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La sociología como una forma de

universalmente presentes de la mente, pero al menos pisa­ mos un terreno seguro si decimos que el pensamiento huma­ no siempre parece haber estado dirigido hacia los proble­ mas que ahora constituyen la materia principal de estas disciplinas. Sin embargo, de la sociología no puede decirse siquiera otro tanto. Esta se manifiesta más bien como una reflexión peculiarmente moderna y occidental. Y, como trataremos de demostrar en este capítulo, está constituida por una forma particularmente moderna de conocimiento de sí mismo.

La peculiaridad de la perspectiva sociológica se tom a clara con cierta consideración acerca del significado del término “sociedad”, el cual se refiere al objetivo por exce­

lencia de la disciplina. Como la mayoría de los términos

empleados por los sociólogos, éste se deriva del uso común, en el cual su significado es bastante impreciso. Algunas veces quiere decir una asociación particular de personas (como en la “Sociedad Protectora de Animales”), en algunas ocasiones sólo a las personas dotadas de un gran prestigio o privilegios (como en la “Sociedad de Damas de Boston” ) y en otras ocasiones se emplea simplemente para denotar compañía de cualquier tipo (por ejemplo, “él sufrió mucho en aquellos años por falta de sociedad” .) Existen también otros significados menos frecuentes. El sociólogo usa el término en un sentido más preciso, aunque existen, por supuesto, diferencias en la manera de usarlo aun dentro de la propia disciplina. El sociólogo considera que el término “sociedad” denota un gran complejo de relaciones humanas, o, expresándolo en un lenguaje más técnico, piensa que se refiere a un sistema de interacción. La palabra “gran” es difícil de especificar cuantitativa­ mente en este contexto. El sociólogo puede hablar de una “sociedad” que incluye a millones de seres humanos (por

ejemplo, la “sociedad estadounidense” ) , pero también pue­ de usar el término para referirse a una colectividad nu­ méricamente más reducida (digamos, “la sociedad de alumnos de segundo año en esta universidad” ). Dos personas charlando en una esquina difícilmente consti­ tuirán una sociedad, pero tres personas que han quedado desamparadas en una isla sin duda alguna sí lo serán. Por lo tanto, la aplicabilidad del concepto no puede determi­ narse solamente por razones cuantitativas. Más bien se aplica cuando un complejo de relaciones es lo suficiente­ mente breve para ser analizado por sí mismo, reconocido como una entidad autónoma y opuesto a otros de la mis­ ma clase.

El adjetivo “social” debe ser definido igualmente para su uso sociológico. En el lenguaje común puede denotar también muchas "cosas diferentes: la calidad informal de una reunión determinada (“esta es una reunión social, no discutiremos de negocios”) , la actitud altruista por parte de alguien (“él tiene un gran interés social en su trabajo” ), o más generalmente, cualquier cosa derivada de contacto con otras personas (“una enfermedad social” ). El sociólo­ go usará el término más limitadamente y en forma más precisa para referirse a la calidad de la interacción, de la interrelación y de la reciprocidad. Así, dos hombres charlando en una esquina no constituyen una “sociedad”, pero lo que trasciende de ellos es sin duda “social”. La “sociedad” está integrada por un complejo de tales aconte­ cimientos “sociales” . Por lo que respecta a la definición exacta de lo “social”, es difícil perfeccionar la defini­ ción de Max Weber de una situación “social” : aquella en la que la gente orienta recíprocamente sus acciones. La trama de significados, expectativas y dirección resultante

de tal orientación mutua es la materia prima del análisis sociológico.

No obstante, esta purificación de la terminología no basta para demostrar la distinción del ángulo de visión sociológico. Podemos acercamos más comparando a este último con )a perspectiva de otras disciplinas que se ocupan de las acciones humanas. Por ejemplo, el economista está interesado en los análisis de los procesos que ocurren en la sociedad y que pueden describirse como sociales. Estos procesos tienen que ver con el problema básico de la acti­ vidad económica: la distribución de los escasos bienes y servicios dentro de una sociedad. El economista se ocupará de estos procesos en cuanto a la manera en que realizan, o no pueden realizar, esta función. El sociólogo, al obser­ var los mismos procesos, naturalmente tendrá que tomar en cuenta su propósito económico. Pero su interés carac­ terístico no se encuentra forzosamente relacionado con este propósito como tal. El sociólogo se interesará en una variedad de relaciones e interacciones humanas que pueden ofrecerse aquí y que pueden ser totalmente ajenas a las metas económicas en cuestión. Así pues, la actividad eco­ nómica implica relaciones de poder, prestigio, prejuicio e incluso de funcionamiento que pueden analizarse única­ mente con una alusión marginal a la función propiamente económica de la actividad.

