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“Yo les doy vida eterna” (Jn 10,28)

1) Quienes conocen de majadas, saben que entre el pastor y sus animales se da una cierta intimidad: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen”. Es la familiaridad que brota del tiempo compartido, del haberse habituado a estar juntos unos con otros. Esta experiencia pastoril, para nosotros hoy ya un poco lejana (aunque posiblemente entendamos de comunicación con mascotas), le sirvió a Jesús para mostrar el modo de relación que Él busca tener con cada uno de sus discípulos. Su ‘voz’ es su ‘palabra’: eso es lo que estamos llamado/as a discernir y reconocer en nuestras vidas para seguirlo.

2) Sin embargo, no es extraño que las ovejas ‘se descarríen’ (verLc15,4ss) y puedan no escuchar la voz del Pastor en medio de tantos otros ruidos y voces que las solicitan: “A ustedes debíamos anunciar en primer lugar la Palabra del Señor, pero ya que la rechazan y no se consideran dignos de la Vida eterna, nos dirigimos ahora a los paganos”. Curiosamente, Jesús, el Buen Pastor, respeta

la libertad de sus ovejas, y se opone al espíritu ‘gregario’ (¡palabra que, sugestivamente, proviene del latín grex/gregis: oveja!): decididamente, éste es el límite de su analogía, ya que nunca nos despersonalizaría forzando nuestra libertad. Sin embargo, siempre tendrá otras ovejas en algún otro corral, que también deberá conducir (ver Jn10,16), y a las que se dirigirá si nosotros/as no lo escuchamos…: prueba de ello es la misma historia de la Iglesia desde sus comienzos.

3) El Pastor busca lo mejorpara su rebaño (verSal23,2ss) y, en concreto, para cada uno de sus miembros. También Jesús nos da “vida eterna”: lo mejor y más propio de Sí, su intimidad con el Padre, su vida en el Espíritu. Los discípulos estamos llamados a realizar otro tanto, “llenos de alegría y del Espíritu Santo”, con las personas que Dios pone a nuestro cargo: a ofrecer lo mejor, aunque para ello debamos sufrir un poco, como Jesús lo hizo amándonos “hasta el fin” (verJn13,1). Es la condición para que “los paganos”, aquellos para quienes el Evangelio no es aún significativo, alaben “la Palabra de Dios” y “todos los que [estén] destinados a la Vida eterna [abracen] la fe”. Si en presencia del Pastor que da la vida por sus ovejas, ellas “no perecerán jamás y nadie las arrebatará de [sus] manos”; lo/as discípulo/as misionero/as estamos llamado/as a hacer sacramentalmente presente a este único Pastor, capaz de dar generosamente su vida por quienes el Padre ha confiado a nuestro cargo y responsabilidad: los ministros ordenados por sus comunidades; los padres por sus hijos; los maestros por sus alumnos; los representantes por sus representados, etc.

4) Por último, resulta interesante notar que el Pastor que ‘da su vida’ tiene también experiencia como Cordero, con la connotación sacrificial (ver Is53,7) y pascual (ver Ex12,5) que esto tiene en la

Sagrada Escritura: “El Cordero que está en medio del trono será su Pastor y los conducirá hacia los manantiales de agua viva”, nos dice el texto del Apocalipsis. Jesús es “el Cordero de Dios” (Jn1,36) que quita el pecado del mundo, permitiendo que el Señor seque “toda lágrima de [los] ojos”. Si bien es cierto que los discípulos deberán ser probados en la tribulación, acabarán blanqueando (=transfigurando) sus vestiduras “en la sangre del Cordero”: por eso estarán en condiciones de presentarse “delante del trono de Dios”, y de rendirle “culto día y noche en su Templo”. Delante del Padre, con quien el Hijo es “una sola cosa” y comparte una mirada ‘pastoral’ coincidente (verEz34,11.23), y quien habiéndole dado las ovejas al Buen Pastor, “es superior a todos”.

