CAROLINA A. BRAÑAS G.
Cuando
me pidieron dar este testimonio contesté inmediatamente que sí. Aunque después me arrepentí, me di cuenta que lo que me hacía hacerlo era que la persona que me lo pidió hizo dos cosas que comprometieron mi corazón. La primera: me lo pidió en forma personalísima, me explicó que había sido después de pensarlo mucho y lo hizo con el mayor de los cariños; frente a lo cual uno no puede decir no. Segundo: en una oportunidad, después de trabajar juntas para recaudar fondos para un Santuario, me hizo un regalito muy pensado, dedicado, en señal de gratitud y cariño; gesto que me hizo sentir profundamente querida y estimulada a seguir adelante.Creo que este ejemplo retrata que, en la vida, el sentirse amada implica una amplia gama de signos y experiencias, donde alguien nos expresa concretamente su afecto ya sea en palabras, actitudes o tan diversamente como distintos somos unos de otros. Porque, fundamentalmente, lo que con el tiempo se ha ido afinando en mi vida no es la cantidad de amor que recibo (siempre ha sido más de lo merecido), sino la agudeza de mi vista, oídos y corazón para detectar y recibir todo el cariño que hay a mi alrededor, desde lo auténtico del otro.
Aquí concretamente se me vienen a la mente mis amigas, ésas del corazón, contadas con los dedos de una mano, tan irreemplazables y únicas para manifestarme su cariño. La que ha compartido conmigo, desde chica y hasta el día de hoy reclama mi tiempo para donarse por completo a mi corazón y para seguir creciendo juntas. La que claramente organizaría un ejército –si lo necesitara– para ir en mi rescate. La que es una fuente inagotable de cariño, presencia, palabras positivas y que, cuando necesito un poco de seguridad, me puede hacer sentir Einstein... Para su mirada, todo lo mío es bueno y, en esta “cómica subjetividad”, reafirma su absoluta disposición a estar siempre para todo lo mío. O con la que arreglo el mundo, con la que abre su corazón como un gran tesoro del que pocos tienen llave y que, en señal de su cariño, me ha entregado una copia reluciente.
En fin, así de diverso es el camino de sentirse querida.
Miro mi historia y saltan personas importantes que me han ido regalando esas raíces profundas que da el amor, gracias a las que podemos aguantar las grandes tormentas y beber del agua de los buenos tiempos.
De mi papá recibí –desde siempre– todo su afecto expresado con la mayor ternura. El papá siempre tenía tiempo para abrazar, acurrucar y escuchar tranquila y pausadamente lo que uno tenía para contar. Nos llevaba, todos los fines de semana, el desayuno a la cama, a todas “sus mujeres”. Somos tres hermanas y mi mamá. Cuando comíamos y había un postre rico, en especial uno que supiera que a una le gustaba, no dudaba en regalarlo y, sobre todo, era un mago para hacernos reír y sacar de la rutina con su humor. Hoy en día, el postre lo reciben los nietos, el consejo y la preocupación siempre están dispuestos e igualmente se sigue preocupando porque me levanto temprano, porque el piso está resbaladizo con la helada o porque he bajado un poco de peso... ¡Preocupación y amor de papá! Y uno, no importa la edad que tenga, es la hija, la menor, “el negrito”... Con mi mamá aprendí la gran verdad de mi vida. Es con quien más peliaba, a quien más le exigí, con quien, a lo mejor, menos puntos de vista tenía en común o frente a la que me sentía más exigida. Y, sin embargo, con quien más se me ha regalado la gracia de sentirme profundamente amada, no importa si hay discusión, no importa si no hay acuerdo; porque el amor profundo que nos da la vida, trasciende todo. Porque ahora – como mamá– comprendo cómo el día a día nos expone al agotamiento, cómo el cansancio y el ajetreo nos pasan su cuenta. Con ella he aprendido que para sentirse amada hay algo