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Enseñar a Amar - Rafael Fernández de Andraca

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Academic year: 2021

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Índice

Presentación

Tema de fondo 1:

Enseñar a amar

Artículo de P. Rafael Fernández de A

Tema de fondo 2:

¿Se puede enseñar a amar?

Artículo de Mónica Larraín, sicóloga

Para poner en práctica

Para meditar

Testimonio:

El sentirse amada implica una amplia gama de signos y experiencias

Testimonio de Carolina A. Brañas G

Preguntas y respuestas

¿Qué hacemos?

por Josefina Ramírez L.

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EDUCANDO N° 5:

Enseñar a amar

Inscripción N°: 155.073

eISBN: 978-956-246-557-1 • ISBN: 978- 956-246-361-4

© EDITORIAL NUEVA PATRIS S.A. José Manuel Infante 132 • Tel/Fax: 235 1343 - 235

8674 Providencia, Santiago - Chile • E-mail: [email protected] • www.patris.cl 1a edición: Junio, 2006 - 2a edición: Septiembre, 2008; como “Escuela para padres” • 3a edición: Diciembe, 2008 - CHILE

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Presentación

No

cabe duda que aquello que más felices nos hace es amar y sabernos amados. Si de verdad queremos educar a nuestros hijos y entregarles como herencia lo más valioso, entonces tenemos que enseñarles a amar, tal como lo hicimos cuando les enseñamos a hablar, a caminar y a vestirse solos. A amar se aprende amando...

Hacer esto resulta hoy especialmente importante, porque vivimos en una sociedad en la cual los valores del amor se han relegado a un segundo plano: lo que cuenta no son los valores del corazón, sino el tener, el goce egoísta y el poder. Vivimos en medio de un mundo marcadamente individualista y materialista. Por eso en la actualidad reina tanta soledad y angustia.

Como padres, tenemos la hermosa tarea de mostrar a nuestros hijos, con nuestro ejemplo, cuidado y comunicación con ellos, en qué consiste el auténtico amor.

A amar se aprende amando... Si queremos que nuestros hijos lleguen a ser personas capaces de amar, ellos tienen que experimentar en nosotros el mundo del amor. Ellos, por su parte, también nos enseñarán a nosotros cómo amar.

En este libro encontraremos una valiosa ayuda en el camino hacia la felicidad nuestra y la felicidad de nuestros hijos.

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Tema de fondo 1

Enseñar a amar

P. RAFAEL FERNÁNDEZ DE A.

La tarea más importante

En

nuestra Escuela para Padres hemos hecho ya un importante recorrido. Nos hemos detenido en lo que constituye la base de la familia: la relación entre los padres, y el poder educativo que significa para sus hijos la unidad entre ambos. En este número de la Escuela para Padres nos referiremos directamente a la labor educativa más importante que los padres están llamados a ejercer: enseñar a sus hijos a amar.

Si hablamos de la educación de los hijos, en primer lugar, debemos preguntarnos qué queremos que ellos lleguen a ser como personas adultas. Sabemos que para cualquier empresa es necesario, antes que nada, saber cuál es el “producto” que pretende obtener. Por ejemplo, si queremos comenzar un negocio de fabricación de muebles, tenemos que pensar bien qué tipo de muebles queremos fabricar, si serán de madera o de metal, si estarán destinados al amoblado de la casa o serán más bien para uso industrial. Ese objetivo debe estar muy claro ya que, de otra forma, perderemos tiempo y posibilidades y, en último término, fracasará nuestro negocio por no tener claridad respecto al objetivo que perseguimos.

Cuando se trata de la educación de los hijos, esta “empresa” y su objetivo revisten una importancia mucho mayor. Se trata de su vida y de su futuro, es decir, del tipo de personas que quisiéramos que ellos lleguen a ser.

Muchos padres se limitan a “desear lo mejor” para sus hijos sólo en el ámbito de la educación escolar y, posteriormente, en lo laboral. Concentran en ello todos sus esfuerzos. Sin duda que está bien que deseen dar a sus hijos la mejor educación escolar que les sea posible, sin embargo, hay algo que es más importante que eso: el tipo de personas queremos que ellos lleguen a ser. Alguien puede ser un excelente profesional, pero puede ser una persona egoísta, poco solidaria e irrespetuosa.

Sin duda que no desearíamos esto para nuestros hijos. Por eso la pregunta: ¿qué actitudes queremos ver en su persona? ¿Por qué queremos que ellos se distingan? O, dicho en otra forma, ¿qué creemos que los hará verdaderamente felices, más allá de las

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ventajas materiales que puedan alcanzar?

A esta pregunta damos una respuesta clara y definida: nos parece que el objetivo más

importante de nuestra labor educativa es lograr que nuestros hijos lleguen a ser personas capaces de dar y recibir amor, es decir, que sean capaces de amar.

Todo por amor, con alegría.

P. José Kentenich

Lo que de verdad nos hace felices

Preguntémonos a nosotros mismos qué es lo que más nos importa en nuestra vida, qué es lo que nos hace verdaderamente felices. No es difícil visualizarlo: somos realmente felices cuando nos sentimos amados y cuando amamos, cuando podemos recibir y dar amor. Puede ser que nos vaya mal en los negocios, o que no hayamos tenido la posibilidad de contar con una situación económica más holgada. Sin duda que ello nos afecta, pero definitivamente nos afectaría aún mucho más el que estuviésemos solos, que nadie nos amara. Anhelamos tener una linda familia, tener una esposa o un esposo a quien amemos con todo el corazón y que nuestro amor sea respondido, o tener hijos con quienes formemos una familia cálida y unida.

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Si esto lo poseemos, entonces puede faltarnos todo, pero sabemos que vale la pena vivir, que nuestra vida es valiosa para otros, que no estamos solos, que hay personas con las cuales contamos y ellas cuentan con nosotros.

Para nosotros la felicidad estriba básicamente en eso: en amar y ser amado.

Si esto es lo primero, entonces lo más importante que podemos hacer por nuestros hijos es enseñarles a amar.

Esta visión orienta toda nuestra labor educativa como padres: queremos que nuestros hijos lleguen a ser personas dueñas de sí mismas, que puedan darse a sí mismas y por lo tanto que sean capaces de amar.

Las caricaturas del amor

Pero no basta con decir que queremos enseñar a amar. Es necesario que nos detengamos a considerar más de cerca lo que entendemos por amor, porque hoy existen diversas maneras de definirlo y de vivirlo.

Muchas veces se confunde el amor verdadero con apariencias o caricaturas del amor. Un puro sentimentalismo no es amor, tampoco lo es ese afán egoísta de poseer al tú, como se posee una cosa, así como se coge una manzana para gustarla o se fuma un cigarrillo y luego se tira al suelo la colilla. El amor verdadero busca a la otra persona, quiere entregarse a ella. Que esto signifique al mismo tiempo un enriquecimiento y provecho para el yo, es evidente; pero la persona que amo no fue buscada primariamente para satisfacer mi afán egoísta de poseerla.

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Sólo amándonos a nosotros mismos logramos amar a los demás. De otro modo sólo los utilizamos egoístamente para llenar nuestros vacíos.

Padre Miguel Ortega

¿Cómo queremos que amen nuestros hijos? ¿Queremos que amen así como aparece el amor en las telenovelas, donde amar significa pasión, sensualidad, sexo, intriga, celos, infidelidad?

Amores que no son amor

• Para muchos, "amor" significa "sentimiento". Se siente amor por alguien cuando existe una cierta simpatía por el otro. Es un sentimiento y como tal es cambiante. Hay personas, en este sentido, que viven eternamente “enamorados”; que de un amor pasan a otro. Un día les “gusta” una persona, otro día, otra. El amor se convierte, de esta forma, en algo cambiante como el clima.

• De aquí hay un paso a entender el amor como un puro instinto o una pasión. Este

tipo de amor normalmente es egoísta y centrado en el propio yo. Busca el goce,

sin reparar mayormente en el bien de la persona que se ama o se cree amar. En el fondo, se trata de un impulso pasional egoísta disfrazado de amor. Se busca el goce y el bienestar personal sin mirar al otro.