Podemos preguntarnos: ¿Sigo con docilidad la voz de Jesús que me pastorea? ¿Participo de su condición, sentimientos y actitudes ‘pastorales’? ¿Soy capaz también yo de brindarme, hasta ‘dar la vida’, por las personas que el Padre va poniendo a mi cargo?

[Domingo IVº de Pascua (C): Jn 10,27-30; Hch 13,14.43-52; Ap 7,9-17]

"Un hombre bondadoso, lleno del Espíritu Santo" (Hch 11,24)

Quisiera detenerme en la primera lectura (Hch 11,19-26), y sobre todo en la frase que describe a Bernabé, como "un hombre bondadoso, lleno del Espíritu Santo y de mucha fe" (Hch 11,24). Creo que la descripción que de él se hace da en la tecla con lo que hoy debería ser un evangelizador competente: alguien cuya humanidad trasunta esa noble bondad, transparencia y confianza que sólo resulta posible a partir de una honda vivencia teologal y

concomitante presencia del Espíritu en la vida cotidiana del creyente. De hecho, fue Bernabé quien presentó Pablo de Tarso "a los apóstoles y les contó cómo había visto al Señor en el camino y que le había hablado y cómo había predicado con valentía", etc. (Hch 9,27), haciéndolo creíble ante la comunidad de Jerusalén. Es decir que su palabra fue suficiente para que todos aceptaran como hermano a una persona que hasta el momento había tenido fama de perseguir cristianos.

A diferencia de lo que ocurría en los siglos dominados culturalmente por una mentalidad de cristiandad, en los que la autoridad de la Palabra era de por sí suficiente en el contexto de una cultura cristiana, en el diversificado y crítico mundo de hoy, para mostrar elocuentemente el Evangelio se necesitan personas plenamente humanas y espirituales al mismo tiempo, íntegras en el más completo sentido de la palabra. Sólo estos rasgos las harán creíbles, ya que posibilitarán que, en cierto modo, 'se vea' en ellas la presencia viva de Jesús. Sólo quien está plenamente familiarizado con la palabra de Dios y la vida en el Espíritu podrá reunir estas características de profunda humanidad y auténtica espiritualidad. Sólo quien aprendió a escuchar la voz del Buen Pastor y a seguirlo.

Podemos preguntarnos: ¿Permito que el Espíritu Santo unifique lo mejor de mí a partir de una cada vez más lograda identificación con Jesús? ¿Manifiesto a través del esplendor de mi vida un sentido personalizado de trascendencia?

"Yo soy la luz" (Jn 12,46)

Cuando nos encontramos a oscuras, no somos capaces de reconocer la riqueza de la realidad circundante: a nuestros ojos, el entorno se empobrece, las perspectivas se restringen y los movimientos se acotan. Lastinieblasnos amedrentan, nos estancan y paralizan. Aún hoy, pero sobre todo en la antigüedad, la oscuridad se identificaba con el peligro: en la noche todo podía acontecer.

La luz, en cambio, nos serena y anima. Nos estimula a comenzar nuevamente: la mañana renueva nuestro entusiasmo, que el agobio del día anterior nos había quitado. La luz nos permite discernir con claridad lo que tenemos a nuestro alrededor, y nos habilita consecuentemente para movernos con libertad y decisión. La luz nos da la justa medida de lo real, nos permite proyectar, emprender, concretar.

El Evangelio de hoy nos dice que Jesús es la luz del mundo (verJn12,44-50). Sin Él, no somos capaces de percibir el esplendor de la vida. Con Él, todo adquiere sentido, hondura y trascendencia. La fe en su persona y la confianza en su palabra nos dan una comprensión más acabada y profunda de lo real; y nos permiten posicionarnos con más confianza ante las situaciones adversas de nuestra existencia. De este modo, la luz de Jesús se convierte para los que la acogen en buena noticia que ilumina y expande la propia vida y horizontes, a la vez que los impulsa -como a Bernabé y Saulo- a 'difundirla incesantemente' (verHch12,24-13,5).

