HUBERT SCHLEICHERT
CÓMO DISCUTIR CON UN FUNDAMENTALISTA
SIN PERDER LA RAZÓN
PROLOGO
Argumentar es una de las actividades fundamentales del hombre: mediante el lenguaje, intenta ganarse a sus congéneres para su postura, para sus tesis. Unas veces se consigue, muchas otras no; pero incluso en los casos en los que el fracaso era previsible desde el principio y la experiencia histórica permitía considerar desesperada la confrontación argumentativa —en las grandes controversias ideológicas o religiosas— siempre hay quien intenta conservar la esperanza en situaciones desesperadas. ¿Cómo interpretar esto? La intención de este libro es arrojar un poco de luz en este rincón, oscurecido por la falta de lógica, tras poner a punto los instrumentos metodológicos precisos.
Es difícil que una investigación sobre la argumentación le aporte algo totalmente nuevo al lector: todo el mundo argumenta todos los días. Lo más que puede lograr una investigación de este tipo es hacernos más claramente conscientes de las estructuras y peculiaridades de las argumentaciones, agudizar la mirada crítica y, por desgracia, también destruir algunas ilusiones sobre el poder de la argumentación.
Todo ser humano tiene algún tipo de principios básicos de pensamiento y actuación, principios que no pueden deducirse de otros anteriores y que, desde un punto de vista lógico, son «ideológicos»: esto es normal, y la confrontación con ellos no es necesariamente explosiva. Las cosas cambian cuando una ideología se fanatiza y co-mienza a tiranizar el mundo. Vienen entonces las «limpiezas» religiosas, raciales, ideológicas o étnicas. Es en ese momento cuando se clama por un contramovimiento ilustrado; pero ese contramovimiento tendría que haber intervenido mucho antes. No es posible trazar demarcaciones claras entre una ideología aparentemente inocua y sus aplicaciones radicales, en absoluto inofensivas. Por consiguiente, la ilustración debe actuar sobre la raíz del mal. Acaba pasando factura el respetar la creencia en brujas y brujos, confiando en que nadie haga un «mal uso» de esa creencia o que la interprete de forma «radical», es decir, pasando a la caza de brujas y demonios.
La investigación de las formas de argumentación en los conflictos ideológicos es al mismo tiempo una investigación sobre los métodos de la ilustración. Pese a que el presente libro llega a unas conclusiones un tanto decepcionantes sobre esos métodos, no es en modo alguno pesimista.
El libro tiene dos partes: la primera trata las argumentaciones que pueden partir de una base segura, o en todo caso de una base que de momento no se discute. La segunda parte investiga las argumentaciones en las que esa misma base ya es discutible. Este último caso es la forma típica de discusión con las ideologías, y lo examinaremos con ayuda de materiales que proporcionan ejemplos extremos, a saber, el fanatismo religioso, sus defensores y sus detractores. Estos materiales, que los habitantes del otrora cristiano Occidente conocían hasta cierto punto, pero que a estas alturas ya no son precisamente de candente actualidad, permiten exponer con especial claridad los problemas metodológicos. Todos los instrumentos metodológicos que se pueden extraer de aquí pueden aplicarse a otras discusiones ideológicas. El fanatismo religioso es especialmente apto para el análisis teórico, puesto que en este caso sólo se trataba, y en ocasiones aún se trata (al menos supuestamente) de la eterna bienaventuranza. En otros casos, como en el del fanatismo nacionalista, la situación es, por desgracia, considerablemente más complicada: aquí no se discuten únicamente cuestiones metafísicas, sino también cuestiones muy terrenales. Este libro no es, por tanto, una introducción a la crítica religiosa, ni un ejercicio de la misma. Sólo utilizamos la religión como ejemplo de nuestras reflexiones. Por lo demás, el hecho de que ninguna ideología, religión o institución posee el monopolio de la inhumanidad y el fanatismo es algo que, desgraciadamente, se entiende por sí sólo. Esa plaga afecta a píos e impíos.
Los conflictos supraterrenales son más fáciles de desactivar mediante el análisis ilustrado que los terrenales, los relativos al poder político; cuando dos naciones discuten por el mismo territorio, el análisis más agudo de sus argumentos (por valioso que pueda ser) no contribuirá gran cosa a la resolución del conflicto. Uno de los objetivos secundarios de este libro es destruir cualquier posible ilusión al respecto.
Quien espere encontrar una colección de recetas para una argumentación de eficacia garantizada quedará decepcionado. El análisis de las argumentaciones pone de manifiesto una y otra vez la idea de que prácticamente cualquier figura argumentativa puede ser utilizada mutatis mutandis por los defensores y críticos de una tesis. Un argumento que a los ojos del crítico libra una doctrina al ridículo aniquilador será evaluado de forma muy distinta por los partidarios de esa misma doctrina: como una estúpida malintepretación de esa doctrina, o como una calumnia. No hay porqué extraer consecuencias nihilistas de esta situación humana normal; aunque sí deberíamos aprender de ella que es preciso utilizar los argumentos de forma tan diferenciada como sea posible y que uno nunca puede estar muy seguro de su éxito, ni siquiera cuando está convencido de tener de su parte la verdad, la humanidad o la tolerancia.
Este no es un libro para especialistas, sino para un público más amplio. Por tanto, apenas contiene referencias a la literatura contemporánea especializada y no presupone su conocimiento. Eso no significa que el autor no haya tomado nota con gratitud de esa literatura y que no haya extraído de ella algún que otro ejemplo especialmente instructivo.
El autor expresa calurosamente su gratitud a los amigos y colegas que han revisado el manuscrito y que le han aportado numerosas indicaciones valiosas: Paul Hoyningen-Huene, de Constanza; Elisabeth Leinfellner, de Viena; Martin Schneider, de Münster; Peter Stemmer, de Constanza.
1. INTRODUCCIÓN
ConVENCER Y PERSUADIR
Argumentar es el intento de probar la verdad de una proposición (a la que en adelante llamaremos «tesis»). A este respecto se pueden distinguir dos casos, el caso normal o estándar y el caso fundamental o no estándar.
En el caso estándar, la tesis se deriva de forma lógicamente vinculante (concluyente, deductiva) de otras proposiciones, los argumentos. Se parte aquí de que determinadas proposiciones, los argumentos, ya se han aceptado o son aceptables. Estos argumentos constituyen una base que la argumentación ya no pone en cuestión. Se argumenta a favor de una tesis al mostrar que se sigue lógicamente de la base argumentativa (eventualmente, ampliada mediante otros conocimientos de base que tampoco son problemáticos) o mostrando bajo qué precondiciones adicionales se seguiría la tesis de la base argumentativa.
La lógica investiga cuándo una proposición se sigue de otras; toda argumentación correcta ha de satisfacer las reglas de la lógica. En la vida cotidiana, muchas veces sólo son posibles los juicios de probabilidad, es decir, la tesis sólo puede demostrarse con una cierta probabilidad. En este caso la argumentación también ha de satisfacer las reglas de la lógica de probabilidades. Aquí no se presentan nunca especiales problemas lógicos: la argumentación es interesante más desde el punto de vista del contenido que desde el lógico-formal, que es también el que plantea las dificultades para captarlo de forma, hasta cierto punto, sistemática. Esto no significa que la lógica sea falsa o inútil o que deba ser sustituida por una nueva lógica; tampoco significa, en modo alguno, que la argumentación se mueva, pueda moverse o deba moverse fuera de las reglas de la lógica.
Es frecuente que las argumentaciones no adopten la forma de una prueba deductiva; pero cuando se supone que estamos ante una argumentación correcta, o se persigue argumentar correctamente, es posible establecer una reconstrucción de la argumentación original que satisfaga las reglas de la lógica, es decir, una argumentación en la que la tesis se siga de hecho de los argumentos conforme a las reglas de la lógica. A este efecto, suele ser necesario añadir argumentos ausentes de la argumentación original, o que se habían dado tácitamente por supuestos. Puede ocurrir que sólo esta reconstrucción permita reparar en un argumento especialmente problemático.
