• No se han encontrado resultados

sucedáneo del mundo al dato del cual no se habla.

instancias que estuviesen disponibles, incluyendo las que carecían de la más mínima configuración científica, como eran la prensa masiva o de difusión, las postales de lugares exóticos o las ferias internacionales a las que se traían representantes de etnias no europeas.

Consecuentemente, la aplicación de los principios del posi- tivismo decimonónico parecía imposible, por lo menos a mediano plazo. Estos primeros descriptores de culturas lejanas, que en general no te- nían ni un entrenamiento ni un entendimiento sistemático de las artes de la etnografía, producían documentos que como datos eran difícilmente comparables entre sí, los que solo eran posibles de asociar e interpre- tar a través del “ejercicio del espíritu de sistema” de la ciencia antro- pológica23 (Serres, 2006 {1845}, pág. 28).

Los dibujos y los relatos del variopinto universo de los via- jeros del siglo XIX no permitían la anhelada medición de los cuerpos ni la descripción precisa de los artefactos o de los procesos productivos de las culturas a las que referían. Además, solo de cuando en cuando los reflexivos antropólogos decimonónicos emprendían viajes equipados con instrumentos de medición y acompañados de dibujantes profesionales. De estos viajes obtenían algunos datos positivos que, mezclados con dibujos y relatos, les permitían ilustrar sus pre-concepciones respec- to a la correlación entre cuerpo, artefactos y grado de evolución de la cultura24. Así las cosas, procesos inductivos como, por ejemplo, el que

lleva a la formulación de la entonces flamante teoría de la evolución de la especies estaban vedados a los antropólogos.

Entonces, no es de extrañar que la aparición de la fotografía en el horizonte de la antropología decimonónica inflamara en sus prac- ticantes la ilusión del progreso y de poder avanzar positivamente en su programa disciplinar. Esta esperanza no fue exclusiva de la ciencia del hombre, sino más bien un efecto general en todas las ciencias frente a la sorprendente nueva tecnología de registro. En referencia al discurso del físico François Arago frente a la cámara de diputados francesa en de- fensa del “invento de Daguerre”, Walter Benjamin plantea que “este dis- curso (abarca) el campo de la nueva técnica desde la astrofísica hasta la filología: junto a la perspectiva de fotografiar se encuentra la idea de hacer tomas de un corpus de jeroglíficos egipcios” que deja “presentir el verdadero alcance del invento” (Benjamin, 2008 {1931}, pág. 23).

Ernest Lacan, desde el fotograbado, describe como evidente el interés por incorporar fotografías en la ciencia. “Teniendo en cuenta la exactitud de las reproducciones fotográficas y la belleza de los dibujos obtenidos, era natural que a los científicos se les ocurriera utilizar este potente medio para las necesidades de la ciencia. ¡Qué ayuda para la geología, para la botánica, para la historia natural!” (Lacan, 2006 {1856}, pág. 38)

Era tal la percepción de distancia entre la abstracción y sín- tesis de la fotografía y el dibujo, que para los científicos en general y para los antropólogos en particular cada foto fue considerada como equivalente a tener una parte de la realidad en sus manos. Lo anterior es claro cuando entendemos que los “hechos” a los que se refiere Serres en la cita que encabeza este texto son las fotografías, consideradas por él

23

Los datos debían permitir su catalogación en colecciones indexadas que facilitaran un panóptico sobre el total de estos. Así se podría construir una teoría general expli- cativa y predictiva sobre la evolución de la especie humana, distinta a las especies de Darwin.

24

Su objetivo era el descubrimiento de la ley universal de la evolución de la especie hu- mana a través de la correlación cuantitativa entre las características físicas (especial- mente la cabeza) de los miembros de cada una de las razas, sus procesos productivos y el estado de su evolución cultural.

y muchos de sus colegas como verdaderas tomas de muestras de la reali- dad, de manera análoga a la relación que un científico tiene con un fósil, el que le permite estudiar el animal que lo originó. Esta perspectiva de la fotografía es lo que Lobo, haciendo referencia a Philippe Dubois, llama “la fotografía como espejo de lo real” (Lobo, 2010) y lo que Sekula describe como “realismo instrumental” (1981, pág. 16).

