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Táctica para desprestigiar a quien se entusiasma con lo valioso

Está claro el escamoteo de esquemas realizado por el manipulador en dos fases. Comienza emparejando el término reconciliación con paz, concordia, armonía, comprensión, apertura de espíritu, liberación de dogmatismos rígidos y de tabúes, y lo enfrenta a entusiasmo en la defensa de convicciones, adhesión a normas estables, a formas de vida comprometidas y fieles.

Por estar vinculados a la palabra talismán libertad -latente en el término liberación-, los términos reconciliación, paz, concordia, armonía, comprensión... quedan prestigiados, y los términos que supuestamente se les oponen (entusiasmo en la defensa de los valores, adhesión a normas...) son automáticamente desprestigiados. Este desprestigio fomenta -por vía de rebote- una inclinación al relativismo y la indiferencia. Los términos indiferencia y relativismo aparecen así conectados con vocablos altamente valorados: reconciliación, paz, concordia, armonía, comprensión, apertura de espíritu, liberación...

En este momento, el demagogo se las ingenia para unir estos términos con la palabra diálogo. Con ello, el dialogar aparecerá en sí como algo bueno, pero dialogar para discutir una cuestión de forma competente y entusiasta será interpretado como una acción reprobable, por ser opuesta a la reconciliación. Tras este juego de manos con los conceptos, sólo se entenderá como diálogo auténtico el intercambio de ideas realizado con espíritu de entreguismo pacifista. La treta demagógica de confundir reconciliación y pacifismo a cualquier precio inspira a muchas personas y grupos sensibles a los valores que están en la base de la cultura occidental una moral de derrota o al menos de empate, moral de resignación que no conduce a ningún día de gloria. Un equipo deportivo que sale al campo a no perder se deja envolver en la red de medidas tácticas impuestas por el adversario, si es más decidido; ajusta su ritmo al de éste, no toma iniciativas, adopta una actitud pasiva, ofrece una imagen mezquina y se expone casi siempre a una derrota bochornosa. Igual suerte se preparan quienes, en cuestiones de ética y religión, toman como meta evitar cuanto pueda interpretarse como "triunfalismo" y renuncian así a cuanto signifiq ue riqueza de sentido y de valores. Ciertamente, deben evitarse los montajes artificiosos, pero éstos no han de confundirse con lo que es realmente magnífico. Lo que es en sí grande presenta una fachada espléndida, y no por ello ha de ser rechazado. La trompetería huera ofrece un espectáculo ridículo, pero la grandilocuencia de lo que es de por sí muy expresivo

encierra, indudablemente, un alto valor. Hoy día la Estética sabe apreciar los méritos inalienables del barroco.

El que adopta una actitud de pacifismo a ultranza tiende a rendirse al enemigo antes de divisar su estandarte; no saca energías de sus convicciones internas; no se esfuerza en inspirarse para defender acertadamente sus creencias más entrañables; se autoderrota al hundirse en el pantano de un complejo de inferioridad infundado.

El temor a dar testimonio abierto y decidido de las propias posiciones espirituales supone una deslealtad a la realidad en que uno está instalado y de la que recibe savia nutricia. Este género de infidelidades provocan una inhibición de las mejores energías, impiden ganar la velocidad de despegue y obtener la libertad propia del vuelo. Un avión potente dispone de energía sobrada para elevar su inmensa mole a una cota de 10.000 metros, pero esta capacidad queda anulada si el piloto renuncia a ganar la velocidad de despegue a fin de no ser tachado de presuntuoso y triunfalista por sus colegas de aeronaves más modestas. Se quedará pegado a la pista, envarado en un lugar que no es sino punto de partida para mayores empresas, y será fácilmente superado en capacidad de maniobra por cualquier vehículo elemental.

Mostrar la potencia, la energía, la riqueza y grandeza de aquello en que uno participa sin ser su dueño es un gesto gallardo de agradecimiento, no un signo de prepotencia. Pensar esto último responde a un concepto erróneo de lo que significa estar en vinculación activa con realidades que ofrecen grandes posibilidades creadoras. No olvidaré fácilmente el sano orgullo con que un comandante de un Boeing 747, el gigantesco "Jumbo", me explicaba la asombrosa complejidad y perfección de su aeronave. No veía en el avión una propiedad suya, de la que pudiera gloriarse, sino el gran compañero de juego que la sociedad actual -tras asumir las posibilidades creadoras que le transmitie ron las generaciones pasadas- fue capaz de configurar y poner en sus manos. Una maravilla técnica como ésta es el punto de confluencia de miles de líneas de fuerza que se integran para conseguir una meta común. El fruto de este acontecimiento integrador es ese prodigio que llamamos "Jumbo". Este nombre está tomado del elefante gigantón que aviva la imaginación de tantos niños anglosajones. Entusiasmarse con algo que es, en definitiva, fruto de la unidad de múltiples ingenios y voluntades no es sino devolver con agradecimiento un don que se nos ha dado, como se le facilita al niño un juguete para que ponga en forma su capacidad de fundar relaciones creativas. ¿Puede alguien realizar esta magna tarea de manera fría? La revalorización de la emotividad -rectamente entendida- es una de las grandes tareas de la Pedagogía actual.