Antes de comenzar con los comentarios de los siete cuentos, repararé brevemente en el porqué de mi elección para esta investigación. Al tener la intención de ver cómo la Modernidad está representada en la cuentística de Pacheco, atendí mi intuición y escogí textos que temática y formalmente tienen diferencias notables. Por ello no me limité a estudiar un volumen concreto de cuentos, sino siete textos que, a mi modo de ver, son los mejor logrados, pues presentan características que no se limitan a la mera experimentación técnica, sino que llegan a ser textos ejemplares de una obra en perpetuo movimiento, una búsqueda del universo imaginado de su autor, y que pudieron materializarse por medio de la escritura. A continuación, los comentarios.
La Historia como texto o “La noche inmortal”
Uno de los primeros textos narrativos publicados por José Emilio Pacheco es “La noche inmortal”, relato que fue sometido a múltiples reescrituras a lo largo de su vida. Tanto Jorge Rufinelli (“Al encuentro con la voz común: Notas sobre el itinerario narrativo de José Emilio Pacheco”) como Rafael Olea Franco (En el reino de lo
fantástico) han señalado la filiación de esta primera etapa de la narrativa de Pacheco
con la poética de Jorge Luis Borges46. Época cuando, a sus 19 años, entra al equipo
de la revista Estaciones, al cual ingresó gracias a la invitación de Elías Nandino. La primera versión de este cuento se publicó, junto con “La sangre de Medusa”, en el
46 Baste decir que el epígrafe de “La noche inmortal” es una cita de “El inmortal” de Borges: “Cuando
58 númer0 18 de los Cuadernos del Unicornio, colección dirigida por Juan José Arreola. Valdría la pena señalar que para este primer ciclo narrativo de Pacheco es tan importante la prosa de Borges como la de Quevedo, lo que hace notar De Villena en su Iniciación (23).
El cuento es narrado en tercera persona. Se expone la historia de Eróstrato y Alejandro, dos hombres nacidos el mismo día, pero en lugares distantes, “Sin embargo, por caminos opuestos, ambos lograron la inmortalidad” (“La noche inmortal”, 30). De manera alterna, se narra el levantamiento de Bosnia-Herzegovina contra los turcos, en 1874, y la turbulenta guerra por los Balcanes de finales del siglo XIX.47 Como puede corroborarse en otros relatos aquí estudiados y en la novela
Morirás lejos, la estructura de dos hilos narrativos es una de las preferidas por
Pacheco, pero me detendré en ello en su momento.
El cuento inicia narrando las adolescencias del futuro Alejandro Magno y el poeta y dramaturgo Eróstrato, cuyas vidas van poco a poco confrontándose: mientras uno se instala como futuro conquistador del mundo conocido, el otro anhela llegar a ser un filósofo. (Aquél va adquiriendo éxito en su empresa mientras éste siempre encuentra piedras en su camino.) Se halla prontamente una alusión de los Siglos de Oro, más específicamente, cervantina: la disputa de qué es más valeroso: si la espada o la pluma.48
47 Como señala Barbara Bockus Aponte, José Emilio Pachco es uno de esos “Escritores cuya temática
es universal, no se preocupan por definir lo mexicano ni les importa situar narraciones en México o en otras partes del mundo” (186). Esta universalidad temática de Pacheco lo emparentaría con Borges; siguiendo la opinión de Rufinelli, la cuentística de Pacheco tiene un “sentimiento apocalíptico” (“José Emilio Pacheco, cuentista”, 173), que va de lo borgiano filosófico a lo social crítico. Los coetáneos mexicanos a los que podemos sumar este interés (o desinterés) por situar sus narrativas fuera de México son Sergio Pitol y Salvador Elizondo.
59 Posteriormente, el relato vuelve a los acontecimientos de la Europa decimonónica. Francisco Fernando, heredero al trono de Austria-Hungría, se instala como personaje coprotagónico del relato. Con una erudición que podría calificarse incluso de pretenciosa, la voz narradora expone el clima bélico que llevó a Francisco Fernando al poder.
