TOLERANCIA CLÁSICA
La tolerancia1 es una virtud que no se basa en la inclinación; más bien consiste en dominar una repulsión intensa. Tolerar consiste en soportar, transigir, aguantar a alguien a pesar de que nos resulta insufrible, a pesar de que nos perturba, desafía, irrita. La tolerancia es antinatural; exige contención cuando la reacción natural sería atacar para eliminar la molestia. La idea clásica de la tolerancia propugna una coexistencia pacífica de posturas contradictorias entre sí; pero no ataca el principio fundamental de que existe una doctrina verdadera sobre la cuestión disputada.
Quien está del lado de la verdad no puede reconocer como iguales opiniones que divergen de ella, por más que las tolere. La verdad debe conservar su estatuto especial frente a las opiniones falsas. El defensor «clásico» de la tolerancia religiosa tendría, pues, que decir también: «sólo hay un camino a la bienaventuranza, el mío; todos los demás conducen al infierno. Pero uno no debe dejar de ser tolerante y debe dejar que la gente vaya al infierno si es eso lo que quiere». Es una situación extraña e inestable aquella en la que católicos y calvinistas se toleran civilmente y al mismo tiempo se consideran carne de Satán a la que espera el fuego eterno.
La exigencia clásica de tolerancia es además psicológicamente antinatural. Primero se habla a la gente de la verdad y excelencia de la religión propia y de la reprobación de los adversarios; esto tiene una eficacia garantizada, porque la gente siempre escucha con agrado cuánto mejores son que otras personas. Después de espolear de esta forma a los creyentes, se les exige una disposición pacífica frente a los réprobos que piensan de forma distinta.
La exigencia de tolerancia religiosa jamás ha sido indiscutida. La ortodoxia de toda ideología teme con razón que, en último extremo, la idea de tolerancia conlleve algo más que la mera tolerancia de opiniones falsas. Por consiguiente, el argumento estándar contra la tolerancia afirma que conduce al relativismo, a la indiferencia y a la renuncia a la verdad.
La prédica (clásica) de la tolerancia siempre produce la impresión de ser algo forzada y antinatural, o de que el predicador es un hipócrita y, en realidad, va más allá, subversivamente, de su modesto objetivo declarado. La exigencia de tolerar otras opiniones se convierte entonces en la de la equiparación de derechos de todas las opiniones. Esta última es sin embargo mucho más antinatural... a no ser que, a fin de cuentas, se haya perdido el interés por todas las opiniones en disputa.
TOLERANCIA SUBVERSIVA
Si se considera que las objeciones de los adversarios de la tolerancia no pueden refutarse mediante una argumentación vinculante para ambas partes, está claro que sólo cabe una argumentación subversiva. Subversiva porque debe atacar el principio fundamental de la intolerancia, a saber, que hay una sola verdad pura a la que corresponde un estatuto especial. Es cierto que no puede haber más que una sola verdad; por tanto, lo que ocurre es que del ámbito en discusión no puede extraerse verdad alguna, es decir, que todas las posturas en mutua disputa son falsas o incluso absurdas. Es frecuente que el ilustrado no quiera suscribir esta valoración de la situación, la única posible desde el punto de vista lógico, pero que quizá vaya mucho más allá de su convicción personal. Pero no es esencial la forma en que cada uno de los ilustrados en concreto se interprete a sí mismo.
Un defensor de la tolerancia todavía benevolente, pero al que podríamos denominar postclásico, dirá algo como esto: «sólo hay un camino hacia la bienaventuranza, pero todavía es dudoso cuál pueda ser». Ya hemos podido verlo con claridad en Castellion. Es natural que el público diga entonces: «cuando el asunto es tan dudoso tiene poco sentido ocuparse de él». De este modo se desvanece paulatinamente el interés por las disputas religiosas y con él, posiblemente, por la religión. En esto consiste la subversividad fáctica de la argumentación en favor de la tolerancia.
Voltaire comienza así el artículo sobre «Tolerancia» de su diccionario:
¿Qué es la tolerancia? Es el don más preciado de la humanidad. Todos nosotros estamos llenos de debilidades y errores; perdonémonos mutuamente nuestras estupideces. Esa es la primera ley natural 1.
Lo que se inicia como un panegírico de la virtud de la tolerancia se transforma de inmediato en un ataque subversivo. Cuando se habla de debilidades, errores y estupideces, ¿dónde queda la verdad? ¿El imperativo de la tolerancia se debe al hecho de que en el ámbito en disputa uno quizá sólo tenga que vérselas con estupideces? El texto sugiere esta consecuencia... sin sacarla, entiéndase. ¿Puede el creyente ortodoxo vivir con un texto semejante? Difícilmente, porque precisamente su fe no es ninguna estupidez.