El caso no estándar, o fundamental, de una argumentación es el que se da cuando no existe una base argumentativa suficiente o cuando se trata de los principios mismos de la base argumentativa, como ocurre en el caso de juicios de valor, artículos de fe o principios fundamentales. Quien defienda esos principios ya no puede recurrir a otras proposiciones. Naturalmente, al principio siempre se intentará, a pesar de todo, encontrar argumentaciones a favor o en contra de los principios, pero cuando al hacerlo haya que recurrir a otros principios pronto se llegará al final de la discusión. Aquí se contraponen unos principios a otros. Esta es la situación que se da en los conflictos entre diversas ideologías, religiones, cosmovisiones. Lo notable en estas discusiones es que —aparentemente, pese a cualquier lógica— al menos en ocasiones también se intente desarrollarlas de forma argumentativa.
Podría decirse que en el caso normal se intenta convencer, mientras que en el caso fundamental —una vez que, como es evidente, la convicción no ha funcionado— se trata de persuadir. Si bien el presente libro sigue a grandes rasgos la división entre convencer y persuadir, debe quedar claro que en la práctica esta dicotomía no siempre es nítida. Sin embargo, es adecuada como modelo simple para el análisis de la argumentación.
Cuando, por ejemplo, queremos argumentar a favor de la tesis de que no deben tomarse drogas, presumiblemente aportaremos el argumento de que las drogas arruinan la salud y acortan drásticamente la vida. Esto, junto con la hipótesis de que nadie quiere arruinar su salud y abreviar su vida, constituye la base de la argumentación. De esta base se sigue la tesis. Ese es el caso normal de la argumentación.
Sin embargo, a un drogadicto no le dirá nada el argumento de que la droga destruye su salud y acorta su vida. Conoce perfectamente esos hechos, pero es presumible que valore más el estado de éxtasis inducido por las drogas que la salud o una larga vida. Su sistema de valores, sus principios básicos son otros. ¿Cómo se puede seguir argumentando con él? Esa es la pregunta por las posibilidades, métodos y límites de la argumentación fundamental.
EL ESQUEMA GENERAL DE LA ARGUMENTACIÓN CONCLUYENTE
Las expresiones argumentar, fundamentar, probar, justificar suelen utilizarse de forma indiferenciada. Toda argumentación correcta consiste en un demostración de su tesis o es reconstruible como tal, si bien la estructura lógico-formal de la demostración no es especialmente interesante, porque en la vida cotidiana no se utilizan figuras lógicas refinadas. La situación de partida es sencilla: existe una afirmación, exhortación, opinión, norma, acusación, en suma, una tesis, y se pregunta: ¿por qué? Las respuestas a esa pregunta reciben el nombre de argumentaciones. A veces se aceptan, a veces se rechazan. Toda argumentación persigue algo, tiene un objetivo; si no, no es (como los discursos presidenciales de Año Nuevo) una argumentación. Una argumentación (en sentido más estricto, una argumentación correcta) es una sucesión de proposiciones mediante las que se demuestra una tesis de forma lógicamente correcta. Las proposiciones de las que se parte se denominan argumentos de la argumentación. No tiene sentido denominar argumento a una proposición aislada. Los argumentos son la base de partida de la argumentación; cuando no existe tal base, no se puede argumentar (normalmente).
El esquema lógico básico de la argumentación es, pues, el siguiente: de los argumentos A1, A2 ... An se sigue la tesis T.
Frecuentemente (aunque no siempre, ni mucho menos) las argumentaciones adoptan la forma de diálogos, o pueden reconstruirse como tales. Alguien afirma una tesis, y su interlocutor exige que la argumente. Si la argumentación tiene éxito, basta con esto para convencer al que duda. Aquí no nos importa si de hecho este renuncia o no a sus dudas, es decir, la cuestión de la eficacia psicológica de la argumentación. Sin duda, hay argumentaciones correctas cuya eficacia práctica es nula; y son concebibles argumentaciones incorrectas que arrastren a los oyentes.
La pregunta fundamental de la teoría de la argumentación es la siguiente: ¿qué es una argumentación concluyente, y por tanto (al menos potencialmente) convincente? La respuesta es sencilla, aunque también bastante general: una argumentación es concluyente cuando garantiza la verdad de la tesis. Ese es precisamente el caso cuando todos los argumentos son verdaderos y la tesis se sigue lógicamente de los mismos. La inversión de este principio ofrece un esquema general para rechazar argumentaciones: una argumentación no es vinculante cuando no garantiza la verdad de la tesis. Eso ocurre cuando al menos uno de los argumentos es falso o cuando la tesis no se sigue lógicamente de los argumentos.
El caso en el que la tesis no se sigue en absoluto de los argumentos se trata en los manuales de lógica en una especie de apéndice; se habla allí de las falacias. Las falacias no tienen relevancia práctica, y aquí no las trataremos1. Una crítica interesante a las argumentaciones siempre es una crítica al contenido de los argumentos. En la práctica se parte de que una argumentación es lógicamente correcta, de que la tesis, por tanto, se sigue de los argumentos en tanto que estos sean verdaderos. Los críticos, sin embargo, deben investigar qué argumentos se utilizan de hecho y si son verdaderos o inaceptables.
LÓGICA, RETÓRICA Y ARGUMENTACIÓN
Hay otra doctrina que se ocupa del arte de la convicción y la persuasión, la retórica. Siempre ha tenido una reputación dudosa. Según parece, ya en el siglo v antes de nuestra era el sofista Protágoras enseñaba que puede disputarse sobre un asunto con igual derecho desde ambos lados 2. Y sus discípulos mostraron cómo puede convertirse la parte más débil en la más fuerte. No cabe duda de que es posible elaborar un discurso para defender cualquier tesis, y también su contraria. Y muchas veces se tiene la impresión de que quien formula el mejor discurso, el más hábil, es el que conquista a su público, con independencia de que sus tesis sean o no ciertas. Esto no parece decir mucho a favor de la oratoria; pero tampoco puede pasarse por alto que también toda argumentación correcta se sirve del discurso, de modo que entre la teoría de la argumentación y la retórica no puede trazarse una separación estricta.
La lógica y la retórica han tomado caminos muy divergentes en el transcurso de la historia. Con el tiempo, la retórica se ha desarrollado predominantemente como arte del discurso bello, cosa que aquí no nos interesa3. La lógica, por otra parte, es una teoría muy general de la demostración sistematizada, en la que se prescinde por
completo del punto de vista del contenido. Al análisis lógico sólo le interesa la forma de las proposiciones, es decir, su estructura, que se deriva de la concatenación de palabras como «todos», «ninguno», «algunos», «no», «o», «y», «si... entonces». Por el contrario, el análisis de las argumentaciones, tal como lo expondremos en lo que sigue, se guía por reflexiones sobre el contenido. Dos argumentaciones pueden poseer una estructura lógica idéntica, y sin embargo tener un significado o alcance enteramente distinto. Pero, como es obvio, toda argumentación debe ser lógicamente inobjetable.
EL ENTIMEMA
El entimema es una forma de argumentación cuyo uso cotidiano es sumamente frecuente. Permite reconocer cómo se diferencian los puntos de vista lógico y retórico. El concepto de entimema se refiere a dos cosas:
1) En la práctica totalidad de las argumentaciones cotidianas no se mencionan expresamente todas las premisas realmente necesarias, pues esto sería redundante, aburrido y repelente; un tormento. Si un orador se dirige a un público al que conoce bien, por ejemplo a abogados, médicos, católicos, etc., puede presuponer sin más en sus oyentes determinados conocimientos y juicios, y no necesita mencionarlos expresamente. Se argumenta de forma correcta, aunque entimemática, cuando se afirma: Sócrates es mortal, puesto que es un hombre. Añadiendo explícitamente el argumento que únicamente se ha formulado mentalmente (en thymo), pero que no se ha explicitado, todos los hombres son mortales, la proposición anterior se convierte en la forma estándar de un juicio lógico correcto: todos los hombres son mortales; Sócrates es un hombre; por tanto Sócrates es mortal. Siempre que sea necesario se puede dar a una argumentación entimemática la forma de un juicio completo. La diferencia entre una demostración lógicamente correcta y una argumentación retórica no es aquí más que puramente externa, técnica. Ese es el primer significado de «entimema».