Podemos preguntarnos: ¿Considero que mi vida tiene suficiente luminosidad? ¿Me dejo iluminar por el ejemplo y el Espíritu de Jesús? ¿Busco discernir lo que voy viviendo a la luz de la fe? ¿Soy portador de esa misma luz para los demás?

"El servidor no es más grande que su señor" (Jn 13,16)

Jesús acaba de lavar los pies a sus discípulos y ahora busca explicar la grandeza de este gesto humilde de amor concreto (Jn

13,16-20). El verdadero gozo reside en ponerse al servicio de los demás con generosidad, como lo hizo Él mismo con los suyos a lo largo de todo su ministerio público. La auténtica felicidad se asocia a un descentramiento de sí, y a un ofrecer a las otras personas lo mejor de nosotros mismos. Esto es lo que hace verdaderamente grande al Señor y Maestro: más aún que la realización de signos y prodigios asombrosos. Porque esto es lo que en verdad revela una nueva y fascinante imagen de Dios; pero también una nueva imagen del hombre.

En La Ciudad de Dios, tal vez la obra de mayor incidencia político-cultural en lo que irá deviniendo Occidente, San Agustín de Hipona (siglo V) hablaba de dos ciudades. Una, la 'ciudad del hombre', construida en torno al amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios; la otra, opuesta a la primera, 'la ciudad de Dios', edificada a partir del amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo. Dicho en términos antropológico-espirituales más actuales, la primera ciudad se construye sin autotrascendencia, a partir del propio afán narcisista de realización y dominio; la segunda, a partir de un anhelo de entrar en comunión con lo diferente, de participar en un campo lúdico común con lo que nos trasciende, con lo indisponible, con el mismo Dios.

El sencillo gesto de Jesús va en esta segunda línea. Sólo cuando somos capaces de dejar de lado nuestros pretendidos títulos y galardones, y abrimos en cambio el corazón al hermano menesteroso, es cuando aflora lo mejor de nosotro/as mismo/as, resplandecen nuestros talentos, y nos tornamos gratos a Dios y a

nuestro prójimo. Es así que, mirado incluso desde el verdadero interés personal seriamente considerado, 'nos conviene' ponernos a lavar los pies...

Podemos preguntarnos: ¿Estoy dispuesto a servir y lavar los pies, a partir del carisma y dones personales recibidos? ¿Trato de orientar ese servicio hacia las personas que realmente más lo necesitan? ¿Lo hago con actitud humilde y magnánima?

"Yo conozco a los que he elegido" (Jn 13,18)

Jesús nos conoce, sabe quiénes somos y de qué estamos hechos: Él conoce "lo que hay en el hombre" sin necesidad de que se lo digan (ver Jn2,25). Pero el conocimiento que el Señor tiene de cada uno/a de nosotro/as no es el que surge de una insidiosa mirada escrutadora, al estilo que pudo haberlo imaginado F. Nietzsche, como ojo instigador sin rostro, que todo lo ve y al que nada se le escapa: es más bien el conocimiento que brota del amor que elige y libera.

Jesús nos conoce y nos elige porque nos ama. Nos conoce porque nos lavó los pies, y nos elige para que hagamos otro tanto con los demás: "Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros" (Jn 13,14); "En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros" (v.35).

Éste es el Salvador que Dios hizo surgir para su pueblo, como nos lo señala la primera lectura por boca de Pablo (verHch13,13- 25): el que Es y el que sirve, el que nos conoce y nos elige, el que nos ama y libera (verJn13,16-20).

Podemos preguntarnos: ¿me siento conocido y amado por el Señor? ¿Experimento esto como un don o como una restricción a mi libertad? ¿Busco reproducir en mi vida ese amor liberador de Jesús?