No es de sorprender que esta percepción emerja en relación a la fotografía en movimiento. Rony nos describe que para Regnault, pionero en el uso del film en antropología, “la película ofrecía no sólo un medio mejorado de llegar a un índice —pensaba que las razas se manifiestan en el movimiento, y sintió que el cine podía ayudar en el estudio del mo- vimiento— sino un medio que también era por su propia naturaleza indi- cial: como una huella, la película es un documento que acredita que el fil- mado ha pasado delante de la lente de la cámara.” (Rony, 2001, pp. 46–47) El diferencial de verosimilitud que separaba la representa- ción fotográfica de los medios de registro con que anteriormente conta- ban los antropólogos favoreció la percepción de que se estaba ad por- tas de una revolución radical en la producción de conocimientos, o más precisamente, de que la antropología se incorpore como protagonista en la revolución positivista. Si bien hoy nos parece ingenua la afirmación de que la fotografía es un hecho objetivo a tal medida que pueda, como en la astronomía, ser El dato primario para la antropología, y así ésta pueda ser “considerada como una ciencia exacta, tal y como es deseo de todos” (im Thurn, 2006 {1893}, págs. 112–113), el aporte de una imagen impresa, que emula la imagen que nuestro cerebro produce al observar el objeto de estudio, se presenta como de radical importancia para quie- nes investigan la fisiología de los tipos humanos que habitan en luga- res distantes y a los cuales se conocía mayoritariamente por dibujos y relatos verbales difícilmente comparables entre sí. El avance relativo que aporta la imagen fotográfica —de una baja escala de abstracción (Collier & Collier, 1986, pág. 7)— a quién está habituado a alimentar su reflexión con representaciones que, al contrario, exhiben un alto nivel de abstracción, es suficientemente grande como para que las expectati- vas de estos antropólogos en su contexto histórico no parezcan exagera- das: las fotografías permitirán describir y —con suerte— medir a quie- nes se quería estudiar. Y, además, desde la comodidad de la civilización, dado que “ya no será indispensable emprender largos viajes para ir a la búsqueda de tipos humanos.” (Serres, 2006 {1845}, pág. 29) El entusias- mo que el nuevo medio provoca favorece la percepción de que la técnica fotográfica ha logrado que la montaña vaya a Mahoma.

¿Qué expectativas mueven a los antropólogos decimonónicos a usar fotografías?

“El descubrimiento del señor Daguerre, al permitirnos fundar un museo fotográfico, en el cual podrán ser reproducidos estos

más preciada cuanto (…) ya no será indispensable emprender largos viajes para ir a la búsqueda de tipos humanos.”

(Serres, 2006 {1845}, pág. 29)

Describiremos a los antropólogos decimonónicos que incorporaron la fo- toetnografía con una inquietud común. Este hilo conductor nos permitirá interpretar los textos donde estos científicos describen cómo se propo- nen usar la fotografía para cumplir sus expectativas respecto de ella. De esa manera podremos analizar y evaluar según sus propios objetivos el éxito de su empresa.

Como ya mencionamos, el propósito de la antropología del siglo XIX era el descubrimiento de la ley universal de la evolución de la es- pecie humana. Obedeciendo los principios del positivismo, esto se debía lograr inductivamente, mediante una correlación cuantificable entre las medidas corporales de los miembros de cada una de las culturas humanas (especialmente las de la cabeza), sus artefactos y procesos productivos, y así determinar su posición en la jerarquía general de la evolución de las culturas humanas. Haciéndose parte de la ya comentada tradición fi- sionomista, iniciada por Johann Lavater en el siglo XVIII (Sekula, 1981, pág. 18), y con la voluntad de devenir en ciencia positiva, a la manera de la zoología, el programa disciplinar antropológico implicaba la re- colección y el manejo de una inmensa cantidad de datos, objetivamente verificables, que en su conjunto permitieran dar cuenta nada menos que de las medidas y proporciones corporales de la totalidad de las razas humanas. A su vez, las categorías antropométricas de cada grupo y sub grupo racial requerían de un importante número de individuos medidos para poder considerarse válidas. El primer desafío era, entonces, el de producir sistemáticamente y de manera fiable representaciones que sir- vieran como datos comparables.

Esta empresa, épica de por sí, se complica dado que los sujetos de estudio están dispersos por el mundo en lugares de difícil acceso. La antropología del XIX, como disciplina, no contaba con el respaldo eco- nómico necesario para emprender expediciones científicas con la fre- cuencia necesaria, ya que el alto costo de estos viajes aumentaba por la necesidad antropológica de transportar los instrumentos necesarios para hacer mediciones, los requerimientos de equipos y espacio para recolectar y transportar artefactos de interés para las colecciones de los museos, y los artistas necesarios para producir las representacio- nes adecuadas. Como sucedáneo a las escasas expediciones científicas, los antropólogos debían trabajar con diversos tipos de descripciones, aportadas por viajeros, que eran difícilmente comparables y, aun menos, traducibles a cantidades. Lejos del ansiado dato objetivo, la mayor par- te de éstos eran registros de alto grado de abstracción y fuertemente- marcados por la agenda de quien registraba.

