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SOBREVIVIR SIN APP’s

In document La Felicidad Del Cavernícola (página 37-45)

El smartphone, el ordenador y la tablet se han convertido en una extensión más de nuestro cuerpo. Son una prótesis pero no lo son de nuestras manos, sino del cerebro. Hacemos uso de estas herramien- tas y de su capacidad para almacenar información para ser más inteligentes y tener una mayor capaci- dad de adaptación a un entorno y un yo que muta con frecuencia. Los dispositivos inteligentes posibili- tan aumentar nuestra capacidad cerebral para alma- cenar y procesar información y por ello los acarrea- mos con nosotros a todas partes. Nos proveen de respuestas a los que nos rodea pues, haciendo uso de la memoria transactiva, nos permiten resolver problemas cotidianos.

La memoria transactiva es la memoria que hace referencia a los datos, informaciones y recuerdos al-

macenados fuera de nuestro cerebro ya sea en un disco duro, una agenda, un bloc de notas o en el ce- rebro de otra persona como ocurre, por ejemplo, puede ser la mujer que recuerda la fecha de la cita con el médico de su esposo y éste cuando le recuer- da la fecha en la que su vehículo debe pasar la próxima revisión. Esta memoria no sólo la aplicamos en un entorno familiar sino que el mundo laboral y social está presente. Hay personas a las que consi- deramos responsables de saber según qué cosas, al igual que uno mismo lo es de saber otras.

La práctica del conocimiento transactivo contri- buye a la especialización del individuo a que dedique su energía cerebral, su tiempo y su aprendizaje en desarrollar y potenciar sus habilidades, al igual que ayuda a que el otro desarrolle las suyas. Conectar con el otro y su memoria ayuda a resolver con mayor rapidez problemas y adoptar soluciones óptimas. An- tes recurríamos al saber de una madre para preparar una comida, hoy recurrimos al conocimiento compar- tido en internet al que tenemos acceso a través de

nuestro smartphone, lo que sucede es que en este medio no tenemos la certeza desde el comienzo de que el conocimiento al que recurrimos para resolverlo sea el más adecuado al no poseer la garantía del co- nocimiento profundo del otro.

Buscamos explicaciones a las cosas que suce- den y soluciones a los problemas a los que hemos de enfrentarnos. Se trata de algo consustancial ser humano. Desde que nos reunimos en la caverna en torno al calor del fuego con la compañía de los otros hemos intentado dar respuesta a los enigmas de lo que acontece a nuestro alrededor. Nos hemos lanza- do muchas preguntas, hemos teorizado infinidad de respuestas que, según ha ido avanzando el conoci- miento, se han vuelto más precisas. Sucede que las justificaciones que vamos encontrando a todo lo que acontece parecen apuntar en una dirección y tener un único protagonista y responsable: el ser humano.

Con el egoísmo y egocentrismo que nos hemos afanado en cultivar, situando al ser humano

en el centro de todo, termina por resultar que, al final, todo aquello que acaece acaba siendo responsabili- dad de uno mismo. El cambio climático culpa mía porque no reciclo lo suficiente, la crisis financiera es culpa mía porque soy un avaro, la elevada tasa de desempleo es culpa mía porque no quiero trabajar y cuando lo hago no lo hago lo suficientemente bien, que mi pareja me abandone es culpa mía porque tengo un carácter que no hay quien me soporte, que pierda mi equipo favorito es culpa mía porque no me puse la camiseta de la suerte o porque no los animé con la intensidad suficiente…

Nos sobrecargamos de responsabilidades en torno a lo que acontece a nuestro alrededor y bus- camos ansiosos aplicaciones en nuestros teléfonos que nos provean de respuestas. Creemos tener más capacidad de control en torno a lo que sucede de la que realmente es. Nos creemos superhombres y no lo somos. Nuestros antepasados de las cavernas lo sabían y por eso se liberaban de responsabilidades acerca de lo que sucedía que no le correspondía

asumir. Si de repente una lluvia fuerte desbordaba los ríos no se culpaban por haber encendido dema- siado fuerte una hoguera, si una partida de caza re- gresaba con las manos vacías se decía que el animal era más rápido o más inteligente, si uno de nuestros hijos moría al poco de nacer se afirmaba que esa era la voluntad de los dioses primeros. La manera de ex- plicarnos el mundo y entender la vida estaba en que la responsabilidad en torno a lo que sucedía estaba fuera de uno. Tenían la certeza de encontrarse con situaciones que no eran capaces de controlar. La carga que transportaban sobre sus hombros era mu- cho más liviana.

Esta forma de entender la vida no implica que uno se deje arrastrar y llevar por la desidia y la indo- lencia. Ni mucho menos. El hombre de la caverna sabía perfectamente que gran parte de lo que era capaz de obtener dependía de su propio ingenio y de las conductas que ponía en práctica. No se acomo- daba, pero era capaz de asumir sus propias limita- ciones y convivir con ellas. Sabía perfectamente que

había tareas y logros que no podía alcanzar porque no poseía la capacidad ni los recursos suficientes pa- ra lograrlo. Hoy cultivamos el sentimiento de que si hay algo que no somos capaces de conseguir o de lograr en pos de este dios del nuevo milenio que es el éxito es porque somos inferiores, de esos que según Darwin acabarán extinguidos víctimas de una genética inadecuada. Aceptar este axioma es sem- brar la semilla de nuestra destrucción.

Seamos realistas y expliquémonos el mundo con honestidad y franqueza. Si todos perseguimos el éxito, ser los números uno debemos ser conscientes de que no es posible para todos. Es una manera cuestión matemática. Caemos una y otra vez en el error de que tenemos la capacidad de influir en nues- tro porvenir y en nuestro destino de una forma muy por encima de lo que los cálculos probabilísticos nos asignan. Creemos que si no nos toca la lotería es porque no jugamos lo suficiente o porque no pasa- mos el boleto por la chepa del jorobado. Dejemos de una vez por todas de asumir unas cargas que no son

las nuestras y relativicemos nuestro grado de res- ponsabilidad en lo que ocurre. Defiendo la postura que adoptaba el personaje televisivo Steve Urkel con su famoso “¿he sido yo?” que le liberaba de gran par- te de la responsabilidad, si bien es cierto que él se encargaba de ser el detonante final de una situación catastrófica. Catástrofe que no se habría desatado sin la intervención y acción previa de otros que, tam- bién, han de asumir su cuota de responsabilidad en lo acontecido.

Concibamos el mundo con honestidad haciendo uso de nuestra capacidad para hablar y dialogar con los demás, así como de las conexiones afectivas con los demás. Si cuando nuestra pareja aparece por la puerta de casa, después de una larga jornada laboral y lo hace de mal humor, no le digamos que tiene un carácter muy difícil y muy poca paciencia, digámosle simplemente que ha debido tener un día muy difícil en el trabajo. Le estaremos liberando de una carga que no tiene por qué asumir y le estaremos acercan-

do a esa forma de ser de las cavernas que tan felices puede hacernos.

CAMBIA DE COMPAÑÍA

In document La Felicidad Del Cavernícola (página 37-45)

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