“Pudo haberse consolado con las prostitutas del puerto: prefirió reservarse para hacer el amor con la diosa”, cuenta el narrador a propósito de Eróstrato, obsesionado con la diosa Artemisa (34). Esta sentencia sintetiza paralelamente el destino triunfal del joven Alejandro, el hegemón, el gran general griego aventurado a conquistar el imperio persa y a vencer los indómitos obstáculos del mundo antiguo. El ascenso de Francisco Fernando al poder de su imperio se ve nublado por el correlato del exponencial éxito de Alejandro en Persia. “Alejandro, ya dueño del Mediterráneo oriental, fue a Egipto y fundó Alejandría, se coronó emperador persa, entró en Babilonia y rompió el nudo gordiano. Según la tradición el que lo desatara sería rey de la tierra” (35).
Se suspende el relato con una reflexión de Eróstrato, quien, al ser un poeta, alguien que encarna el espíritu crítico de su época, ve con desprecio la entrada triunfal del invicto Alejandro a Éfeso. Se remite a Diógenes y Heráclito para sentenciarse a sí mismo que “la gloria de Alejandro se basaba en la violencia y el asesinato” (36). Esta reflexión se interrumpe por una puesta en escena del beligerante clima europeo y su guerra contra los turcos. Las diversas alianzas que entretejen los pueblos germanos y escandinavos figuran un panorama tormentoso. Esta imagen se complementa con el carácter profético de las hazañas de Alejandro Magno, a quien sus tantos enemigos bien ganados a lo largo del mundo, “Pintaron
60 […] cruel, brutal, alcohólico y lujurioso” pero “No sirvió de nada. A través de las leyendas árabes sobre Sikandar, Alejandro Bicorne de Babilonia, la poesía medieval europea lo recuperó como ejemplo del caballero andante y modelo del héroe para todos los tiempos y países” (37). Por su parte, Eróstrato, en arrebato, se dirige al templo de Artemisa (deidad idolatrada por Alejandro) y le prende fuego. Regresa el filósofo poeta a su decadente cueva, imagen que contrasta con Alejandro, quien habita suntuosos palacios.
La mímesis se presenta como un juego barroco: por un lado, es la realidad histórica; por otro, material poético. Es decir, la historia se mezcla con el mito y ambas dan fruto a la posibilidad histórica, irrecuperable, pues los acontecimientos narrados ya nadie puede corroborarlos, pero el lenguaje es el instrumento para crear con ellos un mundo nuevo, uno donde son indisolubles los personajes que, en efecto, trascendieron como protagonistas históricos, pero también como protagonistas literarios.
Aquí puede encontrarse la piedra angular del cuento: la inmortalidad como fatalidad. Si las eruditas referencias históricas expresadas con economía de lenguaje dejaban dudas sobre la influencia borgiana, puede constatarse aquí el mismo destino que cumplen los personajes de José Emilio Pacheco con los de “El inmortal” de Borges.49
49 Cfr. “El inmortal” es un relato que trata las posibilidades de los hombres de alcanzar la
trascendencia. Las referencias a Heráclito, el alimentarse de fuentes históricas para inventar la literatura, y el uso de referencias tanto reales como imaginarias son comunes en ambos cuentos. (La versión de El Aleph que aquí utilizo es la de México: Gandhi-Penguin Random House, 2016.) Alicia Borinsky hace una puntual y pertinente reflexión: “El interés de José Emilio Pacheco por los materiales históricos no se da en la forma de control, apropiación. Por el contrario, es ocasión para solicitar del lector las armas que puedan convertir a la memoria en apreciación crítica” (“José Emilio Pacheco: relecturas e historia”, 227).
