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Superación de los límites dentro de la fraternidad cristiana

In document 151918943 Fraternidad de Los Cristianos (página 42-46)

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La unión con Cristo incluye la unión de los cristianos entre s í y, p o r tanto, incluye también la superación de los lím ites naturales e históricos que separan a los hombres.

P or encima de los necesarios lím ites del status o del ordenam iento jerá rq u ico tiene que p reva lecer el ethos de la fratern idad y de la igualdad.

Superar lím ites que hasta ahora parecían insuperables es sin d uda u na de las novedades aportadas por el cris­ tianism o. «D esde este m om ento no valoram os a nadie con criterios hum anos. Y si en alguna ocasión valoram os así a C risto, ahora ya no. De m odo que si alguien vive en C risto es una nueva criatura; lo viejo h a pasado y h a apa­ recido algo nuevo» (2 C or 5, 16s). A nte esta realidad re­ volucionaria de la nueva creación, las diferencias que aún existen pierden toda su fuerza. Y la prim era que se hace irrelevante es la diferencia fundam ental e insupera­ ble que ha dividido el m undo hasta ese momento: la dife­ rencia entre Israel y los paganos, entre pureza e impureza, entre elegido y no elegido. «En otro tiem po estuvisteis sin C risto, sin derecho a la ciudadanía de Israel, ajenos a la

alianza y su prom esa, sin esperanza y sin D ios en el m undo. A hora, en cam bio, p o r C risto Jesús y gracias a su m uerte, los que antes estabais lejos os habéis acerca­ do. Porque C risto es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos uno solo, destruyendo el m uro de enem istad que los se p a ra b a ... Él ha reconciliado a los dos pueblos con D ios uniéndolos en un solo cuerpo por m edio de la cruz y destruyendo la enem istad. Su venida ha traído la b u e­ na noticia de la paz: paz para vosotros los que estabais lejos y paz tam bién para los que estab an cerca» (E f 2, 12-17; cf. a este respecto la reacció n de Pedro ante el bautism o de C ornelio, H ch 10, 9-16). La C arta a los efe- sios recu rre directam ente a la p alab ra «m ysterium » p a ­ ra expresar el m ilagro de la unión de ju d ío s y paganos en el único C u erp o de C risto 1. El m isterio de C risto es un m isterio superador de fronteras. H ay otros textos en Pa­ blo que desarrollan estas ideas. «Pues todos los que h a­ bíais sido bautizados en C risto, de C risto habéis sido re­ vestidos. Ya no hay d istinción entre ju d ío y no ju d ío , entre esclavo o libre, entre varón o m ujer, porque todos vosotros sois uno en C risto Jesús», dice la C arta a los gálatas (3, 27s), superando a la vez toda diferencia reli­ giosa y tam bién social, entre esclavo y libre, entre ho m ­ bre y mujer. A este respecto hay que añadir que frente a las religiones m istéricas se da un uso exclusivam ente cristiano, «pues ju n to al ‘h e rm a n o ’ está con el m ism o derecho la ‘h erm an a’»2.

1. G. Bom kam m , nucmiQtov, en ThW IV 827. Cf. tam bién H. Schlier, D ie E inheit del K irche im D enken des A postéis Paulus: C atholica X /l (1954) 14-26; La carta a los efesios. C om entario, Síguem e, Salam anca 1991,80.

2. K. H. Schelkle, Bruder, 638.

L a C arta a los co losenses da aún un paso m ás, p o ­ niendo ju n to a la superación de los lím ites religiosos y sociales tam bién las nacionales. «R evestios del hom bre nuevo que, en busca de un conocim iento cada vez m ás profundo, se va renovando a im agen de su creador. Ya no existe distinción entre ju d ío s y no ju d io s, circuncidados y no circuncidados, m ás o m enos civilizados, esclavos y libres, sino que C risto es todo en todos» (C ol 3, lOs). Pe­ ro antes y por encim a de todas estas palabras de supre­ sión de fronteras están las palabras inam ovibles que dijo el S eñor al joven rico: «¿Por qué m e llam as bueno? Só­ lo D ios es bueno» (M e 10, 18). Sólo queda una frontera, un lím ite realm ente válido, el que hay entre C reador y criatura. A nte él, todos los dem ás se vuelven ab so lu ta­ m ente irrelevantes.

C on ello se invoca en prim er lugar una novedad fren­ te al pasado, que en su form a única e irrepetible tiene que ver con la necesaria superación de fronteras del cris­ tianism o naciente. C on todo, en m uchos ám bitos resulta de perm anente actualidad lo que hem os dicho. Superar las fronteras nacionales es, p o r ejem plo, una tarea que cada generación se p lantea de nuevo. Y en un m om ento en que, p o r fin, E uropa procura evitar los enfrentam ien­ tos del pasado en aras de su unidad, vuelve a quedar m uy clara cuál es su im portancia. Y tam poco es preciso su­ brayar en esta ocasión algo ya m uy asentado en nuestra realidad, a saber, que no se le da ningún valor a las dife­ rencias estam entales y sociales, sino que se exige que se superen m ediante la idea de la fraternidad en Cristo.

