En febrero de 1896, cuando sólo tenía veintiún años de edad, y procedente de Córdoba (entonces sus ideales liberales y anticlericales), Lugones llega a Buenos Aires,
ciudad ésta convulsionada por las actividades “gremiales” del socialismo “libertario”, venido de la inmigración euro- pea (especialmente, francesa, española e italiana, trayen-
do de la mano de George Sorel las ideas de Pierre Jose- ph Proudhom, gritando que “¡la propiedad es un robo!”); y Rubén Darío, con sus veintinueve “pirulos”, y desde el
diario “El Tiempo” de Buenos Aires, y contando tan solo
con algunas muestras de cuanto posteriormente fueran
“Las montañas de oro” (que Lugones editaría el siguiente año de 1897), recibe al cordobés dándole la triunfal bien- venida, anunciándolo como “la más sonante y dorada de sus trompetas”.
Ya Lugones comenzaba a dar muestras de todo ese ta- lento que lo conceptuaría ulteriormente como el escritor
más representativo del país, que aún perdura en él de modo insuperable, escritor, continúa Barcia, que fue “ar- dorosamente discutido y ensalzado entonces (su ambiente
11 - Disertación pronunciada el 07/02/2014 en el Auditorio del CAEEP, sito en 55 Nº 930 de La Plata.
olió siempre a pólvora), según el prologuista Carlos Obli-
gado de la “Antología Poética” (1941). Lugones dijo, a su turno (“La voz contra la roca”, de “Las montañas del oro”, 1897), que el poeta “es una gran columna de silencio y de
ideas en marcha” (agregando más adelante que “aquella gran columna se ha poblado de voces”).
El pasado 18 de enero cumplióse el 147º aniversario del natalicio del nicaragüense Félix Rubén García Sarmien- to, ¡nada más ni nada menos que el homenajeado vate maximum venerandus (el poeta de mayor veneración)!; es decir, quien luego dio muestras de erigirse en el más grande de habla hispana, además de fundador del “mo- dernismo” (a secas).
Por el natalicio, salvo el caso de Lugones (pues, con mo-
tivo de éste, se celebra el 13 de junio como el “Día del Escri- tor”), habitualmente, se escoge el día en que se extingue la vida del hombre, pues más que los caros deseos y nobles expectativas en el momento en que se viene a este mun- do, más interesa hablar de lo que el hombre deja cuando
se va de él. El caso de Belgrano, entre otros, quizá fuere el más signiicativo, pues el 20 de junio no sólo se apaga la vida del Santo de La Patria, sino que ésta toda llora la
partida del Prócer, memorando su legado que lo instituye
en la igura más pura de la historia nacional, ejemplo para
las generaciones futuras del país y del mundo.
Y en el caso de Rubén Darío, pues hoy cúmplese el 98º aniversario de su paso a la Eternidad del Señor, vale con
solo mencionar algunos títulos, y sobre todo, la lectura de
sus obras para la relexión de ser y estar en las mayores
alturas de la poesía, esto es, desde sus “Poemas de adoles-
do, entre otros, por los eternos e inolvidables títulos tales
como “Poemas de juventud” 1881-1885); “El salmo de la pluma” (1883-1885); “Rimas y abrojos” (1887); “Canto épico” (1887); “Azul” (1888); “Epístolas y poemas” (1889); “Prosas profanas” (1896); “Cantos de vida y esperanza. Los cisnes y otros poemas” (1905); “El canto errante” (1907); “Poemas de otoño y otros poemas” (1907); “Canto a la Argentina, oda a Mitre y otros poemas” (1910). Sin mencionar la obra en
prosa, ensayos, etc.
Quizá, en este momento y despedida, es el que propone para el reconocimiento de su genial modalidad literaria
hacia el 6 de febrero de 1916, en León, su pueblo natal, luego de una intervención quirúrgica, “su gran cabeza de
indio maya hechicero se bambolea con esa lentitud de
los girasoles”, y se va deinitivamente, aunque siempre re- gresa con algunos (y todos) de sus títulos, y hoy, habré de recordar al azar las siguientes composiciones, las que de- muestran claramente que, a partir de “Azul”, Rubén Darío
luego de haber leído atentamente “Las mil y una noches”, la Biblia, el Quijote, el Paraíso Perdido, la Divina Comedia y “Fausto”, entre otros títulos, supera la anterior etapa de inevitable inluencia de los poetas españoles de la segun- da mitad del siglo XIX, y luego de conocer a Menéndez
y Pelayo, Canovas del Castillo, Castelar, Núñez de Arce, Juan Valera, Campoamor, Unamuno, Maetzu, Benaven-
te, Valle Inclán, Juan Ramón Jiménez, los Machado, Pío Baroja, y luego, a Amado Nervo, Wilde, D´Annunzio y
otros, conoce a Verlain, a quien reconoce, y a quien le dedica, en su libro “Prosas profanas”, un “Responso” que comienza así:
Padre y maestro mágico,liróforo celeste
que al instrumento olímpico y a la siringa agreste diste tu acento encantador;
¡Panida! Pan tú mismo, que coros condujiste hasta el propíleo sacro que amaba tu alma triste!, ¡al son del sistro y del tambor!
Y que luego de varias estancias sextetas, concluye de este modo:
Y huya el tropel equino por la montaña vasta; tu rostro de ultratumba bañe la luna casta de compasiva y blanca luz;
Y el Sátiro contemple sobre un lejano monte una cruz que se eleva cubriendo el horizonte ¡y un resplandor sobre la cruz!
Y luego de conocer al viejo Campoamor, en su libro “El
canto errante”, se despacha con esta espinela (octosílaba):
Este del cabello cano como la piel del armiño, juntó su candor de niño
con su experiencia de anciano; cuando se tiene en la mano un libro de tal varón,
abeja es cada expresión que, volando del papel, deja en los labios la miel y pica en el corazón. Gracias.