II. 2.2 1766, año clave.
III.1. El motín de Esquilache como marco histórico
III.1.1. Síntesis de los estudios sobre el motín de Esquilache
Carlos III era visto por gran parte de la nobleza y los demás grupos en el poder como el prototipo del déspota ilustrado que, habiendo emprendido una política orientada hacia el reformismo, intentaba modernizar el país con la ayuda de sectores sociales hasta ese momento relativamente ajenos a los círculos del poder. En esencia –y a riesgo de caer en el esquematismo-, el motín madrileño, aparte de sus relaciones estructurales con los que se produjeron por aquellos meses en el resto de España, se caracteriza como una respuesta de determinados grupos del estamento noble y de la Iglesia ante esa política que entraba en contradicción con algunos privilegios seculares de ambos estamentos. También constituyó, en palabras de Laura Rodríguez, «un arma utilizada por el gobierno para reforzar o emprender nuevas reformas»80, pues el resultado final del motín no fue favorable a las intenciones de los sublevados.
La mayoría de los historiadores coincide con las anteriores afirmaciones y en señalar que las causas de los alborotos fueron múltiples. Las divergencias surgen a la hora de valorar los distintos factores y establecer sus conexiones. Por lo tanto, vamos a presentar un breve estado de la cuestión capaz de permitirnos avanzar en la interpretación de Raquel sobre bases históricas contrastadas. Ferrer del Río fue el primero que se ocupó de la crisis madrileña de 1766 y culpó al clero en general y a los jesuitas en particular de haber sido los promotores81. Esta opinión coincide en parte con el Dictamen Fiscal… de Campomanes y las versiones oficiales de la época, probablemente parciales en busca de una excusa para justificar la inminente expulsión de la Compañía de Jesús. Según el jesuita Constancio Eguía, los sucesos de marzo constituyeron
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«El motín de Madrid en 1766», Revista de Occidente, nº 121 (1973), pp. 24-49; véase p. 24.
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tan sólo un tumulto popular y espontáneo cuya culpabilidad recayó sobre su orden por culpa de la masonería82.
Más rigurosa es la versión de Vicente Rodríguez Casado, para quien las clases privilegiadas fueron las promotoras del motín, desempeñando las masas populares el papel de instrumento manipulado por aquéllas83. Navarro Latorre opina que el motín «fue una verdadera sublevación con carácter de un posible golpe de Estado»84. Admite la diversidad de las causas que propiciaron este acontecimiento, pero anticipa la tesis de Teófanes Egido al manifestar que «no cabe la menor duda de que el movimiento popular de marzo de 1766 tuvo, además y primordialmente, una arraigada exasperación xenófoba» (p. 13). En cuanto a la responsabilidad de la organización, Navarro Latorre mantiene una postura ecléctica, demostrando la falta de pruebas concretas sobre la atribución a los jesuitas y a la alta nobleza, aunque «evidentemente, las clases altas, civiles y eclesiásticas, no veían con simpatía a Esquilache» (p. 38).
Corona Baratech realizó, entre otros trabajos relacionados con estas fechas, un estudio sobre las circunstancias que rodearon el motín zaragozano de 176685. El autor pone de relieve la conexión entre las diversas revueltas acaecidas a raíz de los acontecimientos de Madrid, llegando a la conclusión de que constituyeron una «manifestación externa y enmascarada de un intento de golpe de Estado», que trascendía la cuestión de los granos y los precios para llegar a discutir sobre el gobierno, la autoridad y el ejercicio del poder.
Laura Rodríguez manifiesta en su citado artículo que el motín de Madrid no fue popular, probando que su falta de espontaneidad dejó pistas sospechosas. Al recoger en parte la tesis de Piérre Vilar, opina que si bien el factor económico desempeñó un papel decisivo en los acontecimientos, no fue el básico y estuvo complementado por otros. Las masas populares, por lo tanto, fueron utilizadas como instrumento de presión por parte de elementos ajenos a las mismas y con fines políticos. El núcleo de dichos elementos estaría constituido por la alta nobleza como estamento que, aunque no fuera atacado directamente por la política reformista de los gobiernos de Carlos III,
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Véase Los jesuitas y el motín de Esquilache, Madrid, CSIC, 1947.
83
Véase La política y los políticos en tiempos de Carlos III, Madrid, Rialp, 1962.
84
Hace doscientos años. Estado actual de los problemas históricos del motín de Esquilache, Madrid, Ayuntamiento, 1966, p. 20.
85
«El poder real y los motines de 1766», Homenaje al Dr. Canellas, Zaragoza, Universidad, 1969, pp. 259-277.
no se había resignado a la pérdida del poder secularmente detentado por los Grandes. Una prueba es el resentimiento de estos nobles contra Esquilache, un «advenedizo» de humilde extracción y que, además, era extranjero. La conclusión es que los promotores del motín fracasaron, pues la política reformista mantenida por el ministro italiano fue reforzada por los sucesos como pudo verse al año siguiente cuando se produjo la expulsión de los jesuitas.
Estos trabajos nos aportan elementos esenciales para comprender el motín, pero la polémica sobre el mismo se polariza en dos artículos: «El motín de Esquilache y la crisis del Antiguo Régimen», de Piérre Vilar86, y « Madrid 1766: motines de Corte y oposición al gobierno», de Teófanes Egido87. Los reseñaremos para documentar nuestros comentarios sobre las relaciones de Raquel con su contexto histórico. Tal vez abandonemos el terreno literario, pero los necesitamos para evitar la especulación. Por otra parte, sólo abordaremos los puntos imprescindibles para fundamentar el análisis de la tragedia de García de la Huerta.
