más claras y precisas de comprender la categoría infancia, es desde la afirmación que ciertamente no es un periodo de vida, pues carece de sustancia física, sino que la infancia es una forma de ser en el discurso (Gómez-Mendoza, 2014), implica considerarla no como un momento cronológico sino en una relación con el lenguaje. Será desde las presunciones discursivas en las que se crea y moldea aquello que es considerado infancia, y que validará la existencia de múltiples acercamientos a este concepto.
“La variabilidad histórico-cultural de las concepciones de infancia invita a reconocer que no existe una naturaleza infantil como fundamento fijo, permanente y especial que determina la existencia de todas las niñas y todos los niños. Más bien, la niñez se define y asume en cada sociedad de manera distinta según características específicas, dadas por esa naturaleza diversa que configura la existencia y la subjetividad respecto a ellas y ellos. (…) Las infancias son múltiples y diversas dependiendo de los distintos espacios culturales en los que se encuentren las niñas y los niños y según los procesos de trasformación de esa noción que se manifiestan en las prácticas de atención, cuidado y educación de las sociedades” (M.EN., 2014, p.15)
La infancia puede definirse tanto desde una disciplina como en relación a ciertos elementos. En el primer caso, por ejemplo, puede configurarse la categoría desde la medicina, lo que dará como parámetros una serie de ítems de desarrollo físico que delimitan lo que es la infancia, tendrá valoraciones cuantitativas y cualitativas, y se expresará desde el lenguaje en porcentajes y escalas. La infancia aquí se valida en pináculos de desarrollo motriz alcanzado, se es niño o niña (como el
sujeto de la niñez) en tanto se están iniciando y perfeccionando ciertos esquemas de desarrollo biológico.
Mientras que, en el segundo lugar, se puede ejemplificar, en relación con la información y el conocimiento. Antes de la imprenta, la infancia no existe pues los canales de comunicación son comunitarios sin filtro alguno, la información (el mundo, la realidad) está al alcance de todos y se transmite a todos, así el niño o la niña, será simplemente un adulto miniaturizado. Con el invento de Gütemberg, la información se limita al adulto, el mundo se divide y el mundo adulto tiene como condición de acceso la lengua escrita, de forma, que los niños y niñas surgen como individuos desde su desconocimiento del lenguaje codificado. Lo que cambiara nuevamente con la era digital, pues el mundo on-line pone al alcance de los niños y niñas las actividades y contenidos del mundo adulto, y se abrirá la discusión acerca de la desaparición de la infancia.
“Postman (…) considera que la sociedad del siglo XXI ha entrado, definitivamente, en un proceso de “desinfantilización”, para lo cual señala dos rasgos particulares: la infancia hiperrealizada y la infancia desrealizada. En el primer caso, se trata de la infancia de la realidad virtual, “de los chicos que realizan su infancia con Internet, computadoras, sesenta y cinco canales de cable, vídeo, family games, y que hace ya mucho tiempo dejaron de ocupar el lugar del no saber. (…) En el segundo caso, se trata de la infancia de la calle, de la infancia abandonada, de aquella infancia que es independiente, que es autónoma porque vive en la calle, porque trabaja desde muy temprana edad.” (Noguera, 2003, p.81)
Sin embargo, la definición de infancia que adoptaremos en esta investigación se vincula con la proclamación y especificación de derechos para los niños y niñas, que también es una manera de definir esté sujeto en relación a una forma de conocimiento, lo legal, pero también con una forma de ser sujeto; lo político.
“Así, Segalen (1989) indica que, anticipándose a la CIDN, el Consejo de Europa adoptó una recomendación "afirmando que los niños no pueden ser ya más considerados como la propiedad de sus padres, sino como individuos con los derechos y necesidades propias". Aquí, según la autora, al concepto de autoridad lo substituye el de responsabilidad.” (Gómez-Mendoza, 2014, p. 84)
Aquí, la infancia es un actor y un sujeto de derecho, que posee ciertas capacidades y necesidades que deben ser atendidas por una triada co-responsable; Estado, sociedad y familia. La autoderminación se delega en los responsables de los niños y niñas desde la suposición que toda acción tomada está dirigida a su beneficio y es consciente de necesidades e intereses, no se trata de asistencialismo, de suplir las necesidades básicas, sino de relaciones de afecto que promuevan el crecimiento en potencialidad de los niños y niñas como sujetos, es decir, en todos los matices que le configuran en lo subjetivo.