Consideremos el siguiente ejemplo. Pérez afirma: creo que X debería volver a ser jefe de gobierno; el momento es difícil, y X ya ha gobernado durante diez años. Gómez replica: creo que X no debería volver a ser jefe de gobierno; el momento es difícil y X ya ha gobernado durante diez años. Ambas argumentaciones entimemáticas son externamente idénticas, pero conducen a tesis opuestas. La razón es clara: ambas argumentaciones utilizan dos argumentos implícitos distintos. A efectos del análisis es necesario explicitar los argumentos implícitos; muchas veces son ellos precisamente el auténtico punto en discusión. Pérez parte del principio de que cuando el momento es difícil no se debería cambiar a un jefe de gobierno que lleva mucho tiempo en el cargo. Gómez, por el contrario, defiende la postura exactamente opuesta.
2) En el ámbito de la actuación o del saber humanos raras veces es posible afirmar algo con absoluta seguridad; las cosas siempre pueden ser de otra manera. Muchas veces sólo se pueden formular proposiciones de probabilidad, tesis o argumentos sobre lo que generalmente, o presumiblemente, es de una determinada manera. Ese es el segundo significado de entimema4. Considérese, por ejemplo, la siguiente argumentación: no se puede creer nada de lo que diga el político X, ya está en campaña electoral. Semejante argumentación no puede rechazarse de plano, aunque sí suscite ciertos reparos. Según parece, también hay políticos cuyas promesas electorales son creíbles. La resolución del entimema debería, pues, adoptar la siguiente forma: es frecuente que los políticos en campaña electoral mientan; X es político; por tanto, hay una cierta probabilidad de que X mienta. Ese es un juicio de probabilidad. El juicio como tal es lógicamente correcto y vinculante, pero no garantiza más que una cierta probabilidad de la tesis, porque tampoco los argumentos poseen nada más que una cierta probabilidad.
ESQUEMAS UNIVERSALES DE ARGUMENTACIÓN
El esquema ya mencionado de una argumentación correcta: de los argumentos A1, ... An se sigue la Tesis T puede diferenciarse aún más, siguiendo, por ejemplo, una
propuesta de Toulmin5. Uno puede dividir los argumentos en aquellos que se refieren de forma concreta y específica al caso del que se trata («datos») y en proposiciones, regularidades o fundamentos de índole más general («principios»). Esta dicotomía no es siempre inequívoca, ni mucho menos, pero en muchos casos es un buen apoyo para el análisis. Un refinamiento mayor del esquema se refiere a la certeza con la que la tesis puede seguirse de los argumentos. Hay veces que una tesis se sigue necesariamente, otras que sólo de forma probable. Finalmente, en la argumentación participan siempre condiciones de excepción explícitas o implícitas, es decir, la tesis debe derivarse de los argumentos a no ser que se cumplan determinadas condiciones de excepción. Las condiciones limitantes también pueden formularse como datos o principios, por lo que a veces es útil exponerlas ex profeso, para, por ejemplo, tratar aisladamente ciertos casos extremos en los que normalmente no se piensa.
El hecho de que una mujer esté embarazada es, en virtud de las regularidades biológicas, un argumento concluyente en favor de que algún tiempo antes ha tenido lugar un acto sexual... excepto cuando ha tenido lugar una inseminación artificial o en el raro caso de la intervención del Espíritu Santo.
De aquí podemos extraer el siguiente «esquema toulminiano» universal de argumentación: de los Datos D1, ... Dn y los Principios P1. . . Pn se sigue, a no ser que se produzca una Excepción E, con la Certeza C, la Tesis T.
El valor de un esquema como el de Toulmin reside principalmente en que ofrece una guía para reconstruir de forma exacta y completa una argumentación. En el uso cotidiano prácticamente nunca se formulan de forma completa las argumentaciones, sino que sólo se esbozan. Por ejemplo, principios que son de conocimiento común o que no son controvertidos no se explicitan. Pero la discusión crítica de una argumentación sólo es posible cuando esta última no se presenta en forma entimemática, sino que se expresa en forma de una demostración lógicamente irreprochable.
El esquema de Toulmin tiene un gran parecido con un esquema que ofrecieron mucho antes Hempel y Oppenheim6 para describir la estructura de las explicaciones científicas. El esquema Hempel-Oppenheim afirma en lo esencial: una explicación para la constatación de unos hechos H consiste en que H se deriva lógicamente de proposiciones generales (leyes naturales A1, ..., Am y de proposiciones especiales (condiciones iniciales y marginales) D1 ..., Dn, es decir: de Al, …,Am y D1,…, Dn se sigue
H.
Así, por ejemplo, de las leyes gravitatorias, combinadas con los datos sobre una manzana específica y una rama específica, se sigue que si se corta el rabo que une la manzana con la rama, aquella caerá a la tierra en un tiempo determinado. La analogía con el esquema de Toulmin no es sorprendente; explicar, argumentar y demostrar son, considerados lógicamente, la misma cosa.
TEORÍAS ESPECIALES DE LA ARGUMENTACIÓN.LA TEORÍA DEL STATUS
Cuanto más general es una teoría de la argumentación, tanto más inane se hace; eso es irremediable. El esquema de Toulmin, y todos los esquemas parecidamente comprehensivos de argumentación, son tan generales como triviales. Las perspectivas de una teoría fructífera en la práctica mejoran claramente cuando el planteamiento se hace más restrictivo desde el punto de vista del contenido, por ejemplo: ¿cómo argumenta un abogado, un predicador, un psicótico, un publicista?
Una limitación semejante del planteamiento puede conducir a una teoría de la argumentación más concreta, apegada a la vida y, a fin de cuentas, también más útil desde una perspectiva práctica. En determinados ámbitos especiales, las formas de argumentación quizá están delimitadas de forma tan estricta que puede plantearse una teoría útil e interesante, pero que siempre será una teoría «local», nunca una teoría «global». Puede incluso buscarse una comprensión completa de las formas de argumentación relativas a ese ámbito especial.
Un ejemplo clásico es el del procedimiento judicial. Aquí está clara la tesis; debe demostrarse la culpabilidad o inocencia de un acusado; también están establecidos los principios del procedimiento mediante los cuales están rigurosamente predeterminados los argumentos admisibles. Estos principios son de naturaleza jurídica; nadie puede ser sancionado por una acción que no haya cometido, que no haya cometido en las circunstancias en las que se le acusa de haberla cometido, que haya cometido por ignorancia o por motivos nobles (por ejemplo, por el bien general) o que no caiga dentro de la jurisdicción del tribunal en cuestión. De ahí se siguen los posibles argumentos de descargo, y por eso en este ámbito es posible establecer una teoría interesante de la argumentación. En su momento, se desarrolló en el marco de la antigua retórica (especialmente Hermágoras en el siglo II antes de nuestra era). Es la teoría de los cuatro status (stasis, en griego), es decir, los principales puntos en disputa, aquellos puntos de los que depende esencialmente la defensa7. Son los siguientes:
1) El status coniecturalis. Es decir, la pregunta por el autor. ¿Cometió de hecho el acusado la acción? El mejor argumento del acusado siempre es afirmar que no cometió el acto que se le imputa.
2) El status definitivus. El acusado ha hecho efectivamente algo, pero su acto no entra en la categoría utilizada en la acusación. Por ejemplo, es cierto que robó a una mujer la bolsa en el templo, pero no es un robo sacrilego porque no tocó las propiedades sagradas. O alguien ha causado de hecho la muerte a un hombre, pero no intencionadamente, por lo que hay que rechazar la acusación de asesinato.
3) El status qualitatis. No se discute el acto, pero es preciso investigar con más detalle su «calidad». En ocasiones, esta es una defensa muy honrosa. Existen múltiples posibilidades, como: a la víctima/acusado se le incitó a cometer el hecho; el hecho no fue intencionado; mediaba estado de necesidad; actuar con demora ponía en peligro al estado; razones de moral o de honor prácticamente imponían actuar así (ejemplo clásico: sí, he matado a mi madre, pero porque ella había asesinado a mi padre). Los asesinatos de motivación política o religiosa suelen justificarse aduciendo la calidad especial del acto.
