Capítulo IV. Representaciones del Bien en crónicas
4.3. Representaciones de lo “bueno”
4.3.3. Seres angelicales y Muerte
Mendieta recoge el sentir y actuar franciscano al propugnar un indigenismo que parte de una exaltación de la naturaleza del indígena, “seres angelicales incapaces de crueldad, de bondad innata sin ambición ni codicia, redimidos por la sangre de Cristo y partícipes, en igualdad de condiciones, del plan divino de la salvación”.402 Esta postura defendió la cultura anterior a la
Conquista, en especial la buena Policía, educación y religiosidad. También aceptó el derecho del indígena a poseer bienes, y a cobrar un salario, contra los repartimientos y el servicio personal; el derecho de no pagar diezmos, pues ellos ya cubrían el tributo, y de que vivan en pueblos de indios apartados de los españoles.
La defensa de las cualidades y derechos de los indígenas no fueron inmediatos. El proceso que los llevó, por la culpa de los españoles o por su falta de calor, de una gran frialdad a un despertar acompañó estas acciones. Cinco años, afirma Motolinía, estuvieron muy fríos los naturales, tiempo en el que “despertaron” e iniciaron a construir iglesias para frecuentarlas y recibir los sacramentos devotamente.403 La sorpresa de que en tan poco tiempo los naturales
hubieran alcanzado la luz, no puede más que demostrar su llamamiento a formar parte de la cristiandad donde, además, desarrollarían un papel de primer orden.
Las crónicas informan sobre los avances de la interiorización del cristianismo entre los indios y asumen prácticas y conductas completamente alejadas de la vida antigua mesoamericana. Mencionemos algunos ejemplos. Durante el primer día de cuaresma recibían con mucha devoción la ceniza, y muchos practicaban la abstinencia con sus mujeres; también
401 Motolinía, Historia, Tratado Primero, Capítulo 12.
402 Mendieta, Historia eclesiástica indiana, Libro I, Cap. IX-X, y XXXII y Libro IV, Cap. XXI. 403 Motolinía, Historia, Tratado II, Primer Capítulo.
176 el sentido de duelo se hace presente cuando, en algunas partes, individuos de ambos sexos se visten de negro. El jueves santo acuden a los oficios divinos, y como cófrades de la cruz participan activamente haciendo disciplina en la iglesia. En tiempos de dificultad, como la falta de agua, la extensión de alguna enfermedad o cualquier otra necesidad, realizan procesiones con cruces y lumbres dirigiéndose de una iglesia a otra para solicitar sean escuchados por su nuevo Dios.404
Los frailes tienen claridad que no todos los indios se han convertido, pero difunden la idea de que miles han abandonado las prácticas idolátricas. Así, construyen una categorización que define como buenos y malos a los naturales, según su cercanía –o lejanía- con los principios doctrinales y la función de denuncia –con tintes inquisitoriales. Los malos indios, por supuesto, son aquellos que escondían ídolos, y los buenos, siempre en función de su conversión, interiorizan el sentido de ofensa a Dios cuando atestiguan o informan la práctica de viejos ritos.
Un buen indio, además, era considerado como tal en relación a la ayuda que prestaba a los religiosos en sus labores evangelizadoras, y ponía en práctica los principios que debía cumplir para ser considerado miembro de la iglesia. Así acontece con un “buen” indio de Cuitláhuac que mandaba a buscar a los frailes, y una vez en su comunidad no se apartaba de ellos para preguntarles asuntos de la fe cristiana. No conforme con despegar sus dudas, reunía y mandaba gente para que escucharan misa y sermón, y para que se bautizaran. Sacramento que él mismo solicitó con tanto ruego que por sus muestras de razón se le concedió, obteniendo como nuevo nombre (don) Francisco.405 El ejemplo es revelador de varias cosas.