Como es de suponer, la deseada catalogación e indexación de estos datos era una empresa con poco retorno, asunto que no era ignora- do por los antropólogos, como evidencia Serres al afirmar que con “raras excepciones, los viajeros que nos han transmitido los tipos americanos lo han hecho a menudo de una manera ideal: casi siempre, las figuras que

encierran sus obras son tipos europeos disfrazados a la americana. A menudo brilla más el arte que la realidad.” (Serres, 2006 {1852}, pág. 32)

La diversidad de los tipos de datos disponibles antes de la in- vención de la fotografía dificultaba enormemente su organización en una escala común para aplicar sobre ellos indicadores mensurables, lo que significaba un nuevo escollo para obtener datos positivos y construir una teoría universal de la evolución humana.

¿Qué prometen los datos fotográficos?

“No hay aficionado a la antropología, etnografía y ciencias afines que abrigue la más mínima duda acerca de la importan- cia que tienen las buenas imágenes de los diversos pueblos para el progreso adecuado de nuestros conocimientos.”

(Fritsch, 2006 {1874}, pág. 58)

Para los antropólogos decimonónicos, contar con muestras de su obje- to de estudio prometía una suerte de acceso directo a la esfera de las ciencias positivas. Las fotografías de otras culturas, que aparecían tan reales e incuestionables como la observación directa, hacía que algunos practicantes de la antropología física del XIX construyeran la ilusión de que los procedimientos de su disciplina se acercarían rápidamente a los de las ciencias naturales, dominio en el que metodología y tecno- logía hace posible una alta productividad de los datos. Las fotografías de Fritch expuestas más arriba evidencian una sistematicidad en la pro- ducción de fotografías comparable con la de zoólogos o geógrafos.

Tal y como un niño con un juguete inesperado, las ilusiones que enciende la —entonces reciente— introducción de la fotografía en la investigación antropológica, nubla en primera instancia una revisión crítica del medio fotográfico. Como afirma Chapman (The Scientist and the Potter: Felix-Louis Regnault and His Imperialist Lens, 2009, pág. 91), la aparición de “nuevas tecnologías son frecuentemente acompaña- das de especulaciones y pronunciamientos exagerados respecto de sus posibilidades.” Prevalece la expectativa de un upgrade en la pirámide de la ciencia. Al fin la ciencia del hombre podría, a través de la tecno- logía, cuantificar los suficientes datos como para alcanzar a los zoólo- gos, sus parientes poderosos. El contexto histórico era el propicio para apostar por un vertiginoso progreso positivo basado en la técnica, en una época en la que “los progresos de la humanidad son incalculables; parece que una fiebre ardiente nos obligue a abandonar las costumbres de nuestros padres. Las invenciones modernas cambian la faz del globo.” (Conduché, 2006 {1858}, pág. 35)

La idea de fiebre es adecuada. El bajo nivel de abstracción de la técnica fotográfica y el eficaz mecanismo de registro y reproducción parecían garantizar un suministro constante de datos comparables que, sin importar el sujeto que registra, permitiría a los antropólogos con-

res realistas habilidosos que puedan estar a la altura de la tarea de representar con rapidez y seguridad tipos exóticos, y los que tienen en su propio país ingresos demasiado buenos como para sentir el deseo de partir hacia parajes salvajes y bárbaros.” (Fritsch, 2006 {1874}, pág. 58)

El quiebre con la tradición y la historia que la nueva tecno- logía prometía precipitar, se manifestaría para la antropología en la colección fotográfica de los tipos humanos, de sus artefactos y de sus modos de producción, que demostraría, por contraste, que la cultura oc- cidental era el pináculo de la evolución humana y que, por lo tanto, sus miembros lo eran de la especie. Pero al mismo tiempo que la inducción antropológica permitiría convertir la expandida convicción respecto de la superioridad de la raza europea en ley universal, el catastro antro- pológico de los tipos humanos aportaba con un registro de las razas consideradas inferiores antes de que éstas comenzaran a desaparecer por la influencia de la universalización del progreso que desarrollaban mediante sus conquistas los imperios coloniales europeos.

“En resumen y para abordar nuestro tema, estamos en el mo- mento en que va a producirse una mezcla de razas a gran esca- la. Sin embargo, ¿cuál es la clave de la ciencia antropológica? Precisamente, saber distinguir, en medio de las mezclas, lo que pertenece a una raza y lo que pertenece a otra. ¿Y qué otro me- dio puede ser más seguro, qué otra base más sólida para el et- nólogo, que las numerosas fotografías hechas en todas partes?” (Conduché, 2006 {1858}, pág. 35)