Nunca se le debe contradecir. Pero se le puede describir con toda la inocencia exigible, cuántas otras estupideces han existido contra las que se ha actuado groseramente en su época, aunque hoy sólo moverían a risa. Así procede Voltaire:
Hubo una época en la que se creía necesario adoptar disposiciones judiciales contra aquellos cuyas doctrinas se oponían a las categorías de Aristóteles, el horror al vacío, las quididades3 y el universal. En Europa tenemos más de cien tomos jurídicos sobre la brujería y sobre qué indicios permiten distinguir a la s brujas falsas de las verdaderas. La excomunión de las langostas y otras plagas ha sido muy común y se conserva en varios rituales. Ya no es habitual. Y a Aristóteles se le deja en paz.
Los ejemplos de estas estupideces serias, en su época tan importantes, son innumerables. De vez en cuando surgen otras; pero cuando han obrado su efecto y uno se cansa de ellas, vuelven a desaparecer. ¿Quién tendría hoy la ocurrencia de convertirse en carpocraciano, eutiquiano, monotelita, monofisita, nestoriano, maniqueo, etc.? ¿Qué pasaría entonces? Se reirían de uno...4
Ya no será necesario insistir en que esta no es una argumentación concluyente. Es más interesante observar en qué se basa el carácter subversivo del argumento. Voltaire menciona una serie de ejemplos que ya en su época se consideraban obsoletos, pero que muy posiblemente aún no se hubieran olvidado del todo. Presenta al lector casos de disputas que en su época se tomaron en serio, pero que en el momento ya no interesaban a nadie. Añade entonces una lista de sectas o religiones desaparecidas. Es un hábil tanteo de los límites de lo posible: precisamente en Francia la represión de sectas cristianas, «herejías», tenía una larga y sangrienta tradición. Los herejes eran quemados en la hoguera, no ridiculizados. Dos o tres siglos después apenas se recordaban sus nombres, eran meras curiosidades. Es de suponer que entre los lectores de Voltaire no había ninguno que supiera con exactitud quiénes eran los eutiquianos. El lector era informado de que grandes y controvertidas corrientes religiosas, sobre las que se había discutido hasta derramar sangre, habían desaparecido sin dejar huella. ¿Cuántas cosas más desaparecerán sin dejar rastro? ¿Merecen, pues, el encono?
Gracias a Voltaire, el lector sabe, por ejemplo, que uno de los principios del Imperium Romanum era: Deorum offensae diis curae5: que los dioses se ocupen de las ofensas a los dioses. Esto no es algo que necesariamente impresione al cristiano, ya que puede objetar: los paganos todavía no conocían al único y verdadero dios. Pero saber que hay culturas mucho más tolerantes que la suya en materia de religión sí que puede dar algo que pensar al lector.
Voltaire es especialmente ácido cuando dibuja el «ideal del adversario». Es esencial que se dibuje realmente un ideal y no una caricatura; sospecha que se confirma cuando en el Tratado sobre la tolerancia nos topamos con un pasaje en el que se discute una solución definitiva de las disputas religiosas en Francia.
En una carta inventada6, un partidario de los jesuitas, que entonces sostenían una encendida discusión con los jansenistas (y, naturalmente, con los hugonotes), propone sus recomendaciones para resolver la disputa. El piadoso corresponsal aconseja a los jesuitas la liquidación física de todos sus adversarios. Lo hace con atroz precisión. Se trata, aproximadamente, de un millón de hugonotes y seis millones de jansenistas. El autor de la misiva calcula en detalle cómo hay que matar a estas personas, cuanta pólvora sería necesaria y con qué costes habría que contar.
De hecho, aquí Voltaire no caricaturiza nada; se limita a describir posturas contemporáneas serias de forma especialmente drástica. Para que nadie creyera que era un calumniador malévolo, Voltaire cita expresamente dos escritos contemporáneos en defensa de la intolerancia religiosa. No en vano estamos en el país de la Noche de San Bartolomé. En suma: el ilustrado se limita a hacer presente en la conciencia de la gente en qué época viven, qué medidas se están discutiendo, con qué hay que contar eventualmente cuando se empieza a desacreditar la tolerancia.
Junto a estas amargas historias, Voltaire también relata otras, más alegres. Una de estas historias7 se desarrolla en China durante la época del gran emperador Kang Xi, que fue muy tolerante con los jesuitas. Los misioneros cristianos de distintas iglesias trabaron una violenta disputa teológica que un asombrado mandarín trató sin éxito de dirimir. Finalmente, indignado, mandó encerrar a todos «hasta que se hubieran puesto de acuerdo». « ¿O sea, de por vida?», preguntó un subordinado del mandarín. El
mandarín cedió y dijo: «hasta que se perdonen unos a otros». «No lo harán nunca», le replicó su subordinado, por lo que el sabio mandarín volvió a suavizar su sentencia: «bueno, hasta que hagan como si se hubieran perdonado unos a otros». Ese es el efecto que causa la intolerancia intracristiana a los observadores externos.