mucho más profundo que traspasa nuestra pequeñez; y que los hijos son ese gran regalo de Dios que nos obliga a enfrentar nuestras limitaciones, nuestros temores y dar ese salto de confianza en Dios para poder asumir lo débiles que somos y aventurarnos confiados en este desafiante camino de ser papás. A lo mejor, la mamá no era de grandes arrumacos, pero vivía preocupada de los detalles. Era la que a uno la adivinaba en su sentir; la que se preocupaba de la “tenida” para la fiesta; la que enfrentaba la situación, aunque costara un enojo; la que, en la noche, se acostaba con
uno cuando tenía susto, aunque para ella fuera un gran regalo el dormir bien, (es una gran donación de amor que yo puedo hacer por un hijo... donar mis horas de sueño). La que veía la realidad tal cual, sin adornarla o tratar de cargarla para nuestra conveniencia, con total objetividad... ¡Y cuánta rabia me daba a veces que no me apoyaran o consintieran todo lo pedido! Rabia... pero nunca dudas sobre su profundo amor por mí, su preocupación, su compromiso con mi historia y mi futuro. Además, Dios nos ha regalado el maravilloso tiempo actual donde la descubro con ternura y admiración en su relación y amor por sus nietos y en su amor incondicional conmigo... Porque la mamá siempre está dispuesta para nosotras. En el nacimiento de cada nieto, es un segundo parto para mí cuando la mamá, después de estar una semana en mi casa, se va. ¡Protección de mamá!... Calorcito de mamá. Además, hoy más que nunca, nos hemos dicho: “te quiero”...
Y bueno... ¿cuándo me he sentido más amada? Cuando hubo alguien, único y especialísimo, que me hizo sentir más única y espacialísima aun. Me invitó a formar una familia y caminar de su mano hasta “que la muerte nos separe”. ¡Cómo mi marido ha sido para mí una constante e inagotable fuente de amor en mi vida! Sí, porque es con él que me he sentido una mujer completa, estimulada, respetada, valoradísima, linda... No crean que porque tenga un súper ego, sino todo lo contrario. Él ha hecho relucir en mí lo mejor y yo he celebrado, admirado, acompañado y estimulado todo lo que el amor me hace ver y redescubrir a diario en él. Sí, porque con él he aprendido que todo puede servir al amor si somos simples para vivir; si manifestamos claramente lo que queremos; si respetamos el tiempo y el espacio del otro; si no tratamos de aclarar algo en plena guerra, sino más bien esperamos que decante la rabia; así evitamos ofender gratuitamente y hacer daños que tanto cuestan reparar después. Que él, que se dice antisocial, es capaz de asistir a un gran evento por acompañarme a mí; que aunque no crea en lo mismo que yo, si para mí es importante y me ve feliz, me apoya; está dispuesto a ceder de su tiempo y trabajo porque me quiere...Y, muy especialmente, que el “humor” y la alegría son la mejor herramienta para mantener vivo el amor.
podido experimentar: la INCONDICIONALIDAD de mis niños, ese rasgo maravilloso del amor me lo regalan a diario ellos. Los que, en teoría, yo pretendo educar son mi escuela predilecta del amor incondicional y misericordioso de Dios Padre. Me enternece con cuánto amor perdonan todas las rigideces y mañas maternas (ésas mismas por las que yo me enojaba tanto) y no dudan en besar, abrazar y querer a la mamá. Con cuánta sabiduría saben ver que, detrás de cada corrección, hay un profundo y cálido amor. Desde hace poco tiempo intento hablar menos y escucharlos más, enseñarles menos y aprender más de ellos, retarlos menos y acariciarlos más, herirlos menos y pedirles más perdón... A ver si así me vuelvo un poco más niña, y aseguro mi camino de vuelta hacia los brazos del Padre.
Dios no renunciará jamás al amor de predilección por cada uno de nosotros ni a su voluntad de conducir a cada uno a la plenitud de la vida. P. Mario Romero