Muchas de las corridas son novilladas, en las que los toros tienen menos de cuatro años (novillos), y los novilleros todavía no han sido
consagrados con la alternativa. En estas corridas, en las que los jóvenes novilleros deseosos de hacer carrera dan lo mejor de sí mis- mos, es frecuente que no haya picadores. Las capeas (cada vez más raras) de los pueblos son a menudo improvisadas y tienen cierto aire «deportivo».
Una plaza de toros puede tener una capacidad para 25 000 espec- tadores. La de las Ventas, en Madrid, dispone de 23 000 plazas, y es la segunda del mundo por su aforo después de la de México. En Andalucía destaca la plaza de la Maestranza de Sevilla, por dimen- siones, tradición y solera, aunque cada localidad puede jactarse de poseer una plaza colmada de historias relacionadas con el toreo. Una de las más singulares la encontraréis en vuestros itinerarios por la provincia de Málaga, si os desviáis hacia Ronda.
En cuanto a las localidades, sus precios varían en función de su categoría y situación: a la sombra o al sol. Los asientos de primera categoría (barreras), así como los palcos bajos, son los más aprecia- dos. Pero desde las gradas la visión de conjunto es magnífica.
Los ritos de la lidia
Conviene que el espectador de una corrida conozca todos sus ritos. Después de la señal de entrada, que da el presidente, empieza el paseíllo o entrada de las cuadrillas en el ruedo. Los espadas o mata- dores siguen a dos alguaciles (representantes del orden en la arena y encargados de hacer respetar el reglamento) a caballo. Luego vie- nen los peones, tos picadores a caballo, los monosabios o servido- res de la plaza y, finalmente, los tiros de muías (las mulillas) que reti- rarán a los toros.
Los matadores saludan a la presidencia, mientras un alguacil pide permiso para abrir el toril. Entonces los matadores cambian sus capotes de paseo por los de brega, capas rosas forradas de tela amarilla o azul.
El toro sale del toril llevando, como una oleada de cintas, la divisa con los colores que identifican la ganadería a la que pertenece.
Las distintas fases de la corrida
El primer tercio
En esta fase, se torea con la capa haciendo numerosos pases. Entre estas figuras cabe citar la larga, pase hecho con el extremo de la capa dando al toro una salida larga, y la verónica, que ejecuta el torero esperando al toro de frente con la capa extendida ante él. A continuación viene la suerte de varas (la fase de las puyas). Un toro sólo podrá ser indultado si ha recibido las tres puyas reglamentarlas. El puyazo ha de darse en lo alto de la cruz, el morrillo.
El segundo tercio: las banderillas
Ahora el matador, o uno de sus auxiliares, se enfrentará al toro a cuerpo descubierto, llevando en las manos sólo dos banderillas
adornadas con papeles de colores que terminan en forma de arpón. Hay muchas maneras de ejecutar esta fase: todo depende del toro y de la posición en que se encuentre. He aquí los nombres de algunas figuras: al quiebro, de frente, al relance, a toro corrido, al sesgo, a la media vuelta, al cuarteo (describiendo un cuarto de círculo), etc.
El tercer tercio: la faena
El toreo de muleta. El momento cumbre de la lidia se alcanza con la muerte del toro, y para que ésta se produzca con la grandeza y la dig- nidad que tan noble animal merece, el torero ha de realizar una faena cuyo sentido último es preparar al animal para la suerte suprema. El instrumento adecuado es la muleta, una tela de franela roja en forma trapezoidal que se mantiene rígida en su lado superior mediante un bastón, aunque el torero se vale del estoque que sujeta con la misma mano para intentar que también se mantenga extendida la parte infe- rior. En el lenguaje taurino el extremo inferior externo de la muleta reci- be el nombre de pico y no está bien visto que el torero abuse de él durante la faena pues ello quiere decir que no está mandando bien al toro, aparte de que gracias a ello en lugar de arrimarse lo mantiene tan lejos como es posible de su propio cuerpo.