Lo que al lector actual le parece un chiste malicioso tiene un modelo histórico real, la denominada «disputa de los cultos». Una vez más, Voltaire no ha inventado nada, sino que se ha limitado a representar la realidad acentuando alguno de sus rasgos.
Es sumamente subversivo fundamentar la exigencia de tolerancia señalando la escasa relevancia del asunto en discusión. Voltaire lo intenta haciendo notar la insignificancia de nuestra Tierra en relación con el cosmos:
Afirmo que hay que considerar a todos los hombres como hermanos. — ¿Cómo? ¿Hermanos míos el turco, el chino, el judío, el siamés? —Sí, sin duda. ¿No somos todos hijos de un mismo padre? ¿No nos ha creado un dios?
— ¡Pero esos pueblos nos desprecian! ¡Nos tratan como idólatras! —Bien, voy a decirles [...] más o menos esto:
Este pequeño planeta, que no es sino un punto minúsculo, rueda a través del espacio como muchos otros cuerpos celestes. Estamos perdidos en esta inmensidad. El hombre, con su altura de unos cinco pies, sin duda no es más que una pequeñez para la creación. Uno de estos seres, prácticamente inapreciables, dijo a uno cualquiera de sus vecinos en Arabia o en el país de los cafres: escúchame, porque a mí me ha iluminado el creador de todos estos mundos. Hay novecientos millones de pequeñas hormigas como nosotros en la Tierra; pero dios sólo ama a mi hormiguero; todos los demás son para él, desde toda la eternidad, una abominación. Sólo los míos serán felices, todos los demás eternamente infelices.
Aquí alguien me interrumpirá de inmediato y me preguntará qué clase de loco dice estas cosas demenciales. Tendré entonces que responder: vosotros mismos8.
Una vez más, no hay un argumento concluyente en favor de la tolerancia. En primer lugar, para todo hombre su propia bienaventuranza eterna es más importante que el cosmos entero y, en segundo lugar, el hombre es la corona de la creación, de modo que la alusión a la inmensidad del cosmos únicamente subraya la importancia del hom- bre. Por otro lado, una concepción que hace de los hombres el ombligo del universo no es la única posible. Voltaire presenta a sus lectores una interpretación distinta y más modesta de la posición del hombre. En esta interpretación, las disputas religiosas se hacen irrelevantes, por no decir ridículas.
Es verdad que dirigir la mirada al cielo estrellado todavía no ha logrado que un fanático considere ridículo su fanatismo, pero la suma de todos los ataques ilustrados sin duda ha socavado la base de la intolerancia (religiosa), el gran, existencial interés por la religión. Los seres humanos no se han ennoblecido, pero estos problemas ya no les conmueven.
Las prédicas en favor de la tolerancia han tenido justamente aquel resultado que sus adversarios intolerantes siempre habían temido. Los católicos y protestantes hoy conviven pacíficamente en Alemania; sin duda, no son más morales ni sabios que sus antepasados de la época de la guerra de los Treinta Años. ¿Cómo es que reina una paz religiosa estable, sin que haya sido necesario firmar tratados sobre la tolerancia? La paz religiosa de la que disfrutamos hoy es fruto de la Ilustración. Es estable porque es una paz irreligiosa.
Esta situación estable no ha resultado de un aumento de la virtud, sino de la eliminación del objeto del conflicto. Los hombres no se han hecho más tolerantes; simplemente han perdido el interés por la religión. En ese aspecto, las disputas religiosas son un caso especial. Al principio, su solución parecía un caso desesperado, tan difíciles eran las cuestiones en disputa y tanto lo que dependía de la respuesta que se les diera... se trataba nada menos que de la bienaventuranza eterna. Pero una vez que la gente se vuelve escéptica, las antiguas cuestiones en disputa pierden todo su atractivo. ¿Quién querría seguir discutiendo sobre ellas?
Debería quedar clara la lección para otros ámbitos de intolerancia «más modernos». Los llamamientos a la tolerancia están muy bien, pero en muchos casos son bastante ineficaces. Los conflictos que se basan en problemas reales sólo pueden solucionarse resolviendo los problemas reales. Eso es especialmente válido en todos aquellos casos de intolerancia nacionalista, racista o incluso religiosa que surgen de la marginación económica, política o social de grandes grupos de población. Sólo se logra una paz estable eliminando el objeto de conflicto. No debemos hacernos ilusiones.
