Félix Benlliure Andrieux Diplomado en Teología en el Instituto Bíblico Europeo de París. Instalado en España dividió su tiempo entre el pastorado, la enseñanza y la literatura.
HUGONOTES
M á r t i r e s p o r l a f e
#23
Desde Coloquio de Poissy hasta el Edicto de Nantes
(1561 - 1598) #6
Catalina de Médicis ejecutó mal eledicto que el papa encontraba “ver- gonzoso”. En varios lugares los hu- gonotes fueron avasallados sin ob- tener justicia y el ruido empezó a extenderse de que sería necesario exterminar a los reformados. Cuando el almirante conoció el contenido del tratado se enojó y volvió deprisa a Orleans esperando encontrar algún medio para obtener mejores condiciones. Todo fue en vano y Coligny tuvo que resignar- se.
El 19 de marzo de 1563, con el Edicto de Amboise terminó la pri- mera guerra de religión, si es que podemos emplear esta expresión, porque en realidad se trataba de una simple suspensión adoptada por los dos bandos, pero nadie que- dó satisfecho ni podían estarlo. Los católicos seguían quejándose de los calvinistas y los políticos, no enten- dían el porqué cierta categoría de personas, debían tener más liberta- des que las demás.
El fanatismo había hecho de Fran- cia un país de caníbales donde se
inventaron y practicaron toda clase de suplicios refinados algunos, exe- crables y obscenos casi todos. Nun- ca se había demostrado mejor, que de todas las guerras, las peores son las guerras civiles y de las guerras civiles, las guerras de religión. Al comienzo de las escaramuzas, los hugonotes habían observado una disciplina severa. Eran una es- pecie de cruzados que se habían le- vantado al llamamiento de sus con- ciencias y querían disculpar sus ar- mas por la austeridad de sus vidas. No querían mujeres en la retaguar- dia ni en ninguna otra parte; ni car- tas; ni dados; ni blasfemias; ni pala- bras deshonestas, ni hurtos. Los no- bles pagaban de su peculio todo lo que tomaban para ellos y para la gente. Los que cometían alguna violencia, eran castigados. Un señor que había injuriado a la hija de un aldeano tuvo dificultades para esca- par de la última pena. Otro fue ahorcado en Orleans por adulterio, lo que mostró las diferencias de comportamiento entre los hugono- tes y la corte licenciosa de Catalina de Médicis.
Por la mañana y por la noche, antes de las comidas y de acostarse, ora- ban. Los pastores estaban distribui- dos por compañías y eran los encar- gados del orden y la exhortación. “Además de las predicaciones ordi- narias, dice Teodoro de Beza, se ce- lebraban reuniones de oración a las seis de la mañana, después de las cuales todo el pueblo sin excepción iba a trabajar en la fortificaciones para volver a encontrarse a las cua- tro de la tarde para la oración y cui- dar a los heridos”. Se ha conserva- do una oración que se decía en el ejército en la que se pedía a Dios por el rey, la reina madre, los prín- cipes de sangre y los miembros del consejo, entre otros.
Sin embargo, las pasiones religio- sas unidas a la necesidad de dinero llevaron a algunos hugonotes a qui- tar los ornamentos de las iglesias, romper los vasos sagrados, mutilar estatuas y dispersar reliquias. Esos excesos provocaron en el corazón de los católicos una rabia imposible de describir y el labriego dejó su carreta, el artesano su oficio, y em- pezaron a formar con gentes sin es- crúpulos, vagabundos y mendigos, grupos armados de hoces, cuchillos y hachas. Buscaban un jefe, nor- malmente un bandido famoso, un fraile, un cura y hasta un obispo y ebrios de fanatismo y de venganza atacaban lo que les parecía sin pie- dad, ni ley. En una región del cen- tro de Francia les llamaban los des- calzos.
Atacaban a los hugonotes por sor- presa, ultrajaban a las mujeres, ma- sacraban a los hombres, derribaban casas, arrancaban árboles y viñas y arrasaban todo lo que estaba a su alcance. Algunas comarcas queda- ban inhabitables. Los hugonotes también tomaban represalias, pero no eran tan numerosos y en general pertenecían a clases ilustradas, por lo que recibían más daños de los que podían hacer.
Los graves excesos también se desarrollaron al sur del río Loira,
por los numerosos católicos y el ca- rácter de sus habitantes. Un domin- go mientras celebraban el culto en Cahors, atacaron a quinientos hugo- notes reunidos y el obispo Bertran- di les mandó degollar a todos. En Montauban, sus moradores abando- naron la ciudad al acercarse las bandas católicas y fueron atacados
en grupo; los supervivientes se re- fugiaron dentro de las murallas y mantuvieron tres sitios seguidos con una constancia heroica. En mayo de 1562 la ciudad de Tolosa contaba con unos treinta mil refor- mados, la mayoría eran burgueses, negociantes, profesores de universi- dad, gente de letras, estudiantes y magistrados. Después de la publica- ción del Edicto de enero, los hugo- notes construyeron, fuera de los muros de la ciudad, un templo de madera con cabida para entre cinco y seis mil personas.