61 El infame destino de Occidente tiene coincidencias que hacen del tiempo un ciclo: “Por vez primera desde los tiempos de Alejandro, al comenzar el siglo XX una sola cultura se imponía al resto del mundo” (“La noche inmortal”, 38). El tiempo se renueva periódicamente y esto nos recuerda la idea borgiana del eterno retorno, que a su vez remite a una de las principales nociones de la filosofía oriental, traídas al hemisferio occidental por Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche. A veces con resultados muy similares, la guerra se devela como una excusa para que el mundo se ordene y agrupe. Las victorias de Alejandro, llegando a la India, comienzan a revelar el infortunio: al presentarse algunas señales nefastas, Alejandro se descubre como su propio y verdadero enemigo: “Alejandro sometió a todos pero no logró vencerse a sí mismo” (39)50. Este funesto augurio, poco a poco, adelanta el destino de Francisco
Fernando.
El rebelde Eróstrato se presenta entonces también como un hombre próximo a alcanzar una de las formas de la inmortalidad, pues él “sabía que todo se pierde si no queda escrito” (39), otra alusión cervantina51 y moderna, pues la historia y la ficción
modernas existen en tanto que la escritura las sostiene. Eróstrato sabe que la palabra escrita es el único medio por el cual él puede perdurar en el tiempo. Encarcelado por su iconoclasia, Eróstrato “trazó unas líneas en un papiro y lo ocultó entre sus ropas”
50 El tema del enemigo que está en uno mismo lo explora Pacheco en varios de sus poemas. Un
ejemplo: “A la orilla del Ganges aguardé / por espacio de cuatro siglos, / el cadáver de mi enemigo. / […] / Qué decepción: jamás me vi pasar, / nunca supe que yo era mi enemigo.” (“A la orilla del Ganges”, Miro la tierra, 334-335).
51 Aquí digo “cervantina” porque, de acuerdo con la lógica de la novela, de no haber existido el ficticio
traductor Cide Hamete Benengeli, las peripecias de don Quijote no habrían perdurado en el mundo. Recordemos que en la Segunda Parte del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, una buena parte de los personajes ya leyeron la Primera.
62 (39). El papiro sobrevivió a los siglos: de mano en mano, hasta que fue traducido del jónico al latín, para así perderse en un incendio del templo de Artemisa.
Antes de cumplir los treinta y tres años, sin heredero al trono del imperio que ocupaba la mitad del mundo conocido, Alejandro fue asesinado, y con él, también se desmembró el imperio. Sepultado como un dios, “Al fin su cuerpo también se hizo polvo. La leyenda perdura y sólo morirá con el planeta” (41). 52
Suerte similar le espera al triple imperio germano, eslavo y húngaro; conducidos a ningún lado por el archiduque Francisco Fernando.
La identidad del narrador se devela y se sitúa como un personaje más del relato, es decir, un narrador avec53. Se trata de un joven bosnio que pertenece a “La Mano
Negra”, una unión secreta dirigida por Dragutin Dimitrijévich, y que ha hallado el manuscrito de Eróstrato, el cual pretende traducir. La narración está siendo contada el 28 de junio de 1914, desde Sarajevo, capital de Bosnia.
52 Dos de las metáforas más comunes dentro de la obra de José Emilio Pacheco son las del polvo y la
ceniza como preámbulo del destino de todas las cosas. Más en la obra poética que en la ensayística o
narrativa, las imágenes de estos volátiles elementos llenan páginas enteras en sus libros. Basta con ejemplificar un par de poemas: “Pero el tiempo / le quitará el orgullo y en su boca / hará crecer el polvo, ese lenguaje / que hablan todas las cosas” (“Como aguas divididas, Los elementos de la noche, 28); “La poesía es la sombra de la memoria / […] / por un instante / y luego es brizna, polvo, / menos que nada ante el eterno viento.” (“Escrito con tinta roja”, Irás y no volverás, 158); “la ciudad zozobró en la tierra, / […] / cayó de bruces en el abismo del polvo, / lo más hondo se alzó para devorarla.” (“Ruinas de México”, V, 2, Miro la tierra, 328); “‘Mañana serás polvo y error.’” (“Ritos y ceremonias”,
Miro la tierra, 346); “Del habitante nada quedó en la playa sombría. / Su obra / vivirá un poco más
/ y al fin también se hará polvo” (“Caracol”, Ciudad de la memoria, 356); “La ceniza no pide excusas a nadie. / Se limita a fundirse en el no ser, / a dispersarse en concentrada grisura. / La ceniza es el humo que se deja tocar, / el fuego ya de luto por sí mismo. / Aire nuestro que se hizo llama y ahora / no volverá a encenderse.” (“La ceniza”, Ciudad de la memoria, 366).