• Se da también un amor que podríamos denominar amor “cosal”. Es el amor que se puede tener por las cosas: el dinero, la ciencia, por el poder, etc. Hay personas que “aman” el dinero; que su corazón está apegado a los bienes materiales, más allá que a las personas. Ama cosas, o a personas vistas como una cosa. Entonces el individuo se “aprovecha” de ellas, busca encontrar una satisfacción para su ansia de poder, de gozar o de poseer. El otro deja de ser una persona, pasando a ser una cosa “utilizada”, a quien se dice “amar”. Se trata entonces de un amor utilitarista y posesivo.

• Para muchos la palabra amor no significa más allá que sensualismo y sexualismo. Es decir, el amor se centra así en lo sensual y sexual, prescindiendo de la persona, de lo espiritual, de la orientación de la razón y de la voluntad.

• También, por otra parte, sucede que se entiende por amor algo tan “espiritual”

que éste deja de ser humano y real. Se da un amor “espiritual” que no es capaz de

ver a la persona concreta ni sus necesidades. Se dice “amar” a alguien, pero ese amor no es un amor cálido, donde está comprometido el corazón y una entrega

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verdaderamente personal.

El verdadero amor

Si estamos llamados a enseñar a amar a nuestros hijos, es importante, por lo tanto, que tengamos claro lo que entendemos por amor, cuando decimos que nuestra felicidad y la de nuestros hijos consiste en amar y ser amados.

El amor es una actitud extraordinariamente rica. Podemos distinguir en el amor diversos aspectos. Aquí los trataremos por separado, pero sin perder de vista que se trata vitalmente de una sola realidad.

• El amor es un impulso que nos mueve a ir hacia el tú, • a ser uno con la persona amada,

• lo cual implica una renuncia

Primero:

El amor es un impulso hacia otra persona, es una búsqueda de un otro.

El amor es el impulso o la fuerza interior que nos mueve a salir de nosotros mismos; que nos lleva a dejar el egoísmo para ir al encuentro de la persona amada.

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El amor nace en nosotros cuando sentimos admiración por alguien, cuando descubrimos el valor personal que otra persona posee. Percibimos a esa persona como alguien valioso, entonces se despierta en nosotros algo que nos mueve a estar con esa persona, a acercarnos a ella, a compartir, a agradarla, a ser atentos con ella, etc.

Nos atrae esa persona porque percibimos en ella actitudes y valores que coinciden con los nuestros, con nuestra manera de vivir (hay una especial afinidad entre ella y

nosotros), y al mismo tiempo, reconocemos en esa persona actitudes y valores que

nos complementan (percibimos una diferencia, algo propio y original que ella posee y

que nos complementa).

Segundo:

El amor busca algo más: quiere establecer una unión, una comunión con la persona amada.

No es sólo un movimiento o impulso que nos mueve ir hacia el otro, sino también un anhelo, un deseo de establecer con esa persona un vínculo, una relación en la cual se da y se recibe, y se establece una unidad de corazones estrecha y cálida con el otro.

Tercero:

Quien dice amor dice también renuncia.

En este contexto podemos entender por qué el amor es una renuncia a nosotros mismos: nos “descentramos”, es decir, dejamos de mirarnos sólo a nosotros, para fijarnos en el otro: lo admiramos, queremos agradarlo, etc., y para ello a menudo debemos dejar nuestros propios gustos y ganas.

Nuestra tarea como padres

C

onsideremos las consecuencias que tiene esta concepción del amor en nuestra tarea de padres.

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1. El amor es un impulso a salir de sí mismo

Para la gran mayoría, el problema del amor consiste en encontrar a alguien que nos ame y que nos venga a liberar de nuestra soledad. Pero, por esa senda, es difícil llegar al amor. Para alcanzar el amor hay que salir de sí mismo; es necesario tomar la iniciativa de la entrega al tú, como alguien que es valioso y que admiramos.

a. La admiración abre la puerta al amor

El amor personal nos saca de nosotros mismos, porque hay algo en el otro que nos atrae, algo que admiramos: descubrimos en esa persona valores y actitudes que nos cautivan. Si queremos enseñar a amar, nosotros mismos, como padres, tenemos que ser personas capaces de admirar y descubrir los valores de los demás. Entonces podemos enseñar a que nuestros hijos también aprendan a descubrir en los otros, en sus hermanos y compañeros, sus cualidades y lo valioso que hay en ellos.

Sólo quien aprende a admirar y respetar, llegará a amar verdaderamente. El amor brota precisamente de la admiración por los valores de la otra persona, y se mantiene y ejerce en el cuidado respetuoso por ella, dándole espacio para que sea lo que es y que, con nuestra ayuda, alcance a ser lo que debería llegar a ser.

¿Cuál es entonces nuestra primera tarea si queremos enseñar a amar a nuestros hijos? Es respetarlos como personas únicas, merecedoras de respeto y admiración. Y, al mismo tiempo, enseñarles a respetar a sus hermanos y a todas las personas. Es necesario que aprendan a descubrir lo maravilloso que hay en ellos y en las personas que los rodean.

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Desgraciadamente nuestra cultura materialista nos ha quitado el hábito de descubrir lo que no se capta a simple vista. En el bullicio no se descubren los verdaderos valores. Esta misma cultura ha cegado los ojos de nuestro corazón, y sólo el corazón conoce verdaderamente. Es una cultura que no posee sentido para el misterio; y cada persona, en cierto sentido, es un misterio.

¿Qué capacidad de admirar poseemos? ¿Nos hemos detenido alguna vez a considerar los valores de las personas con las que convivimos? ¿No somos muchas veces como esos diarios que ponen con grandes letras las catástrofes y que destacan lados negros de la vida y que desconocen lo hermoso y bello que existe a nuestro alrededor? ¿Cultivamos la actitud de dejarnos sorprender o nos dejamos arrastrar por la superficialidad del ambiente? ¿Se da en nuestro hogar ese aroma de respeto y admiración del uno por el otro?

Hoy es tan común que al interior de nuestros hogares reine una atmósfera de gritos, de violencia, de recriminaciones y degradación del tú. Pensemos, por ejemplo, en el lenguaje que se usa en el trato cotidiano: tantas veces usamos palabras groseras para llamar, para corregir, para pedir algo... En tal atmósfera, no puede florecer el amor personal.

Cada persona está investida de una dignidad incomparable. Cada uno de nuestros hijos, también el que posee más limitaciones o que no es tan capaz o que no responde a nuestras expectativas. Por ello es importante que, como padres, nos plantiemos la pregunta: ¿acojo, recibo a cada uno de mis hijos? ¿Los acojo en mi corazón? ¿O quizás estoy demasiado centrado en mis cosas, en mi trabajo, en mis preocupaciones, en la televisión, en el computador, en el partido de fútbol, etc., en lo que a mí me agrada, de modo que mis hijos no se sienten verdaderamente valorados por mí?

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de admirar, de pasar por encima de la realidad de los demás, de modo que estamos “ausentes” para ellos, aunque físicamente estemos presentes.

b. El amor es un impulso de entrega al tú

• La madurez de la persona se mide por la capacidad de darse

El verdadero amor nos hace salir de nosotros mismos para ir hacia el otro. De allí que para amar sea necesario superar el infantilismo que todavía pueda haber en nuestro corazón.

La persona inmadura o infantilista siempre está pensando: “los otros no se preocupan de mí”, “no me entienden”, “no me convidan”, “no me valoran suficientemente”, etc. Detrás de esa manera de pensar se esconde un pasivismo, una comodidad y un gran egoísmo, que es preciso desenmascarar.

La madurez de la persona se mide por la capacidad de darse. Una persona no es madura porque sabe mucho o porque realiza muchas cosas.

Para comprobar la verdad de esta afirmación basta sólo con mirar a nuestro alrededor: hombres que trabajan febrilmente, hombres de negocios, estresados, hombres inteligentes, metidos entre sus libros, pero que desconocen la auténtica sabiduría y son incapaces de establecer vínculos personales.

Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad. Y, en verdad, para una verdadera madre o un padre, no dar resultaría doloroso. Ese dar se refiere tanto a lo material como a lo espiritual.

