es ayudar al lector a valorar la importancia de las diversas soluciones aportadas al compararlas entre sí.
1. El ser de Parménides
Según Polo, la influencia de Parménides en la historia de la metafísica ha sido decisiva, ya que fue él quien estableció las
coordenadas fundamentales desde las que se desarrolla la especulación posterior acerca del ser[1]. En gran medida se puede sostener que la historia de la metafísica se ha desplegado o como una crítica de las tesis de Parménides o como una aceptación de ellas —aunque en la mayoría de los casos tanto su crítica como su aceptación haya sido implícita—.
Como es sabido, Parménides establece como tesis fundamental de la metafísica la uniformidad absoluta del ser[2]. La identidad del ser parmenídeo es tan radical que no sólo se excluyen las distinciones internas al ser, sino que también se omite la distinción entre el ser y el pensar —como queda recogido en las célebres frases de Parménides: “es una misma cosa el Pensar con el Ser”[3]; y “lo mismo es el pensar y aquello por lo que «es» el pensamiento”[4]—. Ahora bien, si no se acepta ningún tipo de distinción, la metafísica se paraliza de entrada. En rigor, el camino metafísico abierto por Parménides es imposible de prolongar si se aceptan sus propios presupuestos. Si el ser parmenídeo es por completo homogéneo —“siempre presente en identidad consigo mismo”[5]—, todo intento de avanzar en metafísica equivale a la negación del monismo primigenio del ser; pues si cabe descubrir nuevas verdades metafísicas es justo porque las verdades alcanzadas son distintas a las que ya se poseían, y eso implica tanto que existen distinciones reales extramentales como que el ser es distinto del pensar[6]. Pero el planteamiento metafísico parmenídeo, tomado en sentido fuerte, niega precisamente cualquier distinción extramental; más aún, como señala Polo, “la unidad del ente de Parménides es tan estrecha que conlleva la imposibilidad de predicar acerca del ser”[7]; o enunciado con palabras de Parménides: “el Ente no es divisible, porque todo él es homogéneo”[8].
Por tanto, si únicamente se admite la vía del ser y la del no-ser —y esta última de suyo es intransitable—, sólo cabe recorrer un camino, a saber: el de la uniformidad del ser. Este camino, por ser sólo uno, se convierte en omniabarcante y homogeneizador, o sea, absoluto; y eso hace que toda investigación metafísica quede siempre reducida a una: a la de la identidad monolítica del ser —donde no cabe introducir ninguna prolongación metafísica—. En síntesis, para Parménides, “un solo mito queda cual camino: el Ente es”[9]. He aquí el nacimiento de la metafísica y su consumación al mismo tiempo[10].
En Parménides la metafísica se detiene, se paraliza en su inicio porque se establece como mayor distinción metafísica la que se encuentra entre el ser y el no-ser. Pero dicha distinción no afecta al ámbito de lo real —no es interna al ser—, por lo que Parménides no
puede ampliar su propio planteamiento metafísico sin incurrir en contradicción; esto es, para preservar la completa homogeneidad del ente, no se puede admitir una distinción interna al ente, pues en ese caso una de las partes del ente se tendría que distinguir de la otra, pero entonces habría que sostener —para poder mantener la distinción sugerida— que una de las partes del ente es no-ente, y eso es contradictorio[11].
Como se puede observar, la mera distinción entre el ser y el no- ser tiene escaso calado metafísico porque con ella no cabe profundizar en el conocimiento de la realidad extramental. Con todo, la mencionada distinción es la primera que la metafísica debe establecer para constituirse como ciencia del ser[12], aunque de ningún modo esa distinción —que es la primera— debe ser la última, pues ello comporta de inmediato la detención de la metafísica desde su inicio.
Para no introducir la aludida detención, una vez distinguida la vía del ser de la del no-ser, la metafísica deberá avanzar por la vía del ser abandonando la uniformidad y homogeneidad metafísica introducidas por Parménides[13]. Es decir, la metafísica sólo podrá avanzar en la medida en que descubra distinciones internas al ser —o sea, en la medida en que descubra distinciones más profundas que la oposición entre el ser y el no-ser—. En ese sentido, y después de más de XXV siglos de pensamiento, se puede sostener que la historia de la
metafísica se ha desarrollado, en líneas generales, como vía de la distinción en el ser. Con todo, no han faltado autores que han intentado volver a establecer la homogeneidad absoluta del ser —en la modernidad el ejemplo más claro de ese intento lo encarna Hegel, ya que el Absoluto hegeliano se formula precisamente como la superación de todas las distinciones reales[14]—.
A mi entender, la vía de la distinción es el camino adecuado para profundizar en metafísica, o lo que es igual: la distinción en el ser equivale al criterio último de jerarquía entre distintas metafísicas. Si esto es así, aquella metafísica que haya establecido mayores distinciones en la realidad, será una metafísica más avanzada —pues habrá profundizado más en el ser—; por el contrario, cuanto menor calado tengan las distinciones establecidas por una metafísica, de menor alcance será ésta. En definitiva: la vía de avance en metafísica es la distinción, mientras que la vía de retroceso es la unificación. Según esto, considero que en la historia de la filosofía se encuentran de modo claro tres grandes ampliaciones del planteamiento metafísico de Parménides. A su vez, con ello también quiero señalar que el resto de doctrinas metafísicas que se encuentran en la historia
de la filosofía pueden ser interpretadas desde las nociones descubiertas en estas tres ampliaciones.