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SÍMBOLOS Y FIGURAS: LA LEY DE MOISÉS

In document CRISTO y el NUEVO CONVENIO (página 94-108)

n una temprana declaración de su objetivo profético, Nefi escribió: "Y nos afanamos por cumplir con los juicios, y los estatutos y los mandamientos del eñor en todas las cosas, según la ley de Moisés... He aquí, mi alma se deleita en comprobar a mi pueblo la verdad de la venida de Cristo; porque con este fin se ha dado la ley de Moisés; y todas las cosas que han sido dadas por Dios al hombre, desde el principio del mundo, son símbolo de él."

S

E

Posteriormente, cuando Nefi se aproximaba a su testimonio final con la majestuosa declaración de "la doctrina de Cristo", hizo hincapié en el papel fundamental que tenía la ley de Moisés entre su pueblo y el compromiso que habían hecho de vivirla, aun cuando conocían en gran detalle el Evangelio de Cristo y lo enseñaban a sus hijos sin cesar.

"Y a pesar de que creemos en Cristo, observamos la ley de Moisés, y esperamos anhelosamente y con firmeza en Cristo, hasta que la ley sea cumplida.

"Pues para este fin se dio la ley; por tanto, para nosotros la ley ha muerto, y somos vivificados en Cristo a causa de nuestra fe; guardamos, empero, la ley, a causa de los mandamientos.

"Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados.

"Por lo tanto, hablamos concerniente a la ley para que nuestros hijos sepan que la ley ya no rige; y, entendiendo que la ley ya no rige, miren ellos adelante hacia aquella vida que está en Cristo, y sepan con qué fin fue dada la ley. Y para que, después de cumplirse la ley en Cristo, no endurezcan contra él sus corazones, cuando la ley tenga que ser abrogada...

"Y hasta donde fuere necesario, debéis observar las prácticas y las ordenanzas de Dios hasta que sea cumplida la ley que fue dada a Moisés.

"Y después que Cristo haya resucitado de entre los muertos, se os manifestará a vosotros, mis hijos, y mis amados hermanos, y las palabras que él os hable serán la ley que observaréis".

No hay ni tiempo ni espacio en un tratado sobre la influencia, las enseñanzas y la presencia de Cristo en el Libro de Mormón, para realizar un estudio exhaustivo de la ley de Moisés. No obstante, es importante comprender que durante seiscientos años los descendientes de Lehi observaron la ley de Moisés y reconocieron los motivos por los cuales les había sido dada. En este sentido, uno no puede entender plenamente el registro nefita ni la majestuosidad de Cristo y el nuevo convenio que en él se elogia, sin al menos un pequeño reconocimiento del anterior sistema de leyes y prácticas que condujo a él.

Para los rebeldes hijos de Israel, la ley de Moisés fue una especie de Elías, un precursor, un "ayo" de Cristo. Y así dijo Juan el Bautista (un Elías viviente y precursor de Cristo): "Es necesario que él [Cristo y Su Evangelio] crezca, pero que yo [Juan y la ley de Moisés] mengüe; por lo que también se produce un aumento de la comprensión del Evangelio y una disminución en el significado de la ley de Moisés, apreciables ambos en las páginas del Libro de Mormón.

El lector moderno no debiera contemplar el código mosaico - tanto en la antigüedad como en la época actual - simplemente como un tedioso conjunto de rituales religiosos obedecidos de forma ciega (y en ocasiones vehemente) por un pueblo de dura cerviz que no aceptó al Cristo ni a Su Evangelio. Este convenio histórico otorgado por la mano de Dios y menor en importancia sólo a la plenitud del Evangelio, a semejanza de una senda que conduce a la rectitud, debiera ser visto más bien como el conjunto sin precedentes de símbolos y figuras de Cristo que es. Por este motivo fue entonces (y todavía lo es en su esencia y pureza) una guía a la espiritualidad, una puerta hacia Cristo, una senda de estricta obediencia a los mandamientos que, por medio de las leyes del deber y la decencia, conduciría a las leyes mayores de la santidad de camino a la inmortalidad y la vida eterna.

SIMILITUDES DEL ANTIGUO TESTAMENTO

Al enseñar este modelo de estatutos y mandamientos, Jehová empleó una abundancia de arquetipos y símbolos. De hecho, éstos han sido siempre una característica evidente de la instrucción del Señor a Sus hijos. Ejemplos de estos símbolos - especialmente los que representan a Cristo- estarán presentes a lo largo de todo el registro premesiánico. El Señor declaró a Oseas lo que había hecho de forma repetida mediante Sus oráculos en la tierra: "Y he hablado a los profetas, y aumenté la profecía, y por medio de los profetas usé parábolas".

