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y el cabildo en el Río de la Plata en la segunda mitad del siglo XVIII”, Anuario de Estudios Americanos, Tomo

2- SEGUNDA PARTE: CONTEXTO HISTÓRICO 2.1 Orígenes de la Compañía de Jesús.

Jean Lacouture, en su obra “Jesuitas”,60

sostiene que “el acceso a la verdad –dice el padre jesuitas Michel de Certau–, esta condicionado por el encuentro con el otro”, así como la educación fue “una forma de apostolado que estuvo presente desde los orígenes de la Compañía”. Estas expresiones reúnen algunos de los principios fundantes de la Orden creada por San Ignacio de Loyola. De la misma manera, el Padre Serafim Leite,61 concuerda con esta visión cuando afirma que “los jesuitas no fueron sólo misioneros, sino también colonizadores”.

Acordar con estas expresiones es altamente tentador para un lector interesado en conocer el derrotero de la Orden creada en 1534 por quien finalmente fuera conocido como Ignacio de Loyola,62 originario de Azpetía, pequeña y fértil aldea vasca, en donde los señores de Loyola habían servido, desde el siglo XIII, a la Corona de Castilla. En este marco de reciprocidades se inscribe, seguramente, la entrega, por parte de su madre, del joven Iñigo al albacea de la Reina Isabel, Don Juan Velázquez de Cuellar.

No sólo cerca del poder, sino también abierto a las vivencias que este ofrece, el joven Iñigo “[...] aunque era aficionado a la fe, no vivía conforme a ella ni se guardaba de pecados.” De estos tiempos cortesanos, Ignacio de Loyola recogerá innumerables amistades que lo vincularán con el transcurso de los años a las monarquías europeas, emparentadas, muchas de ellas, por las estrategias matrimoniales de las casas gobernantes.

Esta práctica habrá de contar con la fiel y efectiva disposición del fundador de la Compañía de Jesús y sus sucesores, convertidos en pacientes expertos en recorrer el difícil entramado de intereses europeos. Así, una de las características de la naciente Compañía será la influencia, en lo más alto del poder político, con independencia del resto de las estructuras del poder eclesiástico y basada en una organización vertical cuyos integrantes, “…tanto más ávidos de disciplina y jerarquía cuanto que emergen del más exaltado vagabundo”, (así se refiere J. Lacouture a Ignacio de Loyola), responden sólo y finalmente al General de la Orden y al Papa.

60 Jean Lacouture, Jesuítas, I y II, España, Paidos, 1993.

61 Serafim Leite, Historia de Companhia de Jesus no Brasil, 1943, Prefacio, p. XII. 62

Fue bautizado con el nombre de Vasco de Eneko, traducido al castellano como Iñigo. Será en París, cuarenta y tres años más tarde, cuando el hijo de los Loyola elegirá el nombre de Ignatius.

Ignacio de Loyola, cuya conversión data del año 1521, cuando decide “trocar una caballería por otra, el amor cortés por el amor de Dios y los copiosos beneficios del feudalismo por la indigencia de los caminos de Jerusalén,”63 habrá de transitar por un profundo cambio interior, en donde el sacrificio corporal, la reflexión y la prédica callejera y, finalmente, la necesidad de profundizar en el conocimiento, lo llevarán, en “esta búsqueda del saber”, a las aulas universitarias de España y Francia, convirtiéndose, este último, en un punto de inflexión en la vida de Ignacio y de la futura Sociedad Ignaciana. Si bien respetuoso de las normas establecidas y de la autoridad de Roma, su prédica en las esquinas pronto lo convertirían en una amenaza al poder clerical, lo que, en esos tiempos de ebullición reformista, lo habrán de poner en más de una oportunidad en las puertas de la Inquisición española.

