• No se han encontrado resultados

3- Job y Abraham: ejemplos de una existencia auténtica

3.3 El silencio de Abraham

El mejor ejemplo de una verdadera repetición nos lo ofrece el patriarca de la humanidad: Abraham. Este personaje representa la obediencia extrema a la voluntad divina, en tanto para demostrar aquella fidelidad y entrega al mandato de Dios es puesto a prueba y debe sacrificar al hijo que tuvo cuando ya era demasiado anciano. En este sentido, Abraham es la muestra perfecta de una existencia dentro de un estadio puramente religioso, en tanto él ―construye su vida en íntimo diálogo con Dios‖ (Torralba, 1998:117) y de esta forma puede esperar el milagro o, tal vez, el absurdo, de la vejez, es decir, la llegada de su primogénito a pesar de sus cien años. Su esposa Sara, según el relato bíblico,

era una mujer estéril y por este hecho era aun más complicado que Abraham tuviera descendencia; sin embargo, Dios le había prometido una gran nación al patriarca, si éste le obedecía en todos sus mandatos y si respetaba aquella alianza eterna que se había creado entre ambos. Por esta razón, Dios le concede un hijo a Abraham, de acuerdo a toda la paciencia y a la espera que este hombre había tenido, pero aún más de acuerdo a la fe en la promesa de su creador y al inmenso amor que éste sentía por aquella figura superior a él, porque así como indica la 1 Corintios: ―tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo‖ (13, 4-7).

En este sentido, el unigénito llega para sellar el pacto que estaba establecido entre Dios y Abraham y la esperanza traducida en fe logra el milagro; aún después de tantos años y ya en el período de la vejez, Abraham no se siente cansado para desear y aguardar la posibilidad del nacimiento de aquel que iba a convertirse en su posteridad. La vivacidad del deseo da paso a la aparición de la conciencia que exige la responsabilidad de su salto cualitativo, el cual es capaz de transfigurar el acto de amor y darle paso a la locura de la fe, es decir, al instante del éxtasis místico, donde se siente con el corazón la presencia de la divinidad y, donde culmina la búsqueda y la ilusión del patriarca se materializa recibiendo a Isaac por vez primera. Es así como el absurdo se vuelve carne, a pesar de la incredulidad de Sara y de los que absortos contemplaron la realización del milagro, el juego divino se manifiesta en la vida de Abraham con la dación de su primogénito. La espera se había hecho necesaria y al final tuvo su recompensa; ni siquiera la ancianidad apagaba la llama de fe que ardía en las entrañas del patriarca de la humanidad.

La manipulación del absurdo en la vida del ansioso Abraham atendía a una contradicción de la razón, en tanto ésta le jugaba una mala pasada, tratando de hacerle entender que el tiempo ya había consumado las mieles del amor erótico de juventud. Pero, la fe es capaz de moverse en terrenos ubicados más allá de la egoísta razón y, por esto, Abraham nunca desespera en su búsqueda y por encima de todo cree y espera lo que algunos consideraban como lo imposible. De esta manera, llega Isaac para sellar el pacto entre Dios y Abraham, dando paso a que la esperanza del anciano se reconforte con la idea de la aparición de sus naciones futuras. Todo ocurre porque él espera pacientemente y cree en

virtud del absurdo22, a pesar de su cantidad de años y los de su esposa y, aun más, a

pesar de la infertilidad de Sara, Abraham puede recibir a Isaac, porque este hijo es el fruto de la fe. Las palabras del Señor a Abraham son las que sellan la promesa:

La voy a bendecir, y te daré un hijo por medio de ella. Sí, voy a bendecirla. Ella será la madre de muchas naciones, y sus descendientes serán reyes de pueblos. […] Lo que yo he dicho es que tu esposa Sara te dará un hijo, y tú le pondrás por nombre Isaac. Con él confirmaré mi pacto, el cual mantendré para siempre con sus descendientes (Génesis 17, 16. 19).

El absurdo de la fe le regala a su primogénito, pero tiempo después Abraham vuelve a ser llamado por Dios y es puesto a prueba: debe entregar la vida de su hijo en sacrificio y aquel que realizará dicho acto debe ser el mismo progenitor. En este sentido, la renuncia al hijo que tanto tiempo había esperado es mediada por el acto de la resignación infinita. Este acto no es otro que el movimiento interior, donde Abraham se desprende de su bien amado material colocando por encima el temor a Dios y, otorgándole prioridad al amor pasional que el patriarca siente por lo infinito. La promesa del pacto estaba latente en el corazón del anciano y lo hacia alentarse ante la situación paradójica que se levantaba frente a él. Es puesto a prueba por Dios, pero su amor trasciende todos los límites terrenales y se entrega a los encantos de la fe. Esta vez gana el amor a Dios sobre todas las cosas que el amor por su propia humanidad.