En ningún otro ministerio empleó más parábolas que en el de Moisés, cuya ley tenía por fin ser la definitiva "figura y sombra de las cosas celestiales" que el preciado hijo de María traería a la tierra. Es más, Moisés, al igual que Isaac, José y tantos otros del Antiguo Testamento, era en sí mismo un símbolo profético del Cristo que habría de venir. Tal y como le dijo el Padre hablando a través de Jehová: "Tengo una obra para ti, Moisés, hijo mío; y tú eres a semejanza de mi Unigénito; y mi Unigénito es y será el Salvador, porque es lleno de gracia y de verdad". Sabemos desde las primeras páginas del relato de la creación, que toda la gente fue creada a imagen de Diosa, pero de otras fuentes de las Escrituras, especialmente el siguiente pasaje del libro de Deuteronomio, aprendemos que había algo especial en la similitud entre Moisés y Cristo. Cuando los

hijos de Israel huían de Egipto abriéndose camino hacia la tierra prometida (fíjese en el símbolo mesiánico de la liberación, salvación y rescate de un pueblo del convenio de los pecados y las maldades del mundo incrédulo), Moisés les dijo: "Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis...

"Y Jehová me dijo...

"Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare.

"Mas a cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, yo le pediré cuenta".

Este profeta que sería levantado a semejanza de Moisés es, por supuesto, Jesucristo. Tal y como indican las notas al pie de página de las Escrituras editadas por la Iglesia en inglés, este pasaje de Deuteronomio se cita, con alguna variación, en dos ocasiones en el Nuevo Testamento, otras dos en el Libro de Mormón y una en la Perla de Gran Precio. En cada ocasión, estas referencias aclaran que Cristo es el futuro profeta al que aluden. La más antigua de esas declaraciones procede de Nefi, quien dijo: "Este profeta de quien habló Moisés era el Santo de Israel; por tanto, juzgará con justicia". No nos sorprende que la declaración más autorizada de esta verdad proceda también del Libro de Mormón en boca del Salvador resucitado, quien dijo a los nefitas que estaban congregados ante Él:

"He aquí, yo soy aquel de quien Moisés habló, diciendo: El Señor vuestro Dios os levantará a un profeta, de vuestros hermanos, semejante a mí; a él oiréis en todas las cosas que os dijere. Y sucederá que toda alma que no escuchare a ese profeta será desarraigada de entre el pueblo".

Ciertamente, ésta es una de las razones por las que Jesús estaba tan decepcionado, no sólo porque Su auditorio judío no le reconociera, sino también porque empleaban sus distorsionadas interpretaciones de la ley de Moisés contra Él para negar Su ministerio mesiánico. Y les dijo con gran pesar: "Escudriñad las Escrituras [en especial los escritos de Moisés]... y ellas son las que dan testimonio de mí... Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís... No penséis que yo voy a acusaros delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?".

Nefi enseñó esa misma lección a su propia "gente dura de cerviz", diciéndoles con claridad a estos israelitas del Nuevo Mundo "que no [se podían] equivocar... La senda verdadera consiste en creer en Cristo y no negarlo; porque al negarlo, también negáis a los profetas y la ley"".

Esto subraya otro propósito divino al que sirve el Libro de Mormón. Se trata de un segundo testigo de la época del Antiguo Testamento referente al verdadero valor y la intención original de la ley de Moisés, así como la influencia positiva que puede tener sobre el pueblo que la obedece. Nefi y sus compañeros profetas no sólo sabían que la salvación no estaba en la ley, sino que también comprendían la importancia de

obedecerla para poder ser conscientes del pleno beneficio del ministerio terrenal de Cristo para cumplirla, aunque la salvación no estaba en ella.

La obediencia es la primera ley de los cielos, y cada dispensación de la verdad así lo ha requerido. Ciertamente, la plenitud del Evangelio requiere la obediencia a los mandamientos tanto como la ley menor de Moisés, así que, dando a entender su gran comprensión del Evangelio, los profetas y padres nefitas tenían la determinación de "[guardar] la ley, a causa de los mandamientos", aunque sólo fuera como muestra de lealtad a los principios de la obediencia y la integridad'".

De hecho, el Libro de Mormón hace más por salvar distancias entre dispensaciones y poner la ley de Moisés en su verdadera perspectiva - es decir, aclarar y hacer hincapié en su relación con el Evangelio de Jesucristo - que cualquier otro libro, enlazando en un documento con un pueblo que entendía y obedecía fielmente los muchos códigos y convenios tradicionalmente etiquetados como del "Antiguo Testamento", aun cuando enseñaban y vivían con gran devoción las enseñanzas más elevadas de Cristo usualmente identificadas como de orientación hacia el "Nuevo Testamento".