Por esos años, Ignacio de Loyola, se reúne con siete de sus primeros seguidores, el 15 de agoto de 1534, en el subsuelo de la capilla de Notre Dame, ubicada en las faldas de la colina de Montmartre. Allí reunidos, tomaron la determinación de partir hacia Jerusalén y de regreso ponerse bajo la autoridad del sumo Pontífice. El lugar elegido y los planes trazados en ese encuentro, permiten marcar dos cuestiones. Una, el carácter simbólico de realizar los votos en Jerusalén, y otra, que Loyola, “eligió estar en el centro de un concilio de vagabundos y mártires.”

A esto debemos agregar un tercer elemento, lo posible, escogida la opción Roma, será necesario tiempo y despliegue de influencias para que, en 1540, la Orden sea finalmente aceptada. Tres puntos se destacan en su constitución: la obediencia, la exaltación de la

pobreza y la castidad. La obediencia se traducía en la abolición de la voluntad, docilidad absoluta, “indiferencia”, y anulación radical en manos del General de la Orden y, a través de él, del Papa Romano. Según Lacouture, este precepto esta simbolizado en la fórmula perinde ac cadaver –como un cadáver muerto.

Sin duda, el tema de la obediencia, dentro de la Orden y en particular del pensamiento y la acción de su fundador, ha sido, a través del tiempo, una de las cuestiones más discutidas por la historiografía jesuita.

La estricta obediencia se desarrolla en prácticas que se deslizan en el marco de una incuestionable jerarquía encabezada por el Prepósito General, seguido de los asistentes,

provinciales, superiores, prefectos, y garantizada por el admonitor, quien deberá estar atento a los posibles excesos de la máxima autoridad. Esta estructura jerárquica funcionaba de manera tal que, el General de la Orden, de carácter vitalicio, designaba a los Provinciales y Rectores,

pudiendo, además, enviar visitadores para la inspección de una provincia y cuando fuera necesario hacerse cargo de la administración general. Designa también a un Procurador General, que lo asiste en la consideración de problemas económicos y legales.

Sin embargo, el General no era la única autoridad capaz de tomar decisiones que comprometían el porvenir de la Compañía. Periódicamente, se convocaba a una

Congregación General (asamblea que no se reúne en una fecha determinada, sino en caso de muerte del general o por orden del Papa, cuyas funciones específicas eran las de elegir a un nuevo general y hacer modificaciones en la constitución de la Orden). También se designaba un admonitor y asistentes, cuya misión era informar o asesorar sobre cada una de las

assintenciae –distritos integrados por varias provincias.

La estructura de la Orden se subdividía en distritos denominados Provincias, dirigidas por un Provincial, cuyo desempeño en el cargo era objeto de un informe anual presentado por su secretario. Sus funciones específicas eran las de dirigir la Compañía, destinar a los hombres a los puestos disponibles o que van a crearse, nombrar a una parte de los superiores locales, seguir la evolución de las obras emprendidas y asegurar la relación constante con la jerarquía.

Cada tres años, el provincial convocaba y presidía una Congregación Provincial

integrada por los superiores locales y ciertos jesuitas experimentados, destinada al planteo de las proposiciones y necesidades de la provincia y a la elección de los procuradores, que habrían de presentarse ante el General de la Orden en Roma. Estos últimos se reunían en Roma para constituir, junto con el general, la Congregation Procuratorum.

De la misma manera, todos los rectores, los praepositi y los superiores eran secundados por los consultores, a quienes debían recurrir en busca de consejo ante cualquier asunto de importancia, informar al general acerca de las actividades del provincial, a quien pueden interpelar, en caso de ser necesario en calidad de admonitor.

