«Misericordear» la espiritualidad
6. El reto de «ir al cardiólogo»: verificar la competencia espiritual
Una de las frases más repetidas por Camilo, que se convierte siempre en una provocación, es aquella con la que exhortaba a los suyos a «poner más corazón en las manos». Yo hoy veo el reto de explorar el significado que pueda tener esto para los tiempos que corren, para que no sea solo una hermosa frase y para que nuestra atención no se quede en el corazón de carne o en la reliquia. Yendo al cardiólogo, podríamos examinar las razones y modalidades de nuestro palpitar.
Benedicto XVI, en la Deus Caritas Est, nos ha interpelado sobre la necesidad de promover la «formación del corazón»85para que la relación con las personas que sufren esté caracterizada por la inteligencia del corazón, en sintonía con las múltiples acepciones que la palabra «corazón» tiene en la Biblia. En efecto, mirando la Sagrada Escritura, podemos notar cómo en muchos textos bíblicos se piensa en el corazón como sede de la sabiduría.
Una intervención humanizada en el mundo de la salud tendrá que estar caracterizada por un corazón meditativo, como lo encontramos en tantos pasajes de la Escritura86, así como por un corazón inteligente, pensante y sabio87.
Los programas, las modalidades, las relaciones con las personas que sufren habrán de ser inteligentes, pero no solo de inteligencia intelectiva, sino también de inteligencia emocional, moral, espiritual y, en el fondo, de la inteligencia del corazón, como es descrita en la Sagrada Escritura.
En estos últimos años se habla mucho de inteligencia emocional, de inteligencia moral, de inteligencia espiritual. En muchos pasajes de la Escritura encontramos, en efecto, referencias a un corazón meditativo, inteligente, pensante, sabio. En la tradición bíblica, el corazón es el que regula las acciones. En él se apoya la vida psíquica de la persona, así como la vida afectiva, y a él se atribuyen la alegría, la tristeza, el coraje, la emoción, el odio; es la sede de la vida intelectual, es decir, es inteligente, tiene ideas, aunque puede ser también perezoso, ciego; y es también el centro de la vida moral, del discernimiento entre el bien y el mal.
En hebreo, el corazón es concebido mucho más que como la sede de los afectos. Tiene recuerdos y pensamientos, proyectos y decisiones. Se puede tener un corazón de visión amplia e inteligente o también un corazón endurecido y poco atento a las necesidades de los demás. En el corazón, la persona dialoga consigo misma y asume sus responsabilidades. En el corazón está, en el fondo, la fuente de la personalidad consciente, inteligente y libre, la sede de las opciones decisivas, de la ley no escrita; con él se comprende, se hacen proyectos...
Al corazón se lo conoce indirectamente por lo que de él dicen los labios, por lo que revelan las acciones. Pensando en el corazón de Camilo y en su comportamiento con los enfermos, se comprende qué tipo de indicación es el de «poner más corazón en las manos» y cuánto nos deba interesar hacer viajar la reliquia de su corazón o bien profundizar nuestra espiritualidad explorando las implicaciones del significado del corazón sabio.
La expresión de Camilo podría significar que las relaciones de cuidado estén cualificadas por la sabiduría del corazón, por el afecto y la ternura que seamos capaces de vivir, por la transparencia y la autenticidad de las motivaciones, por la comprensión que viene de la escucha sincera, pero también por la eficacia que produce la «seducción» del bien, que da autoridad a cuanto se hace de corazón y que, como sabemos, aumenta la confianza, promueve la adherencia a las indicaciones terapéuticas y refuerza las capacidades persuasivas.
Pero en estos últimos años, de mano de diferentes autores88, se está aprovechando el éxito de la expresión «inteligencia emocional»89, introducida por Daniel Goleman y bien acogida en la teoría de las inteligencias múltiples de Gardner90.
En efecto, la capacidad de silencio, de estupor y admiración, de contemplación y discernimiento, de profundidad, de trascendencia, de conciencia de lo sagrado y de comportamientos virtuosos como el perdón, la gratuidad, la humildad o la compasión, son elementos propios de lo que hoy se entiende por «inteligencia espiritual».
Se habla también de competencia espiritual para referirse no solo a la conciencia, sino a las capacidades efectivas de poner en práctica estas tareas en el momento oportuno:
– La conciencia del mundo interior, es decir, la capacidad de hacer conscientes los procesos internos, ser capaces de verbalizarlos y visualizar el futuro.
– La apertura al misterio, es decir, la experiencia de hambre de silencio y soledad, de ver más allá de lo que ven los ojos de la cara e interpretar la profunda insatisfacción personal, leyendo el tiempo vivido en clave subjetiva por parte de los enfermos.
– El reconocimiento de lo sagrado y poderoso, es decir, la capacidad de comprender las cuestiones últimas, descubrir los valores (justicia, verdad, dignidad, vida...), generar escalas de valores, renunciar a sí mismo para responder a los misterios de la vida como la belleza, el sufrimiento, la muerte, el amor...
– La construcción de un sistema de creencias coherentes, es decir, la elaboración de lo que hemos heredado, de las creencias que todos tenemos, la capacidad de ayudar a identificarlas y razonar sobre ellas.
– La relación afectiva, es decir, el tejido profundo de comunicación verbal y no verbal, la intimidad emocional, las relaciones intensas consigo mismo y con los demás, el uso de los sentimientos como fuente de responsabilidad, de capacidad de enseñar a vivir el sentido de pertenencia y la responsabilidad ética en relación a los demás, etc.
El cardiólogo podría ayudarnos a explorar esta dimensión.
Hoy, además, se reclama la hospitalidad compasiva91en el mundo científico (al menos en el contexto de los cuidados paliativos) y emergen instrumentos por parte de los profesionales para acompañar también la dimensión espiritual92, identificando de modo cada vez más preciso las necesidades espirituales de los enfermos.
Percibo cada vez más el reto para los religiosos de profesionalizar esta capacidad de acompañar la dimensión espiritual, desarrollando la inteligencia y la competencia espirituales, no reduciéndolas a las capacidades de gestión de ritos religiosos o celebraciones de sacramentos, para la propia vida y la de los enfermos.