De este modo la definición de infancia se dará desde los marcos legales, será desde la ley y las políticas públicas desde donde se configura el sujeto niño y niña, en donde se detallarán sus características al determinar las particularidades de las relaciones que establece con los actores
sociales, y las necesidades que posee como actor social. Será la normativa la que dibuje el sujeto social de infancia.
“El discurso de derechos de la infancia es entonces el eje de un conjunto estructurado de legislación, políticas e instituciones que se muestra transformado. Este marco promueve dos grandes estrategias de acción: por un lado, la separación de las problemáticas de índole penal de las de origen social; por otro, el cuestionamiento a las instituciones totales y el consecuente desarrollo de alternativas de tratamiento.” (Llobet, 2006, p. 4)
Es en este proceso de legalización y legitimación del niño y la niña, que surgen lineamientos y convenciones que comienzan a especificar al sujeto, llamando por una división dentro de la categoría misma, así, surgirán los conceptos de primera infancia, infancia y adolescencia, cada una de ellas, definida de una manera distinta desde la ley y lo político, pero que además serán caracterizadas por otras disciplinas, se dibujarán como sujetos distintos desde lo cotidiano en la sociedad pues se les darán ciertas cargas desde el discurso que delimitará su accionar con los otros y sus formas de participación en los entramados intersubjetivos en los que es.
La primera infancia, que es la población que en esta investigación nos convoca, define al niño y niña desde lo etario, a partir de la gestación hasta los seis años. Ahora bien, la edad límite depende de cada uno de los países y su normativa, y está íntimamente ligada con una concepción economicista de la infancia, en la cual es más rentable realizar una inversión en los primeros seis años de vida (en el caso colombiano) en educar y formar según unos parámetros que aseguraran ciudadanos con ciertas características particulares, que invertir en etapas posteriores donde los
recursos no tienen el mismo potencial de logro y afectación, basándose en la medicina, y las afirmaciones sobre la plasticidad neuronal de este rango de edad. Una forma simplista de ejemplificarlo, es decir, que una población educada en la primera infancia de manera eficiente implica mejores resultados en los procesos educativos posteriores y, por ende, un mayor índice de trabajadores competentes y menores índices de delincuencia por problemas sociales ligados al fracaso y deserción escolar.
Así, en Colombia, la primera infancia está definida como
“(…) la etapa del ciclo vital en la que se establecen las bases para el desarrollo cognitivo, emocional y social del ser humano. Comprende la franja poblacional que va de los cero (0) a los seis (6) años de edad. Desde la primera infancia, los niños y niñas son sujetos titulares de los derechos reconocidos en los tratados internacionales, en la Constitución Política y en este Código. Son derechos impostergables de la primera infancia, la atención en salud y nutrición, el esquema completo de vacunación, la protección contra los peligros físicos y la educación inicial. En el primer mes de vida deberá garantizarse el registro civil de todos los niños y niñas” (Ley 1098 del 2006, Código de Infancia y Adolescencia, artículo 29)
De manera que la definición de la primera infancia, la existencia de este sujeto está ligada en nuestro contexto al cumplimiento de la norma, a la provisión de servicios y al cumplimiento de ciertos requerimientos de atención, para los cuales surge la política de Cero a Siempre, bajo la cual se dan los requerimientos que moldean y definen lo que debe ser la experiencia de la primera infancia para los individuos, sintetizando al sujeto en una relación de formación y acumulación de
habilidades en torno a cuatro ejes rectores (el arte, la literatura, la exploración del entorno y el juego), supeditando todas las interacciones a estos pilares, denominándolos desde lo institucionalidad como lo legítimo y adecuado.