4) El status translationis: esta es la pregunta de si la acusación no puede rechazarse sin examinar su contenido. Eso es posible cuando el tribunal no tiene jurisdicción. Rechazar la acusación puede ser ventajoso cuando quepa esperar que el tribunal con jurisdicción efectiva juzgará de forma más favorable que aquel ante el que se está debatiendo el caso en este momento.
La teoría del status tenía la seguridad de agotar con estos cuatro aspectos todas las posibilidades de la argumentación, y al defensor le bastaba con demostrar uno de ellos. El esquema de los cuatro status también puede interpretarse como guía para el juez: esos cuatro aspectos son lo que tiene que tener en cuenta cuando emite su sentencia8. Las reflexiones que subyacen a este esquema se refieren al contenido; aquí no servirían de gran ayuda análisis puramente lógicos.
Está claro que la teoría del status no es un esquema de argumentación universal y que no es de aplicación a incontables ámbitos. Por otro lado, tampoco es tan particular y limitado como podría parecer; puede aplicarse en todos aquellos casos en los que se trata de defenderse de acusaciones. Recurriendo a la teoría del status pueden, por ejemplo analizarse bien las diversas «soluciones» al problema de la teodicea. El problema consiste en la pregunta por la relación entre un dios omnisciente, todopoderoso e infinitamente bondadoso y los múltiples males y dolores en el mundo creado y preconcebido por ese dios. Ese dios, por tanto, es acusado del mal en el mundo. El problema, para las religiones altamente evolucionadas, como el cristianismo, es muy acuciante, pero se formuló ya en época precristiana. En el filósofo Epicuro (341-270 antes de nuestra época) podemos leer:
O dios quiere suprimir el mal del mundo, pero no puede. (En cuyo caso es débil, y por tanto no es dios). O puede pero no quiere hacerlo. (En cuyo caso es malévolo, y por tanto no es dios).
O ni puede ni quiere hacerlo.
O bien puede y quiere hacerlo (como únicamente corresponde a un dios): ¿de dónde proviene entonces el mal en el mundo?9
En Epicuro, el planteamiento de estas preguntas tiene como objetivo poner en cuestión el concepto de dios. Dentro de la teología cristiana, sin embargo, era preciso infirmar de algún modo la acusación contra dios. Las posibilidades de argumentación que pueden considerarse a ese fin pueden clasificarse de acuerdo con la teoría del status. Esa es una idea importante. Podrían entonces intentarse los siguientes argumentos para rechazar la acusación:
1. Status coniecturalis: ¿proceden efectivamente los males del mundo de dios, o son atribuibles a algún otro poder, a los poderes de las tinieblas, como enseñaban los maniqueos? (Esto, no obstante, contradiría la omnipotencia divina).
2. Status definitivus: indiscutiblemente, en el mundo hay muchas cosas nos parecen desagradables; ¿pero se trata realmente de ma les que se le pueden reprochar a dios? Podrían, por ejemplo, ser castigos por nuestros pecados. (Sin embargo, esto está en contradicción con la bondad infinita de dios y su omnipotencia. La inmensa can tidad de males en el mundo sin duda es exagerada como castigo por nuestros pecados; y ¿por qué, por ejemplo, tendrían que sufrir tanto incluso los niños pequeños, antes de que puedan pecar? Además, un dios bondadoso y todopoderoso también hubiera podido emplear métodos más suaves para conducir a los hombres por su camino. Si el mal se interpreta como castigo, se tropieza además con el conflicto entre la omnisciencia divina y la capacidad para el pecado del hombre ante dios: si dios previera que el hombre, creado por él, iba a pecar, entonces no es justo castigar posteriormente a ese hombre).
3. Status qualitatis: ¿no podría ser que los supuestos males fueran irremediables por razón de la armonía del universo en su conjunto? El mundo quizá no fuera tan perfecto si estuviera totalmente desprovisto de mal. (No obstante, nadie ha podido mostrar en qué medida el mal y el sufrimiento son necesarios para la belleza del mundo. ¿En qué contribuye a la perfección de la creación que sea necesario amputarle una pierna a alguien? Decir que la plétora de miserias del mundo es irrenunciable por mor de la superior perfección del mundo es extremadamente cínico y contradice la omnipotencia y bondad divinas).
4. Status translationis: ¿compete al hombre juzgar a dios? El argumento de la inescrutabilidad divina, tan caro a los teólogos desde tiempos de Job, afirma que los pensamientos y atributos de dios son incomprensibles para nosotros. Nuestro limitado entendimiento no puede juzgar sobre la divinidad. (Remitir a la incompetencia de la razón humana no sólo supone el fin de cualquier discusión racional sobre el problema de la teodicea, sino también el de cualquier teología).
NOTAS
1
Para una enumeración exhaustiva de las argumentaciones falaces, véase Fearnside y Holther (1959).
2Protágoras, fr. 2,5 y 6, citado en Capelle, Vorsokratiker.
3Sin embargo, para Perelman (1980), la retórica y la argumentación prácticamente se solapan. En su opinión, el objetivo de la argumentación no es demostrar una
tesis a partir de los argumentos, sino producir el asentimiento del público a las tesis (op. cit., p. 18). Para él, la diferencia entre persuadir y convencer estriba únicamente en la orientación a un público universal o a un público particular. Denomina por tanto su teoría «nueva retórica». Pero como es deseable distinguir entre la corrección de una argumentación, por una parte, y su eficacia o elegancia, por otra, seguiremos distinguiendo como hasta ahora entre retórica y argumentación.
4 Aristóteles, Retórica, cap. 2.
5
Toulmin (1964), sección III.
6 Hempel y Oppenheim (1948); cfr. Stegmüller (1969).
7 Cfr. Fuhrmann (1990) y Braet (1987). 8 E n p a r a l e l o a l o s c u a t r o s t a t u s s e d e s a r r o l l a r o n c u a t r o c a t e g o r í a s p a r a l a i n t e r p r e t a c i ó n d e l a s l e y e s : 1 . ¿ D e b e l e e r s e a l p i e d e l a l e t r a e l t e x t o l e g a l , o d e a c u e r d o a s u « e s p í r i t u » ? 2 . ¿ H a y q u i z á v a r i a s l e y e s ( q u e p o s i b l e m e n t e s e c o n t r a d i g a n e n t r e s í ) a p l i c a b l e s a l c a s o p r e s e n t e ? 3 . ¿ E s i n e q u í v o c o e l t e x t o d e l a l e y ? 4 . ¿ H a y t a l v e z u n v a c í o l e g a l ? E n c a s o d e q u e a s í s e a , ¿ d e b e j u z g a r s e p e r a n a l o g i a m o n o ? ( E l p a r a l e l i s m o , s i n e m b a r g o , e s a r t i f i c i a l ) . C f r . F u h r m a n n ( 1 9 9 0 ) . 9 Epicuro, p. 136.
2. ELEMENTOS DE LA ARGUMENTACIÓN
En la mayoría de los casos, las argumentaciones utilizan una o varias proposiciones generales a las que ya hemos denominado «principios». Por ejemplo, la proposición la verdad vale más que la humanidad constituye un principio de toda argumentación fanática. Qué constituya un principio en una argumentación, o el hecho de que eventualmente existan varios de ellos (o, en el caso trivial, ninguno en absoluto) no es tanto una cuestión de la lógica como del contenido o. mejor dicho, de nuestros intereses respecto al contenido. Como los principios se reiteran con frecuencia, es posible recopilar una especie de catálogo de figuras argumentativas. Un catálogo semejante contiene principios argumentativos que se formulan frecuentemente o que tienen especial interés para el observador. En cualquier caso, siempre se tratará de un catálogo abierto. Lo que nos interesa en todos los casos es la verdad o la falsedad de estos principios.
Generalmente, algunos de tales principios se utilizan en apoyo de una tesis y otros para poner en cuestión una tesis, aunque esto no permite establecer una subdivisión inequívoca; muchos principios se utilizan tanto en favor como en contra de una tesis.
