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Sobre las vivencias intencionales sus "contenidos"

In document Edmund Husserl Investigaciones Logicas II (página 88-192)

Introducción

En la segunda investigación hemos puesto en claro el sentido de la idealidad de la especie en general, y por ende, el sentido de la idealidad de las significaciones, que interesa a la lógica pura. Como a todas las unidades ideales, corresponden a las significaciones posibilidades reales y eventualmente realidades; a las significaciones in specie corresponden los actos de significar y aquéllas no son más que momentos ideales de éstos. Ahora bien, suscítanse nuevas cuestiones con referencia al género de vivencias psíquicas en que toma su origen el género supremo de significación, y análogamente can referencia a las especies ínfimas de estas vivencias, en que se despliegan las especies esencialmente distintas de significaciones. Trátase, pues, de responder a la cuestión del origen del concepto de significación y de sus variedades esenciales, e de responder a esta cuestión de un modo más profundo y más amplio que en nuestras investigaciones anteriores. En íntima conexión con ésta hállanse otras cuestiones. Las significaciones residen en intenciones significativas, que pueden entrar en cierta relación con la intuición. Hemos hablado repetidas veces del cumplimiento de la intención significativa por intuición correspondiente y de que la más alta forma de este cumplimiento se da en la evidencia. Surge, pues, el problema de describir esta notable relación fenomenológica y de determinar su papel, esto es, aclarar los conceptos epistemológicos fundados en ella. Para la investigación analítica son inseparables este problema y los anteriores, referentes a la esencia de la significación (especialmente de la representación lógica y del juicio lógico).

La presente investigación no se ocupará de estos problemas, pues antes de poder atacarlos es menester una investigación fenomenológica mucho más general. Las vivencias del significar son actos, y lo significativo de cada acto particular reside justamente en la vivencia de acto y no en el objeto, y reside en lo que hace de ella una vivencia intencional, "dirigida" a objetos. La esencia de la vivencia impletiva reside asimismo en ciertos actos: pensar e intuir su distinto en cuanto acto. Y naturalmente, el cumplirse mismo es una relación que atañe especialmente a los caracteres de acta. Ahora bien, no hay en la psicología descriptiva término más discutido que el de "actos", par lo cual ha podido suceder que la duda, ya que no instantánea repulsa, haya hecho presa en todos los pasajes de las investigaciones anteriores en que el concepto de acto ha servido para caracterizar y -expresar nuestra concepción. Es, por tanto, una importante condición previa para resolver los problemas indicados el aclarar, ante todo, este concepto. Y se pondrá de manifiesto que el concepto de acto, en el sentido de vivencia intencional, define una importante unidad genérica en la esfera de las vivencias (tomadas en pureza fenomenológica) y que, por ende, la inclusión de las vivencias significativas en este género proporciona en realidad una valiosa característica de las mismas.

Es notorio que en la investigación de la esencia fenomenológica de los actos como tales, entra también el poner en claro la diferencia entre el carácter de acto y el contenido de acto, y respecto de este último el señalar las significaciones, fundamentalmente distintas, en que se habla del contenido de un acto.

La esencia de las actos como tales no puede exponerse de un modo satisfactorio sin entrar, en medida bastante considerable, en la fenomenología de las "representaciones". Nos recuerda esta íntima conexión el conocido principio que dice que todo acto o es una representación o tiene por base representaciones. Pero la cuestión aquí es la de qué concepto de la representación hemos de tomar, entre los muy distintos que hay; y de este modo conviértese en parte esencial del problema la distinción de los fenómenos que andan aquí íntimamente mezclados y que dan base a los equívocos.

El estudio de los problemas que acabamos de indicar a grandes rasgos (y a las cuales se unirán íntimamente algunos otros), irá unido convenientemente a la distinción psicológica y descriptiva de varios conceptos de lo que es conciencia, conceptos que se mezclan unos con otros. Los actos psíquicos son designados con frecuencia como "operaciones de la conciencia", como "referencias de la conciencia a un contenido (objeto)", y la "conciencia" es definida muchas veces justamente como una expresión colectiva de los actos psíquicos de toda especie.

CAPITULO 1

La conciencia como consistencia

fenomenológica del yo y la conciencia como percepción interna § 1. Multivocidad del término de conciencia

En la psicología se habla mucho de la conciencia, de los contenidos cíe la conciencia y de las vivencias de la conciencia (por lo general se habla pura y simplemente de las contenidas y de las vivencias), principalmente al tratar de la distinción entre los fenómenos psíquicos y los físicos, términos con que se designan las fenómenos que pertenecen respectivamente a la esfera de la psicología y a la de las ciencias físicas. El problema que se nos ha planteado: definir él concepto de acto psíquico con arreglo a su esencia fenomenológica, tiene una conexión muy estrecha con el de esta distinción; dicho concepto ha nacido justamente en este terreno con la pretensión de delimitar el dominio de la psicología. Ahora bien, hay un concepto de conciencia que puede emplearse justificadamente para llevar a cabo de un modo recto esta delimitación, y hay otro que viene dado por la definición del concepto de acto psíquico. En todo caso es menester distinguir varios conceptos emparentados en realidad y, por tanto, fáciles de confundir.

