1. La unificación del principio transcendental con el principio de la libertad ofrece la ventaja de superar la mera yuxtaposición de las dos primeras Críticas de Kant, que a juicio de Fichte estaban sin mediación alguna.
Resumo lo ya dicho. Primero, Kant no expone la unidad. Distingue tres absolutos, con sus tres facultades correspondientes de representa-
ción, voluntad y sentimiento como puntos de partida; e indica: a) El ab-
soluto teórico para el mundo sensible; b) el absoluto práctico para el mundo moral; c) el absoluto estético-teleológico como raíz inescrutable de los otros dos. Segundo, Kant no logra darles unidad absoluta, “quedando atrapado en la división: el vehículo que establece entre sus tres absolutos es un mero accidente”49
.
Fichte estima que los tres absolutos de Kant, mirados en su significa- ción última, son en verdad dos: el sensible y el inteligible. El tercero es su lazo de unión, “que crea y determina absolutamente ambos mundos”50
. Semejante lazo pertenece al mundo inteligible, y es el saber puro y sim-
47. I, 96.
48. Este yo –obsérvese de paso– no es el yo teórico o inteligente, cognoscente, el cual está en acción recíproca con un no-yo que se le opone, con un objeto; es, pues, independiente de un no- yo.
49. X, 102. 50. X, 110.
ple. La primera escisión de todas es, según Fichte, la de ser y conciencia –la que primitivamente vio Kant para construir la filosofía transcenden- tal–. A ésta sigue la de lo sensible y lo inteligible.
De modo que Kant, a pesar de su esfuerzo, habría dejado en el sujeto una multiplicidad de funciones sin unidad, o sea, no habría indicado su origen unitario y su conexión interna. De ahí surgía una problemática, en la que se debatieron los poskantianos.
2. Ya Reinhold había echado de menos en Kant un principio siste- mático como punto de intelección absolutamente supremo; sólo a partir de ese fundamento podría establecerse un sistema estricto, al quedar los contenidos particulares enlazados sistemáticamente. Reinhold se propuso hallar un principio supremo a esta multiplicidad de funciones. Según él, ese principio se encontraba ya en planteamientos kantianos, concreta- mente en la “conciencia” como fundamento unitario de todas las funcio- nes cognoscitivas. El principio primero es formulado así por Reinhold: “En la conciencia, la representación es distinguida del sujeto y del objeto por el sujeto y referida a ambos”. Pero Reinhold asumió ese principio sólo por el lado teórico, o sea, por la línea abierta en la Crítica de la ra-
zón pura, desaprovechando otras incitaciones que se encuentran en la Crítica de la razón práctica. El principio de la conciencia tiene en
Reinhold un claro cuño teórico. Por eso explica él que la esencia de la conciencia consiste en la representación (Vorstellung), de la cual se deri- varían todas las funciones del conocer (así como las del querer y del sen- timiento). Consiguientemente, Reinhold tiene que derivar el “sentimien- to” y el “querer” del conocer: aquellos serían modos de la facultad de conocimiento.
Fichte piensa que incluso este “principio de la conciencia” está aún lejos de ser absolutamente primero. Reinhold acierta al exigir un funda- mento a las facultades kantianas, pero yerra al establecerlo en las faculta- des cognoscitivas: todavía hay que subordinarlas al principio de la yoidad (Ichheit).
Además, si para Reinhold ocurre que en la representación el repre- sentante se refiere a lo representado (de ahí el carácter transcendental de su filosofía), también es cierto que la representación mantiene una opaca referencia a cosas en sí extramentales. Con lo cual la razón no acaba de entrar en concordancia absoluta consigo misma: siente aún la comezón
de cosas en sí. Y con cosas en sí, existentes fuera de la conciencia, no se consigue fundar la filosofía transcendental.
El principio de Reinhold tiene, pues, tres aspectos inadmisibles: es sólo teórico, absorbido en la mera representación; es condicionado, por su referencia, siquiera lejana, a cosas en sí; y es fáctico, por su carácter de hecho dado, no legitimado ni justificado.
3. Por otro lado, Jacobi advirtió que si se admiten cosas en sí no se puede ser kantiano. Y Schulze se propuso demostrar que ese concepto de cosas en sí es contradictorio. Porque Kant, al admitirlas, decía, de un lado, que eran incognoscibles y, de otro lado, que eran causa del cono- cimiento. Y esto es una contradicción, replica Schulze. Pues ¿cómo po- demos hablar de la causalidad que ejerce una cosa incognoscible? Hay aquí una incoherencia palmaria.
Por su parte, Fichte considera correcta la posición de la filosofía transcendental: la fundamentación del conocimiento no acontece en la relación que va de la representación al objeto, sino en la relación que va de la representación del objeto a la representación de la representación del objeto. Pues todo objeto o se da en la representación o no existe como objeto para el sujeto.
Y agrega que hay en el objeto dos momentos: el de “donación” y el de “constitución”. Para Kant, la donación del objeto es sólo constatada, pero no es conocida, porque hace referencia a cosas en sí incognoscibles. La constitución del objeto, en cambio, depende en parte de leyes racio- nales: mejor aún, es producida en su necesidad por nuestro conocimiento. Fichte elimina también la posible referencia a “cosas en sí”, de manera que el momento de donación dependa del momento de constitución. Fichte reprocha a Kant y a los kantianos dogmáticos el haber distinguido radicalmente entre condición y determinación de las representaciones, asignando un origen distinto para cada una. Así, según Kant, “toda con- ciencia está condicionada sólo por la autoconciencia, pero el contenido de ella puede estar fundado (determinado) por cualquier cosa fuera de la autoconciencia”51. Fichte exige un paso más: “Toda conciencia está de- terminada por la autoconciencia; es decir, todo lo que se presenta en la
conciencia está fundado, dado y producido por las condiciones de la au- toconciencia”52.