En lo que sigue presentaremos una selección de los principios argumentativos más frecuentes. Nuestra argumentación no es en absoluto excluyente, es decir: una argumentación concreta permite a veces varias reconstrucciones distintas en las que no siempre se utiliza exactamente el mismo principio. Nuestro pequeño catálogo es sobre todo una recopilación de ejemplos que permiten prestar una mayor atención a los lugares esenciales y problemáticos de las argumentaciones.
El catálogo sólo tomará en cuenta argumentaciones correctas, es decir, aquellas en las que la verdad o la probabilidad de la tesis está garantizada, en el supuesto de que todos los argumentos sean verdaderos o probables. Pero también expondremos algunos ejemplos de argumentación que suelen considerarse incorrectos. La razón de que los mencionemos a pesar de todo es que con una reconstrucción adecuada pueden considerarse argumentaciones correctas en las que, en todo caso, podrá discutirse sobre la verdad de los principios subyacentes. Desarrollaremos esto más adelante, con ayuda de los argumentos originales.
Rechazar las argumentaciones desempeña un importante papel en la vida práctica. Una argumentación es rechazable cuando no es adecuada para demostrar la verdad de la tesis. En los casos en los que no haya fallos lógicos, el ataque a una argumentación debe poner en cuestión la verdad o la probabilidad de al menos uno de los argu-mentos. A este fin, el crítico puede poner en tela de juicio la verdad del principio de argumentación (o de uno de los principios de argumentación) o su aplicabilidad al caso concreto de que se trate.
EL PRINCIPIO DE GENERALIZACIÓN Y EL ARGUMENTO DE EXCEPCIÓN
En las argumentaciones morales se utiliza muchas veces un principio de generalización, la mayoría de ellas de forma destructiva, para rechazar una tesis. Considérese, por ejemplo, la tesis puedo robar y engañar tanto como quiera siempre que no me descubran. Para mostrar que esta no es una postura aceptable se señala lo desagradable que sería una sociedad en la que todas las personas hicieran suya esta posición egoísta. ¡Dónde iríamos a parar si todos hicieran lo mismo! Quien argumenta así utiliza como principio general una versión cualquiera de la famosa «regla de oro»: lo que no quieras que te hagan a ti..., por ejemplo, la siguiente: las acciones o modelos de conducta que serían intolerables si fueran adoptadas por todo el mundo son moral- mente malas y hay que prohibirlas.
Sin duda, el principio de argumentación se aplica con sentido en muchos casos. Pero no es, ciertamente, un principio absolutamente evidente por sí solo y puede rechazarse por diversos motivos. Por ejemplo, podría limitarse la aplicabilidad del principio: si fuera seguro que la mayoría de las personas no actuara como yo lo hago, no tengo
ningún motivo para romperme la cabeza con qué ocurriría en el caso de que, etc. Un ladrón puede admitir que la vida sería molesta si todos robaran continuamente, pero añadirá que ni mucho menos todos los hombres roban continuamente. Debemos orientar nuestra vida a la realidad y no a construcciones hipotéticas, añadiría.
Es frecuente que el principio de generalización se deje sin efecto añadiendo una cláusula de excepción. La universalización se limitará mediante el argumento de que una persona o postura determinada posee un estatuto especial de tipo tal que no se le podrá aplicar el principio de generalización. Lo que es aplicable al común de los hombres no tiene por qué regir para los dioses u hombres semejantes a dioses: quod licetJovi non licet bovi.
Consideremos, por ejemplo, la discusión que hubo en su época sobre si en un país católico debían permitirse también otras religiones. Si se generaliza la intolerancia religiosa tan extendida en épocas anteriores, es decir, si se supone que la religión predominante en cada caso (fuera cual fuera) debía y podía ser intolerante frente a todas las demás, lo que se obtendría es un mundo muy poco pacífico. Esto se ha utilizado con frecuencia como argumentación en contra de la intolerancia religiosa (y por tanto en favor de la tolerancia). Por ejemplo, de la siguiente manera:
Si los católicos afirman que es un crimen no creer en la religión dominante, culpan a sus propios predecesores, los primeros cristianos, precisamente de ese mismo crimen, y además justifican a los paganos que querían ejecutar a los cristianos1.
Aquí se generaliza así: si es un crimen no creer en la religión dominante, lo será siempre y en todas partes. Esta generalización, sin embargo, conduce a consecuencias desagradables, por lo que se intenta limitar con una cláusula de excepción:
Todas las religiones son obra humana, con la única excepción de la Iglesia romana, católica y apostólica, que es obra de dios2.
La propia limitación suele formularse como principio general: aquello a lo que puede aspirar la verdad no lo pueden pretender de ningún modo las numerosas opiniones erróneas o herejías. En la práctica, se vincula a esto una pretensión tremenda: yo, mi iglesia, mi partido (o cualquier otra cosa así) estoy/estamos en posesión de la verdad. En la cláusula de excepción se reconoce básicamente un principio general (uno debe ser tolerante frente a otras opiniones) que, simultáneamente, se deja sin efecto en un determinado caso singular. Por tanto, el crítico sólo tiene que atacar la cláusula de excepción especial para garantizar la aplicabilidad del principio general. Argu-mentos de excepción típicos son:
a) la verdad (mi religión, por ejemplo) no puede situarse en el mismo plano que los errores (todas las demás religiones); b) lo que favorece a mi pueblo, mi país, mi partido, mi iglesia, mi dios, es en cualquier caso bueno.
La interacción de principios generales y cláusulas especiales de excepción es lo que, por otro lado, posibilita una teoría moral realista. Los judíos piadosos tienen que atenerse a cientos de mandamientos y prohibiciones; pero cuando se trata de salvar una vida humana, todos los mandamientos se pueden quebrantar. Una argumentación semejante se encuentra, por ejemplo, en un diálogo entre el filósofo chino Mencio y un interlocutor que le plantea preguntas. Para la comprensión del diálogo tiene que tenerse en cuenta que en la antigua China las reglas tradicionales de moralidad tenían una enorme importancia y su quebrantamiento se valoraba de forma muy negativa. La conversación se inicia asegurando que es preciso admitir los principios generales de la moralidad:
Un hombre de Rén le preguntó lo siguiente al discípulo Wulú: «¿qué es más importante, la corrección en el comer o el comer mismo?». A lo que Wulú respondió: «la corrección».
El hombre prosiguió: «¿Qué es más importante, las reglas que regulan el placer sexual o el sexo mismo?», a lo que Wulú respondió: «las reglas». Pero entonces se formulan cláusulas de excepción, utilizando para ello ejemplos concretos:
Dijo el hombre: «Entonces, supongamos que alguien que guarda la corrección no obtiene comida y muere de hambre, mientras que, si no guarda la corrección come o que, si alguien que observa las reglas de ir a buscar a la novia para traerla a casa no obtiene esposa, mientras que, si no guarda estas reglas, la consigue. ¿Sería preciso observar las reglas correctas en ambos casos?».
Wulú fue incapaz de responder por lo que, al día siguiente, fue a Zou para consultárselo a Mencio. Mencio dijo: «[...] Si se toma un caso en el que el comer es importante, mientras que la corrección no lo es, ¿por qué se para a decir que comer es lo más importante? Igualmente, ¿para qué decir que el sexo es importante, en un caso en el que ciertamente pesa más que las reglas que lo rigen?».
Pero se debe ser muy cuidadoso para que los principios generales no queden reducidos a la irrelevancia mediante las cláusulas de excepción. Por eso añade Mencio: * Si retorciendo el brazo a tu hermano para quitarle la comida comes, y en el uso de no hacerlo, te quedas sin comer, ¿se lo torcerías? Si saltando la valla le la casa vecina y llevándote a una de las hijas solteras, consigues esposa y, de lo contrario, no la consigues, ¿la saltarías?»3.
No es casual que aquí no se delimiten las cláusulas de excepción siguiendo un principio general, sino proponiendo un ejemplo drástico. Volveremos más adelante sobre esto.
PRINCIPIOS DE JUSTICIA O IGUALDAD
Aquí se argumenta con el siguiente principio general: los seres, acontecimientos o hechos de la misma categoría deben tratarse del mismo modo. Este principio apenas se discute como tal, porque es muy abstracto; lo que es discutible son sus aplicaciones concretas.
