se circunscriben al estado, fue en Barquisimeto donde real- mente se desarrolló un agresivo plan de construcción de obras públicas que dieron una nueva cara a la ciudad y la proyecta- ron a la modernización. Entre las principales obras, destacan el Hospital Antonio María Pineda; el Obelisco, que se convirtió en símbolo de la metrópoli; las avenidas Vargas, Venezuela y Fuerzas Armadas; el Edificio Nacional; y la ampliación de vías interurbanas como la Panamericana, actual Libertador, entre otras. Esto también explica el porqué del amplio respaldo que tuvo el Gobierno Nacional por parte de la elite de Barquisi- meto que buscaba enfilar la capital hacia el desarrollo, ade- más de beneficiar a los grupos económicos ligados al sector construcción. La visión que tuvo Eugenio Mendoza al instalar la planta de cemento a mediados de los 40 estuvo orientada en ese sentido, aunado a la estratégica ubicación geográfica de la ciudad, que permitía la distribución del producto a varios puntos de centroccidente.
En ese contexto, y después de la Segunda Guerra Mundial, Es- tados Unidos –ganador de la contienda–, tomó el control del mercado en los países latinoamericanos, un espacio que antes compartía con Alemania, Francia e Inglaterra. Esta situación conllevó la imposición de modelos culturales, a través de la pu- blicidad, de productos domésticos, de belleza, de moda, vehí- culos, y otros. En Barquisimeto, como en el resto de Venezuela, es notorio el incremento de promoción de bienes y servicios en periódicos en los que las casas importadoras promueven el consumo. La explotación petrolera, controlada por los pode- rosos grupos monopólicos norteamericanos, incidió significa- tivamente en la cultura venezolana. Los periódicos reflejan el modelo de vida ideal, las escalas de valores y los paradigmas de vida que habría de tener el venezolano. El vehículo de gran tamaño para el hombre, y los aparatos electrodomésticos para el ama de casa, eran los esquemas de la “felicidad”, tal como se planteaba en la sociedad norteamericana de posguerra.
Aunque ya había sido practicado por algunos jóvenes cara- queños que tuvieron la oportunidad de verlo en Estados Uni- dos, el béisbol fue traído al país por ejecutivos y trabajadores extranjeros de las compañías petroleras. Se expandió en poco tiempo como deporte nacional, con gran presencia popular. En Barquisimeto, el cine, como fenómeno cultural de una época en la que aún no llegaba la televisión y la sociedad te- nía pocas formas de entretenimiento, estuvo regido por cri- terios de exhibición en lugares de acuerdo con cada estrato social. La producción mexicana cautivaba a los sectores po- pulares, (sin duda, el idioma y los libretos de amor, esperan- za, sufrimiento, pobreza y despecho con los cuales el pueblo se pudo sentir identificado, fueron determinantes), mientras que las películas de los grandes consorcios estadounidenses cautivaban al público de la élite local. El cine fue una de las grandes industrias que se expandió al mundo en plena confla- gración y en la posguerra. Se estaba vendiendo una ideología. En los espacios de los refinados clubes Country Club y Centro Social, ya en el año 1948 se exhibían películas de Hollywood. Gary Grandt, Hompry Bogart, Ingrid Bergman y Laureen Baca- ll, entre otros, eran nombres conocidos entre los jóvenes de la elite barquisimetana.
El para entonces empresario de espectáculos, Luis Gallardo, explica el auge del cine popular durante su época de comer- ciante en el campo del entretenimiento:
En 1942 me arrendaron un espacio y coloqué mi propio cine, fui creciendo y para el 62 tenía 32 cines a mi cargo entre propios, arrendados o en sociedad. 18 de ellos en Barquisimeto, uno en Carora, otro en Churuguara, uno en Siquisique, otro en Aguada Grande, dos en Acarigua, uno en Guanare, dos en Barinas, uno en Turén y otro en Píritu. Portuguesa florecía económicamente, producían de todo desde el punto de vista agrícola. Pérez Jiménez
construyó todas las represas que propiciaron el desa- rrollo agrícola. En Turén había mucho movimiento. No había televisión, los cines eran buen negocio, no había muchos modos de diversión. En los años 50 había carna- vales, una vez del año y béisbol en los campos. Al cine Ayacucho iba la gente de las élites. Allí se proyectaban las películas inglesas, las de Estados Unidos, las fran- cesas, las italianas. Yo tenía todo el circuito y además distribuía películas. Yo iba a Méjico donde adquiría las cintas para los cines populares. Cuando llegué al Con- cejo Municipal, en 1964, terminó el negocio porque no pude dedicarme a eso.58
A la par del proceso de masificación del cine popular, Estados Unidos había abonado el terreno para colocar sus productos en el mercado de toda América. Para ello, se valió de grandes campañas publicitarias e ideológicas tanto para garantizarse sus ventas como para salirle al paso al comunismo, el gran miedo de la época, representado en la poderosa Unión Sovié- tica. Un aviso publicitario de la Corporación Americana, pre- senta un discurso que exalta el valor de la familia y el ama de casa para vender aparatos electrodomésticos. Una expresión del modelo del “american dream”.
Dice el anuncio lo siguiente:
¡El Hogar, expresión y vida de los grandes pueblos! Base de toda sociedad, raíz de la Patria, el hogar merece do- társele de todo cuanto lo embellezca, lo anime, lo esti- mule hacia la conquista de una vida mejor [...] Y así, Ella, El y Ellos se preocupan de todo cuanto lo haga liviano, de todo cuanto lo embellezca, de todo cuanto lo acerca al anhelo de su dueña y señora”. 59 (Subrayado nuestro)