Ahora bien, lo más importante del dar no es lo que se refiere a las cosas materiales. ¿Qué se da en el amor? La persona se da a sí misma. Ello no significa necesariamente que sacrifica su vida por el otro, sino que da lo que está vivo en ella: su alegría, su interés, su conocimiento, su humor, su tristeza, su atención, su servicio, su acogimiento.

Al dar así su vida, se enriquece el mismo. ¿No hemos experimentado acaso que cuando damos normalmente recibimos más de lo que damos? Pero no un dar utilitarista, es decir, con el fin de recibir, aunque no se puede dejar de recibir lo que se nos da en cambio... En este sentido, dar implica hacer de la otra persona un dador. Ambos comparten entonces la alegría de la comunión que surge entre ellos. Algo nace en el acto de dar y las dos personas involucradas se sienten agradecidas a la vida que nace en ellas.

• Hacerse responsable de quien amamos

Esta donación se completa y expresa en el “cuidado”y en la responsabilidad por el tú . El amor consiste, en este sentido, en la preocupación activa por la vida y el crecimiento de

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quien amamos. Cuando falta esa preocupación activa, ello es signo de que no hay amor. Se ama aquella persona por quien se trabaja y se trabaja por quien se ama.

Esta responsabilidad, tan íntimamente ligada al dar y al cuidado, no se siente como un “deber”, o algo “impuesto del exterior”; es un acto enteramente voluntario; constituye nuestra respuesta a las necesidades, expresadas o no, de quien amo. Ser responsable significa estar listo a “responder”. La persona que ama responde. La vida del otro no es sólo asunto de él, sino su propio asunto.

Aprendiendo a darse y enseñando a darse

La medida de nuestra grandeza como padres es la medida de nuestra donación personal, libre y desinteresada a cada hijo. Si la medida de la entrega es pequeña, si la donación es mezquina, nunca nos sentiremos realizados. Todo se decide en la medida que uno esté dispuesto a “perder” la propia vida, que uno se olvide de sí mismo y se responsabilice por los suyos; que se preocupe de comunicarles alegría y de compartir con ellos.

Así, dándonos, podemos enseñar a nuestros hijos a que ellos, a su vez, se den a sí mismos, que estén dispuestos a servir, a fijarse en lo que necesitan sus hermanos u otras personas.

Desde pequeños, nuestros hijos tienen que “sumergirse” en este ambiente donde, poco a poco y siempre de nuevo, se va desterrando el individualismo y el encierro en el propio mundo, en ese egoísmo que una y otra vez reclama “esto es mío”, “éstas son mis cosas”...

Seamos padres que se dan, que no retienen siempre una cuota para sí; que cuidan nerviosamente sus cosas, su tiempo, su tranquilidad... y así enseñemos a nuestros hijos a darse. Hagámoslo junto con ellos, involucrémoslos en este modo de ser y de amar, que nos enriquece y hace felices.

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• Un impulso lúcido de entrega al tú

Estamos profundizando el hecho que el amor es un impulso que nos mueve a ir hacia el tú. Ese impulso, que nace de la admiración por el otro, que a menudo nace espontáneamente, es más que algo instintivo o un puro sentimiento.

Pensemos, por ejemplo, en el amor materno: la madre ama “instintivamente” a su hijo. El hecho de haber dado a luz a ese hijo “de sus entrañas” hace que el apego a él sea, de algún modo, “irracional”, es decir, irreflexivo, enteramente espontáneo. No tiene que reflexionar o descubrir objetivamente las cualidades que su hijo posee para amarlo.

Ese impulso instintivo posee además una fuerte carga afectiva sensible: la madre abraza a su hijo, lo acaricia, lo cuida, está siempre preocupada de él. Su corazón lo lleva profundamente inscrito y el mayor sacrificio para ella sería no poder demostrarle ese amor.

Pero la riqueza del amor materno tiene que superar estos límites. Ama a un hijo como una persona que tiene vida en sí mismo, que posee características propias, que está llamado a ser una persona autónoma. Ella no puede “manipular” a su hijo de acuerdo a su propia voluntad, pasando por encima de lo que él es y está llamado a ser. Su amor no debe ser un amor sofocante o sobreprotector. Esto lo logra cuando ella clarifica su amor a la luz de la razón. No puede tratarlo como una niñita, si es un varón. No puede hacer del hijo un ingeniero si su naturaleza es la de un artista, etc.

Todo amor o atracción que se siente por una persona, se debe clarificar: es necesario iluminar con la luz de la razón nuestros amores. Puede ser que una persona haya despertado el impulso que nos lleva a ella por su atractivo corporal-sexual. Entonces surge la pasión y el enamoramiento. Sin embargo, puede ser que ese amor no sea lícito, es decir, que no corresponda “quererla”, porque quien se siente atraído, enamorado o “fascinado” por su encanto, está ya comprometido con su cónyuge, al cual le ha prometido fidelidad.

En otras palabras, ese impulso, debe ser iluminado, “regulado” o “esclarecido” por la razón: tiene que “objetivarse”.

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El amor instintivo, pasional, cuando pierde la claridad que da la razón, se convierte en una pasión ciega. No es plenamente humano, no ha sido asumido por nosotros como personas dotadas de razón y libertad. Por ello mismo, no somos libres, porque no somos dueños de nosotros mismos al ser arrastrados por las pasiones y por nuestros impulsos instintivos.

El amor no puede existir sin el respeto; y el respeto sin amor muy pronto carecerá de sentido.

P. Kentenich

Por esto, enseñar a amar correctamente a nuestros hijos, requiere enseñarles a clarificar y encauzar sus instintos, de modo que su amor no sea un amor “ciego”, poco lúcido o turbio.1

2. La comunión que genera el amor

El amor es una actitud de alma que contiene en sí una inmensa riqueza. Nos hemos referido al amor como ese impulso que nos mueve a ir hacia la persona que amamos. Pero el amor va más allá todavía: en definitiva aspira a la unión de corazones, a la comunión con el otro. Sólo entonces el amor sacia nuestro anhelo más profundo.

Nuestra felicidad como padres está íntimamente ligada al grado de la comunión o unidad de corazones que hayamos logrado entre nosotros como esposos y a la unión que hemos generado como familia con nuestros hijos.

El saberse pertenencia del tú, “cómplice” y parte de él, el saber que tenemos derecho a establecernos en su corazón y que, en las buenas y en las malas, con salud o enfermedad, respondemos el uno por el otro, ese misterio de unidad es el secreto de nuestra felicidad y plenitud personal.

En la vida familiar se da un sinnúmero de ocasiones en las que se puede cultivar y promover la unidad a través del diálogo, en las que se pueden compartir tareas y responsabilidades, penas y alegrías.

Si queremos educar hijos capaces de comunicarse, de establecer vínculos, de formar familia y de ser semilla de una sociedad más solidaria, entonces tenemos que superar ese ambiente que se da actualmente en muchas familias, donde existe desunión y discordia, donde uno es un extraño para el otro, aunque físicamente se viva junto al otro.

Es preciso que los padres, a partir de la experiencia de ser uno en el amor, de vivir el uno en el otro y para el otro, de haber aprendido a comunicarse y a dialogar, a enfrentar y

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solucionar sus conflictos, enseñen a sus hijos a ser solidarios y a forjar comunidad.

Si esto sucede, entonces cada miembro de la familia une el sentimiento de estar en casa con algo que los hace felices. Y si se alejan del hogar por tareas u otros motivos, su pensamiento y su corazón los hace estar espiritualmente unidos a la familia, a aquellos que los aman y que ellos aman.

Sólo en un ambiente familiar donde reine la unidad se pueden desarrollar personalidades verdaderamente fuertes y seguras, con capacidad de gestar unidad, comunión y participación. Si queremos una sociedad donde todos nos sintamos hermanos, donde haya unidad y solidaridad, es preciso partir por la propia familia.

3. La necesaria cuota de renuncia

No existe una escuela del amor en la cual la renuncia no ocupe un lugar importante. Y esto por un motivo muy sencillo: cada uno de nosotros esconde en su alma una buena cuota de egoísmo. Un mínimo de sinceridad y de autocrítica lo reconoce fácilmente. Hay algo en nuestro interior que frena el amor al tú, que nos dice: “no, ahora preocúpate de ti mismo”; o, “después, ahora estoy cansado y no tengo ganas”; o bien, “para qué preocuparse tanto si los demás no te lo retribuyen como tú lo mereces”, etc.