Por una parte, mostrar qué es lo bueno para los frailes en relación con los indios; así, lo positivo es ayudar a la conversión, y eso sólo lo podían hacer los principales de cada lugar, quienes con su ejemplo podría invitar (¿obligar?) a los miembros de su pueblo a seguir sus pasos. También queda la intención mendicante de relacionar a este líder indígena con el nombre simbólico de Francisco que le inaugura una vida como cristiano no sólo en las supuestas intenciones de salvar su alma que afirman los mendicantes busca este personaje, sino los beneficios que trajo consigo la conversión y las relaciones con los frailes y otros españoles. En el discurso religioso, don Francisco es usado para para que ámbito el simbólico
404 Motolinía Historia, Tratado Primero, Capítulo 13. 405 Motolinía, Historia, Tratado II, Capítulo 1.
177 se fortalezca. En un contexto vinculado intensamente con el bautismo, como lo es una laguna, este indio escucha “cantos dulces y palabras admirables”. Pero como no es suficiente la atención de sus sentidos, deben ser validados por el mismo Motolinía y otros religiosos: “las cuales yo vi y tuve escritas y muchos frailes las vieron y juzgaron haber sido canto de ángeles”,406 para confirmar que se trataba nada menos que de ángeles que antecedieron la
muerte del recién convertido.
En este sentido, las crónicas ofrecen otros ejemplos, como la construcción de un monasterio por parte del Señor de Cuauhquechula, don Martín, para llevar ahí a los frailes. La acción de Juan, del linaje de Moctezuma, en favor de propiciar el bautismo y la confesión de sus correligionarios. De nuevo se presenta otro nombre icónico para la cristiandad que de ninguna manera pasa desapercibido, particularmente en el sacramento del bautismo. Para este caso, es de notar que después de recibir el cuerpo de Cristo, Dios le llama a su lado y fallece. Recompensa de su labor de apoyo, y de haber aceptado a la verdadera religión.407 Otro Juan, pero este de la provincia de Michoacán, después de leer la vida de san Francisco traducida en su lengua, tomó tanta devoción que siguió los pasos del santo. Vistió sayal grosero y liberó a muchos esclavos que tenía, no sin antes predicarles y enseñarles los mandamientos. Después de rogarles fuesen buenos cristianos, les repartió joyas y muebles, y renunció al señorío, e intentó se le otorgara el hábito.408
En ocasiones, según consta en las narraciones de las que nos ocupamos, los indios ya cristianizados no se satisfacen sólo por colaborar en la conversión de los naturales, sino que también fundan pueblos para facilitar la administración de sus miembros en un sentido amplio siguiendo la lógica occidental. Así lo escribe Mendieta, a quien le comunicaron el caso del indio Baltasar, originario de Cholula, que “hizo una población de hartos vecinos, a la cual puso por nombre Chocomán, que quiere decir lugar de lloro y penitencia”.409 Dios le
comunicó tan buen espíritu que le permitió llevar a los que tenía persuadidos y lo quisieron seguir, con sus mujeres e hijos, para que vivieran en la nueva fundación con “muy buenas
406 Motolinía, Historia, Tratado II, Capítulo I. 407 Motolinía, Historia, Tratado Segundo, Capítulo V. 408 Motolinía, Historia, Tratado Segundo, Capítulo VIII.
409 Mendieta llamó al capítulo dedicado a este asunto: “De los beatos de Chocamán, y de otros indios que se
han señalado en querer seguir la vida evangélica”. Cfr. Mendieta, Historia Eclesiástica Indiana, Libro IV, Capítulo XXII.
178 costumbres, haciendo de común consentimiento de ciertas ordenanzas y leyes de cómo habían de vivir, y lo que habían de rezar”.410 El deseo de indios conversos por llevar la palabra
verdadera no se desarrolló sólo en los márgenes del centro mesoamericano. Sebastián y Lucas aprendieron lenguas distintas a la materna para extender el llamado de Dios y fueron, como algunos frailes, dignos de memoria por ser abstinentes, penitentes, devotos y grandes predicadores. La suerte que corrieron en tierras de infieles, fue morir a manos de chichimecas por el deseo de salvar almas.