Es fácil caer en la tentación de utilizar el principio como núcleo de una argumentación en favor de la democracia. Todos los hombres son por naturaleza iguales es un argumento que cuesta contradecir; junto con el principio de justicia, en determinadas circunstancias da lugar a la tesis de que la democracia es la única forma justa de estado.
Sin embargo, los hombres no son iguales, porque de lo contrario ni siquiera se les podría distinguir con nombres. Como mucho, son iguales en ciertos aspectos, o, mejor dicho: si se reflexiona lo suficiente, se encuentran igualdades de algún tipo. Los ataques a una argumentación en pro de la igualdad no tienen por tanto que dirigirse contra el principio abstracto de igualdad, y tampoco contra la afirmación de que todos los hombres son iguales en ciertos aspectos, pues esta última es trivial.
Hobbes abre su filosofía política con la siguiente argumentación:
La naturaleza ha hecho a los hombres tan iguales en las facultades de cuerpo y alma que, aunque puede que a veces se encuentr e un hombre manifiestamente más fuerte de cuerpo, o más rápido de mente que otro, cuando todo se considera conjuntamente, la diferencia entre un hombre y otro no es tan grande que uno de ellos pueda reclamar para sí cualquier beneficio que cualquier otro no pueda pretender con tanta razón como él. Pues en lo que se refiere a la fortaleza del cuerpo, el más débil tiene fuerza suficiente para matar al más fuerte, sea por maquinación secreta o aliándose con otros... 4
La misma vulnerabilidad corporal de todos los hombres sobre la que trabaja Hobbes no puede utilizarse en una argumentación en favor de la democracia (cosa que no hace Hobbes); más bien, el hecho de que todos los hombres sean igualmente vulnerables podría aportar un argumento para defender que están igualmente necesitados de protección y, en el curso de su desarrollo, quizá proporcione un argumento en pro de que el estado deba ofrecer a todos los ciudadanos idéntica protección.
En general, la igualdad en cierto respecto se puede utilizar, en el mejor de los casos, como argumento en favor de una igualdad de trato en cierto respecto; en todo caso, es preciso especificar y restringir drásticamente el principio de igualdad.
EL DILEMA FRENTE A LA DISTINCIÓN ENTRE CASOS
Esta figura consiste en dos argumentos, a saber:
(1) que a excepción de la tesis T no existe más que un número finito de posibilidades pertinentes alternativas (en el caso del dilema, que en total sólo existen dos posibilidades, es decir, otra tesis aparte de la tesis T);
(2) que ninguna de las demás posibilidades es el caso o es pertinente. De esto se sigue de forma lógicamente necesaria la verdad de la tesis T. Como principio se utiliza aquí una proposición lógicamente verdadera5.
Por consiguiente, la argumentación sólo puede atacarse demostrando que (1) la enumeración de posibilidades no es completa o que, (2) en modo alguno es descartable el resto de las posibilidades a excepción de T. Por ejemplo: en muchos países del Tercer Mundo las dictaduras son deseables, dado que estos países sólo pueden elegir entre la libertad y el hambre y lo más importante es satisfacer el hambre.
Esta argumentación en favor del establecimiento de dictaduras parte de que (1) la libertad y la alimentación suficiente de la población son objetivos mutuamente excluyentes dadas las circunstancias y no existe ninguna otra posibilidad de elección relevante y de que, (2) la libertad, acompañada del hambre, no es deseable. Si se aceptan ambos argumentos, se tiene una argumentación correcta en favor del establecimiento de dictaduras.
Los fanáticos de toda laya sienten predilección por un principio que tiene la forma de un dilema: el que no está conmigo, está contra mi6. Esta proposición silencia a conciencia que al menos existe una tercera posibilidad, la indiferencia o desinterés respecto a la doctrina en cuestión.
Otra aplicación del dilema consiste (1) en la enumeración completa de todas las posibilidades pertinentes de validez de una tesis T y (2) en la demostración de que ni una sola de esas posibilidades se ha realizado o es realizable. El historiador israelita Moshe Zimmermann7 defiende la tesis de que en Europa el antisemitismo ya no constituye un peligro serio porque sus causas ya no existen. El antisemitismo sólo tuvo las siguientes causas: persecución religiosa por las iglesias cristianas, situaciones sociales abusivas (de las que se responsabilizaba a los industriales y banqueros judíos) y problemas nacionales 8. Entretanto, todas estas causas han desaparecido, por lo que ya no existe el peligro del antisemitismo (en Europa).
La argumentación utiliza (1) una distinción de casos en cuanto a las causas de un fenómeno, (2) la afirmación de que ninguna de las posibilidades enumeradas se materializa. Está claro que (1) y (2) son discutibles. En (1) se podría objetar, por ejemplo, que se han enumerado causas racionalmente concebibles, pero que desgraciada-mente podría haber también otras causas, de tipo irracional, como la necesidad de un objeto de odio.
También la exposición del problema de la teodicea de Epicuro que hemos mencionado anteriormente utiliza la distinción de casos. Recuérdese que se trataba de la pregunta de si dios hubiera podido evitar el mal de este mundo o no o de si hubiera querido evitarlo o no. De ahí se derivan las cuatro combinaciones posibles enumeradas por Epicuro. Epicuro muestra que ninguna de ellas es conciliable con los principios fundamentales de la religión, o más exactamente: que no hay una explicación satisfactoria del mal del mundo conciliable con las cualidades que tradicionalmente se atribuyen a la divinidad.
RELATIVIZACIÓN
Partamos de un principio lógico: cuando sobre una cuestión existen varias tesis rivales, no todas pueden ser simultáneamente verdaderas, si bien todas pueden ser simultáneamente falsas.
La relativización es una figura argumentativa predominantemente destructiva. A este efecto, a la tesis a atacar se le asigna un lugar en una serie mayor de alternativas, con lo que se pone en duda su pretendido carácter único. Como argumento contra la tesis se aduce que respecto al estado de cosas del que trata también se defienden pun-tos de vista completamente distinpun-tos. El filósofo taoísta Zhuangzi (China, siglo IV antes de nuestra era) utiliza múltiples variantes del procedimiento de relativización, como las siguientes:
Si el hombre duerme en un lugar húmedo, contrae reumatismo y queda como inválido. No ocurre lo mismo con la locha. Pero cuando se sube a un árbol, tiembla de miedo. ¿Y qué pasa con los monos? ¿Cuál de ellos conoce, pues, el lugar adecuado para vivir?
El hombre come ganado, el ciervo, hierba, el ciempiés se deleita con los gusanos, el búho devora ratones. ¿Quién de ellos posee el gusto adecuado? Los hombres tienen sus reinas de la belleza; pero cuando un pez ve una de estas beldades, se sumerge en las profundidades; las aves huyen volando de ellas al verlas. Por tanto, ¿quién de ellos sabe qué es realmente hermoso en la Tierra?9
¿Qué se puede demostrar con estos argumentos, qué se quiere demostrar con ellos, qué principio se aplica (tácitamente) aquí? Intervienen dos principios. Uno de los afirma lo siguiente: ( P 1 ) Cuando diversos observadores llegan a diversas conclusiones respecto a la adscripción de un concepto K, es preciso relativizar el concepto K. Es decir: cuando dos observadores, B1 y B2, emiten juicios mutamente contradictorios sobre el mismo estado de cosas, no se trata de una contradicción, puesto lo que B1 puede considerar K (por ejemplo, bello), B2 puede considerarlo no-K (por ejemplo, feo). Por consiguiente, es preciso rechazar por inoperante el concepto «absoluto» original K. No se puede hablar en términos absolutos de un espacio ideal para vivir o de belleza. Es preciso sustituir el concepto bello por conceptos como bello para un mono, bello para un perro, bello para un ser humano. La relativización tiene un cierto halo de nihilismo, puesto que ya no puede preguntarse de forma ingenua ¿qué es bello? ¿Qué es feo?
La relativización se hace claramente más inquietante cuando se trata de cuestiones morales. Una y la misma acción puede ser considerada buena o mala por personas o pueblos distintos. Si se acepta aquí el principio (Pl), uno ya no puede preguntar si una acción es buena o mala, sino únicamente si es considerada buena por deter-minadas personas o culturas.
