Wolfgang Amadeus Mozart siempre ha figurado entre los grandes músicos de la historia. Hubo otros que sufrieron eclipses momentáneos. El mismo Bach apenas fue apreciado entre 1760 y 1840. Vivaldi o Telemann fueron durante mucho tiempo casi desconocidos. Ahora mismo Haydn aparece muy poco en los programas de conciertos, y de esta injustificada ausencia se quejan muchos aficionados a la música. En algún momento se oyó algún que otro estúpido «¿hasta cuándo Beethoven?». Y Wagner desapareció casi por decreto tras la segunda guerra mundial por la simple razón de que su música gustaba mucho a Hitler. Es cierto que tras épocas de crisis se ha repetido el slogan «Zurück zum Mozart», volvamos a Mozart, o que su actualidad se haya hecho más patente con motivo de sus centenarios, el de su nacimiento en 1956 y el de su muerte en 1991 (ahora se recuerda su 250 aniversario, en 2006). Pero siempre ha estado presente en nuestra cultura y nuestros gustos. Mozart es el clásico por excelencia, y nunca pasa de moda. Entre otras razones porque nunca cansa. No es tan fácil como parece analizar el porqué de las excelencias de su música, pero lo cierto es que esas excelencias se aparecen invariablemente patentes, lo mismo entre los entendidos que entre los no entendidos. Trataremos luego de comprender en lo posible los secretos del encanto especial de la obra de Mozart, lo mismo la de sus sonatas para piano, que la de sus composiciones de cámara, sus óperas, sus conciertos, sus sinfonías: da lo mismo porque todas son indiscutiblemente mozartianas. Pocos autores revelan su personalidad con absoluta indiferencia del género que cultiven. Y eso debe ser también por algo.
Johann Chrisostomus Amadeus Wolfgang Mozart nació en Salzburgo, en una casa que todavía se conserva —no se dice que esa casa ha sido modificada y ampliada—, el 27 de enero de 1756. De su complicado nombre, sus padres, sus amigos y él mismo prefirieron el de Wolfgang. Sin embargo, desde una película de los años 40 —hubo otras posteriores de parecidos títulos— se ha preferido el de Amadeus. Amadeus significa el amado de Dios, y con este símbolo ha querido destacarse su prodigiosa inspiración, que no parece de este mundo. Amadeus tuvo la virtud de admirar a sus contemporáneos ya desde sus cinco años, y sigue admirándonos dos siglos y medio más tarde. Qué duda cabe que tiene sus ventajas ser hijo de un músico. También lo fueron Bach o Beethoven, pero en ninguno de ellos se dio un caso de precocidad comparable al de Mozart. Su padre, Leopoldo, tocaba el violín en la pequeña orquesta del príncipe-arzobispo de Salzburgo, y también componía piezas breves, no geniales, pero con cierta gracia. En aquella casa de la Getreidegasse Wolfgang aprendió a leer música y a tocar el clave desde los cuatro años. Lo que no impidió que Leopoldo se echase a llorar de emoción cuando pudo leer unas notas muy emborronadas que su hijo de cinco estaba escribiendo de cualquier manera en el suelo: era un minueto de bellísima inspiración. Supo así, de pronto, que su hijo era un niño prodigio.
Y se dispuso a aprovechar la coyuntura, porque Leopoldo Mozart, además de un apreciable músico, tenía, como se deduce de sus cartas, un notable sentido económico. El pequeño Wolfgang podría ser un genio, pero de momento era ante todo una fuente de
dinero. Así fue como le llevaron a Munich, donde el niño causó sensación, e improvisó cuanto le pidieron. Una vez difundida la fama, fue requerido de todas partes; viajó a Linz, Bratislava y Viena, donde fue presentado a la familia imperial por Wagenseil, en una deliciosa ceremonia, entre solemne e infantil. Luego padre e hijo volvieron a Munich, y más tarde a Mannheim, que seguía siendo uno de los centros importantes del arte musical en Europa, y de allí a Frankfurt y Coblenza. De las orillas del Rhin, los Mozart pasaron a Bruselas, y más tarde fueron a París, donde permanecieron durante varios meses. Qué duda cabe de que en todo su viaje, y especialmente en Mannheim y en París, el pequeño, a la vez que asombrar, aprendió por contacto o por audición. En París vio publicadas sus primeras obras. Pero especialmente fructífera fue la estancia en Londres (1764-65), donde se encontró con Johann Christian Bach, que le enseñó con mucho gusto —y quién sabe si el maestro aprendió también— en uno de los contactos más fecundos de la historia de la música. En Londres escribió el pequeño genio sus primeras y deliciosas sinfonías. Después de la larga permanencia londinense, los Mozart visitaron, siempre con igual éxito, La Haya, Amsterdam, de nuevo París, Lyon, para atravesar Suiza. Cuando volvieron a su casa de Salzburgo, Wolfgang tenía diez años y conocía siete países. Viajó mucho más de niño que de adulto. Aprendió, qué duda cabe, por más que un hombre que llevaba la música, de un modo incomprensible, dentro de su ser, probablemente maduró mucho más que aprendió.
