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Aquel fin de semana Wendy me sacó a pasear y, por primera vez desde el último sábado, tal vez incluso por primera vez en todo un año, finalmente sentí que las cosas iban bien. No necesitaba a Tom. No necesitaba a nadie capaz de tratarme como él me había tratado. Y como el romance floreciente entre Wendy y Jean-Michel así lo demostraba, nunca se sabe cuándo va a encontrar una a su hombre ideal. O al menos al hombre ideal por el momento. Porque, ya puestos, me habría conformado con un hombre del montón, o incluso menos que eso, si el susodicho me hubiese demostrado alguna atención. Pero no tenía tanta suerte.

El domingo, Wendy vino a casa y me ayudó a vaciar el armario de ropa. Todo lo que pertenecía a Tom fue arrojado a unas enormes bolsas de basura verdes. Pero luego lo pensé mejor y revisé las bolsas para sacar todo lo que le había comprado cuando su tarjeta de crédito era rechazada; las camisas que le había comprado para sorprenderlo; los jerséis que le había comprado porque pensaba en él; los pantalones Van Heusen, resistentes a las manchas, que le había comprado cansada de frotar manchas de tinta de sus pantalones antes de llevarlos a la lavandería. Cuando al fin sacamos toda la ropa que le había regalado, una montaña de camisas, calcetines, calzoncillos, pantalones y camisetas yacía en el suelo de mi salón.

Wendy sonrió.

—¿Qué quieres que hagamos con todo esto? —preguntó.

Sonreí. No le pertenecía. Lo había obtenido simulando ser un novio sensible y fiel. Algo que obviamente no era.

—Se me ocurren algunas ideas —murmuré. Finalmente decidimos cortar en tiras algunas de las camisas y guardamos el resto para llevarlo a alguna casa de caridad. La ropa que Tom realmente se había comprado la pusimos en una pila fuera de mi apartamento y Wendy lo llamó al móvil para dejarle un mensaje.

—Tus ropas están en al descansillo de Claire y las dejaremos ahí hasta las diez de la noche —informó—. Si las quieres, te aconsejo que vengas antes de esa hora.

—Así no tienes que estar dando vueltas y esperando, preguntándote si aparecerá. Si no viene esta noche, las llevamos a incinerar.

Wendy llamó al cerrajero, que vino rápidamente y cambió la cerradura del apartamento. Me dio las llaves nuevas y Wendy me puso las viejas en la mano.

—Tíralas en una fuente o algo así —dijo—. Tal vez te traigan suerte.

Tenía que admitir que, por lo menos, eso no iba a empeorar las cosas. En realidad, era difícil que las cosas pudieran ir peor.

Salimos a llevar la ropa a la casa de caridad, cada una con una bolsa de plástico llena de cosas que yo le había comprado a Tom. Después de dejarlas, Wendy insistió en invitarme a cenar para celebrar que me hubiera quitado de encima a Tom de una vez por todas. Tomamos el metro y fuimos hasta el Rockefeller Center para tirar la llave vieja en la fuente. Allí se quedó, entre montañas de centavos que portaban deseos de sus antiguos poseedores.

—¿Qué has pedido? —me preguntó Wendy mientras nos alejábamos.

—Si te lo digo no se hará realidad —dije con aire juguetón. Había deseado no unirme a nadie que no me tratara como me merecía.

Oh, y también pedí tener relaciones sexuales alguna vez antes de cumplir los treinta. Después de todo, una llave es algo más grande que un centavo, lo cual me daba derecho a dos deseos.

Durante la cena (que Wendy pagó con una tarjeta de crédito que no fue rechazada) reímos, hablamos y brindé por la amistad y la autoestima. También me fijé en que unos camareros muy guapos nos sonrieron a mí y a Wendy, que no les prestó mayor atención.

Las cosas habían cambiado.