El auténtico amor requiere de renuncias y, a menudo, de grandes renuncias. Pero esas renuncias no son un peso que nos aplasta o que “nos impide ser felices”, al contrario, el amor de una madre o de un padre lo sabe muy bien: estamos dispuestos a dar todo por nuestros hijos y lo hacemos con alegría, no porque no nos cueste, sino porque los

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amamos y queremos su bien.

Hoy se da poco este espíritu de renuncia y disposición al sacrificio, por eso hay tanto desamor, tanta soledad e indiferencia; por eso existe tanto descobijamiento y angustia. ¡Es preciso revertir esa realidad!

No es fácil lograr esta meta. Pero vale la pena hacer lo posible por alcanzarla: a amar se aprende amando.

1. La necesidad de orientar y clarificar correctamente el instinto del amor corporal y sexual, merece un capítulo especial por la importancia que reviste (puede verse para ello el libro “Educación de la sexualidad”, en la colección “Para que tengan Vida”, de Editorial Patris.)

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Tema de fondo 2

¿Se puede enseñar a amar?

MÓNICA LARRAÍN, Sicóloga

Para

muchos, el “querer a otra persona no se aprende, es natural”. Esa afirmación es verdadera ,hasta cierto punto, en cuanto a que el afecto surge del convivir juntos. Pero para que surja el amor verdadero, debemos apoyar a nuestros hijos en este proceso, igual como lo hicimos cuando ellos empezaron a caminar, a hablar, a comer solos... Ellos necesitan de nuestra presencia, apoyo y ejemplo.

A amar se aprende amando... Si deseamos que nuestros hijos sean personas capaces de amar, nuestra tarea más importante es que experimenten en nosotros el Mundo del Amor. Lo que no requiere de instancias especiales, se experimenta y se vive en el día a día, en nuestra vida cotidiana. En hacer lo ordinario de manera extraordinaria.

La cultura del amor se transmite a los hijos a través de la vida, aquélla que nos toca vivir, a partir de nuestra realidad, en nuestras actividades diarias. Es ahí donde nuestros hijos podrán realmente aprender a amar.

En la primera parte de este artículo nos detendremos en la necesidad de establecer una relación personal con nuestros hijos, relación que se construye en el día a día. En la segunda, nos centraremos en aspectos concretos que debemos tener en cuenta según la edad de nuestros hijos.

1. Establecer una relación personal: Crear vínculos

Como padres debemos desarrollar un estilo de relacionarnos con nuestros hijos. El crear vínculos es forjar una relación de amor personal, cargada de afecto, que se demuestra – no sólo con palabras– sino con gestos y actitudes.

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• Expresión física

La expresión física y sensible de nuestro amor es la base sobre la cual se construye el amor. Ésa es la primera manera de relacionarnos. Cuando nos comunicamos con una guagua, lo hacemos de manera física. En la forma de tomarla, de mirarla, de tocarla y – por último– de hablarle, aunque no tengamos respuesta, le estamos transmitiendo que ella es importante para nosotros, que es alguien en este mundo; le estamos diciendo: te miro, te reconozco, te cuido. Ese amor es la primera vinculación que tenemos con el mundo. Por lo tanto, cuando se habla de “vincularse” hay todo un aspecto corporal muy importante del que no tenemos conciencia. Ese vínculo físico es el modo más primario de relacionarnos y que no debemos perder cuando nuestros hijos crecen. Muchos padres creen que como “sus hijos ya saben que los quieren”, no necesitan la expresión física del amor.

Si nos “apartamos” de lo primero que somos, de esa manera de relacionarnos con el mundo que es sensorial y físico; se produce una distancia de la expresión más concreta del amar.

El contacto físico, los abrazos, los cariños, el saludarnos con un beso, nos vincula y nos relaciona con el otro de una manera muy concreta que es necesaria para experimentarnos amados por los otros.

Podemos, en esta historia, descubrir cómo este contacto puede producir cambios.

Un sacerdote conversaba con frecuencia con una mujer sobre qué hacer con su marido alcohólico. Un día ella le contó: “Padre, de nuevo Juan llegó curado, otra vez se tomó toda la plata”. El padre le dijo: “échelo de la casa, para que él sepa lo que se está perdiendo y para que así reaccione”. La mujer desapareció durante un año. Un día

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volvió a ver al sacerdote y él le preguntó si había echado a su marido. “No, padre. Decidí que iba a hacer algo distinto de reprocharle o gritarle, porque eso ya no me estaba sirviendo. La siguiente vez que llegó Juan curado, abrió la puerta de la casa y allí cayó. Entonces yo fui a buscar una frazada y lo tapé, le puse una almohada en la cabeza y me tendí a su lado. Dormí toda la noche con él y así lo hice noche tras noche... dormí al lado del Juan. Entonces un día él llegó a la casa y me dijo: “un amor así no se puede resistir, yo voy dejar de tomar... y dejó de hacerlo”.

Ésta es una historia real. Para que él reaccionara, esta mujer abrazó a su hombre noche tras noche. Tocó con amor a una persona que se supone no es tocable con amor. Lo miró diferente. Se detuvo, pensó, esperó con paciencia cada noche y el tocarlo con amor lo cambió.

Para muchos el caso de la señora y su marido que tomaba trago, puede ser extremo. Pero nos muestra una verdad: muchas personas actúan frente a otros como si ellos fueran “no queribles”. Pero mientras no logremos “tocar” a esa persona que se siente por nosotros no tocable, no hay ninguna sanación posible. Hay situaciones complejas con los hijos –actitudes agresivas, de rechazo– frente a las cuales creemos que alejarnos es una sana medida. Muchas veces pueden actuar como si ellos fueran “no queribles”. Pero, en el contacto físico, en el modo cómo miro a mi hijo, en un gesto de tocarlo al pasar a su lado, en ir a besarlo al estar acostado, le digo: “no importa lo que esté pasando

entre nosotros, aún seguimos en contacto”.

El modo en que expresamos el cariño es clave, y es clave no sólo con los niños chicos, sino también con los adolescentes, aunque parezca mucho más difícil de hacer. A pesar de que ellos nos griten que quieren estar solos, como padres no debemos retirarnos, sino mantener esa relación: el que no quiere ser abrazado, es el que más necesita un abrazo.

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En una encuesta realizada a un grupo de niñas adolescentes, se les preguntó: ¿Qué les afecta? Las respuestas fueron claras y categóricas: “Nadie nos toca, nadie nos abraza, ni siquiera nos miran”. Los adultos adoptamos una actitud defensiva frente a los adolescentes, pues nos sentimos un poco atemorizados con sus actitudes. Pero en esta etapa, aun cuando no lo parezca –como en todo su desarrollo– es necesario que los padres les demuestren su amor, que los abracen, que les hagan cariño; necesitan no sólo saberse amados, sino sentirlo, y es en la demostración concreta donde ellos pueden experimentarlo.

• Acoger al otro: detención y espera

Establecer una relación personal con nuestros hijos requiere que nosotros –sus padres– estemos disponibles para ellos. Al igual que las plantas que necesitan de la observación y, por lo tanto, de la detención y espera de quienes las cuidan, para descubrir cuándo necesitan ser abonadas, regadas e incluso podadas. Nuestros hijos también requieren de nuestra detención y espera.

La vida actual, rápida, llena de cosas, nos hace difícil aprender a detenernos y a esperar; cuando estamos en la casa, tenemos que estar haciendo algo, nos cuesta tanto detenernos...

Veamos un ejemplo:

Una madre dice amar mucho a sus hijos. Es una mujer muy activa, siempre está realizando alguna actividad; tiene tres hijos que ya son más grandes. Un sábado les dice: “Hoy voy a almorzar con ustedes”.

Uno de sus hijos le responde que no puede, pues tiene un partido de fútbol. El otro le dice que se puso de acuerdo con unos amigos para hacer un trabajo; y el tercero, que tiene un asado con sus amigos.