Lo que hoy se entiende por una faena de muleta ortodoxa está basa- do en una técnica llevada a su máxima expresión por el torero Juan
Belmonte, y que se resume en tres normas básicas: citar, templar y mandar. Para lo primero el torero se sitúa frente al toro pero inva- diendo el terreno de éste, y adelantando la muleta sosteniéndola bien sea con la mano derecha o la izquierda lo cita agitando la tela al tiempo que lo llama. Lo normal es que el toro se arranque con fuerza y vaya derecho al engaño, lo cual obliga a templar la impetuosa embestida empezando a deslizar suave pero firmemente la muleta, primero para evitar que el toro enganche la franela con los cuernos y provoque un desarme y luego para conducir al animal y obligarle a pasar por donde impone el maestro, y de ahí que se hable de man- dar. Si en el momento de producirse el encuentro el matador da un paso al frente invadiendo aún más el terreno del toro se dirá que ha cargado la suerte, en tanto que si retrocede un paso para evitar ser arrollado se le reprochará que haya rectificado. Hay quienes inclu- yen una cuarta regla, pues para ligar una faena hay que dar salida al toro y una vez que ha pasado retirarle el engaño de tal forma que gire sobre sí mismo en su afán por alcanzarlo. Si el torero recurre a la mano derecha los pases se llamarán derechazos, en tanto que, curiosamente, si lo hace con la izquierda se dice que está toreando al natural y por lo general es más apreciada su labor.
Técnicamente, cuando el torero ha dado varias tandas de derecha- zos y naturales, rematando generalmente cada una de ellas con el llamado pase de pecho, el toro ya podría ser preparado para la muerte. Pero el torero, en parte por lucirse y agradar artísticamen- te al respetable (público) y en parte por demostrar su dominio
sobre el animal suele adornarse con nuevas series de pases más vistosos que necesarios y llamados redondos, ayudados, afarola- dos, etc., aunque a veces llevan el nombre de su inventor, como es el caso de las manoletinas en honor de Manolete. En este sentido merecen mención especial los famosos silencios de la Maestranza de Sevilla, ya que a diferencia de lo que ocurre en otras plazas allí el torero realiza la totalidad de la faena en medio de un riguroso silencio, siendo de inmediato reprimida cualquier manifestación de júbilo o emoción hasta el final de la misma.
El momento de matar. Una vez puesto el toro en suerte, si el mata- dor provoca la embestida y clava el estoque aguantando a pie firme se dice que ha matado recibiendo, en tanto que si es él quien va en busca del toro la figura se llama volapié. Se da gran valor a la plasti- cidad y a la correcta ejecución de la estocada, pero también al hecho de que la muerte se produzca a la primera. En consecuencia, la obtención de aplausos y trofeos está en relación directa con el tiempo que tarde en caer el animal. Por norma, y aunque su faena haya sido de gran mérito y emoción, si el torero debe recurrir al des- cabello para rematarla es muy difícil que la presidencia de una plaza seria le otorgue un trofeo.
El arrastre
Es el final de la corrida. Caballos o muías de tiro arrastran el cadáver del toro hasta fuera del ruedo. Si el público está contento con el tra- bajo del matador, lo manifiesta mediante pañuelos blancos. Si, por el contrario, no lo está, habrá bronca (abucheos, griterío, etc.).
Léxico de la corrida
- Barrera: barrera sólida que protege al público de lo que pueda ocu- rrir en el ruedo.
- Bronca: manifestación de ira por parte del público (silbidos, gritos lanzamiento de almohadillas).
- Capa: pieza de tela de color rojo en la parte exterior y de color amarillo en la interior que el torero utiliza en los dos primeros tercios. - Derechazo: nombre del pase de muleta con la mano derecha. - Feria: periodo en el que se celebran corridas extraordinarias en una ciudad, normalmente coincidiendo con alguna festividad o cele- bración.
- Montera: gorro que lleva el matador.
- Muleta: capa roja doblada sobre un bastón que utiliza el torero en el último tercio.
- Temple: aplomo, ritmo, sincronía entre los movimientos del toro y los del matador.
- Tercio: cada una de las tres fases de la corrida.
- Recibir esperar firme la carga del toro para ejecutar la suerte de matar. - Volapié: otra manera de entrar a matar que en lanzarse hacia el toro, entre sus cuernos, y esquivarlo en el último instante.