El sociólogo descubre que su materia de estudio está presente en todas las actividades humanas, pero no todos los aspectos de estas actividades constituyen esta materia. La interacción social no es cierta sección especializada de la manera en que actúan los hombres entre sí. Más bien es un aspecto determinado de todas estas acciones. Otra manera de expresarlo es que el sociólogo realiza un tipo especial de abstracción. Lo social, como materia de estu­

dio, no es un campo separado de la actividad humana. Más bien (haciendo nuestra una frase de la teología sacra­ mental luterana) está presente “en, con y debajo” de muchos campos diferentes de tal actividad. El sociólogo no observa fenómenos de los que ninguna otra persona está enterada. Pero observa los mismos fenómenos de manera diferente.

Como un ejemplo más podríamos tomar la perspectiva del abogado. Aquí encontramos afectivamente un punto de vista mucho más ampiio en cuanto a su campo de aplicación, que el del economista. Casi todas las activi­ dades humanas pueden caer, en un momento u otro, dentro de la competencia dei abogado. Este es en realidad el hechizo de la abogacía. Asimismo, descubrimos en este campo un procedimiento de abstracción muy especial. De la enorme riqueza y variedad de la conducta humana, el obogado selecciona los aspectos pertinentes (o, como él diría, “materiales'’) para su marco de referencia muy particular. Como sabe muy bien toda persona que se ha visto involucrada alguna vez en un litigio, los criterios de lo que es o no pertinente según la ley a menudo sorprenderán enormemente a los causantes en el caso en cuestión. No es necesario que nos ocupemos de esto aquí. Preferiríamos observar que el marco de referencia legal está integrado por cierto número de modelos cuidadosamente definidos de la actividad humana. Así, tenemos modelos patentes de obli­ gaciones, responsabilidades o perversidad. Es necesario que prevalezcan condiciones definidas antes de que cualquier acto empírico pueda ser clasificado bajo uno de estos membretes, y estas condiciones son formuladas por leyes o por precedentes. Cuando no se llenan estos requisitos, el documento en cuestión es legalmente inaplicable. La ha­ bilidad del abogado consiste en conocer las reglas según las

cuales se estructuran estos modelos. Dentro de su marco de referencia, sabe cuándo un contrato comercial es válido, cuándo puede hacerse responsable de negligencia al chofer de un automóvil, o cuándo ha tenido lugar un estupro.

El sociólogo puede observar estos fenómenos, pero su marco de referencia será totalmente diferente. Más impor­ tante aún, su criterio sobre estos fenómenos no puede deri­ varse de leyes positivas o del precedente. Su interés en las relaciones humanas que tienen lugar en una transacción comercial no tiene relación con la validez legal de los contratos firmados, al igual que la desviación en la conduc­ ta sexual, sociológicamente tan interesante, no puede ser apta para catalogarla bajo algún membrete en particular. Desde el punto de vista del abogado, la investigación del sociólogo es ajena al marco de referencia legal. Refiriéndo­ nos a la estructura conceptual de la ley, podríamos decir que la actividad del sociólogo tiene un carácter subterrá­ nea Al abogado le incumbe lo que podríamos llamar el concepto oficial de la situación. A menudo el sociólogo trata con conceptos realmente extraoficiales. Para el abo­ gado, lo que debe comprender esencialmente es cómo considera la ley a un tipo determinado de criminal. Para el sociólogo resulta igualmente importante la manera en que el criminal considera la ley.

En consecuencia, formular preguntas sociológicas pre­ supone que estamos interesados en mirar un poco más ade­ lante de las metas comúnmente aceptadas u oficialmente definidas de las acciones humanas. Presupone un cierto conocimiento de que los sucesos humanos tienen diferentes niveles de significado, algunos de los cuales se ocultan de la conciencia de la vida diaria. Incluso puede presuponer cierto grado de recelo acerca de la forma en que las auto­ ridades interpreten oficialmente los sucesos humanos, ya

sean de un carácter político, judicial o religioso. Si esta­ mos dispuestos a llegar tan lejos, perecería evidente que no todas las circunstancias históricas son igualmente favora­ bles para el desarrollo de la perspectiva sociológica.