Pièrre Vilar propuso en 1972 un nuevo enfoque del motín de Esquilache basándose en comparaciones tomadas de la Francia del mismo siglo. El hispanista analiza los motines de 1766 con «referencia a un modelo histórico más general, más internacional, el de las emociones populares que nacen de las crisis económicas del antiguo tipo, de naturaleza agraria, de periodicidad corta, y que se manifiestan por la escasez de los productos y por su carestía» (p. 200). Para ello se nos presenta un estudio de la estructura económica de la España de entonces, haciendo hincapié en las crisis de subsistencias y en la legislación liberal inspirada en la ideología mercantil de los ilustrados que trataba de solucionarlas. Resulta evidente el carácter economicista de este enfoque. No abordaremos los problemas de estructuras económicas que apenas nos atañen, al igual que tampoco analizaremos los demás motines que se produjeron por aquellas fechas. Sin embargo, gracias al hispanista francés nos ha quedado claro que bajo los aspectos ideológicos se encuentra una situación económica tipificada y que actuaba como una bomba necesitada tan sólo de una espoleta para estallar.
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Revista de Occidente, nº 107 (1972), pp. 199-249.
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Teófanes Egido redactó en 1979 el artículo ya citado, que solventa las inevitables insuficiencias del enfoque de Pièrre Vilar. A partir de la selección de un buen número de los pasquines aparecidos en Madrid por aquellas fechas, el historiador traza un cuadro del clima madrileño de 1766. Destaca en el mismo la presencia de la xenofobia, explotada por determinados grupos en beneficio de sus intereses políticos. Se piensa que los males económicos, la ruina de la institución monárquica, la suplantación del poder real y todo tipo de desgracias son consecuencias de la existencia de un gobierno regido por extranjeros. No se acusa al rey, sino al advenedizo como culpable absoluto por su supuesto despotismo. Pensemos en Raquel y recordaremos que el autor presenta también una monarquía arruinada y sin prestigio en donde el poder real ha sido traspasado a una advenediza foránea que actúa despóticamente.
Una de las consignas repetidas por los madrileños es «¡Viva el rey, muera Esquilache!». Según Teófanes Egido, durante los sucesos de marzo existió una contraseña que bajo diversas formas contrapuso lo español a lo extranjero, el rey a Esquilache, el buen gobierno de los españoles al malo del italiano. Si repasamos Raquel, veremos que en los versos iniciales se contrapone el idealizado pasado de Alfonso VIII con la caótica situación que refleja la tragedia (I, 35-40)88. Cuando los nobles españoles y el rey se sentían unidos en el gobierno todo era esplendor, pero cuando el monarca abandona su poder en manos de una judía extranjera dejando aislados a los nobles el reino se convierte en un caos (I, 35-54). Si en los pasquines, sátiras y demás documentos analizados por el historiador nunca se cuestiona la institución monárquica ni el orden social, en la tragedia los nobles tendrán cuidado por preservar al rey de su venganza restauradora del orden y no encontraremos la más mínima crítica social. Si la mentalidad popular asociaba los conceptos extranjero y judío o hereje, la tragedia de García de la Huerta utiliza el subconsciente casticista del público para crear un maniqueo esquema que relacione a todos los personajes. Vemos, pues, que la inspiración xenófoba que Teófanes Egido otorga, sin menospreciar los demás motivos, al motín de Esquilache tiene su traslación, o mejor, su reflejo en Raquel.
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La exaltación de lo español no es más que una parte de la ideología aristocratizante que manipuló los sentimientos populares en 1766. El motín de Madrid debe considerarse como un episodio trascendental de la oposición política ejercida por diversos sectores de la alta nobleza y del clero durante el siglo XVIII. En el fondo se trata de la lucha del grupo tradicionalista, aristocrático y clerical, frente a la activa minoría de los innovadores borbónicos. Este es uno de los dilemas que definen la época y García de la Huerta, a tra vés de su obra, toma partido por el bando tradicionalista, tanto ideológica como literariamente, a pesar de algunos matices o contradicciones en este último aspecto. De la misma forma que sus planteamientos coinciden con las proclamas del motín, sus críticas xenófobas contra la influencia teatral francesa, su menosprecio –relativo a veces- por las innovaciones estéticas impuestas por los neoclásicos, las agrias polémicas con éstos y su exaltación de la sublimidad del ingenio literario –español por antonomasia- no pueden ser entendidos sino teniendo en cuenta su toma de partido en 1766.
El motín de Esquilache sigue siendo un tema conflictivo tanto en sus aspectos concretos como en su significación profunda. Los breves y un tanto desordenados datos que hemos obtenido de los anteriores artículos no nos permiten configurar con exactitud el sentido del conflicto, pero lo importante para nosotros no es tanto éste como el ambiente en que se desarrolló. De cara a la interpretación de Raquel, es innecesario saber con certeza la identidad de los organizadores de la revuelta, ni enumerar las consecuencias que tuvo a corto y medio plazo. Lo importante es que reconozcamos el alto grado de conflictividad en un momento determinante y que, esa misma conflictividad, estaba originada por una cuestión de fondo tan esencial como era la del carácter y protagonismo del poder. Esta cuestión se insertaría en la cosmovisión de los autores de la época, dividiéndolos en posturas ideológicas y estéticas perceptibles en las críticas dirigidas contra Raquel. El conflicto histórico no lo hemos determinado en las anteriores notas, pero se perfila a través de las sátiras, los pasquines y la misma tragedia de García de la Huerta. Estos textos nos irán descubriendo algunos elementos históricos clave, estableciendo una dialéctica entre la literatura y la historia que consideramos imprescindible a lo largo del presente trabajo.