Pero quizás sea m ás útil preguntarse po r una cuestión que ju stam en te en este contexto puede interesar a los

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cristianos católicos, es decir, la p regunta p o r la diferen­ cia jerárq u ica y su ethos. N inguno de los textos de Pablo que hem os citado hasta ahora aborda este tem a, pero sí se refieren a él las palabras del S eñor en M t 23, 8-11: «Vosotros, en cam bio, no os dejéis llam ar m aestro, p o r­ que uno es vuestro m aestro y todos vosotros sois herm a­ nos. N i llam éis a nadie padre vuestro en la tierra; porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. N o os dejéis lla­ m ar preceptores, porque uno solo es vuestro preceptor. El m ayor de vosotros será el que sirva a los dem ás»3. So­ bre todo si se aceptan los versículos 1-8 que preceden al texto anterior, se ve m eridianam ente cóm o la fraternidad única y sin diferencias se contrapone al falso jerarquis- m o y al culto de las altas dignidades dentro del ju d a is­ mo. Y resulta im posible eludir la seria pregunta que nos plantea este texto: ¿N o es acaso nuestra praxis cristiana real m ucho m ás parecida al culto a las altas dignidades fustigado p o r Jesús que a la im agen de com unidad cris­ tiana dibujada por él?

En su librito sobre discipulado y m inisterio apostóli­ co, Schelkle com enta lo siguiente: «L as palabras del m aestro prohíben que se llam e padre espiritual a alguien en la Iglesia. Y si la palabra del Evangelio se conserva en la Iglesia, queda realm ente m uy claro que la Iglesia de entonces sólo aplicó a D ios el nom bre de P a d re ... Por tanto, cuando Pablo y los dem ás apóstoles, a tenor de sus escritos, se sienten padres de los creyentes y cuando esa palabra se convierte en un título y sigue siendo t al . . di ­ cha praxis recibe su interpretación, su enjuiciam iento e incluso su lim itación ju stam en te a través del texto de M t

3. Compárese esta última frase con el m agnífico texto de Mt 20,25-28.

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23, 9. ¿Puede algún hom bre reclam ar el derecho a ser considerado por otro padre espiritual?, ¿es que este dere­ cho y h o n o r no es exclusivo de D io s ...? » 4. H em os de añadir lo siguiente: que no sólo es el título de Padre- Va-

ter el que aquí se lim ita, sino que tam bién cualquier otra

form a externa (fijém onos bien, externa) de jerarquism o que haya surgido a lo largo de los siglos, tiene que dejar­ se ju z g a r un a y otra vez p o r este texto.

P rofundicem os aún en este tem a con alguna observa­ ción m ás. El N uevo T estam ento conoce un m inisterio neotestam entario y distingue m uy bien entre el m inistro, que continúa la m isión de Jesús m ediante una vocación m inisterial, y los creyentes norm ales, que no tienen esta encom ienda5. A dem ás, eso que llam am os «jerarquía» y «sacerdocio m inisterial» es objetiva y claram ente un da­ to neotestam entario. El teólogo católico tendrá que in­ sistir vigorosam ente en ello. Sin em bargo, tam poco ten­ drá que ocultar que el N uevo T estam ento, m uy claro en sus palabras sobre este tem a, m antiene una actitud espe­ cial. N unca a los m inistros les llam a sacerdotes, ni al m i­ nisterio, m inisterio. Según el sentir del N uevo Testam en­ to, es claro que los vocablos griegos (aQxr|, é ^ o u o ía , xifxr), téX.05) no concuerdan con los m inisterios de la Igle­ sia. «El N uevo T estam ento conoce estas palabras, pero no las utiliza para el ám bito eclesial, sino que crea la p a­ labra ó ia x o v ía . En el uso del N uevo Testam ento, ctQOT y

4. K. H. Schelkle, Jüngerschaft und A postelam t, Freiburg 1957,44. 5. De la abundantísim a bibliografía existente sobre el tem a del m i­ nisterio eclesial, seleccionam os una publicación protestante que docu­ m enta im presionantem ente el carácter de la autoridad del m inisterio apo­ yándose en el N uevo Testamento: O. Linton, Kirche u n d A m t im NT, en A ulén-Fridrichsen-N ygren y otros (eds.), Ein Buch von der Kirche, Gó- ttingen 1951, 110-144.