No todos los indios “buenos” ayudaban en el proceso de conversión desde su condición de poder político, respetado y aprovechado tanto por ellos como por los religiosos en una intrincada trama de resistencias, conveniencias y negociaciones explícitas o no. Había otro grupo de indígenas que, con una procedencia indeterminada, auxiliaban a los frailes. Indios confesados y comulgados salieron de Tlaxcala sin decir nada y se adentraron más de cincuenta leguas “a convertir y enseñar a otros indios; y allá anduvieron padeciendo hartos trabajos y hicieron mucho fruto, porque dejaron (enseñado) todo lo que ellos sabían y puesta la gente en razón para recibir la palabra de Dios, y después son vueltos, y hoy día (están) en este ciudad de Tlaxcala”.411 Así, estos naturales sirven de avanzada en el proceso de
conversión. Posiblemente haya sido un experimento de los religiosos para saber cómo reaccionaban los indios ante la predicación de sujetos iguales, en supuestas mismas condiciones. También es probable que estos indios hayan recibido una formación mayor a los que implicaban únicamente la recepción de esos sacramentos, convirtiéndose en algún tipo de primer ejercicio del fracasado proyecto de sacerdocio indígena dirigido por hijos de principales educados en centros como el Colegio de Santa Cruz Tlatelolco. Posiblemente haya sido éste el mejor espacio para que los indios hicieran propia la lógica occidental cristiana, como lo señala una anécdota recogida por Mendieta. En ella, se relata lo acontecido a un clérigo procedente de Castilla incrédulo ante la noticia de que los indios sabían doctrina cristiana. A pesar de escuchar opiniones de otros españoles que confirmaban tal acontecimiento, decidió que pasara por su propia esa experiencia la resolución de su duda.
Al salir dos estudiantes del colegio
410 Mendieta, Historia eclesiástica indiana, Libro IV, capítulo XXII. 411 Motolinia, Historia, Tratado Segundo, capítulo VII.
179 preguntó a uno si sabía el paster noster y dijo que sí, e hízosele decir, y después hízole decir el credo, y díjole bien; y el clérigo acusóle una palabra que el indio bien decía, y como el indio se afirmase en que decía bien, y el clérigo que no, tuvo el estudiante necesidad de probar cómo decían bien, y preguntóle hablando en latín: reverende pater, (nato), cujuz casus est? Entonces como el clérigo no sabía gramática, quedó confuso y atajado412
Los indios habrían superado en conocimiento no sólo a un miembro cristiano, sino a uno cuya obligación era guiar las almas para su salvación. Parece lógico pensar que esta anécdota es aprovechada por Mendieta para hacer una crítica al clero secular, que a fines del siglo XVI se había apoderado de buena parte de los territorios y puestos de decisión otrora en posición de mendicantes, y específicamente de franciscanos.
Los macehuales, por su parte, en los relatos de los cronistas franciscanos aparecen pocas veces; se pierden en el anonimato de las masas que asisten ardientemente a recibir la nueva fe. Existe en ellos una ausencia de funciones que, como ya hemos visto, miembros de otros sectores sí cumplen, o se espera que las desarrollen. A este sector se le procura sean buenos cristianos y vivan en la ley de Jesucristo, vigilancia que les corresponde a los principales realizar. Los pobres, sin embargo, desarrollan otras formas de asumir la cristiandad, donde el dolor corporal tiene un lugar central. El castigo al cuerpo es solicitado, aun cuando no haya sido parte de la penitencia surgida de la confesión: “por qué no me (mandas) disciplinar”.413
Como prueba del éxito evangelizador, los hijos del de Asís recurrieron a la comparación de las virtudes de los indios como buenos cristianos en relación con otro grupo que también había sido objeto de conversión, como los moriscos. En este sentido, Mendieta afirma que los naturales eran “tan limosneros” que deben ser buenos cristianos; además, aprovecha para dejar en claro que “no [son] fingidos como los moriscos de Grabada, a los cuales sus émulos y detractores los comparan”.414 En esta línea de distinción, fray Jerónimo
no pierde oportunidad para distanciar a los objetos de sus esfuerzos evangelizadores de los
412 La disputa fue porque el indio dijo: “natus ex María Virgine”, y el clérigo afirmó consideró debería decir:
“nato”. Mendieta, Historia eclesiástica indiana, Libro IV, Cap. 15.
