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residuo obsoleto inadecuado a las nuevas exigencias del desarrollo

In document EL DEBATE DE LAS NECESIDADES (página 43-47)

La primera precisión apuntaría a confirmar si, como a primera vista parece, nuestro país ha venido acusando durante los últimos decenios un ciclo hirschmanianode sobrevalora- ción de la esfera privada en detrimento de la pública (y si ahora estamos iniciando una infle- xión en sentido contrario). Creo que la euforia consumista observada (que, al ser mucho más acusada que el aumento de los ingresos, tuvo que apoyarse en un mayor endeuda- miento) así lo sugiere. Este aspecto debería considerarse no sólo para estudiar hasta qué punto el mayor gasto relativo de los hogares de las decilas inferiores responde a un mayor endeudamiento y no a una mejor distribución del ingreso, sino sobre todo para explicar la aparente contradicción que se observa entre la mejora en la distribución que denotan los datos de la EPF y la más aguda percepción subjetiva de la desigualdad que muestran las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Esta contradicción pasaría a ser un resultado razonable si, entre tanto, se hubieran disparado los deseos y las necesi- dades de los grupos menos favorecidos muy por encima de sus niveles de ingreso y gasto, estando ahora más necesitados que antes (el notable encarecimiento de la vivienda puede haber acentuado este proceso de miserabilización de aquella parte de la población que carecía de patrimonio inmobiliario, pese a sus mayores gastos e ingresos, acentuando fenó- menos de polarización social, al ensanchar la brecha entre propietarios y no propietarios, o entre propietarios endeudados y no endeudados).

La segunda precisión recaería sobre las diferencias entre población rural y urbana para aclarar otra aparente contradicción: mientras la información del gasto y el ingreso moneta- rio sitúa en el medio rural los mayores índices de pobreza relativa severa, los datos de mar- ginación social afloran como fruto de un fenómeno eminentemente urbano. Esta contradic- ción se desvanece si recordamos que el símil illichianode la elevada e inhumana platafor- ma artificial de vida se adapta preferentemente a la realidad de las grandes urbes, perma- neciendo el medio rural más pegado al suelo, pese a que hace ya tres décadas largas que culminó la crisis de la sociedad agraria tradicional en nuestro país. Extraer conclusiones generales sobre la pobreza rural y la urbana a partir de una única información monetaria sobre gasto o ingreso parece de todo punto improcedente, dada la heterogeneidad de ambas situaciones. Ello puede ocasionar problemas de comparabilidad en los índices agre- gados: la pérdida de peso de la población rural y el consiguiente aumento del gasto pueden interpretarse engañosamente en términos de mejora en la distribución global.

Por último, debemos recordar que los datos de las EPF se refieren sólo a una muestra de la población que no recoge bien los gastos (ni los ingresos) de los más ricos, como tam- poco los de los más pobres y desvalidos. Aunque ya todo el mundo se ha enterado por la prensa de que los gastos ostentosos en yates y cortijos de nuestros más acaudalados ciu- dadanos no suelen correr a su cargo, no está de más insistir en que, mientras los gastos de las sociedades desgraven y los de las personas físicas no, se seguirá produciendo un des- plazamiento creciente del patrimonio y los gastos de los hogares más acomodados hacia las

Especial

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nº 102 2008

sociedades que controlan, por no hablar de los paraísos fiscales en los que pueden esca- bullir su patrimonio de los afanes recaudadores del fisco. Esta notable laguna de informa- ción por la cúspide que acusa la EPF se puede ver ampliada hacia abajo por la no respuesta y el procedimiento de sustitución de los seleccionados que se niegan a ser encuestados: a la negativa explícita a colaborar de los mayordomos y administradores de los más acauda- lados, se suma la ausencia de los hogares en los que trabajan varios miembros de la fami- lia, tendiendo a encuestarse una población de amas de casa complacientes mucho más homogénea que la real y, por ende, con una mejor distribución del ingreso y el gasto. Al mismo tiempo, como el Censo de Población constituye el marco en el que se desenvuelve la EPF, queda fuera del mismo toda la población marginada o sin vivienda estable. ¿Hasta qué punto ha aumentado esta población? ¿Cómo ha variado la no respuesta y el desplaza- miento hacia las sociedades de los gastos de los más adinerados? En suma, ¿han aumen- tado las asimetrías entre la población real y la población encuestada?

Creo que precisar estos extremos es una condición previa para interpretar con solven- cia los datos de estas encuestas y sacar de ellos el partido que se merecen. Sirvan, pues, estos interrogantes para incentivar a los investigadores a darles respuesta con metodologí- as capaces de iluminar los puntos tan básicos y oscuros de la necesidad y la pobreza arri- ba mencionados.

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PAPELES: Revista de relaciones ecosociales y cambio global

“Vivir más sencillamente para que otros puedan sencillamente vivir”

(Mahatma Gandhi)

“El consumismo es el mundo social de las apetencias y el reino momentáneo de los caprichos”

(José Antonio Marina)

En el imaginario construido en las sociedades actuales -sociedades globaliza- das por el capitalismo industrial de consumo masivo- están instalados un con- junto de mitos sobre la realidad que condicionan gran parte de las creencias con las cuales, quienes integramos estas sociedades, nos movemos en nuestra vida cotidiana. Algunos de estos mitos economicistas -posiblemente los más relevantes para nuestros futuros análisis- son los siguientes: más siempre es igual a mejor; calidad de vida es igual a cantidad de bienes; crecimiento es igual a desarrollo; la liberalización de los mercados es conveniente y necesa- ria para todos; la libertad de elección en el mercado nos hace más libres; el crecimiento elimina la pobreza; la tecnología todo lo puede; la naturaleza no es imprescindible.1En este texto se analizan algunos de ellos con el propósito

de desenmascarar o deconstruir algunas “verdades oficiales” sobre la felici- dad y la riqueza humana.*

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