En consecuencia, parecería plausible que el pensa­ miento sociológico tendría mejor oportunidad para desa­ rrollarse en circunstancias históricas caracterizadas por fuertes sacudidas al concepto propio de una culturá, es­ pecialmente al oficial y autorizado, el cual es aceptado generalmente. Unicamente en tales circunstancias es proba­ ble que los hombres perceptivos se sientan motivados a pensar más allá de las aseveraciones de este concepto propio y, como resultado de ello, se oponen a las autori­ dades. Albert Salomon ha sostenido convenientemente que el concepto de “sociedad”, en su sentido sociológico moderno, podría surgir sólo como las estructuras normati­ vas de la cristiandad y después de que fueron destruidos los anciens régimes. Por lo tanto, podemos concebir otra vez a la “sociedad” como la estructura oculta de un edificio cuya fachada exterior esconde esta estructura de la vista del público. En la cristiandad medieval, la “socie­ dad” se hizo invisible por la imponente fachada religioso- política que constituía el mundo común del hombre euro­ peo. Como señaló Salomon, la fachada política más mundana del estado absoluto realizó la misma función des­ pués de que la Reforma rompió la unidad de la cristiandad. Fue con la desintegración del estado absoluto que la estructura subyacente de la “sociedad” empezó a verse: esto es, un mundo de motivos y de fuerzas que no podría comprenderse en términos de las interpretaciones oficiales de la realidad social. Entonces, la perspectiva sociológica puede sobreentenderse en razón de expresiones tales como “percatarse”, “examinar detrás”, en forma muy parecida

a la manera en que estas frases se emplearían en el len­ guaje común —“adivinar su juego”, "mirar tras bastido* res”— : en otras palabras, “estar al corriente de todos los trucos”.

No estaremos muy lejos de la verdad si consideramos el pensamiento sociológico como una parte de lo que Nietzsche ¡ llamó el “arte de la desconfianza”,. Ahora bien, sería un creso exceso de simplificación el pensar que este arte ha exis­ tido sólo en los tiempos modernos. “Comprender” o “adivi­ nar” las cosas es probablemente una buena función general de la inteligencia, incluso en sociedades muy primitivas. £1 antropólogo estadounidense Paul Radin nos ha proporcio­ nado una vivida descripción del escéptico como un tipo humano en la cultura primitiva. También nosotros teñe* mos pruebas de que civilizaciones diferentes de las de los modernos estados occidentales dan testimonio de formas de conciencia que bien podrían llamarse protosociológicas. Por ejemplo, podríamos indicar a Herodes o a Ibn-Khal- dun. Existen incluso textos del antiguo Egipto que hacen patente un profundo desencanto con el orden político y social que ha logrado fama de haber sido uno de los más coherentes de la historia de la humanidad. Sin embargo, con el comienzo de la era moderna en el Occidente, esta forma de conciencia se intensifica, se concentra y sistema­ tiza, caracteriza el pensamiento de un número cada vez mayor de hombres perceptivos. Este no es el lugar adecua­ do para exponer detalladamente la prehistoria del pensa­ miento sociológico, exposición que debemos en gran parte a Salomon, Ni siquiera queremos proporcionar aquí un índice intelectual de los antecesores de la sociología, demos­ trando sus relaciones con Maquiavelo, Erasmo, Bacon, con la filosofía del siglo xvn y las belles-lettres del siglo xvm: esto ya se ha hecho en otras obras y ha sido llevado

a cabo por personas mucho más idóneas que el autor. Baste con recalcar una vez más que e! pensamiento socioló­ gico indica el goce de algunas producciones intelectuales que se han localizado muy específicamente en la historia moderna occidental.

Retomemos en lugar de ello a la proposición de que la perspectiva sociológica implica un proceso de “compren­ sión” a través de las fachadas de las estructuras sociales. Podríamos considerar ésto en términos de una experiencia común de la gente que habita en las grandes ciudades. Una de las fascinaciones que posee una gran ciudad es la inmensa variedad de actividades humanas que tienen lugar tras las hileras de casas aparentemente anónimas y perpe­ tuamente iguales. Una persona que vive en una ciudad co­ mo ésta experimentará una y otra vez sorpresa o inclusive emoción cuando descubre las extrañas actividades en las que se entretienen algunos hombres, bastante discretamente, en casas que, desde el exterior, se parecen a todas las demás que están situadas en una calle determinada. Al vivir esta experiencia una o dos veces, nos encontraremos repetida­ mente caminando por una calle, quizás a últimas horas de la tarde, y preguntándonos lo que puede estar sucedien­ do bajo las brillantes luces que se transparentan por una hilera de cortinas corridas. ¿Una familia común entregada a una agradable conversación con sus invitados? ¿Una escena de desesperación que se desarrolla en medio de la enfermedad o la muerte? ¿O una escena de placeres luju­ riosos? ¿Tal vez un culto extraño o una peligrosa cons­ piración? Las fachadas de las casas no pueden decimos nada, proclamando únicamente una conformidad arquitec* tónica con los gustos de algún grupo o clase social que inclusive puede que ya no resida en esa calle. Los miste­ rios sociales se ocultan tras las fachadas. El deseo de