“El proceso de implementación de una política social puede ser pensado como su institucionalización, proceso que incluye negociación e institución de sentidos, de relaciones de poder, de creación de sentido común, tanto en las definiciones de los problemas que aborda como en las prácticas que se consideran apropiadas. La institucionalización de una política pública es así la cristalización de un conglomerado de sentidos y prácticas que constituyen el buen sentido respecto de un problema particular. Las instituciones resultan tanto producto como productoras de la implementación de las políticas.” (Llobet, 2006, p. 5)
Es importante considerar que estas políticas que se inspiran en la concepción de infancia desde la relación con los derechos, implica necesariamente una revisión y reformulación de las representaciones que se tienen de infancia, pues en la perspectiva de derechos el niño y niña es un sujeto con posibilidad y potencialidad de acción, lo que se opone a la representaciones sociales de indefensión e inmadurez que es más común en la cotidianidad.
Es desde estas ideas que se puede afirmar que desde la perspectiva propuesta por el Ministerio de Educación Nacional, desde el Viceministerio de Preescolar, Básica y Media, Dirección de Primera Infancia y el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, en las orientaciones pedagógicas para la educación inicial en el marco de la atención integral, cuyas acciones transcienden los ámbitos
formales, para insertarse en espacios no tradicionales y no formales de educación, como lo comunitario y el ámbito familiar, implica que la primera infancia se concibe como un sujeto colectivo, donde no se refiere solamente a los niños y niñas, sino al núcleo familiar y cuidador que está en relación constante con el niño y niña menor de seis años, se refiere a la red de socialización primaria como un solo sujeto.
De manera tal, que la primera infancia es una experiencia social que involucra al individuo menor de seis años, pero lo hace desde las redes en las que es participe, es decir, la primera infancia es en términos de relación, no se piensa al sujeto por sí solo, ni mucho menos aislado, se le válida desde los lazos sociales, desde los entramados en los que es sujeto.
Será entonces, cuando se pueda hablar de la familia de primera infancia, referida como el tejido social primario en el que se encuentra un niño y niña, independiente de la composición del mismo. La familia misma, cambia como sujeto en su colectividad para responder a las demandas del niño o niñas menor de seis años, las formas de interacción, los ritos, los hábitos, los discursos, las acciones y las maneras de leer el mundo tendrán afecciones desde la relación afectiva que se realiza con el niño y la niña, su existencia por sí sola modifica los flujos de los entramados intersubjetivos, aunque su presencia como agente no involucra la acción consciente y reflexiva desde el inicio, si genera olas en las formas de pensamiento social que se viven dentro de la cotidianidad, y eso incluirá lo político.
La representación social es un concepto que surge de la intención de explicar tanto el comportamiento como la formación del conocimiento más allá de la esfera individual para establecerlo desde lo relacional, es decir, se valida desde las relaciones de interacción e interdependencia que se dan en la vida cotidiana. Es un concepto que surge inicialmente en la psicología social y que se irá desplazando a las demás ciencias de carácter social en tanto realiza un abordaje del individuo y lo colectivo frente a la aprehensión de la realidad y la producción de conocimiento.
Es así, como la noción de representación social (RS) intenta expresar una forma de pensamiento social que se origina en la cotidianidad de los sujetos, y que según Perera (2003) otorgará un importante valor al pensamiento social en la estructuración de la realidad social.
(…) Moscovici (1985) las define como formas de conocimiento de sentido común, construidas a partir de los intercambios con los demás, que permiten comprender la realidad física y social a partir del conocimiento previo, guían el comportamiento y la comunicación colectivos, y surgen frente a un objeto específico en un momento de ruptura o crisis. (Alvarado, 2012, p. 243)
Podrán ser comprendidas, entonces, como los conjuntos de conceptos, enunciados y explicaciones que se dan en la vida diaria en la comunicación entre sujetos, y que validan formas colectivas de leer la realidad e interactuar en los escenarios sociales que les son comunes a un grupo de sujetos.