Todavía más crucial es que el concepto verdadero sea sustituido por conceptos relativizados como verdadero para mí, verdadero para ti. Se pierde así un concepto al que difícilmente podemos renunciar, el concepto de verdad. Tropezamos aquí con una dificultad típica de todas las argumentaciones que tienen como fin la tolerancia, es decir, la aceptación de diversas opiniones, credos, e ideologías mutuamente contradictorias. Por ejemplo, en el siglo XVI el humanista de Basilea Castellion defendía la tolerancia con las siguientes palabras:
Después de haber indagado mucho sobre qué es un hereje, no he encontrado sino esto: damos el nombre de hereje a todos que no están de acuerdo con nuestra opinión. Eso se muestra en que apenas hay una secta (y hoy son incontables) que no considere herética al resto. Esto llega hasta el punto de que uno, considerado ortodoxo en una ciudad, en la siguiente será un hereje. Por tanto, quien hoy quiera vivir en paz tendrá que tener tantas religiones como ciudades o sectas haya10.
Aquí se relativiza el concepto hereje como hereje a ojos de determinados creyentes. Se sigue de ahí la posibilidad de que las religiones puedan, sin incurrir en contradicción, considerarse mutuamente como herejías. Esto tiene la consecuencia de que también el concepto de ortodoxia, y con él el de verdad (religiosa), se relativiza. No obstante, toda secta, toda confesión, toda ideología aspira a estar en posesión de una sola, absoluta y única verdad. Muchas veces se trata además de un convencimiento sincero.
Pero si se admite esto, la argumentación en favor de la tolerancia se hace difícil. Pues, qué duda cabe, a la verdad le corresponde un estatuto especial. El que junto a una tesis verdadera T o una religión verdadera puedan coexistir innumerables otras en rivalidad con ellas, pero falsas, es algo trivial, y no modifica en nada el estatuto especial de la verdad. En lo que atañe a la verdad de un principio, es irrelevante cuántas otras opiniones rivales falsas puedan manifestarse.
Por consiguiente, lo mejor que puede hacer el abogado de la tolerancia es defender el siguiente principio: (P2) Cuando sobre una cuestión hay varías opiniones divergentes entre las que no se puede decidir, uno debe ser tolerante respecto a todas ellas.
Fatalmente, todo partidario convencido de una religión o de una ideología discutirá que entre la creencia verdadera y la falsa, entre la ortodoxia y la herejía no pueda decidirse de forma objetiva y definitiva. Por consiguiente, el principio de tolerancia que acabamos de formular no es, de todos modos, aplicable, por lo que puede ocurrir que las partes que discuten tengan una opinión unánime sobre un punto: la condena del ilustrado que defiende la tolerancia.
EL PRINCIPIO DE LA SLIPPERY-SLOPE11
Se argumenta en favor de una tesis respecto al caso en disputa aludiendo a otro caso que, según la opinión general, es indiscutible y espantoso, y se afirma que el caso en cuestión no es más que el preludio del caso espantoso. ¡Cuidado con cómo se empieza! expresa de forma concisa este principio: hay que prohibir el aborto porque si se empieza por destruir la vida, ¡dónde estarán los límites! ¡No es consecuente permitir el aborto en la primera semana y prohibirlo en la número 30! ¿Y por qué no matar también a niños y ancianos?
De forma análoga puede argumentarse contra la aplicación de la ingeniería genética. ¿Qué límites naturales o inmediatamente evidentes habrá para modificar el genoma humano, cuando sea posible hacerlo?
El principio de la argumentación de la slippery-slope podría formularse así: supongamos que entre X e Y no hay diferencias o límites tajantes, sino una transición paulatina y gradual. Si se hace o se permite X, también se podrá, antes o después, hacer o permitir Y.
Según se acepte o no un principio de este tipo el principio de la argumentación de la slippery-slope será aceptable o no. Es evidente que todo depende de qué se ponga en lugar de X o Y. ¿Qué opinión podría merecer la siguiente afirmación? Entre matar animales y personas no hay ninguna diferencia natural; por tanto, si se permite la caza o matanza de animales, entonces...
Para refutar un argumento del tipo slippery-slope, se intentará demostrar lo improbable que es deslizarse al caso posterior, o qué medidas sutiles pueden adoptarse para evitar semejante deslizamiento. Otra posibilidad es poner en cuestión la transición gradual desde el caso espantoso al caso en discusión. ¿Dónde estarían los límites? argumenta una de las partes, a lo que la otra replica: ¡todo tiene sus límites!
ARGUMENTO A MAJORE (MINORE)
Este término no está muy extendido: designa una técnica emparentada con el argumento de la slippery-slope. Se establece un continuo en uno de cuyos puntos está un caso valorado positiva (o negativamente) y ese caso se extrapola al que está en discusión: si no se puede matar a un adulto, que al fin y al cabo puede defenderse, cuánto menos podrá matarse a un embrión, que está indefenso. O bien: si se puede defender judicialmente actuar en defensa propia frente a un asesino individual, ¡cuánto más habría de permitirse obrar en defensa propia contra una central nuclear, que amenaza el futuro entero de toda nuestra población¡
Un ejemplo célebre es el que se encuentra en el filósofo chino Mo Di (siglos V/IV antes de nuestra era), quien argumentó de la siguiente manera contra la guerra: Supongamos que hoy entra alguien en un huerto ajeno y roba en él melocotones y ciruelas; todos los que lo sepan, le condenarán, y si las autoridades le detienen, le castigarán. ¿Por qué? ¡Porque daña a otro para beneficiarse él mismo¡ Robar perros, cerdos, gallinas o lechones es mucho peor que coger fruta de un huerto ajeno. ¿Por qué? Porque así se causa un daño aún mayor a otros. ¡Por eso es mucho más inhumano y criminal!
Finalmente, el que alguien mate a una persona inocente [...] es mucho más condenable [...] ¿Por qué? Porque daña mucho más a otra persona. Por eso su crimen y su inhumanidad son mucho mayores, y la pena tendrá que ser condignamente superior. Todos los príncipes de la tierra lo saben muy bien; condenan tales hechos y los califican de comportamiento inmoral. Pues bien, si esta forma de actuar alcanza su máxima expresión cuando son atacados estados enteros, no encuentran nada condenable en ello [...]
Supongamos que un hombre ve una pequeña mancha negra y dice que es negra; pero que ve una gran mancha negra y dice que es blanca. Es evidente, que ese hombre no distingue entre el blanco y el negro. Si alguien prueba un poco de amargo y dice que es amargo, pero dice que una gran cantidad de amargo es dulce, no sabe distinguir entre dulce y amargo. Si alguien reconoce una injusticia pequeña como tal, pero no reconoce como tal una gran injusticia, como el ataque a un país, sino que incluso llega a decir que eso es una conducta recta... ¿puede decirse que sabe distinguir entre la justicia y la in justicia? Aquí se aprecia lo poco que saben discernir los príncipes entre justicia e injusticia12.
LA RAZÓN OCULTA DEL CASO PARTICULAR.LA INTERPRETACIÓN PARANOICA
Se produce un hecho incómodo. Se inscribe tal hecho en un contexto más amplio para reconsiderarlo. Al hacerlo se aplica (tácitamente) el siguiente principio: un suceso incómodo, pero a fin de cuentas tolerable en sí mismo, resulta insoportable cuando le subyace una regularidad general o un plan.
Es mucho lo que puede decirse en favor de un principio de este tipo; dependiendo de que un suceso ocurra de forma intencionada, regular, o casual, uno tiene motivos para contar con su repetición o no. En este tipo de argumentaciones, pues, no se discute tanto el principio general como la adscripción del caso particular a un contexto más general. Esta adscripción se lleva a cabo, por ejemplo, con la fórmula: algo así no es en absoluto casual, algo así se deriva necesariamente de esta ideología. Algo así no es más que la punta del iceberg.