Al llegar a casa, encontré el descansillo vacío. Tom había venido a buscar lo suyo. Me invadió una sensación de alivio. No tenía que hacer más llamadas telefónicas, ni tenía que encontrarme con él, ni establecer ningún otro contacto.

—Tom se ha ido para siempre —dijo Wendy triunfante, descorchando una botella de champán que habíamos comprado en el camino de regreso a casa.

—¡Brindo por eso! —dije levantando mi copa—. Y porque mi apartamento ha vuelto a ser mi apartamento.

—Bueno, quería hablarte de eso —dijo Wendy, inclinando su cabeza a un lado y sonriendo—. Ahora que Jean-Michel y yo estamos saliendo oficialmente, bueno, no saldré tanto a comer fuera y creo que tendré más dinero para un alquiler. Me preguntaba si estarías interesada en compartir tu apartamento conmigo.

—Oh, Dios mío, ¡claro! —exclamé dejando mi copa de champán y abrazándola. Ella también me abrazó y ambas nos reímos y saltamos con excitación.

—¿Sí? ¿Estás segura? —¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!

Brindamos de nuevo.

Cuando Wendy al fin se fue a su casa, me sumí felizmente en un sueño reparador.

***

El teléfono sonó a las siete menos cuarto de la mañana del jueves sacándome del primer sueño placentero del que había disfrutado en meses. Pensé que, si era Tom de nuevo, lo mataría. ¿Es que se había puesto de moda sacarme de la cama tan temprano? ¡Odiaba madrugar! Contesté malhumorada el teléfono y me sorprendí al oír la voz de mi madre en vez de la de Tom.

—¿Cómo te atreves? —me gritó sin siquiera decir hola. Me senté, bastante aturdida, y me froté los ojos. Miré el reloj de nuevo, para asegurarme de que no me había imaginado la hora. No. Eran las 6:46. Carraspeé un poco. —Hummm, buenos días —dije medio dormida.

—No puedo creer que me hayas avergonzado de esta manera, jovencita — espetó mi madre inmediatamente—. Estoy sorprendida por tu conducta. Me quedé mirando el auricular antes de volver a llevármelo a la oreja. No entendía nada de lo que estaba sucediendo.

—¿De qué estás hablando? —pregunté finalmente.

—No te hagas la tonta conmigo —dijo mi madre encolerizada.

Respiré profundamente revisando mi cerebro para ver si encontraba alguna actividad ofensiva en la que pudiera haber tomado parte, pero no encontré nada.

—Tu tía Cecilia acaba de llamarme —dijo mi madre con lentitud. Su voz era de hielo—. Iba hacia su trabajo cuando vio un ejemplar de esa revistucha horrible, Tattletale. ¿Cómo osas avergonzarme de esta forma? Mi corazón empezó a latir con fuerza, aunque todavía no tenía ni idea de lo que me estaba diciendo. Sin embargo, igualmente tuve la sensación de que mi estómago se hundía en el vacío. Cerré los ojos y todo lo que pude ver fue la imagen de la presuntuosa y risueña Sidra DeSimon.

—¿Qué es lo que vio en Tattletale? —pregunté despacio. No podía ser nada bueno.

—Oh, creo que lo sabes muy bien —replicó mi madre con frialdad—. Si quieres retozar con una estrella de cine, está bien. Pero manchar nuestro buen nombre apareciendo en la portada de una revista como el juguete sexual de Cole Brannon, es algo imperdonable. No te crié para que seas una cualquiera.

Repentinamente me quedé sin respiración. ¿Un juguete sexual?

¿El juguete sexual de Cole Brannon?

—Mamá, no tengo ninguna relación con él —murmuré sintiendo un nudo en la garganta. Me sudaban las palmas y tenía la boca seca—. Te lo juro. ¿Estás segura de que se trata de mí? ¿Está segura Cecilia?

—Completamente —contestó mi madre, sin ceder ni un ápice—. Sales en la portada, Claire. ¿Cómo se supone que debo vivir con eso? ¿Qué se supone que voy a decirle a tu abuela de ochenta y cinco años cuando te vea en la portada de la revista como cualquier ramera barata?