Dicho todo esto, es imposible no preguntarse cuales fueron los niveles de obediencia alcanzados por la Orden a medida que se expandían por el mundo. En este sentido, los

Colegios jesuitas habrían de jugar un rol sumamente importante en la formación de la obediencia de sus servidores. Efectivamente, lo que el fundador consideró una excepción, pronto fue regla. La “formación sistemática de los espíritus”, la educación como práctica de la Orden, según Lacouture, no fue pensada como un principio que caracterizara a la Sociedad de Jesús, a pesar de que algunos de los fundadores, provenientes de las universidades francesas, pensaran lo contrario. Su implantación definitiva se debe a que Ignacio de Loyola vislumbrará, en la educación sistemática, la formación de formadores que por miles habrían de inundar las distintas latitudes. Efectivamente, la férrea formación en los principios ignacianos será el reaseguro de esta Orden, inmiscuida como casi ninguna en los problemas del siglo.

Establecida oficialmente el acta de nacimiento de la Compañía de Jesús el 27 de septiembre de 1540, la Orden, recientemente fundada, necesitaba de una carta fundacional y de un dirigente. Conforme a lo cual, en 1541, Ignacio de Loyola se convierte en el “primer General de la Orden” y se establecen las Constituciones de la Compañía, que sufren algunas modificaciones hacia el año 1600, durante el generalato del Padre Aquaviva y, desde entonces, los reglamentos no han sufrido modificaciones esenciales.

Desde entonces, los ignacianos “dirán que están unidos para dispersarse y responder

así a las necesidades de la Iglesia y del mundo en expansión”. La Compañía se abría a las exigencias de un mundo en expansión. Cuando muere San Ignacio, los jesuitas son un millar repartidos en París, Varsovia, Brasil, Japón, México y el Congo. La relación fraterna que existía entre los primeros jesuitas subsiste, en teoría, al vínculo institucional, en particular el voto de obediencia actúa como salvaguarda.

Según Lacouture, la Compañía es, en su origen, misionera, creada por un vagabundo. La Orden es, en esencia, vagabunda y, en segundo lugar, surge la vocación de educar. Los jesuitas han escogido la movilidad y han acabado por ser vagabundos, a pesar del relativo sedentarismo impuesto por los Colegios. La Compañía de Jesús estará signada, a lo largo de toda su historia, por el pragmatismo de su creador, dando primacía a la acción por sobre todas las cosas.

La autoimposición del éxito en la empresa de misionar habrá de caracterizar a los integrantes de la Sociedad Ignaciana, siendo un ejemplo de la actitud tomada en la incursión por lejanas latitudes, en donde el supremo objetivo de instalar a la Orden llevará a sus

integrantes a mostrarse permeables a las creencias de otras culturas, utilizando un camino inverso al resto del clero, como fue el aprender las distintas lenguas de los pueblos orientales o americanos, incorporar algunas prácticas religiosas y culturales de los lugares, o el “detalle menor” de adaptar sus vestimentas.

Probablemente, esta idea deba ser considerada cautelosamente, con el objeto de buscar las respuestas adecuadas a los distintos problemas planteados alrededor de la historia de los jesuitas, que van desde el respeto al otro hasta la convicción de crear un estado con base al poder que otorga la apropiación del excedente producido por el otro. Estas cuestiones invitan a una reflexión más profunda, que será retomada más adelante en relación a nuestro objeto de estudio.

2.2- El surgimiento de los Colegios y su función en el seno de la Orden

Cualquiera fuera el motivo que dio a los Jesuitas impulso dentro de la estructura de la educación sistemática –hecho que se verifica hasta en la actualidad–, sirvió en tiempos cercanos a su fundación a resistir el vacío de los sectores nobles españoles.

Más allá del sentido estratégico que pudiera tener la fundación de los Colegios, el interés por el conocimiento, la búsqueda del saber, será la marca del fundador extendida a través de los siglos por toda la Orden. Sin embargo, las relaciones entre la ciencia y la Compañía fueron durante mucho tiempo trágicas. La falta recae sobre el fundador, profeta contradictorio de la libidio sciendi y la obediencia absoluta a la Iglesia Romana.