El programa disciplinar de la antropología debía aplicarse con urgencia, ya que es la ciencia del hombre la encargada de atesorar las descripciones de las vulnerables razas puras. Estas razas, muestras de los distintos estadios de la evolución de la especie humana, estarían por diluirse, producto del progreso imparable que los imperios coloniales europeos distribuían por el mundo. Y la tecnología fotográfica prometía proveer de datos primarios fiables, a bajo precio y comparables entre sí. La máquina reemplazaría el costoso y lento entrenamiento y trabajo del dibujante científico, ya que la automatización demandaba requerimien- tos que parecían ser mínimos. “No se trata de obtener una imagen con un valor artístico considerable, lo que se necesita es una imagen de carác- ter etnológico; en general, no hay nada más fácil de obtener. Un perfil y una cara, el antropólogo se conforma con eso.” (Conduché, 2006 {1855}, pág. 37) Al mismo tiempo, el cómodo almacenamiento y catalogación de las fotografías permitían una eficiente revisión del total de los tipos humanos. La idea de que un inmenso conjunto de fotografías permite vi- sualizar un paisaje inaccesible mediante el texto estaba también pre- sente en los medios de información. Susan Sontag, haciendo referencia a la bullente industria de noticias, recuerda que en 1899, Gustave Moynier, el primer presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja, escribió: “En la actualidad sabemos lo que ocurre todos los días a lo largo y ancho del mundo…, las descripciones que ofrecen los

periodistas de los diarios son como si colocaran a los agoni- zantes de los campos de batalla ante la vista del lector [de periódicos] y los gritos resonaran en sus oídos…”

(Sontag, 2003, págs. 27–28).

Este texto hace evidente dos asuntos importantes para nues- tro trabajo. Primero, corrobora que la fotografía era considerada una muestra fidedigna del mundo, altamente verosímil, que parecía ofrecer la co-presencia del fotografiado en el lugar donde fue retratado y en el retrato fotográfico como tal. Pero además conlleva, claramente, la idea de que las fotos constituían un flujo de información constante, que re- corría el mundo sorprendiendo e informando a quiénes pudieran acceder a él, y que este medio era percibido como una toma de muestra del mun- do, una huella del objeto de estudio, no solo una representación de él. A su vez, si bien hoy puede parecer exagerada la idea de que la prensa de finales del siglo XIX pueda haber contenido “lo que ocurre todos los días a lo largo y ancho del mundo,” refleja la sorpresa que produjo la masificación de la fotografía a través de la prensa. Este testimonio nos permite mirar las expectativas de los antropólogos decimonónicos como propias de su época.

El medio fotográfico, considerado un proceso objetivo de cap- tura de datos, prometía aportar a “los antropólogos, que basaban sus estudios en el análisis más superficial del hombre, en su morfología anatómica” (Naranjo, 2007, pág. 15) una proximidad inédita hasta en- tonces con sus objetos de estudio. Esta potencial comparecencia de la totalidad de las razas de la especie humana en el estudio del antropó- logo fue una de las promesas de la fotografía: “traducir” (Law, 1998) el mundo para insertarlo en el proceso de producción de conocimiento de la antropología. Lo anterior debido a que la fotografía facilitaría la producción y el acopio de datos adecuados a la investigación antropoló- gica, haciendo prescindibles los incómodos viajes de los antropólogos de salón a territorios salvajes, fuera de la civilizada forma de vida de las ciudades europeas, “permitiendo a los investigadores observar a quienes denominaban ‘salvajes’ sin tener que dejar sus laboratorios.” (Rony, 2001, p. 46)

Así, la primera etapa de la relación antropología-fotoetnogra- fía comenzó con el mismo arrojo que en otras actividades humanas enfo- cadas en la vida social, como son los medios de información y el registro privado de la vida íntima. Sin embargo, para la antropología, el impulso inicial se empantanó lentamente. “Un perfil y una cara” (Conduché, 2006 {1855}, pág. 37) empezaron a no bastar para el prometido avance hacia una Ciencia del Hombre exacta.

Recorriendo el trecho entre el dicho y el hecho.

El entusiasmo general que causó el nuevo medio produjo un flujo cre- ciente de imágenes que venían de todas partes del mundo. La industria

y reducir el mundo a una imagen bidimensional” (Naranjo, 2007, pág. 13), que movilizó recursos y creatividad como una suerte de proto Hollywood. Para los antropólogos, la creciente abundancia de datos fotográficos fue, en principio, una buena noticia, sobre todo mientras mantenían ba- jos o abiertos los requerimientos para las fotografías a usar en sus investigaciones. Pero, poco a poco, el camino entre los abundantes re- tratos fotográficos producidos, por ejemplo, para ser transados como postales y recuerdos y la cuantificación antropométrica se descubrió escarpado y difícil.

“La acumulación de gran cantidad de ellas [fotografías fisioló- gicas] sacadas a la misma escala sin duda tendría un valor muy considerable, siempre y cuando fuera acompañada de una serie de mediciones exactas de las personas fotografiadas; sin em-