—Oh, Dios mío —exclamé, demasiado asombrada como para responder al hecho de que era mi propia madre la que me estaba acusando de parecer una zorra. Mi corazón se aceleró. Finalmente hablé—: Todo esto es un gran malentendido, mamá, te lo juro. Entrevisté a Cole Brannon, pero eso fue todo. Tattletale es una revistucha, mamá. No son noticias verdaderas. No puedes creer todo lo que publican.

—No sé qué decirte, Claire —replicó mi madre después de una pausa—. Ya me doy cuenta de que no eres la hija a la que yo crié.

Sus palabras dolieron. Tomé aliento y lo intenté de nuevo. —Mamá, nada de eso es verdad —insistí—, tienes que creerme. —Estoy muy decepcionada —dijo con frialdad.

el teléfono todavía en la oreja, hasta que volví a la realidad.

—Mierda, mierda, mierda —me lamenté saltando de la cama y precipitándome al ropero. Saqué unos téjanos y un jersey desteñido, lo primero que encontré.

Bajé rápidamente los cuatro pisos, corrí por el pasillo y salí a la calle aún medio vacía a esas horas. Llegué hasta el quiosco que estaba en la Segunda Avenida con la calle Cuatro, observé los expositores y finalmente di con Tattletale.

Me quedé congelada al verme en la portada.

En la parte superior izquierda de la revista había una foto en blanco y negro en la que aparecíamos Cole y yo saliendo del servicio de caballeros de Mod. Parecía una de esas fotos que sacan las cámaras de seguridad de la revista, lo que significaba que alguien de Mod —Sidra, sin duda— la habría enviado a Tattletale. Cuando salíamos por la puerta, Cole tenía el brazo por encima de mis hombros y yo lo miraba. La foto parecía condenatoria. Pero lo peor, con mucho, era el titular que rezaba: EDITORA DE MOD, EL NUEVO JUGUETE SEXUAL DE COLE BRANNON.

—¡Oooh, mierda! —maldije, lo suficientemente fuerte como para que el hombre que atendía el mostrador me mirase sorprendido.

—¿Se encuentra bien, señorita? —me preguntó. Le hice una mueca.

—No —mascullé. Con manos temblorosas, puse un ejemplar de Tattletale sobre el mostrador y le di un dólar por él—. No me encuentro nada bien. Salí del establecimiento como un relámpago, hojeando la revista a toda velocidad. Cuando llegué a la página treinta y dos, donde había un artículo a doble página sobre nuestro «affaire ilícito», me quedé petrificada. Me paré en la acera a contemplar el contenido, mientras el nudo que sentía en la garganta se iba estrechando a medida que leía el texto.

Había fotos en toda la página, junto a un breve artículo. Había una foto del increíble ramo de flores que Cole me había mandado y una reproducción de la nota que lo acompañaba, cortesía de Sidra, sin duda. Había una foto, tomada por un paparazzi, de Cole entrando al taxi conmigo. Había incluso una foto mía, saliendo sola de mi edificio.

«Cole Brannon encuentra nuevo juguete sexual», decía claramente la publicación. Debajo de eso se leía: «Claire Reilly, la columnista de Mod, es la última aventura de la estrella de cine. «Una exclusiva de Tattletalel» A medida que recorría el texto me iba sintiendo cada vez más angustiada:

Los espías de Tattletale se han enterado de que el monumento más sexy de Hollywood, Cole Brannon, está ocupado con Claire Reilly, de veintiséis años, redactora de la revista Mod, quien realizó el artículo de portada del número de agosto sobre Brannon.

«Se conocieron cuando ella entrevistó a la estrella para ese número», contó una fuente de Mod. Ella dice que él es muy bueno en la cama.

