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“El Paráclito, el Espíritu Santo, les enseñará todo”

(Jn 14,26)

1) La peregrinación del pueblo de Dios, en la que se despliega la vida cristiana de cada uno/a de nosotros/as, tiene un gozoso

horizonte escatológico: se orienta decididamente a lo que comúnmente llamamos el cielo, a saber, la comunión plena, feliz y definitiva con Dios. De la misma nos habla el libro del Apocalipsis en forma elocuentemente simbólica: “El Ángel me llevó en espíritu a una montaña de enorme altura, y me mostró la Ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios. La gloria de

Dios estaba en ella y resplandecía como la más preciosa de las perlas, como una piedra de jaspe cristalina”.

Esta convicción escatológica, asumida como promesa cierta de que “la Ciudad no necesitaba la luz del sol ni de la luna, ya que la gloria de Dios la ilumina, y su lámpara es el Cordero”, es el fundamento último de nuestra esperanza. Estamos seguros de que, finalmente, el Señor transfigurará definitivamente a la Iglesia peregrinante, de momento “santa, pero necesitada de una continua purificación” (verLG8), por medio de un ulterior modo de presencia y santificación; para convertirla definitivamente en Ciudad de Dios, en Morada de Dios con los hombres.

2) Sin embargo, de momento transitamos por la historia humana, no exenta de vicisitudes y situaciones difíciles de discernir, y de tensiones inquietantes que debemos resolver. La Iglesia las experimenta, incluso en su seno, desde los orígenes. El libro de los Hechos hace referencia al conflicto que se presentó entre los primeros cristianos provenientes del judaísmo y los del mundo griego. Apoyados por el Apóstol Santiago, los primeros hubieran deseado que los neófitos pasaran por la práctica de la Ley hebrea como ellos lo hicieron, y en concreto por la circuncisión, al momento de incorporarse al cristianismo. Los paganos que se abrían a la fe, en cambio, intuían que la novedad del Evangelio les permitía obviar este paso, y san Pablo salía en defensa de ellos con vehemencia.

3) En este orden de cosas, y para dirimir la cuestión, los Apóstoles se vieron obligados a celebrar el primer Concilio de la historia, el de Jerusalén. Y así tomaron la siguiente resolución: “El Espíritu Santo, y nosotros mismos, hemos decidido no imponerles ninguna carga más que las indispensables”. No obstante, aparece clara la componenda: “Que se abstengan de la carne inmolada a los

ídolos, de la sangre, de la carne de animales muertos sin desangrar y de las uniones ilegales”. En efecto, a nuestro modo de ver, aquí hay unas cuantas cosas más que las estrictamente ‘indispensables’…: como inevitablemente acontecerá a lo largo de toda la historia de la Iglesia, estas ‘soluciones de compromiso’, normalmente en consideración de las personas involucradas, serán inherentes a su misma encarnación histórica y consecuente dimensión socio-político-institucional.

4) En todo caso, lo que nos permite discernirlo esencial de lo accesorio, como ejercicio siempre necesario de libertad interior en la siempre nueva vida personal y eclesial, son la Palabra y el Espíritu. Ellos median la percepción de una real presencia trinitaria de Dios ya desde ahora en los ajetreados acontecimientos de nuestro tiempo; pero sobre todo en la vida creyente, comunitaria y misionera de la Iglesia, en vista a la eternidad: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho”. Es sobre todo el Espíritu el que nos permite establecer un juicio prudencial capaz de jerarquizar prioridades al momento de poner en práctica las palabras del Señor; el que nos permite ‘recordar’ en su justa perspectiva y sopesar sabiamente el significado actual de lo que Jesús quiso decirnos en otro tiempo; para que obrando en consecuencia, hallemos sosiego interior.

5) En efecto, la pazque nos deja el Señor no es “como la que da el mundo”: no es la que brota de la ausencia de tensiones significativas, sino la que las trasciende a la luz de su Palabra y de la acción del Espíritu. En la vida personal y eclesial siempre

existirán experiencias y puntos de vista diferentes e incluso en oposición casi dialéctica, pero lo que Jesús nos dijo y el don del Espíritu nos permitirá vislumbrar en esperanza –siempre cuando estemos dispuestos a convertirnos– es un horizonte que los comprenda, asuma y encause teologalmente en vista del Reino definitivo. Por eso es que debemos orar: “El Señor tenga piedad y nos bendiga, haga brillar su rostro sobre nosotros”; para que el don escatológico (ellumen gloriae) se vaya anticipando ya desde ahora en la ‘Jerusalén terrena’.

Podemos preguntarnos: ¿Qué tensiones y crisis recuerdo haber vivido en mi vida personal y en mi experiencia eclesial? ¿En qué sentido esas vivencias me ayudaron a profundizar la fe y a crecer en capacidad de esperanza? ¿En qué sentido posibilitaron en mí una percepción anticipadamente escatológica de la vida?

[Domingo VIº de Pascua (C): Jn 14,23-29; Hch 15,1-2.22-29; Sal 66,2-8; Ap 21,10-14.22-23]