Sin embargo, por doquier reinaba la violencia, el desorden y la anarquía. En la noche del 11 de mayo una horda con vestidos rojos pidió al
pueblo que tomara las armas y co- giese a los herejes vivos o muertos, en nombre del papa, del rey y de la corte. La lucha fue terrible. Los cal- vinistas que no habían podido refu- giarse en el Ayuntamiento y esta- ban en sus casas, fueron echados por la ventana y algunos arrastrados hasta el río Garona. Atacaban tam- bién a los que encontraban por el camino e iban bien vestidos, porque suponían que el que no era obrero, miembro del parlamento, fraile o cura, debía ser hereje.
Otra característica de la lucha, era que el pueblo se imaginaba que la cultura era un comienzo de herejía y entraba en las librerías para lle- varse todos los libros y quemarlos en la plaza pública. Aquellos mise- rables, como no sabían leer, pensa- ban que lo que hacían era de bue- nos católicos. Tocaban rebato en to- das las iglesias y bandas de campe- sinos invadían las calles atraídos por el pillaje. Los hugonotes, sitia- dos en el Capitolio, se defendieron desde el lunes hasta el sábado, con el coraje del desespero y cuando ya no les quedaban víveres para dar de comer a sus mujeres y a sus niños, ni pólvora para cargar los mosque- tones y el pueblo había hecho arder todo el barrio alrededor del Capito- lio, pidieron negociar con los enemigos. Éstos les dejarían vivos
Barón Blas de Montluc
Sin embargo, por
doquier reinaba la
violencia, el
desorden y la
anarquía. En la
noche del 11 de
mayo una horda con
vestidos rojos pidió
al pueblo que
tomara las armas y
cogiese a los herejes
vivos o muertos, en
nombre del papa, del
bajo la condición de dejar las armas y equipaje en un local del munici- pio. Antes de salir por la puerta de Villeneuve, celebraron una reunión de oración con Santa Cena y al ano- checer se retiraron en medio de mu- chas lágrimas. Sin embargo la con- cesión fue una estratagema y se cal- cula que aquel atardecer perecieron “unas tres mil quinientas personas”. El parlamento procedió enseguida a las ejecuciones judiciales. Primero hicieron una tría de consejeros y es- cogieron a veintisiete, no por ser hugonotes, sino por que habían per- mitido que sus mujeres o miembros de la familia, frecuentaran los cul- tos. El veguer o especie de goberna- dor de la ciudad y trescientos here- jes más, fueron ejecutados hasta el mes de marzo de 1563 y cuatrocien- tos fueron condenados al mismo su- plicio por contumacia. El clero pu- blicó un bando por el que se anate- matizaba con la excomunión y a la condenación eterna, a todos los que no denunciaran a los herejes y a aquellos que les hubieran aconseja- do, ayudado o favorecido. Se suce- dieron hechos de un fanatismo atroz.
En medio de tan abominables aten- tados, los barones Blas de Montluc (católico) y des Adrets (hugonote) tuvieron el espantoso honor de dis- tinguirse por sus crueldades. El ba-
rón des Adrets, que conducía las bandas de reformados, se mostró tan bárbaro como Montluc. Había entrado en la nueva religión a causa de un proceso que según él, le había hecho perder el duque de Guisa y fue tanta la barbarie de sus críme- nes, que los jefes del partido calvi- nista mandaron a un emisario para que le contuviera. El resentimiento fue tan grande que despechado vol- vió a la iglesia católica. También se
distinguieron por su crueldad los españoles que Felipe II mandó en ayuda del partido católico.
Catalina de Médicis no quiso con- ceder el nombramiento de teniente general del reino que había prome- tido al príncipe de Condé e hizo nombrar rey a su hijo el 17 de agos- to de 1563. Carlos IX tenía enton- ces sólo trece años y dos meses. El príncipe tenía ciertas cualidades in- natas y le gustaban las letras, lo que con otra disciplina, hubiese podido prepararse para llevar la corona dignamente. Pero su madre le había instruido a ser pícaro, disimulado, sospechoso y amante de espectácu- los de sangre. Además le había puesto como preceptor, a un floren- tino como ella llamado Alberto Gondi, que después nombró maris- cal y que era un hombre cauteloso, corrupto, mentiroso, gran disimula- dor que juraba y blasfemaba como un bellaco.
Católicos y hugonotes no estaban aposentados en la misma sociedad; se encontraban unos delante de los otros, siempre de pie y con las ar- mas en la mano. A partir del año 1563, impulsados por los cardena- les y obispos, empezaron a consti- tuirse en ligas o asociaciones parti- culares con el objetivo de extirpar la herejía. Los calvinistas por su parte tenían sus lugares de guerra, sus contraseñas y planes de campa- ña. Se trataba de dos ejércitos que tenían escaramuzas en espera de la hora y lugar del combate.
En 1564 el rey Carlos IX (segundo hijo de Catalina de Médicis), fue declarado mayor de edad y su ma- dre, quiso que el joven Carlos visi- tara la provincias de su reino para alentar el afecto de los católicos e intimidar a los hugonotes. La reina madre tuvo en Bayona un encuen- tro con el duque de Alba en el transcurso de la cual los españoles le pidieron la represión enérgica de la herejía lo que suscitó la descon- fianza y aprensión de los hugono- tes. (Continuará), R
Barón des Adrets