Discutiremos a continuación tres conceptos de conciencia, que son los que nos interesan para nuestros fines:

1. La conciencia como la total consistencia fenomenológica real del yo empírico, como el entrelazamiento de las vivencias psíquicas en la unidad de su curso.

2. La conciencia como percepción interna de las vivencias psíquicas propias. 3. La conciencia como nombre colectivo para toda clase de "actos psíquicas" o "vivencias intencionales".

Apenas es necesario decir que esto no agota todos los equívocos del término en cuestión. Recordemos, por ejemplo, estas expresiones -corrientes sobre todo en el lenguaje extracientífico- "entrar en la conciencia" o "llegar a la conciencia", "elevada o depresiva conciencia de sí mismo", "despertar de la conciencia de sí mismo" (esta última expresión es usual también en la psicología, pero en un sentido muy distinto del de la vida diaria), etc.

Dada la ambigüedad de todos los términos que pueden utilizarse para una designación distintiva, la definición unívoca de los conceptos sólo es posible por un camino indirecto: cotejando las expresiones sinónimas y oponiendo las que deban distinguirse; y añadiendo además las descripciones y explicaciones adecuadas. Habremos de hacer uso, pues, de estos medios auxiliares.

§ 2. Primero: La conciencia corno unidad fenomenológico-real de las vivencias del yo. El concepto de vivencia

Empezamos por el siguiente cotejo: El moderno psicólogo define o puede definir su ciencia diciendo que es la ciencia de los individuos psíquicos como unidades concretas de conciencia; o la ciencia de las vivencias de conciencia de ciertos individuos -que las viven-; o la ciencia de los contenidos de conciencia de éstos. La yuxtaposición de los términos en esta conexión da cierto concepto de conciencia a la vez que ciertos conceptos de vivencia y de contenido. El moderno psicólogo entiende por vivencia y contenido los acontecimientos reales (Wundt dice con razón, los sucesos) que, cambiando de un momento a otro y enlazándose y penetrándose de muy diversos modos, constituyen la unidad real de la conciencia del individuo psíquico correspondiente. En este sentido son vivencias o contenidos de conciencia las percepciones, las representaciones de la imaginación y de la fantasía, los actos del pensamiento conceptual, las presunciones y las dudas, las alegrías y los dolores, las esperanzas y temores, los deseos y las voliciones, etc., tal como tienen lugar en nuestra conciencia. Y con estas vivencias en su integridad y plenitud concreta son vividas también sus partes componentes y sus momentos abstractos; también éstos son contenidos reales de la conciencia. Es indiferente, naturalmente, que las respectivas partes sean distintas por sí o que su deslinde sea obra de actos referidos propiamente a ellas, y en especial que sean y puedan ser o no por sí objetos de percepciones "internas" que las aprehendan en su existencia consciente.

Indiquemos en seguida que este concepto de vivencia puede tomarse de un modo fenomenológico puro, esto es, de tal suerte que resulte eliminada toda referencia a una existencia empírico-real (a los hombres o a los animales de la naturaleza). La vivencia en sentido psicológico-descriptivo (fenomenológico- empírico) se convierte entonces en vivencia en el sentido de la fenomenología pura 1. En los ejemplos aclaratorios que ponemos a continuación puede y debe convencerse cualquiera de que la eliminación exigida está siempre en nuestro arbitrio, y de que las observaciones psicológico-descriptivas hechas (o por hacer) primeramente en ellos deben tomarse puramente, en el sentido indicado, y entenderse además como intelecciones esenciales puras (apriorísticas). E igual, naturalmente, en todas las casas análogos.

1 Cf. a esto mis Ideen zu einer reinen Phänomenologie, etc. [Ideas sobre una fenomenología pura] en el Jahrbuch f. Philos. u. phänom. Forschung. [Anuario de filosofía e investigación fenomenológica], I, 1913, sección II.

