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1. La persona de la Virgen María

1.1 Siempre Virgen

En las obras de espiritualidad lo que más se resalta de María es, sin dudas, su virginidad, ligada ésta estrechamente a la pureza, por lo que el don más excelso que recibió de Dios es haber concebido y dado a luz al Salvador “sin detrimento de su pureza virginal” (Morán, 1866: 110) “así como los frutos nacen de la tierra sin mancharla y de los árboles sin violarlos” (Morán, 1866: 116).

Muchas interpretaciones que se hacen de la anunciación del ángel Gabriel (Lc. 1, 26-38) se centran en el valor de la virginidad de María; incluso se llega a considerar que la turbación que ella sintió se debió principalmente, no al hecho sobrenatural de una presencia celestial, sino a la repentina entrada de un varón en su aposento, “porque es propio de la virgen recatada turbarse de cualquier vista y palabra de varón” (De la Puente, 1605a: 418).

La virginidad de María es superior incluso a su maternidad divina. Se le hace decir a la Virgen, explicando el sentido de su respuesta al anuncio del ángel:

“Cuando dije ‘¿Cómo se hará esto porque yo no conozco varón’? (…) fue como decirle: ‘Es de tanto precio para mí la pureza virginal, que ni la maternidad divina me satisface del todo, si no me aseguras mi perpetua virginidad” (Morán, 1866: 216).

Se deja bien en claro que la conservación de su virginidad era la principal preocupación de María:

“La humilde Virgen dudaba, temiendo la suerte que a su virginidad cabría, pero siendo asegurada de que sería Madre de Dios sin dejar de

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Cf. “Inventario de las existencias pertenecientes a la Secretaría del Santísimo Rosario abierta el 20 de octubre de 1890 e inventariada el 1 de enero de 1891” en: Archivo microfilmado del Convento Santo Domingo, Rollo 1, Archivo del Arzobispado de Córdoba.

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ser siempre virgen, dio sus palabras de aceptación” (Martínez Vigil, 1877: 46).

En sintonía con estas consideraciones, la educación de las niñas en las instituciones católicas ponía énfasis en la custodia de la pureza. El reglamento para las alumnas de las Adoratrices, fundadas por el jesuita José María Bustamante (Córdoba, 1885), exigía:

“Todas las alumnas al tiempo de desnudarse, levantarse, vestirse, lavarse y especialmente cuando se bañan, hagan siempre con mucha devoción la señal de la cruz, recen la oracioncita Oh Señora mía… a la Santísima Virgen y consideren que Dios las está mirando y que las observa el Ángel de la Guarda que está a su mano derecha. Siempre que estén despiertas en la cama, piensen en la Pasión del Señor o en otras cosas santas” (Bustamante, 1887: 645).10

La virginidad marcó la gran diferencia de María respecto a las demás mujeres, que concibieron sus hijos en pecado y tuvieron un “parto inmundo” (Morán, 1866: 252). El Redentor, en efecto, no tomó carne de una mujer sino de una purísima virgen porque el Dios de la pureza no quiere encarnarse sino en el seno de la pureza y el santuario de la virginidad (García Mazo, 1848: 396-397). Es por ello que María es aclamada como “la inviolada, la intacta, la casta, la que siempre quedó limpia” (Martínez Vigil, 1877: 517-518).

Al saludo del ángel se le atribuye este sentido:

“Bendita eres entre las mujeres, porque serás libre de la maldición de la esterilidad, sin daño de la virginidad, y también serás libre de la maldición de parir con dolor, porque concebirás sin deleite” (De la Puente, 1605a: 417).

Por ello fue muy loable su humildad en la presentación del niño Jesús en el templo (Lc. 2, 22-38), queriendo “ser tratada como inmunda, y como quien tenía necesidad de purificarse, como si no fuera virgen, mostrando en esto grande amor a la pureza y humillación” (De la Puente, 1605a: 549).

De esta exaltación de la virginidad de María se desprende una valoración del matrimonio como mero remedio de la incontinencia (en base a lo que plantea San

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Reglamento para las alumnas internas de las Hermanas Adoratrices del Santísimo Sacramento (1889), Artículo 62.

Pablo en 1 Cor. 7, 2) y como estado de vida menos excelente que la virginidad, tal como precisa el Concilio de Trento:

“Si alguno dijere que el estado del matrimonio se ha de anteponer al de la virginidad o soltería, y que no es mejor y más feliz permanecer en virginidad o soltería que unirse en matrimonio, sea anatematizado, es decir, execrado, detestado y excomulgado” (García Mazo, 1848: 400).11

Tal concepción del matrimonio debía expresarse inclusive en la austeridad de las bodas, porque siendo la virginidad lo más grande y lo último el matrimonio, no se poseía un poderoso motivo para celebrarlas como un ascenso porque eran, en realidad, un verdadero descenso (García Mazo, 1848: 409).

La unión sexual matrimonial, reducida al solo fin de la procreación, está presentada en los escritos devocionales con numerosas advertencias, sobre todo respecto a la peligrosidad del placer y la necesidad de purificarse de él con prontitud:

“Fue instituido el matrimonio para conservar la especie humana. Por tanto, así como es bueno, santo y de precepto comer lo necesario para mantener y conservar la vida, así también en el matrimonio lo que se requiere para la procreación y multiplicación de la especie humana es bueno y santo, porque es el fin principal de las bodas. (…) (Pero) no permanezcan enredados con el afecto en las sensualidades y placeres que según su estado han tenido, sino antes bien, pasados éstos, laven su corazón y afecto, purificándose cuanto antes para poder después practicar con total libertad de espíritu otras acciones más puras y elevadas” (De Sales, 1604: 287 y 291).