CONTRARREVOLUCION IMPERIALISTA NO SE LA DISCUTE, ¡SE LA DESTRU YE!”.
IV.- ¿QUIÉN TOMA EL PODER Y PARA QUE?
69 Stalin, el gran organizador de derrotas, p 153.
70 “Problemas del desarrollo de la URSS”, Escritos, Tomo II, Vol. 2, pp. 306-7. 71 “A los camaradas búlgaros”, Escritos, Tomo II, Vol, 1, p. 64.
72 “Problemas del Desarrollo de la URSS”, Escritos, Tomo II, Vol. 2, p.309. 73 “Alarma por Kronstad”, Escritos, Tomo IX, Vol. 1, pp. 202-3.
religiosos y nobles se pasaran a su lado,, y consiguió utilizar la movilización de las masas plebeyas en su favor, aburguesando a sectores de la misma. Todo apuntaba a consolidar su dominio económico y cultural y transferirlo al plano del estado y la política.
Durante siglos, este fortalecimiento evolutivo fue un proceso paralelo al debilitamiento de su enemigo, el feudalismo. Así, esta clase adquirió homogeneidad, fuerza y conciencia de sus intereses. Con la clase obrera ocurre lo contrario. A medida que pasan los años no aumenta su dominio económico y cultural. El sistema monopolista e imperialista, penetrando por los poros de la clase obrera, la corrompe, la aristocratiza y la incorpora, junto con sus direcciones tradicionales, a las instituciones burguesas. Este veneno penetra por la educación, la prensa escrita, la radio y la televisión.
Aquello que logró la burguesía --poder efectivo antes del gobierno-- es inaccesible para la clase obrera. El capitalismo trata de impedir que ella sea cada vez más revolucionaria, consciente de sí misma, de su ubicación en la sociedad. El imperialismo ha logrado impedir el desarrollo de esta conciencia.
Lógicamente este es un proceso altamente contradictorio, en el cual el capitalismo no logra objetivos hasta donde quisiera, porque del otro lado está la clase obrera con sus movilizaciones y el partido tratando de desarrollar la conciencia revolucionaria. Si no fuera así, no habría posibilidades de revolución obrera. Las contradicciones capitalistas e imperialistas a nivel mundial hacen que los trabajadores se movilicen revolucionariamente contra los explotadores en determinados momentos y países.
De todos modos, el surgimiento de una situación revolucionaria en un país no deja de ser excepcional. Cuando se da, es porque ha habido implacables necesidades objetivas y no un proceso de maduración evolutivo de la conciencia y organización de la clase. Contra la visión gorteriana de la realidad que “...pinta la situación como si el momento de iniciación de la revolución dependiera exclusivamente del grado de esclarecimiento del proletariado y no de toda una serie de factores: nacionales, internacionales, económicos y políticos y, particularmente, del efecto de las privaciones sobre los sectores más empobrecidos de las masas”, nos permitimos parafrasear a Trotsky diciendo “...con permiso” de los camaradas de la mayoría del SU “las
privaciones de las masas siguen siendo el más poderoso resorte de la revolución proletaria”.
(Trotsky, 1920).74 A pesar de esas crisis, la clase obrera sigue siendo muy inferior a la burguesa en cuanto a su nivel cultural y, principalmente, en cuanto a su conciencia. Nada lo refleja mejor que la existencia de multitudinarios partidos reformistas y el apoyo que el proletariado da al partido demócrata norteamericano. Este proceso contradictorio se manifiesta en las relaciones entre los partidos revolucionarios, reformistas y burgueses.
Por todo lo anterior, el proletariado no puede tomar el poder sólo a través de organizaciones o instituciones que lo abarcan de conjunto, lo que sería lo mismo que decir todo el proletariado. Es una clase que está y seguirá estando dividida en sectores antagónicos durante la toma del poder y aun bajo la dictadura del proletariado. Habrá una minoría consciente del proyecto revolucionario, otros que serán neutrales y también los que seguirán prisioneros de la ideología burguesa o reformista y, por lo tanto, serán contrarrevolucionarios.
Aquella unidad, poderío y dominio que la burguesía tenía antes de tomar el poder, la clase obrera los irá logrando, pero después de llegar a él. Siempre que se acerque el momento de la revolución obrera, de la toma del poder y de su dictadura, la clase proletaria y sus partidos se verán desgarrados por tremendas contradicciones y divisiones político-organizativas, como consecuencia del enorme peso de la ideología burguesa que impera en sus filas.
El partido que logre acaudillarla, es el único que puede suplir estas graves rémoras de la clase obrera. Todas las desventajas del proletariado frente a la burguesía son compensadas cuando surge una minoría consciente, férreamente organizada en su partido que dirija el proceso, combatiendo a los sectores obreros que están contra la revolución y ganando el apoyo o la neutralidad de la mayoría. La clase obrera puede compensar las desventajas que tiene frente a la burguesía si logra un gran desarrollo del factor consciente, subjetivo, es decir, si su vanguardia construye un fuerte y sólido partido marxista revolucionario. Porque “el partido es el arma
política suprema” que corporizará “las potencialidades y el futuro de la revolución” (Trotsky,
1930)75.