"En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones" (Jn 14,2)

Poco antes de su partida, Jesús habla a los discípulos de su vuelta al Padre. Y les hace saber que allí les preparará un lugar (ver

Jn 14,1-6). Esto nos hace pensar en lo que tradicionalmente denominamos el 'cielo', al que Jesús, como "Camino, Verdad y Vida" nos muestra el sendero y nos conduce. Es el destino último de nuestra peregrinación por el mundo, el horizonte escatológico de nuestra esperanza, el objetivo final de nuestra vida teologal.

Sin embargo hoy se descree de la resurrección de los muertos. En el contexto cultural de Occidente, en ocasiones se prefiere hablar de 'reencarnación', con lo que el ciclo de sucesivas vidas se repetiría de modo indefinido en un 'eterno retorno', sin llegar nunca a un final decisivo, ni acabar de asumir, consecuentemente, responsabilidades éticas en la vida presente.

Para los cristianos, la historia es lineal, y el final de la misma (y de cada uno/a de nosotro/as en ella) es absoluto. 'En el atardecer de la vida seremos juzgados por el Amor', decía san Juan de la Cruz, lo que podría tener una doble interpretación: seremos juzgados por el amor que nosotros mismos hayamos cultivado a lo largo de nuestra existencia temporal, o seremos juzgados por Aquél que es el Amor mismo, pero ante quien no podremos sostenernos ni

participar de su plena bienaventuranza sin haber hecho todo lo posible por asemejarnos a Él en la vida presente.

Podemos preguntarnos: ¿Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna? ¿Busco vivir en consecuencia?

"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14,6)

La metáfora del camino está presente en muchas religiones y aproximaciones sapienciales relacionadas con el existir humano. Normalmente tiene un componente ético, y se identifica con el recordar y estar despierto; como así también con un andar a la luz del día, en verdad y con sentido. Quien así camina tiene vida. En cambio, quien olvida, no vigila o duerme, pierde el camino, se extravía y muere.

Estas dos actitudes existenciales están presentes también en la Sagrada Escritura. En los libros de la Primera Alianza, el Camino se identifica con los mandamientos, preceptos y normas dados por Yahveh a su pueblo en el desierto; la Verdad se condensa en la Torah, y se convierte en sabiduría y vida para quien la medita de día y de noche. Porque la Torah es la Sabiduría misma, que sale de la boca de Dios (ver Sab 7,25) y hace a su pueblo partícipe de lo más original suyo: la Vida plena.

En los libros de la Nueva Alianza, Jesús encarna el Camino: Él mismo se convierte en Ley Nueva para sus discípulo/as (ver Mt

5,20-48). Él es también la Verdad, Palabra o Sabiduría del Padre hecha carne (ver Jn 1,14); en Él está la Vida porque Él mismo es Dios (1,4). En contemplarlo, escucharlo y seguirlo los cristianos experimentamos 'vida plena', ya que participamos por adopción de

su condición filial de Hijo de Dios en el Espíritu, y podemos entonces llamar con razón a Dios 'Abba, Padre' (verGal4,4-7).

Frente a tantos senderos culturalmente vigentes que se truncan o nos extravían; tantas verdades a medias que no nos hacen más auténticos ni audaces, o experiencias de vida a media marcha que nos dejan insatisfechos y apesadumbrados, Jesús se nos propone hoy como 'Buena Noticia' que ilumina nuestro itinerario por este mundo, nos conduce al Padre mediante el poder de su Espíritu, y nos hace morar 'en el seno trinitario de Dios' (B. Forte) para siempre.

Podemos preguntarnos, ¿hice experiencia de Jesús como Camino, Verdad y Vida? ¿Escucho su Palabra y me dejo conducir por su Espíritu? ¿Busco encarnar en mi vida sus mismas actitudes, gestos y palabras?