Abraham sabía que el resultado de su decisión iba a ocasionar su desgracia y la felicidad tanto de Sara como la de él se vería truncada con el sacrificio. De esta manera, ―todo el temor del combate se concentro en un instante: ―Y Dios puso a prueba a Abraham y le dijo: toma tu hijo, el único, aquel a quien tú amas, Isaac; vé con él al país de Morija y allí ofrécelo en holocausto sobre uno de los montes que yo te señalaré‖ (Temor y temblor: 22). Vemos de esta forma que por medio del absurdo se logra el milagro, se experimenta la angustia del sacrificio, se renuncia y no se deja de creer ni de amar a Dios. La muestra de fe a través de la entrega física de su hijo, coloca a Abraham en un enfrentamiento con Dios, los hechos o las acciones23 deben dar cuenta del amor que es locura desbordante,

renunciando al fruto que le fue entregado por esperar lo absurdo con paciencia y fe. La

22 He aquí una pequeña explicación que nos da el mismo Kierkegaard para comprender en qué consiste el

movimiento del absurdo: ―El absurdo, o actuar en virtud del absurdo, es, por lo tanto, actuar según la fe,

confiando en Dios‖ (Diario íntimo: 260). La confianza en Dios es suficiente para recuperar todas las esperanzas perdidas.

crisis de la adultez24 pareciese no conmover al patriarca y se regocija en la decisión del

sacrificio.

Es así como el anciano emprende la marcha hacia el monte Morija, llevando a Isaac como el cordero para su sacrificio. El largo camino que debe emprender Abraham, siempre va acompañado del silencio que le genera esta situación tan inexpresable e incomprensible ante los ojos de los demás. Aun así, él sabía que estaba siendo puesto a prueba por el Señor y que ―después de haber realizado lo absurdo mediante el milagro‖ (Temor y temblor: 22) era Dios mismo quien lo llamaba a hacer el sacrificio y a desenvainar el cuchillo para dar muerte a Isaac. Pero Abraham también sabía que aquel iba a ser el destino de su decisión; Abraham fue retado por el Señor y aceptó, fue capaz de manifestar la pasión que trae consigo el amor divino y la elevación de su fe se condensó en un solo punto: el sacrificio, el acto violento de amor. Abraham ―sabía que el Todopoderoso lo estaba probando y que ese sacrificio era el más duro de los que podía exigirle; pero sabía también que ningún sacrificio es demasiado duro cuando Dios ordena, y sacó el cuchillo‖ (Temor y temblor: 26), de esta manera, el momento de la elevación del cuchillo para dar muerte a Isaac es la representación trágica de la voluntad de Dios realizada por lo finito. Abraham era casi una marioneta de Dios, él habría renunciado a cometer el sacrificio pero su vida futura lo martirizaría por siempre y se entendería como aquel cobarde que dudo de su fe.

Por esta razón, la duda no puede aparecer en el camino de ascenso al monte y tampoco desde antes que se emprenda el recorrido, porque de aquello de lo que está seguro Abraham es de su fe inmensa en el Señor y de su amor que es capaz de saltar las barreras terrenales. Abraham no se detuvo en la subida al monte Morija para dudar y tampoco estando allí sintió temor, porque ―aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno, porque tú, Señor, estás conmigo‖ (Salmo 23). Si la incertidumbre hubiera tomado partido en la decisión del patriarca, las naciones siguientes no lo habrían reconocido como el padre de la fe. La decisión se mantiene firme hasta el momento en que Abraham levanta el cuchillo para dar muerte a Isaac, su amor lo puede todo y es posible la

24 Como bien lo ilustra Kierkegaard en su Diario Intimo, esta crisis o este período de la adultez es donde: ―El sol aparece en el horizonte y el rocío se evapora; con él se desvanecen los ensueños de la vida y llega la hora en que es preciso saber si el hombre será capaz, empleando otra imagen del mundo de las flores, de segregar por sus propios recursos, como el laurel rosado, una gota que ha de subsistir como el fruto de su

renuncia, porque en su corazón alberga el sentimiento de la religación permanente con Dios y mantiene vivo el consuelo: ―amar a Dios sin tener fe es reflejarse en sí mismo, pero amar a Dios con fe es reflejarse en Dios‖ (Temor y temblor: 40). Es decir, el móvil de la acción es únicamente la experiencia de fe, comprendida desde el sentimiento místico donde se siente y se vive la unidad entre lo divino y lo terreno.