LOS ELEMENTOS DE LA LEY

La ley de Moisés consta, por lo general, del material contenido en los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, conocidos entre los judíos como la Torá, y para el resto del mundo como el Pentateuco, y que eran conocidos por los autores nefitas porque se hallaban en las planchas de bronce obtenidas de Labán antes de que Lehi y su familia partieran del Viejo Mundo. Pero ésta no es siempre una definición útil.

Por un lado, el libro de Génesis precede al período de Moisés y por tanto a sus mandamientos, y documenta diversas dispensaciones que vivieron a la luz de enseñanzas mayores del Evangelio que ni histórica ni teológicamente encajan con la "ley muy estricta... de prácticas y ordenanzas" tradicionalmente asociada con la ley de Moisés.

En segundo lugar, la ley de Moisés, tal y como se conoce hoy día, consta de un amplio conjunto, que en ocasiones parece no estar relacionado entre sí, de fórmulas, prescripciones, observaciones y rituales faltos de estructura en el sentido coherente y codificado que tenemos de "ley" en la actualidad.

Por último, se ha añadido gran cantidad de material a la ley, principalmente refinamientos rabínicos y comentarios a los escritos mosaicos originales. De hecho, tal fue el tamaño de lo incluido en el primer milenio de su existencia, y tan oscuros han llegado a ser los requisitos originales aun en este período relativamente breve, que mientras vivía en la mortalidad, Aquel que había dado la ley en su pureza fue acusado repetidas veces de romper aspectos minúsculos de ella. Esta complejidad y confusión ocasionales sobre el desarrollo del código mosaico, tal y como se enseña en la actualidad, plantea ciertos desafíos para el estudiante contemporáneo de los testamentos: el Antiguo, el Nuevo y el nefita.

"No siempre podemos decir... si ciertos ritos específicos de los sacrificios realizados en Israel formaron parte del sistema mosaico o si eran las mismas ordenanzas efectuadas por Adán y Abraham como parte de la propia ley del Evangelio. Es más, parece que algunas de las prácticas rituales variaron con el tiempo de acuerdo con las necesidades especiales del pueblo y las diferentes circunstancias en las que se encontraba. Ni siquiera el Libro de Mormón nos ayuda en este sentido. Sabemos que los nefitas ofrecían sacrificios y guardaban la ley de Moisés, pero dado que disponían del Sacerdocio de Melquisedec y que no había levitas entre ellos, suponemos que sus sacrificios databan de antes del ministerio de Moisés y que, dado que tenían la plenitud del Evangelio, observaban la ley de Moisés en el sentido de que cumplían con su gran número de principios morales y sus infinitas restricciones éticas. Suponemos que ésta sería una de las razones por las que Nefi pudo decir: 'Para nosotros la ley ha muerto. Al menos no hay indicio alguno en el Libro de Mormón en cuanto a que los nefitas ofrecían los sacrificios diarios requeridos por la ley o que celebraban las diversas fiestas que formaban parte de la vida religiosa de sus parientes del Viejo Mundo".

En cualquier caso, los escritos originales de Moisés contienen, según los rabinos, unos 613 mandamientos - que a grosso modo comprenden dos amplias categorías de leyes morales y éticas, más los estatutos ceremoniales y reguladores - abarcando temas que van desde el papel del sacerdocio y las especificaciones del tabernáculo, hasta la prohibición de determinadas comidas, pasando por la administración de ciertas actividades agrícolas, y así indefinidamente. Estas leyes y directivas constituyeron el código religioso, civil y criminal para prácticamente todo el pueblo judío hasta la Dispersión en el siglo uno, y para la parte ortodoxa de este mismo pueblo durante dos milenios a partir de entonces. Además, tanto este código como el Antiguo Testamento donde se halla registrado, han tenido un profundo efecto sobre la vida social, cultural y religiosa de casi todas las personas que han vivido en el mundo occidental (judeo- cristiano) durante más de tres mil años, una influencia y relevancia que a duras penas se puede pasar por alto.

EL SACERDOCIO DE MELQUISEDEC

La revelación de los últimos días aclara que Moisés y los profetas anteriores a él disponían del poder del Sacerdocio de Melquisedec y participaban en las más altas ordenanzas relacionadas con el Evangelio y orientadas hacia el templo que dependen de él. La sección 84 de Doctrina y Convenios, una de las declaraciones más importantes jamás dada sobre el sacerdocio, cuenta que: "Abraham recibió el sacerdocio de manos de Melquisedec", haciendo notar que tal sacerdocio habría llegado a Melquisedec procedente de Adán, Abel, Enoc, Noé y el linaje de los "padres".