Quinta Semana

"Les doy un mandamiento nuevo" (Jn 13,34)

1) El cometido fundamental de los cristianos es llegar a vivirun amor como el de Jesús: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros, así como Yo los he amado”. En este legado se recapitula y trasciende toda otra exhortación moral posible: toda la pedagogía de la Primera Alianza o toda exigencia ética de la filosofía. En este mandamiento nuevo convergen también los hallazgos y prácticas morales de las diferentes tradiciones religiosas. Por último, el amor de Jesús en nosotros compendia y

potencia el aporte de todas las demás virtudes humanas y teologales.

A su vez, ese mismo amor se convierte en el rasgo misionero distintivo de los amigos del Señor: “En esto reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”. Como si no hubiese acción misionera más elocuente que la que se expresa en el amor fraterno de los cristianos; como si nada hablase más alto de la fe que buscan profesar y proclamar; como si todo lo demás fuera nulo, o apenas una sombra, sin la caridad entre lo/as hijo/as de un mismo Padre.

Por lo dicho, la vida del discípulo misionero se resume en internalizar y manifestar el modo en que Jesús nos ama, que a su vez es el modo en el que Él es amado por el Padre en un mismo Espíritu de comunión. En lograr madurar esta actitud de fondo, que conlleva una especie de ‘parto pascual’ a lo largo de toda nuestra existencia, consiste la originalidad de la vida cristiana y su núcleo vivencial más creíble y sólido ante el mundo.

2) Ir fraguando un amor como el de Jesús, a saber, desinteresado y generoso, totalizante y teocéntrico, no es sencillo. Es por eso que Pablo y Bernabé “confortaron a sus discípulos y los exhortaron a perseverar en la fe, recordándoles que es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”. Entrar en el Reino de Dios es posicionarse en el mundo desde el amor de Dios, y mirar cada realidad circundante desde ese centro: esto será siempre e ineludiblemente un don pascual que se recibirá mediado por la experiencia de la cruz.

El desafío de ir entrando en el Reino de Dios por el amor lo vamos acrisolando cotidianamente en la esperanza de “la tierra

nueva y los cielos nuevos”, confiados en Aquél que es capaz de ir haciendo nuevas todas las cosas en medio de pruebas y dificultades que nos advienen. San Agustín diría que avanzamos ‘entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios’.

2) De este modo, resulta claro que el amor de Jesús en nosotros no madura sin un fundamento de fe, pero tampoco sin la

virtud teologal de la esperanza. La esperanza nos invita a pregustar y anticipar la vida del Reino definitivo. “Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo”. La esperanza va ‘a caballo’ entre el don de lo alto y la paciente fortaleza en medio de las tribulaciones.

El anhelo de participar en la Jerusalén celestial, de “la carpa de Dios entre los hombres” a manera de don, es no sólo lo que nutre nuestra esperanza, sino también lo que nos evita la presunción y nos aparta del desencanto. La certeza de que “Él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será con ellos su propio Dios”; de que “Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó”, fortalece nuestro amor, ya que nos hace eludir por igual la tentación idolátrica y el desánimo escéptico.

Podemos preguntarnos: ¿Hago del amor de Jesús el centro de mi vida, por encima de cualquier otro precepto, costumbre o mandato? ¿Nutro ese amor en la fe y la esperanza teologales? ¿Qué ‘ruidos’ interiores y actitudinales percibo en mí, que me apartan de ese amor gratuito del Señor?

[Domingo Vº de Pascua (C): Jn 13,31-35; Hch 14,21-27; Sal 144,8-13; Ap 21,1-5]

"¡No se inquieten ni teman!" (Jn 14,27)

Hay situaciones en la vida que nos ponen entre la espada y la pared: son las situaciones límite. Lo primero que generan en nosotros es temor y desasosiego, ya que percibimos que algo muy importante parece quedar amenazado o en entredicho; algo que anteriormente nos daba seguridad y confianza.

Sin embargo, "llegada la hora de pasar de este mundo al