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CAPÍTULO I. MARCO TEÓRICO

1.2 Prescripción de medicamentos

1.2.2. Seguridad del paciente

La seguridad en salud se traduce operativamente en la responsabilidad que tiene el Estado para garantizar a todos sus ciudadanos el acceso a servicios de salud. La vinculación entre seguridad humana y seguridad en salud fue señalada en 2002 por la Directora General de la OMS, quien afirmó: “la salud para todos es indispensable para la seguridad humana y la buena salud es indispensable para la seguridad futura del planeta” (76,77).

En 2006 esa vinculación fue ratificada por el Director General de la OMS, quien durante la presentación del Programa de Trabajo 2006–2015, aseveró: “la salud se

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percibe cada vez más como un aspecto fundamental de la seguridad humana”. En base a lo anterior, la inseguridad humana en salud esencialmente significa la incapacidad del sistema sanitario para garantizar el acceso a los servicios de salud a todos los ciudadanos (76,77).

La seguridad clínica se relaciona estrechamente con la microgestión en los departamentos o servicios clínicos del hospital, por lo que en buena medida depende del interés, responsabilidad y desempeño gerencial de los jefes de esos servicios. La seguridad clínica se fundamenta básicamente en dos componentes:

 Los conocimientos, actitudes y habilidades de los profesionales de salud. Es decir, la formación técnica y ética de los profesionales de salud, que debe ser reforzada mediante programas de educación continua a lo largo de la vida profesional.

 La gestión de las condiciones ambientales y de operación de los servicios donde se atiende a los pacientes. Es decir, la capacidad gerencial de los jefes de servicio para usar óptimamente los recursos disponibles y su habilidad para organizarlos en beneficio de la atención médica, así como para conseguir la eficaz colaboración de los servicios de apoyo, como los de conservación, nutrición, farmacia y recursos materiales (microgestión).

En sentido estricto, seguridad del paciente significa atención sin riesgos ni daños, situación ideal y al mismo tiempo poco realista ya que ningún sistema de salud puede garantizar a los pacientes una atención totalmente libre de riesgos. Para efectos prácticos, la seguridad del paciente es el conjunto de acciones cuyo fin principal es reducir al máximo posible los riesgos y fallas a los que está expuesto un paciente, así como evitar los daños o eventos adversos, algunos de los cuales pueden ser tan severos que ocasionan la muerte.

El reconocimiento del error médico y el daño a los pacientes se empezó a evidenciar desde mediados del siglo pasado a través de publicaciones en las que se reconocieron tácitamente las fallas de los sistemas de atención. Hacia finales de ese siglo, se empezaron a publicar las tasas de daños atribuibles a fallas en la atención médica, conocidas como eventos adversos. Esas publicaciones alentaron una corriente de opinión favorable para promover políticas, programas y estrategias dirigidos a mejorar la seguridad del paciente, cuyo objetivo principal es la disminución de errores en el sistema sanitario, así como la prevención de eventos adversos y daños innecesarios en los pacientes (76,77).

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El modelo de la cultura justa describe tres escenarios al revisar el comportamiento de los clínicos en el momento de un evento adverso: un simple error, una acción en la que se toman riesgos y una conducta negligente. En el primer caso, el error puede generarse por un entorno caótico, con muchas distracciones. La respuesta apropiada de acuerdo con la cultura justa es apoyar al individuo, y modificar el sistema para facilitar que sucedan las cosas de forma correcta.

En el segundo, el profesional toma el riesgo, por ejemplo, al administrar un medicamento en urgencias, donde identifica al paciente sólo por el número de cama. En este caso lo que se requiere es capacitación y la implantación de medidas de seguridad, es decir, transitar a una organización que aprende. Para ello, es importante mejorar la comunicación y el trabajo en equipo. Las fallas de comunicación son las causas más comunes de eventos centinela reportados por la Joint Commission de EUA. Y en el último caso, cuando existe una conducta negligente y recurrente, entonces proceden las sanciones.

El tercer escenario es el más preocupante de todos, aquí se produce daño o error por una conducta negligente de la persona que aplica el medicamento. Esta conducta negligente puede deberse a falta de atención, conocimientos o actitud deliberada por actuar mal.

Es una necesidad humana, tanto en el ámbito del derecho como de la medicina, evitar la incertidumbre y buscar la seguridad. Tanto en la praxis clínica, para obtener los mejores resultados, como en la jurídica, la seguridad es un objetivo del derecho, pero no el fin último, ya que esto le corresponde a la justicia (76,77).

Por lo anteriormente expuesto, se puede resaltar y sintetizar que desde los orígenes de la terapéutica se conoce que los medicamentos, además de sus efectos beneficiosos, también presentan riesgos y pueden producir efectos perjudiciales en los pacientes, que la seguridad de los medicamentos no es un concepto estático. Por lo tanto, la percepción de lo que se acepta como seguro y las exigencias de seguridad de los medicamentos se han ido modificando conforme se han producido avances en los conocimientos farmacológicos, y también, por desgracia, a raíz de desastres terapéuticos, se han ido poniendo de manifiesto las consecuencias negativas que se derivan del empleo de medicamentos.

Se debe resaltar también, que en la década de los 90 se inició una nueva etapa en el campo de la seguridad de los medicamentos que ha supuesto reconocer que éstos,

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además del riesgo intrínseco de producir reacciones adversas cuando se utilizan en condiciones apropiadas, provocan también numerosos efectos nocivos por fallos o errores que se producen durante el proceso de su utilización clínica, es decir, por los denominados “errores de medicación” (77).

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