La madre reacciona diciendo: “¡Ven! Cuando yo quiero, ustedes no están”. Uno de los hijos le responde: “Mamá, me gustaría que estuvieras aquí”. – “¡Ah! Tú quieres que yo esté aquí esperándolos”, responde la madre.

– “Si, me gustaría saber que voy a llegar a la casa y va a haber alguien esperándome”. Para esa mamá, esperar no tenía ningún sentido; era inútil esperar.

¿Por qué la gente no espera? Porque hemos olvidado el poder de la presencia. La presencia de los padres es importante, sólo por el hecho de estar. Si estamos apurados y llenos de actividades, pasamos de largo. La presencia es la que transmite “estoy aquí, disponible, para cuando tú puedas o estés preparado para venir”. Si estamos ahí para nuestros hijos, podrán acercarse a nosotros cuando crean que es tiempo; si ando

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apurado, acabo imponiéndoles mis tiempos de comunicación o para estar juntos.

Un ejemplo para aclarar conceptos. La mamá está preocupada porque su hija de 14 años anda con cara larga. Le pregunta:¿Qué te pasa, mi amor? Nada... ¡¿No, pero cómo

no te va a pasar nada, mira la cara con que estás?! Entonces la niñita, frente a esa

reacción, se queda callada. Cómo va a hablar, si la mamá no tiene tiempo para esperar a que ella lo haga. Cuando se espera de verdad, uno se queda al lado en silencio; con esa actitud uno le dice: yo voy a esperar hasta cuando tú puedas hablar y estoy

disponible para cuando tú quieras. Frente a esa situación, la hija dice: sabes, lo que me pasa es esto... No hay que forzar el diálogo, no hay que presionar pues, de esa

manera, sólo se va acumulando violencia sobre violencia. Expresiones tales como:

¡¿Pero, qué te pasa...?! ¡Mira la cara con qué andas! ¿Cómo que no te pasa nada...? ¡¿Por qué no me quieres contar?! Tú no me tienes confianza... Estas frases

sólo dificultan la posibilidad de diálogo y con ello aumenta el distanciamiento entre padres e hijos.

Hay otras ocasiones en que el adulto pregunta; pero cuando le contestan, tampoco acoge, no escucha; sólo quiere solucionar o resolver. Está apurado, ansioso por encontrar una solución; no hay tiempo para escuchar, para acoger lo que el niño nos dice.

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Detención, silencio y espera, son tres aspectos que van juntos en una misma actitud.

Padres fuera de la casa

¿Qué pasa cuando ambos padres trabajan? ¿Cómo pueden estar presentes? ¿Cómo su presencia se hace sentir?

Una madre puede estar presente, estar conectada de manera espiritual. Para eso es necesario pensar en los hijos, tenerlos presentes. Es conectarse con él espiritualmente. Una madre que quiere estar en su casa, pero tiene que trabajar, puede tener presencia total frente a los hijos, quienes sí lo sienten; se produce un efecto sobre ellos, como si la mamá estuviera físicamente en la casa.

Esta historia real nos ayudará a comprender lo anterior.

Una señora fue abandonada por su marido y tuvo que hacerse cargo de sus hijos de 8 y 10 años. Como sólo había estudiado hasta tercero básico, el único empleo que encontró fue hacer aseo en oficinas, por lo que tenía que trabajar en las tardes. Entonces, cuando los niños llegaban del colegio ella ya se había ido, por lo que sus hijos se quedaban solos en la casa. Los niños veían toda la tarde televisión, se sacaban malas notas en el colegio y empezaron a vagar por el barrio. Ella no sabía qué hacer, llegaba cansada en la noche, no podía ni siquiera corregir las tareas, porque había llegado hasta tercero básico. Entonces le dijo a sus niños, sabiendo que no tenía ninguna forma de control: “No quiero que vean televisión toda la tarde, no les hace bien. Quiero que lean un libro a la semana y me escriban un informe sobre lo que leyeron”. Lo exigió convencida de que ellos lo iban a hacer. Los niños empezaron a sacar libros de la biblioteca y le hicieron caso porque estuvo semanas pidiéndolo de manera constante. Entonces empezaron a hablar de lo que

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estaban leyendo y pasaban más tiempo en su casa, entendían cada vez más lo que leían, empezaron a entretenerse y a estudiar. Cuando los niños leían, pensaban en que su mamá se los había pedido y en cómo le contarían a ella de qué se trataba el libro. La mamá exigía los informes. Los niños empezaron a subir las notas, y llegaron a ser excelentes profesionales.

Los padres que trabajan, pueden vincularse a sus hijos. Se comunican y los padres les demuestran que les importa lo que ellos hacen, lo que les pasa. Una madre puede decir a su hijo: “llámame si vas a salir”. O “si tú vas a salir, quiero que me llames, porque a mí me importa dónde vas a estar”. Lo que denota interés es el modo de decirlo . Una manera es liviana: “llámame si vas a salir”. La otra no lo es: “tú me vas a llamar si vas a salir para saber donde estás, porque me importa y me preocupa”. Ésa es una manera preciosa de estar conectada... Mostremos en las palabras y en el cómo decimos algo, que nuestro hijo nos importa.

Amar es tener presente a los hijos en el corazón todo el tiempo. Esto no es nada de fácil. Es impresionante lo poco que pensamos en los otros, ¿Por qué no pensamos en el otro? Porque hay una cuota de comodidad, en no hacer el esfuerzo para salir de uno. Tendemos a centrarnos en nosotros. Y para amar hay que salir de uno mismo, pensar y tener presente a aquellos que amamos.

A modo de síntesis, la presencia física es muy importante, pero si no se puede estar físicamente, el hijo siente cuando sus papás piensan en él.

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2. Amando paso a paso en contacto físico y en

acogimiento

Sabemos que es importante que nuestros hijos sientan que los queremos, aun cuando nuestro trabajo no nos permita estar en la casa. Puede ayudarnos el conocer qué aspectos debemos tener presente según la edad de ellos, de tal manera de centrar nuestra atención en esos aspectos.

Entre 0 y 5 años:

Es importante todo lo relacionado con el cuidado físico de los niños:

• El contacto físico con el hijo: bañarlo, peinarlo, lavarle el pelo es un espacio de

cariño; sin embargo, abrazarlo tiernamente, mirarlo a los ojos, darle besos al despertarlo o al ir a dormir, son el lenguaje que más comprende un niño pequeño.

• El expresarle el cariño en las palabras: lenguaje amoroso, ojalá un sobrenombre

cariñoso o un gesto que sea sólo con él o con ella.

• Juego: aunque no siempre nos entretenga hacerlo con los niños, un espacio de juego

que se repita es importante, jugar a la peluquería, chacotear, leer un cuento. • Ambiente ordenado.

Entre 5 – 10 años:

• Cuidado físico: preocuparnos del aspecto físico del niño, para que él salga digno al

mundo. Es una manera de presentarse y de aportar a su ambiente; porque como él se presente ante el mundo, influye en cómo va a ser mirado.

• El juego ya no sigue siendo algo esencial; el niño es más independiente, pero

necesita oportunidades de recreación. En esta edad pueden querer mostrarnos el fruto de su juego: “mira cómo lo hago” “mira cómo me quedó”. Los segundos en que detengo mi labor para mirar con interés y el comentario amoroso frente a eso que el niño ha realizado, no toma mucho tiempo, pero implica aceptar con cariño esa interrupción.

• Formación de hábitos: En esta etapa, muchos padres, por comodidad o por el

desgaste que implica, no entran en la dificultad que es intentar formar hábitos. Cuando no hay una preocupación por lo básico, por parte de los padres, los niños sienten ese descuido como falta de amor. La formación de hábitos es, entonces, un acto amoroso que se debe hacer “amorosamente”. Éste requiere de un control paciente por parte de los adultos pues no es algo que se logra automáticamente.

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– Higiene

– Responsabilidad en las tareas – Presentación personal

– Capacidad de llevar los materiales

El niño empieza a salir al mundo, se incorpora a la comunidad escolar y necesita hacerlo protegido: con su colación, con todos sus útiles escolares, ordenado. Y si no puede llevar todos los materiales, al menos que disponga de los mínimos para poder trabajar en clases.