Así, por, ejemplo, en el caso de la percepción externa, el momento de color, que constituye un elemento real de una visión concreta (en el sentido fenomenológico del fenómeno perceptivo visual) es un "contenido vivido" o "consciente" exactamente como el carácter del percibir y como el total fenómeno perceptivo del objeto coloreado. En cambio, este objeto mismo, aunque es percibido, no es vivido o consciente; ni tampoco, por ende, la coloración percibida en él. Si el objeto no existe, si la percepción resulta a la luz de la crítica un engaño, una alucinación, una ilusión, etc., no existe tampoco el color percibido, el color visto, el color del objeto. Esas diferencias entre la percepción normal y la anormal, la justa y la engañosa, no afectan al carácter íntimo, puramente descriptivo o fenomenológico, de la percepción. El color visto -esto es, el color que en la percepción visual aparece con y en el objeto aparente, como una cualidad de éste, y que es puesto en unidad con éste como existiendo actualmente-, si existe de algún modo, no existe ciertamente como una vivencia; pero le corresponde en la vivencia, esto es, en el fenómeno perceptivo, un elemento real. Le corresponde la sensación de color, el momento cromático fenomenológico, cualitativamente definido, que experimenta una "aprehensión" objetivadora en la percepción o en un componente de la misma que le pertenece privativamente ("fenómeno de la coloración objetiva"). No raras veces se confunden ambas cosas, la sensación de colar y el colorido objetivo del objeto. justamente en nuestros días hay un modo muy corriente de exponer esto, que habla como si una y otra fuesen la misma cosa, considerada tan sólo desde diversos puntos de vista e intereses: considerada psicológica o subjetivamente, se llama sensación; considerada física u objetivamente, propiedad de la cosa exterior. Pero en contra de esto basta señalar la diferencia fácilmente aprehensible entre el rojo de esta esfera, visto objetivamente como uniforme, y la gradación de las sensaciones cromáticas subjetivas, indudable y hasta necesaria justamente en la percepción misma; diferencia que se repite respecto de todas las clases de propiedades objetivas y las complexiones de sensaciones correspondientes a ellas.

Lo que hemos dicho de las determinaciones sueltas es aplicable a los todas concretos. Es fenomenológicamente falsa la afirmación de que la diferencia entre el contenido consciente en la percepción y el objeto exterior percibido en ella (mentado perceptivamente) sea una mera diferencia de punto de vista, que consista en considerar un mismo fenómeno una vez en conexión subjetiva, en la conexión de los fenómenos referidos al yo, y la otra vez en conexión objetiva, en la conexión de las casas mismas. No será señalado nunca con bastante rigor el equívoco que permite llamar fenómeno, no sólo a la vivencia en que consiste el aparecer del objeto (por ejemplo, la vivencia concreta de la percepción en que el objeto mismo nos está supuestamente presente), sino también al objeto aparente como tal. El engaño de este equívoco desaparece tan pronto como nos damos cuenta fenomenológicamente de lo que se encuentra realmente del objeto aparente como tal en la vivencia del fenómeno. El fenómeno de la cosa (la vivencia) no es la cosa aparente, la cosa que "se

halla frente" a nosotros supuestamente en su propio ser. Como pertenecientes a la conexión de la conciencia, vivimos los fenómenos; como pertenecientes al mundo fenoménico, se nos ofrecen aparentes las cosas. Los fenómenos mismos no aparecen; son vividos.

Así como nosotros nos aparecemos a nosotras mismos como miembros del mundo fenoménico 2, las cosas físicas y psíquicas (los cuerpos y las personas) aparecen en referencia física y psíquica a nuestro yo fenoménico.

Esta referencia del objeto fenoménico (que se suele llamar también contenido de conciencia) al sujeto fenoménico, al yo, como persona empírica, como cosa, es, naturalmente, distinta de la referencia del contenido de conciencia, en nuestro sentido de vivencia, a la conciencia en el sentido de la unidad de los contenidos de conciencia (o de la consistencia fenomenológica del yo empírico). Allí se trata de la relación entre dos cosas aparentes; aquí de la relación de una vivencia suelta con la complexión de las vivencias. Igualmente hay que distinguir, a la inversa, la referencia de la persona aparente yo a la cosa exterior aparente y la referencia entre el fenómeno de la cosa como vivencia y la cosa aparente. Para hablar sólo de esta última referencia démonos clara cuenta de que la vivencia misma no es lo que está presente intencionalmente "en" ella; como cuando, por ejemplo, comprobamos que los predicados del fenómeno no son a la vez predicados de lo que aparece en él. Una nueva referencia es la referencia objetivadora que establecemos entre la complexión de sensaciones vivida en el fenómeno y el objeto aparente; como cuando decimos que en el acto de aparecer es vivida la complexión de las sensaciones, pero es a la vez "aprehendida", "apercibida" de cierto modo y que en este carácter fenomenológico de la aprehensión animadora de las sensaciones, consiste lo que llamamos aparecer el objeto 3

2 De este mundo sólo se trata aquí en cuanto aparente; pues quedan eliminadas todas las cuestiones sobre la existencia o inexistencia del mismo - juntamente con el yo empírico que aparece en él-, si queremos dar a todas

estas consideraciones un valor, no psicológico-descriptivo, sino fenomenológico puro. Obsérvese, pues, que lo mismo que hasta aquí, todo nuevo análisis desarrollado primero psicológicamente, admite realmente esa "purificación" que le presta el valor de fenomenológico puro.