é^oucóa se lim itan a la autoridad sinagogal y estatal o a las potencias angélicas, m ientras que xi|xr| se aplica a la dignidad m inisterial del sum o sacerdote del Antiguo Tes­ tam ento. Este diagnóstico lexicográfico dice ya insisten­ tem ente que en la Iglesia ningún m inisterio confiere pues el servicio, y que por tanto todo m inisterio es solam ente o rdenam iento del servicio. Ese diagnóstico pone ta m ­ bién de m an ifiesto que, según la autocom prensión del N uevo Testam ento, el ordenam iento y el derecho son esencialm ente distintos en la Iglesia y en el m undo. Por consiguiente, no se les puede n o m b rar con las m ism as palabras»6. Esta afirm ación es clave. El m inisterio neotes­ tam entario, que es en verdad servicio neotestam entario, no se puede identificar de ningún m odo con el fenóm eno histórico-religioso del sacerdocio, tal com o aparece en otras religiones. D esde el punto de vista del ser, es algo esencialm ente diferente. El hecho de que fácticam ente, com o puro y sim ple fenóm eno, se parezca reiteradam en­ te a él, no proviene de su ser, sino de que la plenitud del ser en la aparición concreta perm anece siem pre com o una exigencia insatisfecha, que viene de una pérdida de lo pro­ pio, que no es de Cristo. De ahí que, en el lenguaje de la Iglesia, el sexto sacram ento se siga llam ando, con buen criterio hasta ahora, no sacerdotium sino ordo.

Perm ítasenos com plem entar lo anterior con una refe­ rencia histórica. El carácter peculiar del m inisterio cris­ tiano se ve con especial claridad cuando se com para la fig u ra cristiana del «apóstol» con sus paralelos en la h is­ toria de las religiones: el rabbi y el •frelog ávfrgam og («hom bre de D ios») del m undo griego. Para am bos es

6. K. H. Schelkle, Jüngerschaft undA postelam t, 39, nota.

esencial su propia autoridad. En cam bio, para el apóstol lo esencial es ser perm anentem ente siervo de C risto, es­ tar com o C risto bajo el lem a siguiente: «La doctrina que yo enseño no es m ía, sino de aquél que m e ha enviado» (Jn 7, 16)7. A sí pues, la autoconciencia tiene que ver p a­ ra unos con la conciencia de la m isión, m ientras que p a­ ra el apóstol tiene que ver con la conciencia de servicio. «La m eta del discípulo del rabí. .. es llegar a ser m aestro. Sin em bargo, para el discípulo de Jesús, la condición de discípulo no es el principio sino la plenitud de su opción vital. Siem pre será discíp u lo » 8. Podríam os añadir: A un com o «padre» sigue siendo siem pre «herm ano»: el m i­ nisterio de padre que reviste es una form a de servicio fraternal y nada más.

Justo aquí nos encontram os ante el punto capital de ciertas interpretaciones p rotestantes sobre el cristianis­ m o, tal com o las podem os ver en B ultm ann y sobre todo en su fam osa «Teología de la crisis». A partir de aquí po­ dem os estar de acuerdo, en un verdadero sentido, con la significativa afirm ación de E. Wolf: «E l cristianism o no es, en definitiva, un bien de la cultura ni un bien de la ci­ vilización, tam poco una ideología ni la solución a los problem as de la hum anidad; en su ‘esen cia’ tam poco es propiam ente u na ‘relig ió n ’, sino la crisis de todas las re­ ligiones en C risto»9.

7. Cf. K. H. R engstorf, «."i ó o t o/.o;, en ThW I, 406-446, especial­

m ente 408ss; K. H. Schelkle, Jüngerschaft und Apostelam t, 24s. Sobre Jn 7, 16, cf. la m agnifica interpretación de A gustín de H ipona, Tr. In Joh., X X IX , 3-5.

8. K. H. Schelkle, Jüngerschaft und Apostelamt, 25.

9. Justam ente con esta frase concluye E. W olf su artículo sobre la evolución histórica del cristianism o en la nueva edición del diccionario D ie Religión in G eschichte und G egenw art («L a religión en la historia y en la actualidad») I, 1705.

N os hallam os, en realidad, ante un aspecto del cris­ tianism o que no puede tom arse a la ligera. N o en vano, p o r co n sistir en una supresión radical de lím ites y fro n ­ teras, pone siem pre p erm anentem ente en crisis todas las diferencias externas, incluidas las encom iendas diferen- ciadoras dentro de la m ism a Iglesia, y nos im pulsa a p u ­ rificarlas constantem ente desde dentro y a vivirlas con el esp íritu de u na fratern id ad que nos hace ser a todos «uno» en C risto Jesús (G al 3, 2 8 )10.

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10. Lo que hem os dicho toca, com o es natural, solam ente una parte m uy concreta de los puntos de vista que se pueden considerar en una re­ flexión sobre el m inisterio eclesial y sobre la form ulación de su relación con los laicos.

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