Mozart padre comprendió que la rentabilidad del niño prodigio había caducado. Wolfgang siguió con su carácter infantil, con sus pequeñas travesuras, con su pasión por los perros y su facilidad para subirse a los árboles; pero ya se dedicó a tocar y a componer para el príncipe arzobispo, conde de Colloredo. Escribió sinfonías, conciertos y varias deliciosas serenatas, obras de concepción libre y espontánea, destinadas a ser interpretadas generalmente en la vía pública. Ojalá hubiera compuesto más. Pero Wolfgang era, pese a su carácter risueño, mucho menos capaz de soportar al jefe que su diplomático padre. Varias veces discutió con el príncipe Colloredo, que tenía un carácter más bien áspero. Y tras la última discusión, el gran señor acabó echando al músico por las escaleras. A Mozart le encantaba Salzburgo, pero tuvo que irse a Viena: sin duda alguna para bien de la música. Consiguió una modesta colocación en la corte, y casó con Constanza Weber —tía de un futuro compositor romántico—; tampoco el matrimonio (que le dio cinco hijos, de los cuales solo dos le sobrevivieron), le hizo demasiado feliz. Mozart escribía música con asombrosa facilidad, pero su obra no le dio la misma fama que había disfrutado en sus tiempos de niño, y tampoco le dio dinero. Por lo general, su vida se desenvolvió en condiciones difíciles, aunque nunca por ello perdió el humor, ni su capacidad para hacer una música encantadora.
Recientemente, Lyndon H. Larouche ha lanzado la teoría de la «revolución de Mozart», que habría ocurrido entre los años 1782-1786. Desde entonces (es decir, entre los 26 y los 30 años de edad) su música, sin dejar de ser en todo momento «mozartiana», se hace más seria, más reflejo de una interioridad profunda e indescriptible, infinitamente más madura, y más propia de uno de los más grandes genios del arte. No es posible descifrar si operó en él, como se pretende, un impulso exterior,
histórico, determinado por la corriente que se ha denominado Sturm und Drang — tempestad y empuje—, o por las nuevas ideas que habían de desembocar muy pronto en la Revolución francesa, y, en definitiva, de gran parte de Europa. Quizá se han hecho en este sentido demasiados ensayos sin mucho fundamento. Cabe hablar también de una madurez vital que por entonces se hace definitiva. Lo cierto es que la espectacular transformación se opera. Mozart supera definitivamente a su amigo y más moderado Haydn, y hasta se supera a sí mismo. Hasta dónde hubiera llegado por este nuevo camino, no lo sabemos. En septiembre de 1791, después del triunfo que supuso el estreno de la Flauta Mágica, se le acercó un extraño personaje envuelto en una capa oscura, que le pidió con insistencia la composición de un Requiem. Aquella insistencia llegó a ser en Mozart una obsesión. Pensó que aquel misterioso personaje le anunciaba algo siniestro, y que el Requiem estaba destinado a él mismo. Hoy se sabe que el desconocido era un emisario del conde Walsegg, cuya esposa había muerto, y deseaba celebrar unos funerales en forma cuanto antes. Pero la discreción del intermediario le llenó de tristes premoniciones. «Debo terminar a toda prisa mi propio funeral», escribía a su libretista Da Ponte. Mozart ya se sentía enfermo; hoy se cree que padecía nefritis, aunque el misterio no se ha aclarado. No pudo terminar el encargo. Murió el 5 de diciembre de 1791, cuando contaba treinta y cinco años. Cómo hubiera sido la música de Mozart —¡y la propia historia de la música!— si su vida hubiese tenido una duración normal, jamás lo sabremos. Solo tenemos derecho a pensar que esa historia hubiera sido distinta.