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El reto de «ir al sexólogo»: convertirse en mujer en el estilo de servicio

«Misericordear» la espiritualidad

9. El reto de «ir al sexólogo»: convertirse en mujer en el estilo de servicio

Este es uno de los retos más claros de la espiritualidad camiliana: convertirse en mujer, en madre, en la vida ministerial; asumir y explicitar las características propias de una madre. Nuestra Constitución dice que, siguiendo el ejemplo del fundador, cada uno de nosotros se empeñe en el ministerio para con los enfermos «con toda diligencia y caridad y con aquel afecto que suele tener una madre amorosa con su único hijo enfermo, según lo que el Espíritu Santo le enseñará» (C 44).

En efecto, Camilo, un hombre rudo, se hizo tierno. La ternura materna es uno de los frutos de la experiencia de Dios, contemplado en su rostro misericordioso. Tendremos siempre el reto de hacer que la caridad no sea fría, ácida, burocrática, sino familiar, emotiva, auténtica. «La exhortación de Camilo, que la Constitución nos reclama, encuentra un eco en la moderna psicología que invita al varón a integrar la dimensión femenina (anima), es decir, aquel conjunto de cualidades y actitudes típicas de la mujer»99.

Mujer, madre, hijo único... reclaman un modelo explosivo de humanización del cuidado. Pero todavía hoy tenemos necesidad de purificar nuestra mirada hacia las mujeres. El paradigma del cuidado no es exclusivo de ellas, como no lo es de los hombres la racionalidad intelectiva. El riesgo nos lo hace ver una teóloga africana cuando afirma que las mujeres sudafricanas negras son las «esclavas de los esclavos»100.

En efecto, la desigualdad de la mujer en muchos contextos culturales y religiosos termina por producir solo esclavitud y marginación, que es ya una enfermedad del espíritu y hace a las mujeres más vulnerables también ante las enfermedades.

Poner a una mujer madre como modelo para nosotros podría retarnos a revisar el texto evangélico de la mujer curvada (Lc 13,10-13). Las humillaciones recibidas todavía hoy por las mujeres son muchas y tendríamos que estar atentos, no sea que, poniéndolas como modelo, reforcemos aquellas características como la docilidad, el silencio, la sumisión, la incondicionalidad, que, bajo la apariencia de virtudes, podrían convertirse en una forma de «marianismo», frecuentemente denunciado en América Central, que podría reforzar dinamismos discriminatorios.

Ser madre reclama una fuerte suavidadhacia la propia criatura, que se traduce en solicitud ante sus necesidades. Esto es humanizar: ablandarse, hacerse benigno, salir al paso de las necesidades de los demás, encarnarse, entrar empáticamente en el mundo de los demás.

La aparente vulnerabilidad femenina es fuerza en términos de amor y punto de referencia para los varones. Quien ha llevado la vida en su seno sueña con su mejor desarrollo. Con aquella fina sensibilidad de una madre hacia su único hijo enfermo,

podemos hacer un camino de humanización que reclame cada vez más las razones del corazón.

Es necesario, como recordaba el P. Francisco Álvarez, frecuentar la «escuela del corazón del Cristo misericordioso, para aprender a ver, a mirar, a sentir, a tocar, abrazar, besar, caminar… como él y su humanidad»101. El amor misericordioso (de mamá) comporta necesariamente, y a la vez, una fuerte vibración interior ante el mal del mundo y ante los sufrimientos ajenos102y se concreta especialmente en el mundo de la adversidad y del sufrimiento, del deseo de vivir amenazado por la enfermedad y la muerte. En el mundo del camilo, el amor se convierte en algo concreto como el pan, simple como la sonrisa de un niño. Recordemos que, en el primer decenio de la vida del instituto, Camilo estaba convencido de que bastaba el amor para hacer el bien a los enfermos, y dudaba si la orden tendría o no que abrazar también los estudios de filosofía y teología... Tenía miedo, en efecto, de que «metiéndose los nuestros en estas cosas pudieran con el tiempo enfriarse en el amor a los pobres y al instituto»103.

Encontrar el equilibrio entre la experiencia concreta y cotidiana de la ternura y responsabilidad del amor materno y el propio ministerio, cualquiera que sea, será siempre un reto, un ideal en tensión. Pero, en este campo, el indicador ha de ser observable desde fuera. Por tanto, o hay ternura o no la hay.

El reto nos lo presenta incisivamente el papa Francisco en muchas intervenciones, entre las cuales la exhortación apostólica Evangelii Gaudium: «Mientras tanto, el evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne del otro. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la

revolución de la ternura»104. Y en el número 288 dice de nuevo: «Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes».

Hoy, no podemos negarlo, este reto consiste también en reexaminar el lugar que ocupan las mujeres en la Iglesia, y también en nuestra vida personal. Sin ellas, la justicia y el equilibrio espiritual de los varones será siempre muy difícil.

10. El reto de «ir a Jesús, el verdadero médico»: evangelizar la vida