"Y este sacerdocio mayor administra el evangelio y posee la llave de los misterios del reino, sí, la llave del conocimiento de Dios.

"Así que, en sus ordenanzas se manifiesta el poder de la divinidad.

"Y sin sus ordenanzas y la autoridad del sacerdocio, el poder de la divinidad no se manifiesta a los hombres en la carne;

A continuación la revelación indica que "Moisés claramente enseñó esto a los hijos de Israel en el desierto, y procuró diligentemente santificar a los de su pueblo, a fin de que vieran la faz de Dios". Está claro que estas personas tenían acceso a las ordenanzas y a la autoridad del Sacerdocio de Melquisedec, con su orientación al Evangelio, para poder alcanzar dicha santificación.

"Mas endurecieron sus corazones y no pudieron aguantar su presencia; por tanto, el Señor en su ira, porque su ira se había encendido en contra de ellos, juró que mientras estuviesen en el desierto no entrarían en su reposo, el cual es la plenitud de su gloria. "Por consiguiente, tomó a Moisés de entre ellos, y el Santo Sacerdocio también;

"Y continuó el sacerdocio menor que tiene la llave del ministerio de ángeles y el evangelio preparatorio,

"el cual es el evangelio de arrepentimiento y de bautismo, y la remisión de pecados, y la ley de los mandamientos carnales, que el Señor en su vida hizo que continuara en la casa de Aarón entre los hijos de Israel hasta Juan, a quien. Dios levantó, pues fue lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre".

Este maravilloso y revelador pasaje de las Escrituras indica que se quitó algo de los hijos de Israel (el Sacerdocio de Melquisedec con sus principios y privilegios más elevados, orientado hacia el Evangelio y relacionado con el templo), mientras que los elementos esenciales, de lo que con frecuencia llamamos la ley de Moisés, continuaron con ellos bajo las llaves y la guía del Sacerdocio Aarónico o "menor", el cual es fundamental para el "evangelio preparatorio". Esta preparación para la plenitud del Evangelio incluye el tener fe, mostrar arrepentimiento y acceder al bautismo, principios y ordenanzas enseñados y efectuados bajo el Sacerdocio Aarónico. Debido a su desobediencia y dureza de corazón, los hijos de Israel perdieron el Evangelio mayor y quedaron con la parte menor de él, que les prepararía para recibir nuevamente el don más elevado y la ley mayor, de los cuales habían disfrutado sus antepasados.

Respecto a esta pérdida, la mayoría de los lectores están familiarizados con la visita de Moisés a la cumbre del Sinaí, donde recibió el primer juego de tablas de piedra escritas por el propio dedo de Dios. Es importante darse cuenta, particularmente a la vista de los pasajes mencionados más arriba, de que en esas tablas había considerablemente mucho más que los Diez Mandamientos. Cuando Moisés descendió de la montaña y halló a algunos de su pueblo en actividades evidentes y descontroladas de adoración al becerro de oro, se puso furioso. El contraste entre lo que acababa de ver, oír y sentir en la presencia Dios, y el libertinaje y la adoración de ídolos que ahora estaba presenciando, deber haber sido devastador en extremo. Además, tales diferencias entre lo que fue y lo que pudo haber sido nos ayudan a comprender la severidad de la pena que pagaron los israelitas con la pérdida, por más de mil años, de las bendiciones del sacerdocio, del Evangelio y del templo, y de las que habrían podido disfrutar en abundancia.

Tras quebrar las tablas, Moisés disciplinó a los rebeldes israelitas con severidad y más tarde preparó otro juego de tablas de piedra "semejantes a las primeras" y regresó a la cumbre del Sinaí para recibir nuevas instrucciones del Señor. Allí Jehová entregó a Moisés los mismos mandamientos registrados en las primeras tablas, pero con la omisión de un elemento crucial. Para tener una perspectiva más clara de esta pérdida,

estamos en deuda con la traducción de José Smith de Éxodo 34. Fíjese en la comparación:

Resulta claro que parte del contenido original del primer juego de tablas volvió a escribirse en el segundo (por ejemplo, los Diez Mandamientos). Pero es mucho más importante destacar que las doctrinas esenciales del primer juego - en especial, las ordenanzas del sacerdocio más elevado - fueron omitidas del segundo. Semejante contribución de la traducción de la Biblia que llevó a cabo el profeta José Smith se aprecia mejor en el siguiente pasaje de Deuteronomio 10:2:

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