413Ibíd.
180 herejes. Los primeros como “amigos y devotos de las cosas que pertenecen al servicio de Dios y a su culto divino, lo serán también del mismo Dios, y lo querrán mucho y amarán”. Por el contrario, los malvados segundos
destruyen las iglesias y los lugares sagrados, y queman las imágenes y figuras de Dios y de sus santos, y niegan el santo sacrificio de la misa y todos los demás sacramentos, y persiguen y matan como a enemigos capitales a los sacerdotes que los administran, y escarnecen y burlan de las bendiciones, consagraciones y ceremonias santas de que usa la Iglesia católica.415
Esta situación provocó, según el religioso y para confusión de estos apóstatas descendientes de católicos cristianos, que Dios permitiera a los que hasta poco eran idólatras, los pobrecillos indios, tuvieran grandísima estimación, devoción y reverencia de los cosas cristianas. Y esta oportunidad para alcanzar la salvación eterna respondía a condiciones particulares de los indios que resultaban muy favorables para hacer la vida cristiana. Algunas de las más destacadas es ser gente pacífica y mansa, lo que era explicado de acuerdo al conocimiento médico de la época por la falta de cólera y abundancia de flegma.
[…] Y porque esta verdad parezca más clara, diré las condiciones y cualidades naturales que en ellos conocemos, muy favorables para hacer vida cristiana y para agradar a Dios, y por el consiguiente para alcanzar la gloria del cielo. La primera es ser gente pacífica y mansa (que ambas a dos cosas pone el Redentor del mundo entre las ocho bienaventuranzas, diciendo: “Bienaventurados los pacíficos porque serán llamados hijos de Dios”), y tanto, que tratando de esta materia refiere cierto venerable obispo de estas Indias en unos sus escritos, que habiendo estado entre ellos antes de obispo, no sé si quince o veinte año, no había visto reñir un indio con otro, sino sólo dos mozos, que el uno al otro se iban dando con los cobdos sin hacerse mal.416 Otras cualidades indias destacas por los misioneros fueron la simplicidad, la pobreza y el “contentamiento” con ella. En relación con la primera, se pregunta Mendieta:
¿Qué mayor simplicidad, que cuando al principio los españoles llegaron en cualquier parte de las Indias, pensar que eran dioses u hombres del cielo, aunque los veían con
415 Mendieta, Historia Eclesiástica Indiana, Libro IV, Capítulo XVII. 416 Mendieta, Historia Eclesiástica Indiana, Libro IV, Capítulo XXI.