RELATIVIZACIÓN SUBVERSIVA
Relativizar una tesis, ideología o postura quiere decir representarla como un caso entre muchos otros muchos casos equiparables. Se muestra, por ejemplo, cuántas religiones y dioses ha habido y hay y cuántos de ellos se consideran los únicos capaces de conducir a la bienaventuranza. La intención de una relativización semejante consiste siempre en poner en discusión el carácter único o posición privilegiada de la tesis en cuestión. La relativización no es una argumentación concluyente en contra de la corrección de una tesis, aunque puede desarrollar un notable efecto subversivo. Los partidarios de una ideología no suelen ser conscientes de cuántas y cuán variadas alternativas a la misma han existido y existen. El hecho de que en el año 380 un autor contemporáneo enumere 146 sectas cristianas no refuta la existencia de una única iglesia capaz de llevar a la bienaventuranza; pero no la hace precisamente plausible. La descripción detallada de las alternativas reales y posibles a una ideología transmite una parte de la información de la que alguien no disponía cuando se adhirió a esa ideología, información que podría ser relevante para él. Abandonar el punto de vista geocéntrico y aprender a ver nuestra Tierra como un astro entre otros amplía la perspectiva. Uno será más cauto frente a los predicadores que consideran su pequeño astro el ombligo del universo.
Un ejemplo especialmente gráfico es el artículo «Fanatismo» de la Encyclopédie de Diderot y D'Alambert, que trata del fanatismo religioso. El artículo describe con gran detalle un panteón en el que se ha erigido un altar para cada una de las religiones entonces existentes, ante el que uno de sus sacerdotes celebra sus ceremonias: Imaginemos un gran edificio redondo, un panteón con mil altares, y en el centro un creyente de cada una de las sectas extintas o existentes a los pies de la deidad que adora a su modo, en todas las extrañas formas que la fantasía haya podido concebir.
A la derecha tenemos un contemplativo extendido sobre una alfombrilla que, elevando el ombligo al cielo, espera que la luz divina ilumine su alma. A la izquierda, un poseso está postrado en el suelo que golpea con la frente para expulsar de sí todo lo superfluo. Aquí tenemos un bufón que baila sobre la tumba del que invoca, allí un penitente, inmóvil y mudo como la estatua ante la que permanece en actitud sumisa. Uno expone lo que suele tapar la vergüenza porque dios no se sonroja de lo que está hecho a su imagen y seme- janza. El otro se cubre hasta el rostro, como si su creador sintiera aborrecimiento de su obra. Uno vuelve la espalda el sur porque desde allí sopla el viento del demonio, otro extiende los brazos al este, donde dios muestra su rostro refulgente. Muchachas llorosas martirizan su carne, aún inocente, para aplacar el demonio de la lascivia con métodos que serían más adecuados para excitarle. Otros se esfuerzan por acercarse a la divinidad por vías completamente distintas: para embotar el instrumento de su virilidad, un joven fija a él anillas de hierro tan pesadas como toleran sus fuerzas. Otro pone término a la tentación en su misma fuente con una inhumana amputación, y cuelga a continuación el pellejo sacrificado en el altar.
Mirad cómo salen del templo, llenos del dios que les mueve, y cómo extienden por la Tierra el horror y la ilusión. Se reparten el mundo, que pronto arde por los cuatro costados; los pueblos escuchan y los reyes tiemblan.
Antes de continuar queremos rechazar todas las falsas aplicaciones, alusiones ofensivas y conclusiones maliciosas que aplauden el ateísmo y que quizá podría imputarnos una devoción precipitadamente alarmada. Si un lector fuera tan malicioso como para confundir el abuso de la religión verdadera con los monstruosos principios de la superstición, de antemano haremos que recaiga sobre él todo lo que tiene de vergonzoso su perniciosa lógica [...]
Horroriza ver cómo la opinión de que el cielo se puede satisfacer con masacres, una vez que ha tomado pie, se extiende en casi todas las religiones, y cómo se han multiplicado las razones para el sacrificio, de tal manera que nadie pueda escapar al cuchillo. Cuando uno se adhiere contumazmente a sus divinidades y está tan vencido por el vano temor que llegaría al punto de morir para serles grato, ¿tratará con clemencia a sus enemigos? [...]
Pero tenemos aquí un espectáculo de la locura (¡Perdona, oh Santa Religión, que vuelva a abrir aquí tus heridas y la fuente de tus lágrimas eternas!). Toda Europa recorre Asia por un camino que está empapado de la sangre de los judíos que se dan muerte por su propia mano para evitar caer bajo la espada de sus enemigos. Esta epidemia despuebla la mitad del mundo habitado; reyes, sacerdotes, mujeres, niños y ancianos, todo cede ante el sagrado torbellino que durante dos siglos ha hecho que se asesine a