La señorita Reilly ha trabajado para Rolling Stone y People como redactora especializada en celebridades. Llevó su talento a Mod, donde trabaja desde hace dieciocho meses en la sección de espectáculos. Es la periodista más joven en una publicación de estas características.

Tattletale ha sabido que Brannon y Reilly fueron vistos

saliendo juntos del hotel del actor en dirección al apartamento de la redactora, y escondiéndose en el servicio de caballeros de Mod, en Nueva York. ¿Rápidos, no?

«Se los veía bastante a gusto juntos —dijo el conductor de taxi Omar Sirpal, quien llevó a Reilly y Brannon la semana pasada—. E incluso le dio a ella el desayuno en mi taxi.» La señorita Reilly recientemente fue abandonada por su novio, con quien vivía, de modo, que el romance con Brannon, aquí, en Tattletale, nos suena a despecho. En cuanto al señor Brannon, parece que está locamente enamorado de su nueva gatita sexual, quien se suma a las filas de Kylie Dane y la agente Ivana Donatelli en el elenco de sus amantes.

«Le envió flores la semana pasada —señala nuestro informante en Mod—. Ella contó a todos los de la oficina de quién eran y por qué se las había enviado. Aparentemente, Cole supo apreciar toda la atención que ella le había prestado, si se entiende a qué me refiero.»

¿De qué clase de atención se trataría? No lo sabemos, pero podemos suponerlo. Reilly y Brannon fueron vistos dirigiéndose los dos juntos al servicio de caballeros de Mod el pasado jueves. Salieron también los dos juntos un cuarto de hora más tarde, con aspecto cohibido y satisfecho a la vez, según nuestro informante.

«Todos sabemos lo que pasó allí dentro —dice nuestra fuente en Mod—. Como si no fuera lo bastante evidente,

todos oímos lo que ocurrió.»

¿Cuál será la próxima enamorada del soltero más sexy y ocupado de Hollywood? Busque en el próximo número de

Tattletale para averiguarlo.

Después de haber leído aquello, me quedé un rato mirando el texto aterrorizada. Lo volví a leer, como si con la segunda lectura pudiera cambiar, convirtiéndose en algo menos mortificante.

Pero no tuve esa suerte.

—Oh, Dios mío. —Estaba paralizada en medio de la acera y no tenía idea de qué debía hacer. Sería mi palabra contra la de la fuente de Tattletale, que seguramente era Sidra DeSimon. Todo lo que me incriminaba en el texto había venido directamente de ella. No cabía duda.

Y además, ¿por qué no había de ofrecerse personalmente a Tattletale con todo ese material incriminatorio? Le habrían pagado mucho dinero por un artículo como ése. Eso le habría servido para aumentar su estatus ante ellos. A su hermana Estella le habría encantado. Y a mí me dejaba por los suelos. Sabía que odiaba que a los veintiséis años yo fuera redactora. Siempre había considerado que mi éxito era una afrenta personal hacia ella.

En definitiva, estaba jodida. Obviamente, Sidra todavía no le había contado a Margaret lo de Cole, pero sin duda, para cuando llegara a la oficina, Margaret ya estaría al corriente del artículo de Tattletale. Después de todo, el nombre de su revista —por no mencionar el mío propio— había sido mancillado desde la cubierta de uno de los más destacados periódicos de chismorreos del país. Y, a pesar de que Margaret pretendía estar por encima de todo esto, todos sabían que en el fondo le gustaban tanto el Star como el National Enquirer. Tattletale siempre estaba sobre su escritorio los martes por la mañana. ¿Cómo iba a pasársele por alto?

Volví a tragarme el nudo que tenía en la garganta cuando caí en la cuenta de que con toda probabilidad me iban a despedir ese mismo día. Me brotaron lágrimas de los ojos ante la injusticia de todo aquello.

Peor aún, ¿qué pensaría Cole? Seguramente creería que yo tenía algo que ver con todo eso. De repente me sentí agarrotada por la vergüenza y él desencanto. Él, claro, era un mentiroso, pero ahora parecería qué yo también había mentido; y, para colmo, a una revistucha sensacionalista. Estaba segura de que él pensaría que yo estaba detrás de la horrible historia de nuestro supuesto lío.