penetrar hasta estos misterios es análogo a la curiosidad sociológica. En algunas ciudades atacadas súbitamente por la calamidad, este deseo puede realizarse de manera repen­ tina. Las personas que han experimentado bombardeos en épocas de guerra, saben de los encuentros súbitos con los inesperados (y algunas veces, con los inimaginables) com­ pañeros ocupantes del refugio contra incursiones aéreas del edificio de apartamentos en el que uno vive. O pueden recordar la sobrecogedora escena matinal de una casa al­ canzada por una bomba durante la noche, partida exacta­ mente en dos, con la fachada arrancada y el interior, antes oculto, descubierto despiadadamente a la luz dél día. Pero en la mayoría de las ciudades en donde se puede vivir normalmente, debemos horadar las fachadas por nuestras propias intrusiones investigadoras. De m an en similar, existen situaciones históricas en las que las fachadas de la sociedad son desmembradas violentamente y todos, menos los más indiferentes, nos vemos obligados a ver que siempre existe una realidad detrás de las fachadas. Por regla general, esto no sucede y las fachadas siguen haciéndonos frente con una estabilidad aparentemente de roca. Por tanto, la percepción de la realidad que existe tras las facha* das exige un gran esfuerzo intelectual.

Algunos ejemplos de la forma en que la sociología “ve tras” las fachadas de las estructuras sociales, podrían servir para esclarecer aun más nuestro argumento. Consi­ deremos, por ejemplo, la organización política de una co­ munidad. Si deseamos descubrir la manera en que es go­ bernada una moderna ciudad estadounidense, es muy fácil obtener la información oficial acerca de este tema. La ciudad poseerá una carta constitucional, que rige según las leyes del estado. Con cierto asesoramiento de individuos b ien ' informados, podemos considerar diversas leyes que

definen la constitución de la ciudad. Así, podemos ente­ ramos de que esta comunidad particular posee una forma de administración en la que el gobierno está en manos de un regente municipal, o que las afiliaciones de partido no aparecen en las boletas en elecciones municipales, o que el gobierno de la ciudad participa en una jurisdicción regio­ nal de aguas. De manera similar, por la lectura de algunos periódicos, podemos alterarnos de los problemas políticos reconocidos de la comunidad. Podemos leer que la ciudad proyecta adicionar cierta zona suburbana, o que ha habido un cambio en las leyes de división en zonas de la ciudad con el fin de facilitar el desarrollo industrial en otra aérea, o incluso que uno de los miembros del ayuntamiento de la ciudad ha sido acusado de valerse de su cargo para su provecho personal. Todas estas cosas ocurren todavía, por decirlo así, en el nivel visible, oficial o público, de la vida política. Sin embargo, necesitaríamos ser excesivamente ingenuos para creer que este tipo de información nos proporciona una imagen cabal de la realidad política de esta población. £1 sociólogo deseará conocer más que nada la composición electoral, todos los grupas de votantes que constituyen la “estructura informal del poder” (como la ha llamado Floyd Hunter, un sociólogo estadounidense inte­ resado en tales estudios), que es una configuración de hom­ bres y de los poderes que paseen que no podemos averiguar en ninguna ley y de los que probablemente no podemos en­ terarnos por los periódicos. El científico político o el ex­ perto jurídico podrían encontrar muy interesante comparar la carta constitucional de la ciudad con las constituciones de otras comunidades similares. El sociólogo estará mucho más interesado en descubrir la forma en que los poderosos intereses creados influyen o incluso controlan las acciones de los funcionarios electos bajo la carta constitucional. Estos

intereses creados no los descubriremos en el ayuntamiento, sino más bien en los despachos de los funcionarios ejecuti­ vos de las compañías que puede que ni siquiera estén radi­ cadas en esta localidad, en las mansiones privadas de un puñado de hombres poderosos, quizá en las oficinas de al­ gunos sindicatos obreros o inclusive, en algunos casos, en los cuarteles generales de las organizaciones criminales. Cuan* do el sociólogo se interesa en el poder, “mirará tras” los mecanismos oficiales que se supone regulan el poder en la comunidad. Esto no significa necesariamente que consi­ derará los mecanismos oficiales totalmente ineficaces o que los definirá legalmente como completamente ilusorios. Pero cuando menos insistirá en que existe otro nivel de la realidad que debe investigarse en el sistema particular de poder. En algunos casos llegará a la conclusión de que buscar el poder real en sitios reconocidos públicamente es absolutamente erróneo.

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