3 O también fenómeno, en el sentido empleado antes y también en lo que sigue sentido en el cual se llama fenómeno a la vivencia misma (entendida fenomenológicamente).

También en los demás "actos" hay que hacer distinciones esenciales análogas a las que hemos encontrado necesarias respecto de la percepción, para distinguir lo que es en ella vivencia, esto es, lo que la compone realmente de lo que "hay en ella" en sentido impropio (en sentido "intencional"). Pronto habremos de tratar estas distinciones de un modo más general. Lo importante ahora es tan sólo impedir de antemano ciertas direcciones del pensamiento, que son erróneas y podrían oscurecer el sentido de los conceptos que se trata de aclarar.

§ 3. El concepto fenomenológico de vivencia y su concepto popular

Con el mismo designio advertimos que nuestro concepto de vivencia no coincide con el popular. Vuelve aquí a representar su papel la distinción que acabamos de indicar entre el contenido real y el intencional.

Si alguien dice: "He vivido las guerras de 1866 y 1870", llama "vivido" en este sentido a una complexión de procesos externos, y el vivir se compone aquí de percepciones, juicios y otros actos, en los cuales esos procesos se tornan fenómeno objetivo y, frecuentemente, objetos de cierta posición referida al yo empírico. La conciencia que los vive -en el sentido fenomenológico que nos sirve de norma-, no tiene en sí, naturalmente, estos procesos, ni las cosas que participan en ellos; como si fuesen sus vivencias psíquicas; sus componentes o contenidos reales: Lo que ella encuentra en sí, lo que existe realmente en ella, son los respectivos actos de percibir, juzgar, etcétera, con su cambiante material de sensaciones, su contenido aprehensivo, sus caracteres de posición, etc. Por ende, vivir significa aquí algo muy distinto que allí. Vivir los procesos externos quiere decir tener ciertos actos de percibir, de saber (como quiera que se determinen), etc., dirigidos a esos procesos. Este tener ofrece a su vez un ejemplo del vivir en sentido fenomenológico, que es un vivir totalmente distinto del anterior. Este tener no dice sino que ciertos contenidos son componentes en una unidad de conciencia, en la corriente fenomenológicamente unitaria de la conciencia, de un yo empírico. Este yo es un todo real, que se compone realmente de múltiples partes, y cada una de estas partes se llama "vivida". En este sentido, lo que vive el yo o la conciencia es justamente su vivencia. No hay ninguna diferencia entre el contenido vivido o consciente y la vivencia misma. Lo sentido, por ejemplo, no es otra cosa que la sensación. Pero cuando una vivencia "se refiere" a un objeto, que debe distinguirse de ella; como, por ejemplo, la percepción exterior al objeto percibido, la representación nominal al objeto nombrado; etc., este objeto no es vivido o consciente, en el sentido que tratamos de fijar aquí, sino percibido, nombrado, etcétera.

Esta situación justifica el término de contenidos, que es aquí un término completamente propio. El sentido normal de la palabra contenida es un sentido relativo; alude en general a una unidad amplia, que posee su contenido en el conjunto de las partes correspondientes. Cuanto en un todo puede considerarse como parte que lo constituye realmente en verdad, pertenece al contenido del todo. En el usual término psicológico-descriptivo de contenido, el tácito punto de referencia, o sea, él todo correspondiente, es la unidad real de la conciencia. El contenido de ésta es el conjunto total de las "vivencias" presentes, y por contenidos en plural se entienden esas vivencias mismas, esto es; todo lo que constituye como parte real la respectiva corriente fenomenológica de la conciencia.

§ 4. La relación entre la conciencia que vive y el contenido vivido no es una relación de especie fenomenológicamente peculiar

Después de lo que acabamos de exponer, es claro que la relación en que pensamos las vivencias con respecto a una conciencia que las vive (o a un "yo fenomenológico" 4 que las vive), no remite a ningún dato fenomenológico

peculiar. El yo en el sentido habitual es un objeto empírico; lo es el - yo propio como lo es el extraño; y lo es todo yo como cualquier cosa física, una casa o un árbol, etc. La elaboración científica podrá modificar el concepto del yo cuanto

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