Alcé la vista, advirtiendo que estaba en mitad de la acera y que los transeúntes me miraban como si estuviera chiflada. Tal vez lo estaba. Rápidamente cerré la revista y me precipité calle abajo en dirección a mi

apartamento, todavía presa del pánico.

Cuarenta minutos más tarde, después de un viaje en metro tortuosamente largo hasta Brooklyn —durante el cual había memorizado el artículo entero con una creciente sensación de pánico—, me hallaba ante la puerta de entrada del edificio de Wendy. Tuve la impresión de que tardaba una eternidad en contestarme, pero finalmente lo hizo, todavía en pijama y frotándose los ojos de sueño.

—¡Claire! —dijo bostezando, con los ojos finalmente abiertos. Se llevó la mano a su cabello desgreñado y rojo, que durante el sueño se había convertido en algo que no se sabía muy bien si era un halo o un peinado afro—. ¿Qué estás haciendo aquí?

Sin decir palabra, le pasé el ejemplar de Tattletale. Le echó una mirada a la portada y, para cuando volvió a mirarme, estaba completamente despierta.

—Oh, no —dijo en voz baja—. ¿Es tan malo como parece? Asentí lentamente.

Sin pérdida de tiempo, Wendy comenzó a hojear la revista. Cuando vio la doble página tragó saliva. Sus ojos recorrieron el breve artículo y a continuación me miró horrorizada.

—Es terrible —dijo en voz baja.

—Lo sé —asentí. Wendy le echó una última mirada a la revista y me la devolvió—. ¿Qué voy a hacer?

—No sé —contestó. Nos miramos por unos segundos; luego se enderezó y me hizo señas para que entrara. Me sentía como si estuviera en trance—. Bueno, al menos a Tom le sentará como una patada —dijo Wendy amablemente, mientras la seguía por el corredor hasta la cocina. Esbocé una débil sonrisa.

—Sí, algo es algo —concedí. Sollocé y volví a mirar la revista que tenía en mis manos—. Esto es obra de Sidra.

Wendy y yo nos sentamos a la mesa de la cocina. —Tiene que serlo —dijo al cabo.

—¿Por qué esa mujer la tiene tomada conmigo? ¿No es suficiente que su hermana me haya robado el novio?

—En realidad, si quieres saberlo, su hermana te hizo un favor —aclaró Wendy.

—Cierto —dije agriamente. Sentía las manos heladas y oía mi propio pulso en los oídos. Mi cuerpo se puso súbitamente tenso.

—Tengo que hacer algo —dije. Wendy me miró y asintió. Volví a echar un vistazo a Tattletale, después la miré a ella—. Pero ¿qué? ¿Qué se supone que debo hacer?

—No tengo ni idea —respondió Wendy en voz baja. ***

Cuando treinta minutos más tarde subimos al metro, no estábamos más cerca de haber encontrado una solución, pero al menos me sentía mejor sabiendo que no me encontraba sola. Sabía que debía prepararme para las miradas y los murmullos cuando entrara en la redacción, pero Wendy me había prometido que entraría conmigo y que fulminaría con la mirada a cualquiera que dijera algo inadecuado.

—Es muy probable que hoy me despidan —dije abatida, mientras el metro traqueteaba bajo tierra. Wendy y yo íbamos apretujadas entre una mujer corpulenta, vestida con un traje chaqueta demasiado grande de los años ochenta, y un hombre alto de nariz aguileña y con unos tirantes que le subían los pantalones por encima de la cadera. A nuestro alrededor los neoyorquinos hojeaban sus periódicos y revistas, preparándose para un día de trabajo. Cuando vi que había varios ejemplares de Tattletale abiertos, bajé la mirada y para intentar que nadie se fijara en mí. ¿Quién