animales significa
renunciar a
descubrimientos que
pueden beneficiar
a la humanidad.
Las infecciones Hib han descendido un 70% Las muertes d
ebidas a sepsis puerperal han
caído un 97,5% Las muertes por neumonía lobular han descendido un 9
Otros han sugerido que la ausencia de investigación animal no habría creado un agujero negro, sino una investigación celular y clínica más prudente y respetada.
Pero la verdad es que el agujero negro ha existido. No se ha progresado en el tratamiento de las enfermedades hasta que las ciencias biomédicas no sentaron bases empíricas y sólidas mediante la experimentación animal. Pasteur y en el siglo XVII William Harvey, estudioso de la circulación sanguínea en animales, no optaron por la investigación con animales porque fuera lo más fácil. De hecho, emplearon todas las técnicas dispo- nibles en su época para encontrar respuestas a sus cuestiones. A veces con la disección de un cadáver, otras con la observación de un paciente o de cultivos bacterianos. En otras ocasiones, sin embargo, consideraron la necesidad de experimentar con animales.
Nos gustaría sugerir un interesante ejercicio para quienes sostienen que los experimentos con animales, por su irrelevancia, han retrasado el verda- dero progreso. Tomen, como ejemplo, cualquiera de los avances sustentados en la experimentación animal y pien-
sen en un procedimiento alternativo que hubiese proporcionado idénti- cos beneficios. A modo de muestra, fijémonos en el tratamiento de la insuficiencia de la válvula mitral, causada por un defecto de dicha válvula cardíaca. La producción de las prótesis correspondientes es el resultado de años de desarrollo y ensayos de su eficacia en perros y terneros. La válvula artificial sólo puede insertarse en un corazón en situación de reposo, conectado a una máquina de circulación extracorpórea, un instrumento perfeccionado tras 20 años de experimentación con perros. Si, a pesar de contar con la ventaja del tiempo transcurrido y la corres- pondiente experiencia acumulada, los críticos de la investigación con ani- males son incapaces de presentar una idea convincente que muestre cómo se hubiese podido desarrollar, por otros medios, un tratamiento eficaz contra la insuficiencia de la válvula mitral, su credibilidad dejará mucho que desear.
¿Seguirán siendo necesarios los ex- perimentos con animales para resolver los problemas médicos existentes? Los animales transgénicos con mutaciones en un solo gen han suministrado
ya abundante información sobre las funciones de ciertas proteínas y su papel en algunas enfermedades. Y sin duda seguirán haciéndolo. Ba- rruntamos también grandes progresos en el tratamiento de lesiones traumá- ticas sufridas por el sistema nervioso central. La tesis de que es imposible la recuperación de la función dañada en las neuronas de la médula espinal de los mamíferos debe replantearse a la luz de las recientes investigaciones con animales, que abonan la posibili- dad de la regeneración nerviosa. La existencia de un tratamiento eficaz es sólo cuestión de tiempo. Se nos hace difícil imaginar cómo se podría progresar en este campo, y en mu- chos otros de las ciencias biológicas y médicas, sin el concurso de los animales de laboratorio.
72 INVESTIGACIÓN Y CIENCIA, abril, 1997
JACK H. BOTTING y ADRIAN R. MORRISON abogan por la utilización de animales en la investigación. Bo- tting, profesor universitario jubilado, es asesor de la Sociedad Londinense para la Defensa de la Investigación. Morrison dirige el laboratorio para el estudio del cerebro en reposo de la Universidad de Pennsylvania.
I
ndiscutiblemente, en los labora- torios está disminuyendo el nú- mero de animales de experi- mentación. En el Reino Unido, en Holanda, en Alemania y en otras naciones europeas, ha bajado a la mitad desde los años setenta. En el Canadá, los peces reemplazan a los mamíferos. En los EE.UU., utilízanse cada año entre los 18 y los 22 millo- nes de animales, pero se desconocen las cifras exactas de aproximadamente el 85 % de ellos, que corresponden a ratas, ratones y aves; el empleo de primates se ha mantenido constante, mientras que el de perros y gatos ha descendido a la mitad desde los años setenta.No es única la causa de tal des- censo. Hay varios factores obvios. En 1975 irrumpió en escena el movimiento pro derechos de los animales con la publicación de
Animal Liberation por el filósofo Peter Singer. La forma como se describe en este libro la investi- gación, y una serie de inesperadas declaraciones hechas por activistas radicales, arrojaron una luz siniestra sobre los científicos. Durante los años
siguientes, la sensibilidad del público fue simpatizando cada vez más con los animales. Los etólogos, con Dian Fossey y Jane Goodall a la cabeza, relataron a una cautivada audiencia cuentos de amor, de penas, de celos y desengaños entre los primates. Aun sin ser tan populares en el mundo científico, esas antropomórficas vi- siones de los animales propiciaron la aprobación de leyes reguladoras de la experimentación.
Y los científicos han cambiado. Los que en los últimos decenios se han venido incorporando a la pro- fesión biomédica comparten preocu- paciones del movimiento, si no su ideología; muchos están dispuestos a reconocer que su trabajo les plantea dilemas morales. Experimentos que eran aplaudidos en los años cincuenta no suelen serlo hoy, pues se piensa que causan demasiado sufrimiento. En muchos casos, la biotecnología está permitiendo sustituir los animales por tubos de ensayo. Y unos cuantos in- vestigadores, conscientes de que sólo su pericia puede ayudar a reducir la necesidad de animales de experi- mentación, se dedican afanosamente
a buscar alternativas. Todos estos esfuerzos están dando fruto.
Los filósofos