• Acogida. Los padres, además de ayudar a los hijos a salir al mundo, deben acogerlo de

vuelta. Es necesario un amor práctico que se expresa en una responsabilidad de parte de los padres, en el interés que se demuestra por las cosas que le pasan en el colegio y en lo relacionado con él. Si ese día tuvo prueba de matemáticas, acoger es preguntarle por eso que el fue a hacer en el mundo, pero no como un rendimiento sino por interés por él. “¿Qué tal la prueba, te sentiste bien....?”

Ideas de acogimiento para los padres que trabajan fuera de su casa:

1. En la noche, al llegar del trabajo, le pueden decir a sus hijos: “cuando son las 4 de la

tarde te imagino entrando a la casa y no sabes cuánto me gustaría estar ahí para recibirte”. De esa manera “virtual” de unirse, el hijo sabe que a la mamá le gustaría estar, que se acuerda de él, y que realmente lo hace. Existe una conexión.

2. Puede dejarle una nota para que la lea cuando llegue a la casa del colegio.

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plato con la comida.

4. Poner juntos la mesa antes de irse al colegio y/o a trabajar. Aquí hay un doble

trasfondo, al decirle al niño: pongamos la mesa para que cuando vuelvan los reciba la mesa lista, no solamente lo estamos amando sino que le estamos enseñando a amar.

5. Crear una cultura del amor en la forma cómo hacemos o pedimos las cosas. Por

ejemplo, preocuparse de peinarlos cuando son chicos y cuando son más grandes mandarlos a que lo hagan con palabras amorosas; cuidar siempre el trato y el lenguaje.

6. La madre que trabaja cuando llega a la casa tiene muchas cosas que hacer. Entonces

puede convidar a un niño a estar con ella mientras hace las cosas y, a través de éstas, por ejemplo con las manitos ocupadas pelando un tomate, se produce una conversación que es muy productiva.

“Amáos los unos a los otros, como yo os he amado”.

Juan 13,34

Ideas de acogimiento para la mamá que trabaja en su casa:

Además de las anteriores, puede:

• Esperarlos a tomar té como un momento de encuentro: la diferencia está en cómo se prepara el té, en cómo la mamá se sienta con ellos, en lo que se conversa. Hacer lo que sea para que los niños se sientan esperados, y que la mamá –a pesar de tener muchas cosas que hacer (tender la ropa, ir a comprar, planchar, salir donde una amiga), se detiene, los espera y se sienta con ellos. Aquí una frase puede ser muy aclaradora. Lo urgente no puede esconder o borrar lo importante. Tender la ropa es lo urgente, lo importante es acoger a mis hijos; la idea es dar prioridad a lo importante y no a lo urgente. La ropa se puede colgar después. ¿Por qué es importante sentarse a tomar té con ellos?

a) Genera estabilidad: siempre tomamos té de la misma manera; permite tener recuerdos amorosos para la vida.

b) Se produce una sensación de: “estamos todos juntos”.

c) Cuando un niño llega del colegio, llega con el ahogo de todo, después las cosas ya se le olvidaron. Ciertas cosas que uno no conversó a la hora del té, después se olvidan; ése es el momento para que se pueda producir ese diálogo.

• En esta etapa los niños deben tomar conciencia que lo que ellos hacen y cómo lo hacen, afecta al medio en que están y al ambiente en el que actúan. Por ejemplo, cuando ellos hacen una tarea, no sólo la hacen para sí mismos, sino que la hacen para que el ambiente de su clase sea mejor, pues aporta al aprendizaje de su curso.

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Eso es enseñar a amar, eso es enseñar a aportar al bien común.

• Pueden comenzar a ver al otro como necesitado. Por ejemplo, si una niñita tiene que llevar un género para hacer una muñeca y encuentran dos, la mamá le puede decir: “lleva los dos, puede haber una compañera que en su casa no tenga y tú le puedes regalar uno”. Además de enseñarle a ser responsable y a aportar, está aprendiendo a ver al otro como alguien que la necesita.

• Promover la colaboración entre hermanos, repartirse las tareas de la casa de acuerdo a las edades de cada uno: poner la mesa: el más chico las servilletas, el mediano los cubiertos, el más grande, los platos y vasos; el mayor puede calentar la comida y los otros retirar después, etc.

10 a 15 años:

Junto con todas las anteriores, se pueden profundizar algunas:

• Reforzar la ayuda y el trabajo entre los hermanos y con toda la familia, trabajen o no ambos padres. Los niños deben aprender a poner sus habilidades al servicio de los demás. Si la mamá necesita ayuda, puede pedírsela a uno de sus hijos. En caso que él le diga que no tiene ganas, no hay que quedarse con la respuesta negativa, porque al hacerlo le estamos quitando dignidad al hijo. Cuando un niño tiene una actitud que no está bien, los padres tienen que mostrar asombro, no reaccionar de la misma manera y deben tratarlo con la mayor dignidad posible. Los padres deben esperar lo mejor de sus hijos, (entre más esperas, más dan), porque su mayor dignidad, es dar todo de ellos. “Realmente necesito tu ayuda, sé que te puede dar lata, pero piénsalo y decide”.

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empieza a producir un ambiente, en que todos colaboran entre si. Pero hay que esperarlos y creer que son capaces de dar y para ello hay que crear las condiciones.Mostrar necesidades específicas de cada hijo y pedir colaboración a sus hermanos: “Pancho está triste porque en el recreo juegan al fútbol y él cree que es muy malo para jugar ¿Cómo crees que le podrías ayudar tú?” “La Andrea está complicada con las divisiones; te acuerdas que a ti te costaron tanto,¿cómo la podrías apoyar?” Ignacio está lleno de trabajos, ayudémosle un poco, así se acostará más temprano”.

Para que nuestros hijos aprendan a amar es necesario que los introduzcamos en el mundo del amor, cuando les expresamos y transmitimos amor, les estamos enseñando a amar y a cómo hacerlo. Somos nosotros los padres, los primeros llamados a traspasar a nuestros hijos la Cultura del Amor. Debemos posibilitar que lleguen a ser adultos responsables, capaces de aportar todas sus cualidades y talentos pero, principalmente, que puedan aportar su capacidad de amar.

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Para poner en práctica

Algunas ideas que nos pueden ser útiles

El amor en el día a día

Los pequeños detalles: Como padres tomemos la decisión de hacer nuestras tareas obligatorias, o de rutina diaria, con amor, como: el tener pan en la casa, ir a bus- carlos al colegio, celebrarlos para el cumpleaños, etc. Tenemos que recordar que éstas son obligaciones de padres y que nacen del amor por los hijos.

No pasar la cuenta: Evitemos sacarles en cara lo que hacemos por ellos, especialmente cuando estamos enojados o sentidos por algo. Si tenemos que llamarles la

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atención, esperemos para hacerlo cuando la rabia ya haya pasado.

Creo en ti: Hagámosles saber y sentir que confiamos en que ellos sabrán usar sus cualidades para lo que tienen que hacer. Motivemos a nuestros hijos en las labores que realizan: Ej.: el trabajo te va a quedar bien porque siempre has tenido habilidades manuales. O sé que vas a llegar a la hora porque nunca te atrasas para las clases, etc.

Ante una mala actitud: Evitemos decir: “¡Hasta cuándo haces eso!” o “¡tú

siempre haces las cosas mal!”. Más bien mostremos nuestra impresión, que se den

cuenta de que nos ha sorprendido su mala actitud, pues confiábamos en que actuaría de otra forma.

Enseñemos con amor: Las actividades diarias, pueden ser una buena instancia para establecer una relación personal con los hijos. Al incluirlos en las actividades de la casa, enseñándoles cómo hacerlas, les estamos transmitiendo costumbres: cocinar, ordenar la casa, reparar algo, preparar las cosas para un paseo, maestrear, etc.

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Estar disponibles: Preguntarles por sus actividades, demostrando que nos interesamos por ellos desde el corazón y no sólo por saber lo externo: la nota, la hora de llegada, el número de personas que había en tal o cual parte, etc.

Cómo lo digo: Cuidemos la manera de hablar con nuestros hijos. No pidamos las cosas a gritos o con malas palabras. No usar palabras violentas ni golpes.