53 El narrador avec es uno de los propuestos por Jean Pouillon en Temps et Roman, y que es rescatado
por Tzvetan Todorov en su “Análisis estructural del relato” bajo el nombre de narrador = personaje. Este tipo de narrador se caracteriza por ser un personaje más del relato. Los otros dos tipos de narrador son el que habla atrás de los hechos mismos, y el narrador omnisciente, el que habla “desde afuera” del relato (183-210).
63 Posteriormente, en el relato, en tipografía cursiva, se presenta la traducción del papiro de Eróstrato. En él aparecen las metáforas del polvo y la ceniza, pero contrarias al destino de Alejandro. “Al amanecer todo estará en cenizas”, dicta una sentencia de Eróstrato mirando arder el fuego en Éfeso. “Soy el dueño del fuego
−reitera−. Entiendo a Heráclito: el mundo es fuego y para renovarse y continuar tiene
que arder eternamente” (43). Por último, el texto traducido advierte la inmortalidad de su autor: “Mi nombre no será sepultado con mi cuerpo. Resonará en los siglos venideros. Acabo de grabarlo a fuego en la historia y jamás seré polvo eternamente” (43).
Un segundo narrador se introduce al final del cuento. Éste explica las circunstancias que provocaron la muerte de Francisco Fernando. Situación que vuelve a emparentar a los protagonistas de los correlatos. Regreso a Borges: “De nuevo soy mortal, me repetí, de nuevo me parezco a todos los hombres”, dice el protagonista de “El inmortal” (26).
El papiro, la vida funesta del poeta, la pérdida del imperio de Alejandro, la muerte de Francisco Fernando: todos estos elementos representan la ruptura del tiempo lineal de Occidente, haciendo intrusiones constantes la temporalidad mística y cíclica de Oriente. El carácter trágico del tiempo del relato vive en la circularidad de la tragedia. Borges jugó con estas ideas en sus laberínticos cuentos y poemas,54
Pacheco aprovecha y emula esta mística oriental dándole un toque barroco, con juego de perspectivas, confirmando así un principio contundente a su cuentística (en
54 Cfr. los cuentos de Borges “Hombre de la esquina rosada”, “El espejo de tinta”, “Pierre Menard,
autor del Quijote”, “Las ruinas circulares”, “El Sur”; o el extraordinario poema, cuyos dos versos iniciales resultan más que pertinentes para citar aquí: “Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras: / los astros y los hombres vuelven cíclicamente” (Ficcionario, 169).
64 particular) y a su cosmovisión como escritor (en general): tanto las letras como las armas terminan con los hombres. Ese es, quizá, uno de sus grandes leitmotiv.
La Modernidad en este cuento es retratada a partir de la superposición de tiempos que no tienen aparentemente nada que ver entre sí, pero que resultan ser uno espejo del otro. Las conquistas de Alejando Magno no son muy distintas al alzamiento de Francisco Fernando. Si la Historia las separa por los siglos, el cuento las hace iguales con el lenguaje. Ambos personajes fueron megalómanos, y cada uno buscó la inmortalidad, haciendo de la guerra su único instrumento, quedando como villanos a ojos del escribano que vivió ofuscado por la vorágine.