181 armas ofensivas y dañosas, y recibirlos como a ángeles, sin algún recelo? ¿Y pensar que el caballero y el caballo eran una misma cosa? ¿Y también que los frailes no eran como los otros hombres seglares, sino que por sí se nacían? ¿O que los frailes legos eran las madres que los parían? ¿Qué mayor sinceridad, que tener en más estima las contezuelas de vidrio que el oro? ¿Y en el tiempo de ahora, comúnmente (fuera de algunos pocos que han abierto los ojos) dejarse engañar a cada paso, comprando gato por liebre, zupia por vino, lo podrido por sano, sin hacer diferencia de lo malo que les dan a lo que habría de ser bueno?417
Como no puede ser de otra manera, el discípulo de san Francisco se cuestiona desde su concepción de la vida, del mundo, de su contexto, la conducta de los indios. De ahí que se exprese asombrado por la sorpresa que la incomprensión causa entre los que desean resulten sean futuros cristianos. El fraile interpreta como ingenuidad una conducta ante lo nuevo. Sobre la tercera cualidad –la pobreza- asevera que no poseen codicia ni afán de atesorar, tal como debe comportarse todo seguidor de Jesucristo. Esta característica que, por supuesto no tiene la connotación que le da fray Jerónimo entre los indios, aparecía ya en la infidelidad india. Es más, asegura nuestro cronista, si el padre San Francisco viera a estos naturales:
se avergonzaría y confundiera, confesando que ya no era su hermana la pobreza […] Pues entren en la casa del indio, y las alhajas que hallarán en la choza (como la de S. Hilarión) cubierta de humo, es su piedra de moler, y unas ollas viejas, y cántaros, y si tiene una estera rota por cama para descansar en ella, no es poco regalo, porque muchos no la tienen, sino el suelo duro. […] Y en conclusión es cierto, que no crió Dios, ni tiene en el mundo gente más pobre y contenta con la pobreza, que son los indios, ni más quitada de la codicia y avaricia que (según S. Pablo) es raíz de todos los males […]418.
Esta característica estaba en completa sintonía con el estilo de Iglesia que aspiraban los franciscanos durante el primer siglo de evangelización de las Indias. Escribe el fraile franciscano:
417Ibíd. 418Ibíd.
182 Porque para esta vuestra tierra y entre esta humilde generación convenía mucho que fueran los obispos como en la primitiva Iglesia, pobres y humildes, que no buscaran rentas sino ánimas, ni fuera menester llevar tras sí más de su pontifical, y que los indios no vieran obispos regalados, vestidos de camisas delgadas y dormir en sábanas y colchones y vestirse de muelles vestiduras, porque los que tienen ánimas a su cargo han de imitar a Jesucristo en humildad y pobreza, y traer su cruz a cuestas y morir en ella.419
La actuación de indios destacado en el proceso de conversión es digna de reconocimiento por parte de los frailes. Así sucede con el ya citado don Francisco, para quien se celebra un oficio solemne. Su cuerpo se entierra en el cementerio del pueblo y su memoria se venerará como uno de los fundadores de la religión cristiana en el pueblo y la región. En otra parte, Motolinía cuenta que dos jóvenes indios educados en la fe cristiana por el mismo fray Martín de Valencia fueron requeridos por un dominico para ayudarlo a buscar los ídolos escondidos en las casas indias. Los dos jóvenes son asesinados. Motolinía relata que sus cuerpos fueron transportados en una capilla donde se oficiaba la misa, porque no había iglesia en ese lugar. Ahí se celebra entonces para ellos el oficio de los muertos y después son enterrados en la capilla. Cosa distinta pasa cuando niños educados en un convento matan con piedras a un hombre vestido con ropa de diablo que los desafió en la plaza del mercado. El cuerpo del hombre muerto permanece cubierto de piedras en el medio del pueblo, sin otra sepultura, sin ritual, en signo de la victoria cristiana - violenta.
Los muertos en las sociedades prehispánicas no tenían funeral. La implantación en Nueva España de ritos funerarios, en particular del ritual del entierro del cadáver en un lugar cercano a la iglesia –sagrado-, está relacionada a la confrontación de las ideologías. El tercer concilio provinciano de México, reunido por el arzobispo Pedro Moya y Contreras en 1585, dedica el décimo de sus Títulos a la cuestión “de las sepulturas, difuntos y funerales”. La nueva sociedad deberá recordar a sus muertos; con la memoria se ha vuelto cristiana. No es que los pueblos mesoamericanos no la tuvieran, simplemente se desarrollaba en otros rubros. El alma de cada difunto, al término de cuatro años se reúne con el alma divina del mundo figurada por los cuatro elementos y concurre a la energía y a la vida del mundo. La pérdida
419 De Benavente, Toribio, Motolinía, “Historia de los Indios de Nueva España”, Editorial Chávez, México,