5. ESTUDIOS DE CASO
5.1. ARGENTINA: el trauma social (1976-1983)
5.1.4. Táctica:
instalaciones para llevar acabo el genocidio acompañadas de un muy buen estructurado código de silencio; además, contaron con el apoyo de la delación social, de la propaganda persuasiva, del miedo social y de la mirada indiferente de muchos ciudadanos. En otras palabras, fué el Estado el que utilizó su aparato policivo para impartir una justicia desmedida ante su propio pueblo. El fin de los detentadores del poder en este tiempo consistía en generar un efecto disuasorio en la sociedad Argentina que pensaba diferente o no estaba de acuerdo con las políticas que estos impartían ante la sociedad, su objetivo consistía en sembrar el miedo en la población civil mediante la represión sistemática instituida, para tal fin utilizaron el crimen de la DFP. Por ende, cuando el Estado deja de administrar justicia y se dedica a la administración del terror se vuelve un Estado terrorista que genera una violencia política sistemática y repulsiva.
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Oficialmente, no había censura en Argentina, pero la junta público unas directrices, conocidas como <<Principios y procedimientos a que deberán ceñirse los medios de comunicación masiva>>, donde se inducía a la prensa a promover valores cristianos y modelos sociales positivos para los jóvenes (directrices citadas en Simpson y Bennett 1985:234- 5) .
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Para tal efecto, el Estado creó un complejo grupo de personas pertenecientes a las fuerzas armadas que se vestían de civil y confundían a las propias víctimas. Este grupo de policías disfrazados de civil estaban apoyados por el I y III cuerpo del ejército, la policía, entre muchos otros. La forma en que operaban consistía en identificar a los guerrilleros, disidentes políticos, jóvenes estudiantes o trabajadores que estuviesen generando algún tipo desobediencia civil o que
intentara atentar sobre el régimen preestablecido, es decir, el genocidio argentino
se centra en el nuevo papel jugado por los organismos de inteligencia: el
minucioso análisis de las prácticas sociales en juego.” (Giussani, 2008, pág. 317);
después se procedía a capturar ilegalmente al identificado donde era conducido a alguna instalación clandestina, para luego someter a este individuo a diferentes torturas que duraban algún tiempo y enseguida asesinarlo, finalmente, el cadáver era desaparecido y así estaba el crimen de Estado perfecto.
La víctima era llevada a un campo clandestino donde perdía su condición de humano y era cosificado, se le desnudaba, se le amarraban las manos, los pies, se le encapuchaba y se le sometía a diversas torturas. La idea de los perpetradores era destruir a las víctimas físicamente y sicológicamente, en otras palabras, la búsqueda de los perpetradores consistía en dejar sin aliento y sin un ápice de cordura a las víctimas. El objetivo de los victimarios consistía en erradicar cualquier pensamiento divergente de las víctimas, lo que buscaban los victimarios con sus múltiples torturas era en cierto sentido lavar el cerebro de las víctimas o exorcizarlo, para ser más precisos, porque así las víctimas hubiesen aceptado esta reprogramación de cualquier forma terminaban muertas en algún lugar, de quien sabe donde.
Por parte de los perpetradores llegaba la hora de deshacerse de las víctimas, y en donde no fué suficiente torturarlas en vida, era necesario para los victimarios seguirlas torturando hacia el camino de la muerte, y en la misma muerte a sus familiares. La dinámica consistía en extraer a las víctimas de los campos
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clandestinos, montarlos en un avión y arrojarlos al océano para que los tiburones se los comieran, en otros casos eran sepultados en fosas comunes clandestinas, mejor dicho eran los cuerpos desaparecidos de diversas formas con la finalidad de que no aparecieran nunca. (CONADEP, 1983)
Al desaparecer a los disidentes y diferentes creaban un desconcierto y un sufrimiento en los familiares cercanos de las víctimas, en los familiares no tan cercanos y amigos en algunos casos creó un distanciamiento, por el miedo de que algo por el estilo le podría ocurrir a éstos, en la población civil en general les servía de lección de no tratar de ir en contra del régimen o podían correr con la misma suerte que los que desaparecieron. Esta lógica perversa de castigar a toda la sociedad sólo era producto de mentes criminales.
Por tal motivo, los familiares de las víctimas pasaron el resto de sus vidas reclamando e implorando por el paradero de sus seres queridos, guardaban la fe de que se encontrasen con vida lo cual era poco factible; pero por los menos querían saber donde yacían sus restos, para poder hacer el duelo. Los familiares de las víctimas vivían intranquilos ya que sus hijos como bien éllos lo decían no pertenecían ni al mundo de los vivos, ni al mundo de los muertos, es decir, estaban en un purgatorio hecho por el hombre donde se eliminaba un pensamiento distinto.
Al conjunto de la sociedad Argentina se le bombardeaba con una campaña oficial
en los medios de comunicación con los siguientes eslóganes: “¿Cómo usted está
educando su hijo? ¿Sabe usted, señora, dónde está su hijo en este momento?”
(Robben, 2008, pág. 319)5, esto era parte de la delación social, donde el objetivo
consistía en denunciar a los disidentes del régimen en los espacios privados de un individuo, en los espacios de socialización los cuales son: la familia, la escuela, los amigos y el trabajo. Por este hecho, los padres no permitían que sus hijos
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asistieran a ninguna organización de carácter social, por el miedo a que algo les fuera a pasar, este juego perverso propuesto por la junta militar trajo la desarticulación social de lo público en la sociedad Argentina. Los juicios penales contra los jefes militares y funcionarios civiles y religiosos culpables hoy califican estas conductas como parte de un genocidio contra la propia sociedad argentina.