1. Kant –insistamos en ello– mantenía vigentes algunas secuelas de las cosas en sí, como la “afección” que los objetos causaban en la subje- tividad, o la separación entre lo sensible y lo inteligible. Pero si lo sensi- ble no es lo realmente existente y si el mundo es en verdad un orden espi- ritual, una “ley del orden y del derecho igual en un sistema de seres ra- cionales”, cuya realidad es la de “una ley espiritual que ordena lo exis- tente53, entonces el hombre es, en la más profunda raíz de su ser, la ley misma. “Esta ley es el ser de ese hombre, ser que se apoya sobre sí mis- mo, es portador de sí, no necesita absolutamente de nadie fuera de él y ni siquiera puede aceptar algo semejante. Ley, absolutamente por razón de la ley, que hace desaparecer enteramente todo fin fuera de ella”54
.
El mundo de la experiencia queda así como material para el cumpli- miento de nuestro deber y arraiga en una base inobjetiva e independiente de la mera producción teórica de representaciones. En la identidad de
querer y deber se define la autoactividad del yo y se constituye el centro
en que se unen el mundo sensible y el mundo inteligible: “En mi pensa- miento debo partir del yo puro, y pensarlo como absolutamente autoacti- vo (selbsttätig), no como determinado por las cosas, sino como determi- nante de ellas. El concepto del obrar, que resulta posible sólo mediante esta intuición inteligible del yo autoactivo, es el que enlaza los dos mun- dos que existen para nosotros, el sensible y el inteligible”55. Así es como Fichte vincula un realismo empírico (la conciencia moral vive el mundo como resistencia y materia de su actuación) a un idealismo transcenden-
tal (la objetividad se debe deducir del sentido activo que tiene la vida
espiritual, descubriendo la conexión de esencia entre la objetividad natu- ral y las leyes de la determinación moral).
52. I, 477. 53. V, 466-467. 54. V, 500-501. 55. I, 467.
Resumo. Primero: el pensar originario no es receptivo, ni obtiene de los objetos su determinación (como pensaban los clásicos medievales). Segundo: dicho pensar es activo o productivo, pues determina lo real. Tercero: el pensar originario, como autoconciencia, no es algo dado, sino algo encomendado, pues expresa una exigencia moral, un deber-ser. La autoconciencia tiene carácter exigitivo (carácter que distingue a la autoconciencia fichteana de la conciencia reinholdiana). Si el principio cartesiano se expresa como yo pienso, luego yo soy, el principio fich- teano se propone como yo quiero, luego yo soy. En la operatividad del querer se constituye la conciencia, la cual, por lo mismo, no recoge su luz de los objetos, sino que proyecta su propia luz sobre estos, convirtién- dolos en materia de acción práctica.
2. De manera que el núcleo profundo, el ser radical de la autocon- ciencia es de índole volitiva, práctica: el de una voluntad que se afirma a sí misma. De ahí que el ámbito de los hechos (Thatsachen), el campo de la facticidad56, sea un conjunto de determinaciones proyectadas por la voluntad que se afirma a sí misma. Incluso el hecho de que un sujeto sea afectado por impresiones sensibles es algo que acaece al espíritu como dinamismo volitivo: toda afección es autoafección. Y lo que se dice de las impresiones vale también para la totalidad del ser fáctico. Ese todo de la facticidad no es una cosa en sí, sino el producto de un espíritu cuya actividad sólo se vincula a sí misma.
Pero el conjunto de la facticidad no es comprensible desde un ángulo intelectual que sólo cuenta con ingredientes teóricos. El todo de la facti- cidad del espíritu está constituido esencialmente por energía volitiva, autoafirmativa. Si se dice que conocer es afirmar o negar algo de algo, hay que añadir en seguida que ese afirmar es un acto de la voluntad, el cual se actualiza por sí mismo. La afirmación de algo es autoafirmación.
De ahí que el ser profundo de toda “representación” sea de índole espiritual-volitiva, práctica. Sólo desde la perspectiva de este ser o cons- titución radical es pensado verdaderamente lo pensado. La representación contiene el verdadero ser en cuanto representa su auténtico ser enérgico y volitivo. La compenetración del ser verdadero y de la representación, de lo real y de lo ideal, es sabido aquí inmediatamente, intuitivamente, por
el yo: “El yo sabe sin mediación alguna, esto es, inmediatamente, que él es la pura compenetración del ser y de la imagen [representación]”57.
Sólo de este modo cualquier representación, imagen (Bild), está ante el foro de la razón. No hay representaciones “dadas”, sino encomendadas como tareas a la razón. “Yo pienso; ahora bien, ¿pienso rectamente? Al- go se me aparece como verdadero, pero, ¿es, por ello verdadero?”58
. La representación “representa” en sí misma a un ser (volitivo); esto es un hecho. Pero un hecho requiere de justificación. “La Doctrina de la cien-
cia niega la validez de las proposiciones de mera conciencia inmediata en
cuanto tal, y ello precisamente porque semejante validez es la misma conciencia inmediata”59. El proceso del pensar, la cadena de juicios, es un proceso necesario; y se trata de buscarle a los juicios un fundamento de validez.
El quicio sobre el que se apoya toda afirmación, la luz que disipa to- da duda, es la autoconciencia moral del querer. Porque en el querer hay un núcleo radical de “bien” que se legitima por sí mismo. Y “aquí ocurre –dice Fichte– que sabemos en un acto de inmediatez, porque es de noso- tros mismos de quien sabemos”60
. El bien [moral] no se legitima por nuestro pensamiento; al contrario, el pensamiento se legitima por la au- toposición del bien en la voluntad que enérgicamente se afirma a sí mis- ma. “El fundamento de la verdad, en cuanto verdad (der Grund der War-
heit), no reposa en la conciencia, sino en la verdad misma […]. Si tú cre-
es que el fundamento de que la verdad sea verdad reposa en la concien- cia, has caído en la apariencia engañosa (Schein)”61
. La apariencia surge cuando desde una perspectiva puramente teórica el pensar se pierde en lo indefinido, en lo carente de fundamento, haciéndose incomprensible toda certeza. Por eso el fundamento, el punto fijo para la verdad “no está fun- damentado en la lógica, sino en la actitud moral; si nuestro conocimiento no alcanza este punto o si pretende ir más allá de él, se pierde en un océano sin orillas en que cada ola es borrada por la siguiente”62.
57. XI, 20. 58. X, 327. 59. X, 195. 60. V, 205. 61. X, 195. 62. V, 182-183.