A pesar de su gran prueba, la esperanza estaba presente en el corazón de Abraham, pues creía que Dios no le exigiría el sacrificio de su bien amado; pero, si ocurría lo contrario él estaba también dispuesto a cumplir con la voluntad divina, porque este caballero de la fe no es ningún cobarde que ―no impide a su amor penetrar hasta lo más profundo de sus más ocultos pensamientos y dejarle enredarse en innumerables vueltas alrededor de cada ligamento de su conciencia; aunque su amor se haga desgraciado jamás podrá librarse de él‖ (Temor y temblor: 45). La prueba puesta por Dios exige entonces la respuesta sincera de Abraham, pues se presenta como algo fascinante y tremendo que es irreductible a toda comprensión humana.

La promesa de las naciones futuras se mueve en el ámbito del amor, en donde Dios es capaz de mantener su palabra si Abraham llega a la demostración de su fe, ya que la promesa es aquello que mantiene viva la esperanza de Abraham y que le ayuda a complementar el momento de su existencia finita. Después de sentir el llamado, Abraham se ve abocado a la voluntad divina y transforma su ser sintiéndose uno con lo eterno; así, se comprende ahora como aquel que es capaz de enfrentarse con Dios y sabe que su lenguaje finito es equiparable al lenguaje divino, creando de esta forma la conciencia de su ser eterno. Por esto,

El tipo perfecto del <<movimiento según la fe>> nos lo ofrece Abraham. Este ha realizado, en efecto, el movimiento de lo absurdo aceptando sacrificar su más amado bien y en consecuencia aceptando suspender lo ético y salirse de lo general, y al mismo tiempo manteniéndose firme en la convicción de que Isaac le sería devuelto. De esta manera ha penetrado en la vida más elevada: se ha puesto en relación infinita con el Infinito, en relación absoluta con el Absoluto, lo que constituye la esencia misma de lo religioso (Jolivet, 1946: 220).

De esta manera, la figura del patriarca pasa por la experiencia extática, donde suspende su propia existencia; ese instante donde siente la totalidad del tiempo le abre las posibilidades a Abraham y éste opta por el sacrificio de su hijo como muestra del temor a Dios, que se traduciría en el combate contra éste. Así, se abre ahora la fe como la

paradoja que llevará a Abraham al mutismo. En la noche callada y constelada, Abraham siente el llamado; apareciendo junto a éste el sentimiento de angustia, ya que, de una u otra manera se siente acorralado, pero aún así tiene fe, nunca desespera y obedece. La angustia siempre está presente en esta historia, desde el momento que siente el llamado divino y es puesto a prueba, vemos como Abraham se sumerge en la angustia de su decisión, siente que el suelo se resquebraja a sus pies: es el temblor de la fe. No es la angustia ante el pecado, sino la angustia ante el temor de Dios lo que lo lleva a actuar. Y en este contexto aparece la obediencia como el único camino para liberarse del sentimiento de deber y la que determina la decisión de Abraham.

La figura de éste caballero de la fe toma como impulso la resignación infinita; sin embargo, en el momento en que se suspende en el aire intenta olvidar el sentimiento de la resignación y lo esconde bajo la satisfacción del deber cumplido que le exige el mandato celestial; pero cuando las puntas de sus pies sienten el suelo de nuevo, la melancolía aparece acompañada del silencio. En este sentido, la fe siente en carne viva su absurdo sin límite y su incapacidad de predecir lo futuro. Aquí el hombre de fe se siente abismado al no conseguir descifrar el misterio divino. A pesar de la sentencia que dicta el absurdo, la elección de Abraham deshace la oscuridad del paisaje, encuentra su sentido vital por el que está dispuesto a vivir, a morir y a entregar la vida de su bien más preciado. La resignación cumple así su cometido.

El caballero de la fe ha efectuado y cumplido en todo instante el movimiento infinito. Vuelca en la resignación infinita la profunda melancolía de su vida, conoce la felicidad de lo infinito, ha experimentado el dolor de la total renuncia a aquello que más ama en el mundo; y gusta lo finito con tan pleno placer como aquél que no ha conocido nada mejor, no muestra señales del adiestramiento que hace sufrir inquietud y temor; se deleita con un aplomo tal que, parece, nada hay más cierto que este mundo finito. […] Se ha resignado infinitamente a todo para recobrarlo todo en virtud del absurdo (Temor y temblor: 44).