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Expresarles nuestro cariño: Abrazarlos, hacerles cariño, decirles que los queremos, saludarlos cariñosamente cada mañana, despedirse de ellos en la noche, avisarles si vamos a salir y a qué hora vamos a llegar son todos signos del amor y del cariño que les tenemos.

Eso es lo que hago: Contar a los hijos qué hacemos en el trabajo, si es posible llevarlos para que lo conozcan.

En el colegio: Invitarlos a ser solidarios con los compañeros, comunicarse con el compañero que faltó, ayudarlo a ponerse al día con los cuadernos, compartir los materiales con el que no tiene, enseñarle al que no entiende, etc.

Facilitarles según nuestras posibilidades, lo necesario para que puedan desempeñarse en sus actividades: materiales para el colegio, presentación personal, ropa adecuada, etc.

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Irradiando amor

Apoyo entre los hermanos: Facilitar y motivar a que los hermanos se ayuden unos a otros, en el estudio de una materia, en la preparación de un trabajo, en el arreglo de la casa, etc.

Somos una familia: Buscar o crear instancias en las que compartamos todos como familia. A medida que van creciendo esto va siendo más difícil y tendremos que ir aplicando creatividad y, muchas veces, tolerancia: música fuerte, comidas distintas, horarios que no nos acomodan, etc.

Preocupados por los otros de la familia: Enseñemos a los niños a ser responsables de la relación familiar dándoles la oportunidad de ser ellos los que llaman a los abuelos, o visitan a un tío, invitan a un primo, etc.

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Para meditar

“Pienso que hoy el mundo está de cabeza, y está sufriendo tanto porque hay

tan poquito amor en el hogar y en la vida de familia. No tenemos tiempo para nuestros niños, no tenemos tiempo para el otro, no hay tiempo para poder gozar uno con el otro, y ésa es la razón por la cual hay tanto sufrimiento

y tanta infelicidad en el mundo de hoy... Todo el mundo hoy en día parece

estar en tan terrible prisa, ansioso por desarrollos grandiosos y riquezas grandiosas y lo demás,

de tal forma que los niños tienen muy poco tiempo para sus padres. Los padres tienen muy poco tiempo para ellos, y en el hogar comienza el rompimiento de la paz del mundo.

El amor comienza en el hogar; el amor vive en los hogares.”

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Testimonios

El sentirse amada implica una amplia

gama de signos y experiencias

CAROLINA A. BRAÑAS G.

Cuando

me pidieron dar este testimonio contesté inmediatamente que sí. Aunque después me arrepentí, me di cuenta que lo que me hacía hacerlo era que la persona que me lo pidió hizo dos cosas que comprometieron mi corazón. La primera: me lo pidió en forma personalísima, me explicó que había sido después de pensarlo mucho y lo hizo con el mayor de los cariños; frente a lo cual uno no puede decir no. Segundo: en una oportunidad, después de trabajar juntas para recaudar fondos para un Santuario, me hizo un regalito muy pensado, dedicado, en señal de gratitud y cariño; gesto que me hizo sentir profundamente querida y estimulada a seguir adelante.

Creo que este ejemplo retrata que, en la vida, el sentirse amada implica una amplia gama de signos y experiencias, donde alguien nos expresa concretamente su afecto ya sea en palabras, actitudes o tan diversamente como distintos somos unos de otros. Porque, fundamentalmente, lo que con el tiempo se ha ido afinando en mi vida no es la cantidad de amor que recibo (siempre ha sido más de lo merecido), sino la agudeza de mi vista, oídos y corazón para detectar y recibir todo el cariño que hay a mi alrededor, desde lo auténtico del otro.

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Aquí concretamente se me vienen a la mente mis amigas, ésas del corazón, contadas con los dedos de una mano, tan irreemplazables y únicas para manifestarme su cariño. La que ha compartido conmigo, desde chica y hasta el día de hoy reclama mi tiempo para donarse por completo a mi corazón y para seguir creciendo juntas. La que claramente organizaría un ejército –si lo necesitara– para ir en mi rescate. La que es una fuente inagotable de cariño, presencia, palabras positivas y que, cuando necesito un poco de seguridad, me puede hacer sentir Einstein... Para su mirada, todo lo mío es bueno y, en esta “cómica subjetividad”, reafirma su absoluta disposición a estar siempre para todo lo mío. O con la que arreglo el mundo, con la que abre su corazón como un gran tesoro del que pocos tienen llave y que, en señal de su cariño, me ha entregado una copia reluciente.

En fin, así de diverso es el camino de sentirse querida.

Miro mi historia y saltan personas importantes que me han ido regalando esas raíces profundas que da el amor, gracias a las que podemos aguantar las grandes tormentas y beber del agua de los buenos tiempos.

De mi papá recibí –desde siempre– todo su afecto expresado con la mayor ternura. El papá siempre tenía tiempo para abrazar, acurrucar y escuchar tranquila y pausadamente lo que uno tenía para contar. Nos llevaba, todos los fines de semana, el desayuno a la cama, a todas “sus mujeres”. Somos tres hermanas y mi mamá. Cuando comíamos y había un postre rico, en especial uno que supiera que a una le gustaba, no dudaba en regalarlo y, sobre todo, era un mago para hacernos reír y sacar de la rutina con su humor. Hoy en día, el postre lo reciben los nietos, el consejo y la preocupación siempre están dispuestos e igualmente se sigue preocupando porque me levanto temprano, porque el piso está resbaladizo con la helada o porque he bajado un poco de peso... ¡Preocupación y amor de papá! Y uno, no importa la edad que tenga, es la hija, la menor, “el negrito”... Con mi mamá aprendí la gran verdad de mi vida. Es con quien más peliaba, a quien más le exigí, con quien, a lo mejor, menos puntos de vista tenía en común o frente a la que me sentía más exigida. Y, sin embargo, con quien más se me ha regalado la gracia de sentirme profundamente amada, no importa si hay discusión, no importa si no hay acuerdo; porque el amor profundo que nos da la vida, trasciende todo. Porque ahora – como mamá– comprendo cómo el día a día nos expone al agotamiento, cómo el cansancio y el ajetreo nos pasan su cuenta. Con ella he aprendido que para sentirse amada hay algo mucho más profundo que traspasa nuestra pequeñez; y que los hijos son ese gran regalo de Dios que nos obliga a enfrentar nuestras limitaciones, nuestros temores y dar ese salto de confianza en Dios para poder asumir lo débiles que somos y aventurarnos confiados en este desafiante camino de ser papás. A lo mejor, la mamá no era de grandes arrumacos, pero vivía preocupada de los detalles. Era la que a uno la adivinaba en su sentir; la que se preocupaba de la “tenida” para la fiesta; la que enfrentaba la situación, aunque costara un enojo; la que, en la noche, se acostaba con

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uno cuando tenía susto, aunque para ella fuera un gran regalo el dormir bien, (es una gran donación de amor que yo puedo hacer por un hijo... donar mis horas de sueño). La que veía la realidad tal cual, sin adornarla o tratar de cargarla para nuestra conveniencia, con total objetividad... ¡Y cuánta rabia me daba a veces que no me apoyaran o consintieran todo lo pedido! Rabia... pero nunca dudas sobre su profundo amor por mí, su preocupación, su compromiso con mi historia y mi futuro. Además, Dios nos ha regalado el maravilloso tiempo actual donde la descubro con ternura y admiración en su relación y amor por sus nietos y en su amor incondicional conmigo... Porque la mamá siempre está dispuesta para nosotras. En el nacimiento de cada nieto, es un segundo parto para mí cuando la mamá, después de estar una semana en mi casa, se va. ¡Protección de mamá!... Calorcito de mamá. Además, hoy más que nunca, nos hemos dicho: “te quiero”...