Todo el ambiente de Loyola conduce, desde la ruta de Manresa, y más aún en París, y mejor todavía en Roma, a la búsqueda del conocimiento. Y todas las prescripciones contenidas en las “Constituciones y Para sentir con la Iglesia, imponen una práctica, una disciplina rigurosa, que, ejerciéndose en el marco de una religión revelada, sólo podía provocar, al decir de Lacouture, tensiones o coaliciones entre el dinamismo impulsado allí y la docilidad manifestada aquí, entre la investigación del conocimiento, que no es más que un movimiento, cuestionamiento e interrogación perpetua, y una estructura religiosa, completamente armada de respuestas consideradas como definitivas.

Así, abierta al humanismo y a su optimismo vital, mejor aún, al diálogo de las culturas iniciado, desde su origen, en Japón, y afinado sin cesar, la Compañía no se atreve a comprometerse de entrada en el combate de la autonomización de la ciencia con relación a la teología.

En el siglo XVI, la educación sistemática fue una estrategia de supervivencia de la Orden, también lo será el obviar las discusiones sobre la autonomía de la ciencia y la teología durante los siglos XVII y XVIII. En este sentido, la Compañía preferirá adoptar un perfil bajo, en relación a la astronomía, y dará preeminencia al estudio de la matemática y avanzará decididamente hacia el campo de la geografía. Es aquí donde nuevamente aparece su participación en lo que Lacouture denomina ciencia de alto riesgo: vinculada a navegaciones aventuradas, plantea los problemas de la naturaleza del hombre, de la humanidad de los “salvajes”, de la esclavitud y de la “colonización de los bárbaros”. Bajo la forma de la cartografía, estrechamente imbricada con el poder, la diplomacia y la estrategia, veremos a los jesuitas recorrer por mar y tierra, a mediados del siglo XVIII, parte del actual territorio argentino. Nos quedará saber, cuáles fueron los objetivos de muchos de esos viajes y cuál fue el rol que cumplían los jesuitas de Buenos Aires y qué relación tenían con muchos de esos viajes. Sin embargo, no pretendemos adentrarnos aquí en la cuestión de los conocimientos impartidos en los Colegios, ni en las características de la educación jesuita en sí misma.

Se ha mencionado mucho el carácter humanista de la Compañía de Jesús vinculado, en parte, al contexto de su origen. De acuerdo a la visión creada desde los mismos ignacianos, se consideraba que la educación jesuita era profundamente humanista, porque la concepción ignaciana lo era. Aunque el humanismo pensado por su fundador fuera aquel que “no respondía simplemente al estudio de los clásicos, los estudios humanistas eran tales por la preocupación esencial por el hombre como ente complejo con diversas dimensiones que parecían ser entendidas armoniosamente.”64

Asimismo, se debe tener en cuenta que la Compañía fue el instrumento ideal para lograr los objetivos del Concilio de Trento. A ambos lados del océano, en las Indias occidentales y en el extremo oriente, en la Europa cristiana y en las regiones de fuerte influencia protestante, las escuelas de los jesuitas se abrieron para educar a los jóvenes. El surgimiento de los Colegios, por tanto, responde a un contexto que lo favorece, y a la

64

Schmitz, Egidio, Os Jesuítas e a educação. A filosofia educacional da Companhia de Jesús, São Leopoldo, Unisinos, 1994, p. 138.

necesidad de la Orden de incrementar rápidamente el número de miembros. Con lo cual, los Colegios constituían al mismo tiempo una necesidad, y representaban una solución práctica, por la falta de miembros para la recientemente fundada Compañía de Jesús.

Siguiendo los preceptos del fundador, la educación debía ser adaptada a las circunstancias de tiempo y lugar. Esto explica, y nos permite pensar en las variadas características que tuvieron los Colegios en América, Europa y Asia.