Todas las dictaduras y revoluciones proletarias triunfantes que se han dado en este siglo han sido revoluciones y dictaduras de un partido; jamás de los sindicatos, los soviets, los comités de fábrica o de campesinos. O sea, jamás han sido dictaduras de todos los obreros y trabajadores; siempre lo han sido de una minoría férreamente organizada que tiene el apoyo o la neutralidad más o menos activa de la mayoría.
Así lo explica magistralmente Trotsky:
“En las revoluciones burguesas han desempeñado la conciencia, la preparación y el método un papel mucho menor que el que están llamadas a desempeñar y desempeñan ya en la revolución del proletariado. La fuerza motriz de la revolución burguesa era también la masa; pero mucho menos consciente y organizada que ahora. Su dirección estaba en manos de las diferentes fracciones de la burguesía, que disponía de la riqueza, de la instrucción y de la organización (municipios, universidades, prensa, etc.) La monarquía burocrática se defendía empíricamente, obraba al azar. La burguesía elegía el momento propicio para echar todo su peso social en el platillo de la balanza y apoderarse del poder, explotando el movimiento de las masas populares”.
“Pero en la revolución proletaria no sólo implica el proletariado la principal fuerza combativa, sino también la fuerza dirigente con la personalidad de su vanguardia. Su partido es el único que puede en la revolución proletaria desempeñar el papel que en la revolución burguesa desempeñaba la potencia de la burguesía, su instrucción, sus municipios y sus universidades. Resulta tanto más importante este papel cuanto que se ha acrecentado de manera formidable la conciencia de clase de su enemigo” (Trotsky, 1924)76.
5.- Un modelo neo-reformista
Precisamente si algo caracteriza al reformismo es que tiene un modelo de etapa de transición idéntico al de las revoluciones burguesas. Todo reformista cree que la clase obrera llegará al
75 “Carta abierta al Partido Comunista de la URSS”, Escritos, Tomo 1, Vol. 3, p. 787. 76 Lecciones de Octubre, pp. 70-71.
poder como la burguesía, es decir como remate a su poder económico que venía de lejos.
De ahí la manía reformista por las cooperativas, las empresas estatales dentro del régimen capitalista, los sindicatos poderosos llenos de privilegios económicos, la Universidad y la educación obreras, lo que permitiría al proletariado ese avance evolutivo y sin sobresaltos hacia la toma del poder. Es el “objetivismo seudo-marxista [el] que presupone una preparación
puramente objetiva y automática de la revolución, con lo cual la posterga para un futuro in- determinado. Este automatismo nos es ajeno”. (Trotsky, 1922)77.
El compañero Mandel, con su inteligencia y talento acostumbrados, ha construido un modelo semejante al reformista, aunque mucho más sofisticado, para justificar y darle coherencia a la resolución del SU. Como un buen jugador de ajedrez, ha movido sus piezas para atacar al marxismo revolucionario, montando una estructura coherente y llena de sutilezas estratégicas. La manía del camarada Mandel por los períodos largos, larguísimos, de poder dual, por la práctica constante del control de la producción y por una larga lucha por imponer la legitimidad de la democracia obrera entre los trabajadores --en contraposición a la legitimidad de la democracia burguesa--, es el modelo evolutivo y reformista aplicado a esta época, cuando un cuarto de la humanidad vive bajo dictaduras proletarias y revoluciones obreras triunfantes. Esta jugada efectuada en nombre (¡no faltaba más!) de la revolución obrera y la dictadura del proletariado, es ingeniosa: hay que darle tiempo al proletariado en su conjunto para que todo unido, en sus propias organizaciones soviéticas y con el control obrero, llegue a ser más fuerte que la burguesía y así, sin fisuras, con el convencimiento y la actividad entusiasta de todos los trabajadores, tome el poder con sus organizaciones, con el voto universal, y con los soviets amplios sin contradicciones ni luchas agudas, con el apoyo de todos los partidos obreros y quizá de todos los partidos del país. Gracias al control obrero, el proletariado, todo el proletariado, antes de la toma del poder, será mucho más fuerte económicamente que la burguesía y sabrá conducir la producción mucho mejor que ella. Gracias al triunfo de la legitimidad de la democracia obrera sobre la burguesa, no habrá sectores del pueblo que respondan a los capitalistas, ya que toda la clase obrera o su amplia mayoría estará contra los órganos burgueses y por los soviets populares. Esto permitirá gobernar con el voto universal del cual es “partidario intransigente” el compañero Mandel “antes, durante y después de la toma del poder por los trabajadores”, como ha dicho a El
País en las declaraciones ya citadas. Y hay que darse tiempo para que los órganos de poder
obrero, los soviets, le demuestren a todos los trabajadores --no sólo a los obreros-- que la suya es la forma más democrática de gobierno.
A Mandel le iría muy bien si se tratara efectivamente de una partida de ajedrez; pero lo que va a ocurrir es que aparecerá el malo de la película (la contrarrevolución) que le tirará el tablero por los aires.
La lucha de clases y la contrarrevolución no darán nunca tiempo, como no se lo dieron a los reformistas, para que los trabajadores y toda la clase obrera sean convencidos de la legitimidad de su poder democrático, para que logren ser dominantes en la economía e incorporen sin fisuras el conjunto del pueblo a los órganos de poder obreros. Antes de llegar a este edén, la minoría contrarrevolucionaria de ese país se trenzará en una lucha a muerte contra la minoría revolucionaria para ver quién triunfa, neutralizando y ganando a la mayoría de la población por