Y bueno... ¿cuándo me he sentido más amada? Cuando hubo alguien, único y especialísimo, que me hizo sentir más única y espacialísima aun. Me invitó a formar una familia y caminar de su mano hasta “que la muerte nos separe”. ¡Cómo mi marido ha sido para mí una constante e inagotable fuente de amor en mi vida! Sí, porque es con él que me he sentido una mujer completa, estimulada, respetada, valoradísima, linda... No crean que porque tenga un súper ego, sino todo lo contrario. Él ha hecho relucir en mí lo mejor y yo he celebrado, admirado, acompañado y estimulado todo lo que el amor me hace ver y redescubrir a diario en él. Sí, porque con él he aprendido que todo puede servir al amor si somos simples para vivir; si manifestamos claramente lo que queremos; si respetamos el tiempo y el espacio del otro; si no tratamos de aclarar algo en plena guerra, sino más bien esperamos que decante la rabia; así evitamos ofender gratuitamente y hacer daños que tanto cuestan reparar después. Que él, que se dice antisocial, es capaz de asistir a un gran evento por acompañarme a mí; que aunque no crea en lo mismo que yo, si para mí es importante y me ve feliz, me apoya; está dispuesto a ceder de su tiempo y trabajo porque me quiere...Y, muy especialmente, que el “humor” y la alegría son la mejor herramienta para mantener vivo el amor.

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podido experimentar: la INCONDICIONALIDAD de mis niños, ese rasgo maravilloso del amor me lo regalan a diario ellos. Los que, en teoría, yo pretendo educar son mi escuela predilecta del amor incondicional y misericordioso de Dios Padre. Me enternece con cuánto amor perdonan todas las rigideces y mañas maternas (ésas mismas por las que yo me enojaba tanto) y no dudan en besar, abrazar y querer a la mamá. Con cuánta sabiduría saben ver que, detrás de cada corrección, hay un profundo y cálido amor. Desde hace poco tiempo intento hablar menos y escucharlos más, enseñarles menos y aprender más de ellos, retarlos menos y acariciarlos más, herirlos menos y pedirles más perdón... A ver si así me vuelvo un poco más niña, y aseguro mi camino de vuelta hacia los brazos del Padre.

Dios no renunciará jamás al amor de predilección por cada uno de nosotros ni a su voluntad de conducir a cada uno a la plenitud de la vida. P. Mario Romero

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Preguntas y respuestas

¿Qué hacemos?

JOSEFINA RAMÍREZ L.

JOSEFINA RAMÍREZ L. EDUCADORA A CARGO DE LA CÁTEDRA : “CONTEXTOS EDUCACIONALES Y FAMILIA” DE LA UNIVERSIDAD ANDRÉS BELLO.

Trabajo todo el día para mantener a mi familia. En la noche llego muy

cansada y siento que no puedo dedicarme a mis hijos. Tienen muy malas notas en le colegio, no sé que hacer.

R. Acércate y busca a integrantes de la familia ampliada tuya y de tu marido, de vecinos

y amigos que puedan ser de ayuda. Te sorprenderá que muchos estarán dispuestos a acompañar y apoyar a tus hijos en este periodo, si tú explicas claramente lo que necesitas. Sin embargo, debes también pensar a largo plazo. Es decir, debieras organizarte, poco a poco, de manera que tú trabajo y necesidad de proveer, no te dejen sin contacto con aquéllos por los que estás trabajando. Si esto significa un menor ingreso, será importante adecuarse a la nueva realidad en beneficio de una mayor calidad familiar. Lo otro importante es que tus hijos se vayan convirtiendo en personas más autónomas. Las normas deben poder ser supervisadas con menor presencia tuya, pero deben estar claras para todos en su edad y necesidades. Controlar las horas de televisión y definir claramente las horas para estudiar. Pero también debes dejar espacios para el esparcimiento y ocio.

Por último, intenta que, a tu llegada a la casa, sólo un tercio del tiempo con ellos sea dedicado a revisar lo que han hecho y sus responsabilidades. Otro tercio del tiempo, intenta dedicarlos a COMPARTIR con ellos las responsabilidades de preparar comida y organizarse para el día siguiente. Esto les dará una actividad en común y les permitirá apreciar entre ustedes lo que el otro hace en beneficio de la convivencia familiar. Finalmente, y lo más importante, dedica el otro tercio de tiempo a ESTAR juntos. Hablar y comentar algo que haya pasado en el día, sin grandes juicios y normas. Esto debiera redundar en que tus hijos, frente a un ambiente un poco más controlado, pero a la vez más distendido y de mayor CONVIVENCIA, respondan con mejores notas y resultados en el colegio; en parte, por un ambiente mas adecuado; y en parte, en respuesta al amor que sienten que les entrega su mamá.

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Mis hermanos me dicen que soy muy agresivo con mis hijos, que no puedo

seguir tratándolos con malas palabras, pero la verdad es que es la única forma en que me obedecen.

R. Probablemente, es verdad que tus hijos sólo te obedezcan con agresividad. Sin

embargo, esto tiene un origen que es posible revertir y reeducar. Muchas veces la agresión es la respuesta natural del adulto que quiere imperiosamente el bien de sus hijos, y quiere que elijan lo correcto. Esa motivación, siendo buena, nos puede llevar al error de creer que podemos elegir POR ellos. Debemos mostrar lo que desde nuestro punto de vista es correcto, y dar las normas básicas para que los niños cumplan con lo que pedimos. Para esto debemos exigir ciertas cosas básicas, y exigirlas A LA PRIMERA. Eso quiere decir que el no cumplir estas pocas normas básicas, tendrá consecuencias que implicará perdida de algún derecho que ellos tengan. Ejemplo: si no guardan sus juguetes, se les quitara el juguete por un tiempo corto hasta que demuestren que saben usarlo; si no llegan a la hora estipulada no tendrán permiso para salir la siguiente vez, hasta que demuestren respeto frente a los acuerdos. Lo que debes evitar es empezar a discutir estas normas y a conversarlas. Esto normalmente lleva a ir subiendo el tono hasta llegar a los gritos. El tema frente a estas normas básicas (que cada familia debe acordar y conversar) es NO DISCUTIRLAS. Se cumplen o se pierden los derechos que vienen con ellas. Si esto se cumple, tu sensación de autoridad será mayor y probablemente tu necesidad de imponerte disminuirá. Así, frente al resto de las normas, podrás ser más flexible y recordar lo dicho al principio: los niños decidirán el camino y acciones que tomarán y tú podrás mostrar el camino, pero sólo ellos terminarán eligiéndolo. Darles mayor responsabilidad también te quitará el peso que pareces sentir en cuanto a sus acciones. Tú eres la guía, pero no puedes vivir ni elegir por ellos.

El secreto de la felicidad no está en hacer siempre lo que se quiere, sino en amar siempre lo que se hace.

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Pauta de trabajo

Las siguientes preguntas son una invitación a la reflexión

1. ¿Cuáles creemos que son nuestras mayores dificultades para transmitir amor a nuestros hijos?

2. ¿Qué actividades diarias que realizamos con nuestros hijos pueden ser instancias para que ellos experimenten nuestro amor? ¿Cuáles otras podríamos hacer?

3. ¿Qué características de cada uno de nuestros hijos se nos hacen difíciles? ¿Estamos dispuestos a aceptarlas?

4. ¿Podemos reconocer en nosotros actitudes de nuestros padres que nos hubiesen gustado no repetir? ¿Qué podemos hacer al respecto?

5. ¿Qué renuncias hacemos por nuestros hijos? ¿Deberíamos renunciar a algo más por ellos?

6. ¿Qué costumbres familiares tenemos hoy día para que nuestros hijos se sientan acogidos? ¿Qué otras nuevas podríamos incorporar?

7. ¿Cómo enseñamos a nuestros hijos a ser solidarios con sus compañeros? ¿Cómo podríamos ayudarles a ser más preocupados por los otros?

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El amor es verdadero cuando crea el bien de las personas y de las comunidades, lo crea y lo da a los demás. Sólo quien,

en nombre del amor,

sabe ser exigente consigo mismo, puede exigir amor a los demás; porque el amor es exigente.

Juan Pablo II,

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(53)

Índice

Título

2

Índice

4

Créditos

5

Presentación

6

Tema de fondo 1:

7

Enseñar a amar 7

Tema de fondo 2:

21

¿Se puede enseñar a amar? 21

Para poner en práctica

33

Para meditar

39

Testimonio:

41

El sentirse amada implica una amplia gama de signos y experiencias 41

Preguntas y respuestas

46

¿Qué hacemos? 46

Referencias

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