Este abandono de sí posibilita la apertura de la religación con lo divino. El sacrificio de amor es la entrega absoluta para dejarse poseer por Dios. El jugarse la mismidad en la fe, el donar lo más propio de sí, es la paradoja del cristiano y allí se juega su existencia. La fe es el padecimiento más original del creyente que se convierte en una fuerza vital; de esta forma el cristiano puede dirigirle a Dios las siguientes palabras: ―quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como Tú lo quieres, quiero hasta que Tú quieras‖ (Oración de Clemente XI). La abnegaciónde Abraham, su entrega a la voluntad de Dios, su

experiencia de fe es el salto al abismo, él se lanza de cabeza en la vida misma. Igualmente, el sacrificio supone el acto de decisión libre, donde aquel que salta se abandona a sí mismo pero a su vez se religa con lo que está separado, por esto en el momento en que sus pies dejan de tocar el suelo y se siente suspendido en el aire, aparece el momento extático, donde se siente placer al creer que hay una unión entre la finitud y lo eterno. Este instante de frenesí exige que Abraham deje a un lado su propia existencia, que ponga a prueba su deber moral y que experimente la angustia frente al abismo que se encuentra justo bajo sus pies. Abraham se eleva para ver las posibilidades y se juega su existencia en la apuesta de la fe. La renuncia al bien amado terrenal, le permite a Abraham transfigurar su amor en el instante del salto y entregarlo al ser eterno; de esta manera el dolor con el que se había enfrentado en la resignación infinita le otorga al patriarca una sensación de consuelo.

Sin embargo, el salto cualitativo implica una caída de nuevo a la tierra. De esta forma, los dedos sienten que tocan nuevamente el suelo, pero aquel que salta se rehúsa a caer completamente, porque el goce del estado de suspensión en el aire no se repetirá nuevamente con la misma intensidad, se salta una sola vez y se cae de cabeza al abismo de la vida terrena. El volver a caer después del salto debe ―transformar en marcha el salto hacia la vida, expresar el sublime impulso en el curso terreno‖ (Temor y temblor: 45), ya que el que salta no deja que su temporalidad transcurra pobremente mientras espera a que llegue la eternidad (cfr. Guerrero Martínez, 1993: 178), sino que siente nuevamente el gusto por lo finito y se encuentra reconciliado eternamente con lo divino. En el caso de Abraham y de su descendencia, podemos ver que ambos fueron bendecidos por el Señor y sienten de nuevo el deleite de lo terreno:

El señor ha dicho: ―Puesto que has hecho esto y no me has negado a tu único hijo, juro por mi mismo que te bendeciré mucho. Haré que tu descendencia sea tan numerosa como las estrellas del cielo y como la arena que hay a la orilla del mar. Además, ellos siempre vencerán a sus enemigos, y todas las naciones del mundo serán bendecidas por medio de ellos, porque me has obedecido (Génesis 22, 16-18).

Abraham se vuelve a reconciliar con la vida y emprende el camino de los últimos días de su existencia, pero aquella reconciliación no logra que la resignación guarde su lugar en el recuerdo del patriarca y que el sentimiento de dolor de lo que iba a ser la perdida de su hijo se esfume de la memoria del Padre de la fe. En este sentido, la resignación inventa imágenes de consuelo y ayuda para que sea posible la ilusión de la reconciliación entre el

patriarca y su vida terrena. De esta forma, Abraham se halla en una relación absoluta para con lo absoluto y confirma el hecho de que: ―Quien ama a Dios no tiene necesidad de lagrimas ni de admiración; olvida el sufrimiento en el amor y tan completamente que no subsistiría tras él la menor huella de su dolor si Dios mismo no se la recordase; porque vive en el secreto, conoce la miseria, cuenta las lagrimas y no olvida nada‖ (Temor y temblor: 134).

Es necesario tener ahora en cuenta de que Dios le había exigido mucho más a Abraham que a Job, de ahí que el significado de la prueba que debe superar el patriarca lo consagre como el padre de la fe. Es Abraham quien debe levantar el cuchillo sobre el ser más amado por sus entrañas; y es él quien debe ejercer violencia sobre su propia humanidad. Aún así Abraham no se detiene a reflexionar sobre aquello que ante los ojos de la ética puede resultar como un crimen. Es ésta última quien lo condena, quien lo maldice

Documento similar