El argumento de que tras determinados sucesos hay algo más que una (desafortunada) casualidad puede ser falso. Quienes padecen
manía persecutoria (paranoia) interpretan cualquier acontecimiento imaginable, los chillidos de un niño, una llamada telefónica equivocada, un queso mohoso, como parte de una gran conjura en contra de ellos. (En casos excepcionales —y sumamente raros— la interpretación es correcta y quien sufre esa situación no es un paranoico). Los dictadores que no alcanzan de inmediato sus objetivos ven sabotajes en todas partes; lo que ha ocurrido no es casual, detrás hay intención, método, sistema, un plan, una conjura universal... lo que tiene consecuencias: hay culpables. En ocasiones eso es así, pero no siempre. A cualquier percance aislado, a cualquier fracaso se le atribuye una importancia distinta y superior. La fórmula puede utilizarse intencionadamente, a sabiendas de que no es el caso, para desviar la atención de las dificultades: donde hay sabotaje tiene que haber saboteadores a los que se puede buscar y condenar. En el caso más estúpido se inventa, por ejemplo, una «conjura judía universal». También el «principio de dominó» se basa en situar sucesos aislados en un contexto más amplio. En la discusión política de la guerra fría se utilizó la tesis del dominó para fundamentar la necesidad de que Occidente apoyara a cualquier país no comunista. La pérdida de un país para Occidente no habría representado un caso aislado, sino que hubiera desencadenado una serie de consecuencias no deseadas: si cae una ficha del dominó, le seguirá la siguiente. Nadie debe pensar que una retirada de Vietnam significará el final del conflicto. Este caso no será más que el antecedente de un proceso inacabable 13.
EL ARGUMENTO DEL ABUSO
La inversión del principio que acabamos de exponer es la siguiente: un suceso desafortunado es más fácil de soportar cuando se trata de una casualidad o un desliz ocasional que cuando le subyace planificación, intención, regularidad, sistema.
Este nuevo principio sirve para valorar con mayor lenidad, o para disculpar, anomalías o malas evoluciones. Por ejemplo, la instauración del estalinismo conmocionó a muchos marxistas, tanto más en la medida en que el marxismo en realidad comenzó como una ideología humanitaria. La pregunta era: ¿es esta una desdichada casuali-dad, un fallo imprevisto de funcionamiento, o el terror se seguía de la idea del socialismo o del comunismo? Si se trata de una excepción atípica o de una lamentable degeneración, un marxista puede seguir fiel a su ideología con buena conciencia. Pues en tal caso, el terror de la era de Stalin no puede atribuirse a la ideología marxista, sino a partidarios concretos de la misma, débiles o equivocados: no es que el marxismo sea malo, lo es el abuso que se hizo de él. No es que la idea sea falsa, sino que determinadas personas son culpables.
Esta fórmula puede, qué duda cabe, tener pleno sentido. Prácticamente no hay nada de lo que no pueda abusarse, por lo que es problemático condenar algo por el abuso que se hace de ello. Si se diera el caso de que un Papa o un obispo fueron ambiciosos, vividores o criminales, eso no constituiría sin más un argumento contra su iglesia. Se trataría de un «sacerdote indigno». Muchos políticos democráticos son corruptos, como todos sabemos. Sin embargo, de eso no deducimos sin más la inferioridad de la democracia.
Podría formularse el siguiente principio: a una doctrina sólo se le puede culpar de aquellas cosas que se derivan directamente de ella. Un crítico tendría, por ejemplo, que investigar en detalle si la intolerancia de determinadas religiones o la dictadura de determinadas ideologías son deslices abusivos o forman parte dogmática de las mismas. El hecho de que en el transcurso de la historia una doctrina supuestamente filantrópica produzca con gran regularidad esos supuestos abusos y prácticamente nunca los magníficos efectos humanitarios prometidos no deja de ser un asunto espinoso.
ANALOGÍAS Y COMPARACIONES
Formular una comparación supone presentar un caso particular concreto relevante Kl para, partiendo de él, argumentar en favor de una tesis que se refiere a un caso particular distinto (eventualmente, completamente distinto) K2. Desde un punto de vista puramente lógico, nunca se puede pasar de un caso particular al otro, como tampoco deducir una tesis general. Pero cuando K1 sirve para aclarar una proposición general A (es decir, como ejemplo de A), a partir de la cual, además de Kl, se pueden derivar muchos otros casos concretos distintos (entre los que se cuenta K2), presentar el caso Kl puede ser un útil paso argumentativo.
En la práctica, es frecuente que se argumente en favor de la tesis K2 sobre un caso particular de modo que únicamente se aporte como ejemplo otro caso particular Kl, mientras que la proposición general A (mediante la cual está vinculada o debería estarlo el ejemplo Ka con la tesis a demostrar K2) queda implícita. Se concluye per ana- logiam K2 a partir de Kl, lo que lógicamente no es admisible sin más. Con el siguiente ejemplo, Platón argumenta en favor del dominio político de los filósofos (platónicos) sobre el estado, y al mismo tiempo en contra de la democracia:
Imagínate que en un barco o en muchos barcos ocurre lo siguiente. El armador es más grande y más fuerte que toda la tripulación junta; sin embargo, es duro de oído y corto de vista, y su comprensión de la náutica es también defectuosa. Los marineros discuten entre sí, porque todos ellos creen que les corresponde el gobierno de la nave. Sin embargo, ninguno de ellos ha aprendido el arte de timonear, no puede decir quién ha sido su maestro ni cuál su aprendizaje. Sí, explican, ese arte no es de ningún modo enseñable, y quieren cortar en pedazos a quienes afirman que lo es. Así que importunan continuamente al armador para que les entregue el timón. Si alguien logra persuadirle, le asesinan o le arrojan por la borda [...]
Quien se muestre hábil para persuadir o someter la voluntad del armador y logre tomar el poder, es honrado entre ellos como b uen marinero, timonel experto y buen conocedor de las cosas del mar. Quien no tiene habilidad para lograrlo, es execrado por inútil [...]
Así las cosas, el verdadero timonel será considerado por la tripulación sin duda como un lunático y charlatán, como un hombre inútil [...] No necesito interpretar la parábola. Verás que los estados se comportan así con los verdaderos filósofos y entenderás lo que quiero decir14.
Sin duda, Platón quiere argumentar de forma lógicamente correcta. Sin embargo, de su parábola no se puede concluir lógicamente, sin más, la tesis de que un estado no debe regirse democráticamente, sino mediante una dictadura de filósofos platónicos. Por consiguiente, es preciso entender la argumentación de Platón como un entimema que utiliza dos premisas implícitas, la primera de las cuales es un principio general contra el que poco cabe objetar (no en última instancia debido a su carácter general): sólo quienes están especialmente facultados y formados, y no unos ignorantes cualesquiera, deben desempeñar una tarea difícil.
La segunda premisa es mucho más especial y mucho menos evidente: sólo los filósofos platónicos, y no el resto de la población, están facultados y formados para el desempeño de las tareas políticas.
Está claro que la crítica debe partir de esta proposición especial e implícita. La historia del barco no es más que una ilustración de la primera proposición, la general, y no sería hábil discutir esta historia (meramente ilustrativa).
Los gobernantes gustan de denominarse padres de la patria, los clérigos pastores. ¿Por qué? Padres y pastores deben poseer autoridad, deben tomar decisiones sobre otros seres y, de ser necesario, imponer esas decisiones por la fuerza. Cualquiera puede entenderlo. Un pastor no discute con su rebaño, sino que lo apacienta. Gobiernos e iglesias manifiestan las mismas pretensiones de autoridad y poder. La comparación con un padre o un pastor les sirve como argumento. ¿Pero qué pasaría si alguien quisiera utilizar otros aspectos de la comparación para sacar una conclusión per analogiam ? Los hijos se emancipan de sus padres y alcanzan la mayoría de edad; y los pastores sirven para producir hermoso y pingüe ganado que luego es sacrificado... de ahí su gran solicitud.
¿Qué se sigue de estos aspectos? Absolutamente nada, porque de una comparación no se sigue nada, sin más. Desde el punto de vista lógico, las comparaciones no son más que imágenes que representan una proposición general (un principio). En el ejemplo el principio reza más o menos así; quien quiera guiar y mandar hombres puede recurrir al poder y, si es necesario, también a la violencia. Es sobre este principio sobre el que debe discutirse, para lo que sirve de poco la imagen del buen pastor.