Cada uno de los Colegios surgieron respondiendo a diferentes demandas, en general el interés de la Orden estaba puesto en la creación de Colegios para la formación de nuevos miembros, mientras que para la Corona, los Colegios servían de soporte para la acción evangélica y para la sociedad local –principalmente en las sociedades hispanoamericana–, respondiendo a la necesidad de educar a sus hijos y de fundar las primeras universidades en tierras americanas. Aunque sin duda estos intereses se superponían u oponían por momentos, cambiaron y se transformaron al ritmo de los tiempos que corrían y de las situaciones concretas de espacio y lugar.

Los principios rectores de la educación quedaron contenidos en el Ratio Studiorum, que respetaba fielmente las Constituciones Ignacianas. El Ratio Studiorum, comienza a formularse en 1548, quedando definitivamente consagrado en el año 1599, durante el generalato de Aquaviva. En palabras de Egídio Schmitz, “el espíritu del Ratio Studiorum

consiste en un grupo de principios comprensivos de la educación católica que San Ignacio expresó en la cuarta parte de las constituciones”.65

Los Colegios nacieron rápidamente. Para 1550, sólo diez años después de la consagración formal de la Orden, existían Colegios en India, Portugal, África, Brasil, Salamanca y Francia. Y para 1606 ya existían ciento noventa y tres Colegios de los cuales treinta y ocho se hallaban en América.

Los Colegios surgieron bajo cuatro formas diferentes de funcionamiento. Primero, aquellos creados como Residencia, sólo para futuros jesuitas, de manera que los miembros hacían sus estudios en las universidades civiles y completaban su formación en las residencias a partir del estudio de los Ejercicios Espirituales. Este tipo de Residencia funcionó principalmente en Europa durante los primeros años de la Orden. Segundo, los Colegios

docentes para jesuitas, en ellos los ignacianos formaban a miembros de las universidades civiles, que también predominaron en Europa. Y tercero, los Colegios para jesuitas y para alumnos seculares, o mixtos, que fueron los más comunes. Los que predominaron en América, junto con los Colegios de educación primaria y secundaria.

Si bien se destaca la importancia que los Colegios adquieren dentro de la estructura de la Orden, hay quienes postulan que la Compañía se vio arrastrada, casi contra su voluntad, en un torbellino de fundaciones, ampliaciones y transformaciones de Colegios de internos, y en menor número de universidades. Algunos podrán tener una vida efímera, ya sea porque no se reciben las donaciones suficientes, o por la mala evaluación de la situación local y de los apoyos previstos.

¿Cómo se explica entonces el ardor fundacional de los Colegios? y la rápida expansión, a pesar de las dificultades que afrontan, cuando además los fundadores no tuvieron esta intención previa y cundo los primeros compañeros no estaban preparados para ello. Por un lado, esta aventura pone fin a la incertidumbre de los comienzos, uniéndose en un objetivo definido, reconocible en la esfera pública y en un campo que no era propio de ninguna otra orden religiosa. Por otro lado, los Colegios satisfacen las intenciones del comienzo, permitiendo a la Orden establecerse en cualquier lugar del mundo.

Responden al deseo de universalismo inscrito en el corazón del proyecto jesuita, y concuerda muy bien con la vocación “del deber de inteligencia”. Procuran así, un instrumento privilegiado para aunar los intereses espirituales con los políticos, económicos y financieros, que les permite mantener estrechos vínculos con los poderosos. Al abrir los Colegios, e “inventar un modelo educativo”, la Compañía responde a una demanda social y encuentra allí

un instrumento de acción al servicio de la modernidad.

La educación dentro de la Orden fue contemplada también como un mecanismo para

“formar líderes”. “No fue por casualidad que los Jesuitas asumieran el apostolado de la educación. Como se habían colocado enteramente al servicio de la Iglesia, comprendieron fácilmente que sería a través de de la educación, especialmente de líderes, que podrían ayudar a la Iglesia a reconquistar gradualmente gran parte de los países y naciones que habían adherido o estaban adhiriendo a nuevas doctrinas.”66

A pesar del énfasis puesto en el carácter elitista de la educación jesuita, Pilar Gonzalbo