Quizás esta última afirmación es una de las más importantes al momento de hablar de la representación social, en tanto la caracteriza y la define, pues la RS no está en varios sujetos, sino entre ellos, existe únicamente en la interacción entre individuos, de manera tal, que será una producción de la subjetividad social, es decir, es un producto de la subjetividad, pues vive en lo intersubjetivo, al ser la expresión de los procesos subjetivos del entramado social, pues se trata de los constructos cognitivos compartidos por un colectivo que se generan desde la interacción cotidiana de los individuos en los escenarios sociales, “(…) los soportes que vehiculizan las representaciones: los discursos de los individuos y grupos, sus comportamientos y prácticas sociales, son las que en un sentido amplio y en un interjuego particular constituyen las representaciones” (Perera, 2003, p.12),
De modo que la representación social es cambiante desde su connotación social al implicar el intercambio entre sujetos, continuo y dinámico, que parte del conocimiento, explicación y comunicación de las vivencias, que se construyen desde una serie de elementos de carácter simbólico, en su mayoría verbales (aunque también entran en consideración aquellos que son escritos), los cuales desde la práctica social de grupo ganan un significado y sentido personal para cada individuo, dependiendo de sus interacciones y propio carácter histórico, y sobre todo su posición en el entramado interrelacionar en el que participa, lo que incluye sus afectos y emociones, y capacidad propositiva de transformación.
“Los repertorios lingüísticos o universos semánticos producidos por los sujetos contienen aspectos cognitivos, simbólicos y afectivos, dan sentido y direccionalidad a la representación y son los elementos que permiten construir una representación” (Perera, 2003, p. 15) Aunque se debe tener
claridad que estos discursos no son expresiones directas de la representación sino que más bien funcionan como vehículo de la complejidad de las mismas, donde están los matices del mundo interno del sujeto (emociones, experiencias y memoria) y los del escenario social, ya que la representación social es una producción simbólica que permite comprender las formas de organización social,
(…) porque a veces cuando hablamos de la representación social como una producción simbólica, que delimita las posibilidades de nuestras prácticas y producciones en un contexto dado, nos olvidamos que esas representaciones tienen un alimento emocional que no está en la representación en sí, sino que está en las configuraciones subjetivas que esa representación toma en los sujetos y en las formas de relación de esos sujetos. (Díaz, 2012, p. 331)
Una forma de comprender las representaciones sociales es desde la Teoría del Núcleo Central, desarrollada por Jean-Claude Abric, quien propone que las RS están compuestas por dos sistemas, uno central y otro periférico, cada uno de los cuales tiene una serie de características particulares, así como funciones específicas. De modo que el núcleo se caracteriza por su fuerte carácter colectivo (siendo un producto del consenso del grupo social), que es estable y posee cierta rigidez como sentencia, es desde donde parte la significación global de la representación social y la que articulara los elementos de la periferia. Mientras que el sistema periférico, posee una flexibilidad y dinamismo que permite que la representación social se ajuste a las diversas situaciones y prácticas que se dan en la cotidianidad, además que tiene un fuerte carácter de individualización.
Se puede decir, que el núcleo es la expresión del pensamiento social, de los discursos de las macro instituciones (Estado, Iglesia, Escuela, entre otros), de lo legitimo y adecuado, que ha sido tamizado por la subjetividad social de las comunidades. Mientras que la periferia es el entramado intersubjetivo, es el flujo entre lo individual y lo social, que se da en la vivencia de lo cotidiano, que permite moldear las aseveraciones que dictan las conductas en acciones contextuales, dependientes de las redes sociales en que se habita.
“Moscovici busca comprender las maneras en que se construye el conocimiento a partir del sentido común, de la comunicación y de las interacciones con otros, presentando las representaciones sociales como una manera de hacer inteligible el mundo social al que están expuestas las personas, al dotar de sentido lo extraño, haciéndolo familiar. Estas construcciones cognitivas se dan en interacciones a las que cada quien llega con sus experiencias previas, sus emociones, sus contradicciones y sus argumentos, es decir, con su mundo interno, y se alimenta del mundo externo en el que interactúa con otros sujetos, inmerso o inmersa en una cultura y sociedad específicas.” (Alvarado, 2012, p. 243)
Lo anterior implica que si bien la representación social es un producto de la subjetividad social, desde la dinámica simultánea y constante de lo individual y lo social, la RS también genera elementos que son constitutivos para la subjetividad, ya que si la representación social considera al grupo social como sujeto abala el tránsito de lo subjetivo a lo intersubjetivo, al tiempo que la constitución de subjetividad implica la reorganización de las representaciones del sujeto mismo
así como de la sociedad y otros, es decir, de los sujetos colectivos, en tanto subjetividad puede ser