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Fernando se encuentra en el interior de una tienda tomándose un tinto y escribiendo en su cuaderno, saca de las páginas interiores la fotografía que le entregaron los agentes en la cafetería, la mira detenidamente, la voltea y mira la dirección que está escrita en el reverso, deja la fotografía en la mesa y continua escribiendo

FERNANDO (en off):

Con tanto tiempo en la oscuridad la luz me ha quemado los ojos y ha borrado las sombras. Ahora siento que es más terrible la claridad.

De repente Roberto entra a la tienda contando sus pasos, Fernando lo mira y luego a la fotografía, y de nuevo a él. Luego continúa escribiendo y levantando su cabeza cada dos segundos.

FERNANDO (en off):

Al verlo desde la distancia entiendo mi condición. Soy un fantasma. Para qué molestar a otros con mi presencia. Por eso no puedo acercarme. Debo ir por los muros, conformarme con imágenes. Es la manera más sincera que tengo de amarlos.

La TENDERA, una mujer gorda, de unos cuarenta años, cabello largo cogido en una moñá con una camiseta blanca, ciclistas cortos y chancletas verdes, sentada en un banco pequeño, limpia montones de cebollas de huevo que saca de una caja de cartón y echa limpias en una plástica. No se percata de la presencia de Roberto que mira concentrado las golosinas del mostrador.

Roberto siente que alguien lo mira y gira su cabeza hacia Fernando, sostienen por un momento la mirada, pero es Fernando quien agacha la cabeza

Roberto gira de inmediato a la TENDERA que lo interpela.

TENDERA:

A la orden Robertico ¿qué va a llevar?

FERNANDO (en off):

¡Roberto!

ROBERTO(parco):

Doña Lola me regala trescientos de salchichón, dos huevos y una panela. Vuelve a girar la cabeza a Fernando en la mesa quien continúa escribiendo.

105 FERNANDO (en off):

Teresa y Ro-ber-to… ¡Roberto! En la oscuridad de la celda

pensaba en cómo estarían, si se parecería a mí, si sabría de mí...

Un hijo… Siempre pensé que para mí no sería posible. Para que

traerlos a un mundo tan despelotado. Además siempre temí enamorarme. Siempre lo negué. Nunca se lo dije a Teresa, pero eran sus abrazos los que aliviaban mi cuerpo de mercenario que se hacía cada vez más oscuro, porque hay un momento en el que las muertes no pueden detenerse. Matar para qué, cuando éramos lo mismo, una pelea por el poder, el poder de nada

porque nada éramos… y ahora estoy solo...

La tendera empaca la panela, los huevos y el salchichón en una pequeña bolsa plástica negra y la pone sobre el mostrador

TENDERA:

¿Algo más?

ROBERTO:

No, nada más. Se lo apunta a mi mamá que el viernes le paga.

Roberto toma la bolsa y sale corriendo de la tienda, Fernando lo observa mientras se aleja. Se lleva las manos a la cabeza y suspira profundo.

(Guión La Llave de la Memoria, páginas: 96-99)

La construcción de este personaje genero menos dificultades debido a la cercanía que teníamos del mismo. Este fue inspirado en dos personajes reales que ejercían su oficio como fotógrafos: Albeiro Gallo, fotógrafo en el barrio Villa Niza por más de diez y siete años, y Fernando Posada, fotógrafo en el barrio Popular 1 y 2 desde hace veinticinco años. Con base a entrevistas reconstruimos no sólo un personaje multifacético sino que además pudimos viajar por la época en que las milicias populares dominaban estos territorios, pues queríamos justificar la ausencia de Fernando López ante su hijo, debido a su pasado como combatiente de las milicias. Éste regresa queriendo rehacer su vida como fotógrafo en su barrio y busca a Roberto y a su esposa Teresa, pero siente que no puede acercarse. Él desea rehacerse, darse el tiempo para comenzar las cosas de nuevo, pero el trágico destino se le adelanta y los paramilitares lo asesinan. Este último elemento llegó a nosotros por un par de amigas investigadoras que trabajaban para el tiempo de la escritura del guión en el barrio Ocho de Marzo, en la comuna 8 de Medellín. El fotógrafo de este sector había sido asesinado por personas del Bloque Cacique Nutibara de las AUC que se habían enterado que él estaba entregando información a la Fiscalía desde hacía algunos meses. Esta difícil historia sería la que

106 completaría el transcurrir narrativo de nuestro personaje, sólo que hicimos una pequeña modificación, Fernando entregaría información a estas personas para demostrar que los reinsertados (exparamilitares que se acogieron a la Ley de Justicia y Paz), continuaban operando de manera ilegal.