Como señalé en su debido momento, la Modernidad es la época en que se reúnen las épocas previas, y no por simple acumulamiento, sino por haberlas devorado a través de la expansión de Occidente a través el orbe; es el tiempo en que el hombre se hace consciente de su condición destructora, y esa conciencia permite contrastar y hacer equivalentes dos momentos y dos vidas históricas, en este caso, a partir de un cuento. El proceso de la mímesis que propone Ricoeur es evidente: del mundo prefigurado que es la realidad histórica; se construye una nueva, una realidad ficticia que desemboca ahora en otra que a su vez es parte de la primera. No puede ya permanecer intacta, exige una perpetua transformación. Si recordamos que para Foucault la fábula es la historia contada y la ficción es la serie de recursos para contarla, en “La noche inmortal” la fábula de la destrucción tiene dos aristas: el imperio de Alejandro Magno y la Bosnia-Herzegovina gobernada por Francisco Fernando; los recursos que utiliza Pacheco para contar esta doble hecatombe es, por
65 un lado, el lenguaje erudito, que imita al discurso historiográfico55, y por otro, un
lenguaje epifánico, casi bíblico a través del cual todo está próximo a ser destruido, donde las elecciones humanas llevan al irremediable cataclismo de los hombres que buscan siempre alcanzar la trascendencia; algunas veces a través de las armas; otras, a partir de la escritura.
El vacío del hombre moderno o “Paseo en el lago”
Alejandro de la Garza no vacila en ubicar este cuento en la corriente realista, lo cual evidencia los diversos recursos, motivos, intereses y técnicas que implementó Pacheco en su literatura (“Lo que espera la desesperanza. Un acercamiento a la narrativa de José Emilio Pacheco”).56
El cuento es narrado en primera persona. “Acabo de recibir noticias de Elena. Me devuelven a aquel paseo en el lago, dos años atrás, que tuvo inesperadas consecuencias para mi vida” (“Paseo en el lago”, 62). De entrada, el personaje narrador da a entender que el cuento es la exposición de un recuerdo. El narrador autodiegético está hablando desde el 4 de enero de 1960, dos años después de los acontecimientos que expone.
55 A propósito de cómo Carlos Fuentes, en Los días enmascarados, retrata al México moderno,
Pacheco escribió: “La historiografía, el más realista de los géneros literarios, es como la teología según Borges, una rama de la literatura fantástica” (“Vieja modernidad, nuevos fantasmas. Notas sobre Los
días enmascarados”, 47). Es importante tomar apunte de este artículo, pues en él Pacheco no
distingue entre el discurso historiográfico y el literario; para Pacheco, la historia y la mitología son corrientes alternas que alimentan el manantial de la Tradición literaria, y son el elemento inaugural de la obra de Fuentes, de la cual Pacheco sería deudor, al menos, para elaborar cuentos como “La fiesta brava”, como expondré en su debido momento.
56 Barbara Bockus quizá diferiría al señalar ciertos cuentos de José Emilio Pacheco como realistas. En
su opinión no existen descripciones de esta naturaleza. En palabras de la autora: “Sus cuentos son de construcción sencilla y asunto cotidiano (excepto los fantásticos)” (“José Emilio Pacheco, cuentista”, 187).
66 El personaje narrador comienza con una síntesis de cómo y cuándo se interesó por Elena, hija única, huérfana de padre desde su adolescencia, quien vivía manteniendo a su madre con un trabajo mal pagado en un periódico y con la pensión militar del difunto padre, un supuesto héroe de guerra de 1914 y perseguidor de “submarinos nazis en el Golfo de México” (67). Apenas inicia el cuento y ya el lector encuentra referencias a una realidad histórica en la cual la ficción se ubica.
El personaje narrador menciona su trabajo como cronista y reportero deportivo, en un periódico local de la Ciudad de México, sin embargo, tenía aspiraciones de ser novelista. (Se advierte prontamente la frustración de éste.) A punto de llegar a los treinta años, le pide matrimonio a Elena: “La única condición que Elena y su madre me impusieron fue casarnos por la Iglesia” (63).
Una tensión de corte moral se presenta a lo largo de todo el cuento. Se vuelve evidente con una descripción del matrimonio recién efectuado entre el personaje