Frente a este personaje, sin embargo, lo que más llama mi atención es el valor moral que pusimos sobre él ¿Porqué este es un ex miliciano lleno de buenos principios? En la distancia y ahora que vuelvo sobre este ejercicio reflexivo, descubro que vi en algún momento con buenos ojos el modus operandi violento de estos grupos, un poco como lo narraba en la primera parte de este capítulo. Las milicias lograron controlar la delincuencia común y el comercio de estupefacientes, pero quizá eso mismo lograron hacer los paramilitares ¿Porqué tomar partido de esta forma?

Discusiones en camino a la reescritura

Cómo lo propone Riaño la violencia vivida por los habitantes de la ciudad de Medellín generó una manera de entablar relación con el pasado, unas maneras de hacer memoria que dan cuenta de esas ―dimensiones culturales de la violencia‖ (2006: xliii). Las decisiones tomadas en este guión y narradas aquí a través de la concepción de los personajes, permiten acercarnos a esa dimensión. Además de que esta memoria es ―como una practica vivenciada, situada y percibida‖ en una ―distancia situada‖ (Ibid: xliv,xlv).

Esta primera puesta en común de la historia fue realmente un ejercicio intenso y que tocó muchas fibras personales. No es fácil desnudarse ante los otros, dejar ver lo que nuestra imaginación contiene, las rabias y las tristezas, las añoranzas de las que está hecho el guión, así mismo de los errores, desde aquellos banales como la ortografía hasta otros de estructura, que bien supo señalar todo el equipo, como el barroquismo del que está plagado el guión, su extensión y las transiciones que deben afinarse entre la infancia de los personajes, el pasado de la película y el futuro, presente en el que estos se están debatiendo.

El trabajo desde el departamento de casting y actores fue el menos periódico, pero cada uno de los encuentros fue intenso y revelador, y fueron los que más aportaron a la reescritura del guión en sí mismo. A finales de junio nos reunimos en mi casa

107 Valeria Wills, Lukas Bravo y yo para discutir sobre sus ejercicios caminando con el personaje.

Lukas dio el punto de partida hablando de la rabia que llevaba el personaje y de cómo éste debería tener ya bases para el recuerdo, ―para mi, Roberto ya recuerda, algo en su ser ya está predispuesto para ello‖. La rabia que enunciaba, planteó, estaba dirigida a querer destruir a la gente de la Nueva Ciudad por lo que hicieron con él. Yo le dije que quizá estaba en relación con sentir que todo este tiempo lo había perdido y ahora buscaría recuperarlo. En mi diario consigné algunas preguntas ¿Qué siente quién ahora recupera sus recuerdos? Realmente ¿Qué recupera?

Hablamos en ese momento del dolor y la demencia que traía el recordar. La rabia, la orgía monstruosa del recuerdo. Como en la secuencia final de El Perfume, cuando Grenouille libera el gran aroma que ha conseguido, la fragancia que él no puede tener en su piel pero que ha construido en busca de una identidad imposible.

Valeria planteó entonces como el final de la película le parecía un tanto fácil. Los fotógrafos rebeldes entran en los edificios y desde las terrazas lanzan fotografías, abajo las autómatas las observan y comienzan a recordar, los militares del partido Nueva Ciudad intentan detenerlos, pero los autómatas se resisten, la memoria ha vencido al olvido. Pero Valeria se pregunta, porqué no lo habían hecho antes, qué se los impedía. A partir de esto comencé a reescribir secuencias anteriores a este evento, buscando mostrar como ese archivo arrojado tenía una preparación puntual en la que los fotógrafos lograban determinar quienes vivían en qué sectores de edificios y cuales recuerdos debían llevarles, debían encontrar fotografías de los álbumes personales de aquellas autómatas.

Pero pensando en lo monstruoso del acto de recordar, Lukas señaló que sería posible que muchos se mataran entre sí, ya que a su lado podrían tener a un antiguo enemigo o enloquecidas sus cabezas, sus cuerpos podrían estallar en acciones desenfrenadas. Federico, personaje que construimos como líder de los fotógrafos rebeldes y a quién habíamos dado el valor de un héroe sin mancha, debía vivir dentro de si esa contradicción y preguntarse dos veces lo que iban a hacer, antes de entrar en los edificios. En medio de la conversación escribí unas posibles líneas para él a manera de monólogo: ahora vendrá de nuevo la oscuridad que trae el saber quiénes somos, pero sólo en esa oscuridad, creemos que todo podrá cambiar.

108 Sin embargo el final no tenía solo problemas y preguntas en esta secuencia. De manera paralela a este caos con las fotografías, en uno de los cubículos de los edificios, Roberto ingresa buscando a María José para que le dé respuestas sobre aquella fotografía y le propone que salgan de allí. El diálogo y las acciones no convencían aún a los actores y nos preguntamos cuál de los personajes debía morir y porqué: