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No es tan malo como piensas

In document Libro Abundancia (página 59-73)

Este pesimismo quejoso

En el capítulo 2 hemos esbozado los objetivos, básicos de la abun- dancia. Se trataba de un vistazo inicial a la línea de meta, pero el des- tino no es el viaje. Tener una evaluación precisa de nuestro punto de partida exacto nos ayuda a entender plenamente dónde queremos ir. Si podemos desprendernos de nuestro cinismo, ¿a qué se asemeja realmente nuestro mundo?, ¿cuántos progresos se han hecho y no se han notado?

Matt Ridley ha dedicado las últimas dos décadas a tratar de con- testar a estas mismas preguntas. Ridley tiene cincuenta y pocos años, es un inglés alto con el pelo castaño que clarea y una sonrisa fácil. Es un zoólogo educado en Oxford, pero ha pasado la mayor parte de su carrera como escritor de ciencias especializado en los orígenes y evolución del comportamiento. Últimamente, el comportamiento que más ha llamado su atención es una manifestación estrictamente humana: la predilección de nuestra especie por las malas noticias.

«Es increíble», dice, «este pesimismo quejoso,1 este acto reflejo,

la reacción del tipo “las cosas van fatal” procedente de personas que viven entre unos lujos y una seguridad por los que sus antepasados hubieran matado. La tendencia dominante es ver la parte vacía de cada vaso. Es casi como si la gente se aferrara a las malas noticias como si fueran un amuleto». Al tratar de encontrar el sentido de este pesimismo, Ridley, como Kahneman, ve que la raíz del problema es una combinación de sesgos cognitivos que la psicología evolucionista

puede explicar. Señala la aversión a la pérdida –una tendencia de la gente a lamentar una pérdida más de lo que valora una ganancia similar– como el sesgo que tiene más impacto en la abundancia. La aversión a la pérdida es lo que a menudo mantiene a la gente atrapa- da en la rutina. Es una reticencia a cambiar las malas costumbres por miedo a que el cambio les deje en una posición peor que la anterior. Pero este sesgo no actúa solo. «También pienso que podría haber un componente que la psicología evolutiva podrá explicar», sostiene. «Puede que seamos pesimistas porque los pesimistas lograron evitar ser comidos por los leones en el Pleistoceno».

Sea como sea, Ridley ha llegado a creer que nuestro divorcio de la realidad nos está haciendo daño, y recientemente ha comenzado a contraatacar. «Se ha convertido en un hábito para mí cuestionar esos comentarios negativos. Cada vez que alguien se permite un co- mentario malhumorado sobre el mundo, trato de darle la vuelta a sus argumentos y, tras examinar los hechos, una y otra vez descubro que están equivocados.»

Esta conversión suya al pensamiento positivo no ocurrió de la no- che a la mañana. Como joven periodista científico, Ridley se encon- tró con cientos de ecologistas que profetizaban fervientemente un futuro mucho más sombrío. Pero hace quince años comenzó a darse cuenta de que no había pruebas en ninguna parte de las fatalidades predichas por estos expertos.

La lluvia ácida fue el primer signo de que los hechos no casaban con la fanfarria. Considerada un tiempo como la más grave amena- za ecológica de nuestro planeta, la lluvia ácida se produce porque la combustión de combustibles fósiles libera dióxido de sulfuro y óxidos de nitrógeno en la atmósfera, provocando un cambio ácido en el pH de las precipitaciones –de ahí su nombre–. Observada por

primera vez por el científico inglés Robert Angus Smith en 1852,2

la lluvia ácida tardó otro siglo en alcanzar su plenitud, pasando de mera curiosidad científica a presunta catástrofe. Pero para finales de los años setenta la advertencia era clara. En 1982 el ministro de

Medio Ambiente de Canadá, John Roberts,3 resumió lo que muchos

estaban pensando, al decir en la revista Time, «La lluvia ácida es una de las formas de polución más devastadoras que podamos imaginar, una malaria insidiosa para la biosfera».

saron unas pocas décadas, y se dio cuenta de que nada de eso estaba ocurriendo. «No solo los árboles no morían, sino que nunca habían muerto –no lo hacían en porcentajes poco habituales y tampoco por culpa de la lluvia ácida–. Los bosques que se suponía que deberían haber desaparecido completamente estaban más sanos que nunca.»

Sin lugar a dudas, la capacidad de innovación del hombre jugó un papel muy importante en evitar el desastre. En Estados Unidos, estas previsiones catastrofistas produjeron de todo, desde enmiendas a la ley del aire puro hasta la adopción de conversores catalíticos para los

automóviles. Los resultados fueron una reducción4 en las emisiones

de dióxido de sulfuro desde 26 millones de toneladas en 1980 hasta 11,4 en 2008, y de los óxidos de nitrógeno desde 27 millones de to- neladas hasta 16,3 durante el mismo período. Mientras que algunos

expertos consideran que los actuales niveles de emisiones de SO2/

NO siguen siendo demasiado altos, siéndo la realidad es que el apo- calipsis ecológico predicho en los años setenta nunca se produjo.

A Ridley esto le pareció extraño. Comenzó a investigar otras profe- cías sombrías y descubrió una pauta similar. «Las predicciones sobre población y hambruna estaban muy equivocadas», dice, «mientras que las epidemias nunca eran tan malas como se suponía que iban a ser. Las tasas de cáncer ajustadas a la edad, por ejemplo, están cayen- do, y no aumentando. Además, me di cuenta de que a la gente que se- ñalaba estos hechos se les criticaba mucho, pero no se les refutaba».

Todo ello le llevó a hacerse otra pregunta: si las predicciones real- mente negativas no se estaban cumpliendo, ¿qué pasaba con la ve- racidad de creencias habituales, como la idea de que el mundo está empeorando? Para intentar comprenderlo, Ridley comenzó a exa- minar las tendencias de hechos básicos a escala global: económicos y tecnológics; esperanza de vida y salud; y una serie de preocupacio- nes medioambientales. El resultado de su esfuerzo se convirtió en la columna vertebral de su libro de 2010 El optimista racional, una obra en la que explica por qué el optimismo, en lugar del pesimismo, es la postura filosófica con más posibilidades de ofrecer un mañana más prometedor para nuestra especie. Su argumento se basa en un hecho obvio pero a menudo ignorado: el tiempo es un recurso. De hecho, el tiempo siempre ha sido nuestro recurso más preciado, y esto tiene consecuencias importantes respecto a cómo accedemos al progreso.

Tiempo ahorrado y vidas salvadas

Para todos nosotros el día tiene las mismas veinticuatro horas. El cómo utilicemos esas horas determina la calidad de nuestras vidas. Hacemos todo lo posible para gestionar nuestro tiempo, para aho- rrarlo, para sacar más provecho de él. En el pasado, simplemente cu- brir nuestras necesidades básicas ocupaba la mayor parte de nuestras horas. Actualmente, para una porción muy amplia del mundo las co-

sas no han cambiado mucho. Una campesina del Malawi moderno5

invierte el 35 por ciento de su tiempo cultivando, el 33 por ciento cocinando y limpiando, el 17 por ciento buscando agua potable y el 5 por ciento recogiendo leña. Esto le deja solamente un 10 por cien- to del tiempo para cualquier otra cosa, incluyendo encontrar el em- pleo remunerado que necesitaría para escapar a esta rutina. Debido a todo esto, Ridley considera que la mejor definición de prosperidad es simplemente «tiempo ganado». «Olvídate de los dólares, el cauri

o el oro»,6 dice. «La verdadera medida del valor de una cosa son las

horas que cuesta adquirirla».

Así que, ¿cómo se ha organizado la gente para ahorrar tiempo a lo largo de los años? Bueno, hemos intentado la esclavitud –tanto humana como animal–, y eso funcionó bien hasta que desarrollamos una conciencia. También aprendimos a aumentar nuestra fuerza muscular con más fuerzas de la naturaleza: fuego, viento y agua, más tarde gas natural, petróleo y átomos. Y en cada paso de este camino, no solo hemos desarrollado más potencia, sino que también hemos ahorrado más tiempo.

La luz es un ejemplo fabuloso,7 En Inglaterra, la luz artificial era

20.000 veces más cara hacia el año 1300 que actualmente. Pero cuan- do Ridley amplió la ecuación y examinó cómo la cantidad de luz que se compra con una hora de trabajo (con un sueldo medio) ha cam- biado a lo largo de los años, los ahorros son incluso mayores:

Hoy en día una hora de la luz te costará menos de medio segundo de tu tiempo de trabajo si cobras un sueldo medio. Si hubieras uti- lizado una lámpara de queroseno en la década de 1880, tendrías que haber trabajado durante quince minutos para conseguir la misma cantidad de luz. Una vela de sebo en el siglo xix: más de

para de aceite de sésamo en Babilonia, en 1750 a. C. te hubiera costado más de cincuenta horas de trabajo.

Dicho de otro modo, si comparas el coste actual de la luz con el cos- te del aceite de sésamo utilizado en 1750 a. C., te encontrarás con una diferencia de ahorro de tiempo de 350.000 veces, y esto solo cubre los ahorros de tiempo. Dado que los que ahora tenemos elec- tricidad no podemos derramar una lámpara de petróleo y prender fuego a la casa, ni padecemos enfermedades respiratorias causadas por respirar el humo de una vela, hemos ganado además esas ho- ras que antiguamente perdíamos por culpa de la mala salud y por tener que reconstruir nuestra casa. El transporte presenta, lo largo de los años, un ahorro de tiempo aún mayor. Durante millones de años, solo íbamos donde nos podían llevar nuestros pies. Hace seis

mil años domesticamos el caballo8; una inmensa mejora, sin lugar a

dudas, pero los equinos no tienen nada que ver con los aviones. En el siglo xix, ir de Boston a Chicago en diligencia9 suponía dos semanas

y un mes de sueldo. Hoy en día requiere dos horas y el sueldo de un día. Pero cuando se trata de cruzar océanos, entonces el caballo no es de mucha utilidad, y nuestros primeros barcos no eran exactamente modelos de eficiencia. En 1947 el aventurero noruego Thor Heyer-

dahl pasó 101 días navegando10 en la balsa Kon-Tiki desde Perú hasta

Hawai. En un 747 se emplean quince horas –un ahorro de cien días que tiene el añadido de disminuir exponencialmente las posibilida- des de morir en el camino.

El tiempo ahorrado no es la única mejora de la calidad de vida que habitualmente se ignora. De hecho, como explica Ridley, aparecen

mejoras en casi todos los lugares en los que miremos.11

Algunos de los miles de millones de personas que viven hoy en día siguen haciéndolo en una miseria y necesidad incluso mayor de en la que estaban unos cuantos meses o años antes. Pero la inmensa mayoría de la gente está mucho mejor alimentada, pro- tegida, mantenida, salvaguardada de las enfermedades y tienen más posibilidades de llegar a la vejez que sus antepasados en cual- quier momento de la historia. La disponibilidad de casi cualquier cosa que pueda querer una persona ha mejorado enormemente

en los últimos doscientos años y de manera más errática durante los diez mil años anteriores: años de mejora en la esperanza de vida, disponibilidad de agua potable, de aire limpio, de horas de intimidad, de medios de viajar más rápidos de lo que uno puede correr, de formas de comunicación que van más allá de lo que uno puede conseguir gritando. Incluso si contamos los cientos de millones que siguen viviendo en una pobreza abyecta, con sus en- fermedades y necesidades básicas sin resolver, esta generación de seres humanos tiene acceso a más calorías, vatios, lúmenes-hora, metros cuadrados, gigabits, megahercios, años luz, nanómetros, fanegas por hectárea, kilómetros por litro, alimentos, millas aéreas, y, por supuesto, dólares, que ninguna anterior.

Lo que quiere decir todo esto es que si tus argumentos contra la abundancia se basan en defender que «el agujero en el que estamos metidos es demasiado profundo para salir de él», entonces debe- rías cambiar de estrategia. Pero si la acusación tan familiar contra la abundancia no puede basarse en hechos, entonces, ¿qué pasa con esta otra crítica habitual: la creciente distancia entre ricos y pobres?

Tampoco esto es el problema que muchos sospechan. Tomemos la India. El 1 de agosto de 2010, el Consejo Nacional de Investigación

Económica Aplicada de la India12 estimó que el número de hogares

con ingresos altos en el país (46,7 millones) actualmente es supe- rior al de ingresos bajos (41 millones) por primera vez en la historia. Además, la distancia entre los dos extremos se está reduciendo rá- pidamente. En 1995 la India tenía 4,5 millones de hogares de clase media. En 2009 este número se había elevado a 29,4 millones, y lo que es aún mejor, la tendencia se está acelerando. Según el Banco Mundial, el número de personas que vive con menos de un dólar

al día13 se ha reducido más de la mitad hasta por debajo del 18 por

ciento de la población mundial. Sí, sigue habiendo miles de millones que viven en una indigencia angustiosa, pero si se mantiene el nivel

actual de disminución,14 Ridley calcula que el número de personas en

el mundo que vivirán en la «pobreza absoluta» llegará a cero en 2035. Quizá la caída de la pobreza no sea tan rápida, pero hay otras cifras que considerar. Hay que examinar la disponibilidad de bienes y servicios, que, como es sabido, son dos categorías que impactan de manera considerable en la calidad de vida de la gente. También aquí

ha habido mejoras increíbles. Entre 1980 y 2000, el índice de consu-

mo15 –medida de los bienes utilizados por una sociedad– aumentó en

los países en vías de desarrollo al doble de velocidad que en el resto del planeta. Dado que el tamaño de la población, su salud y longevi- dad se ven afectados por el consumo, estas cifras también mejoraron. Comparado con hace cincuenta años, hoy en día los chinos son diez veces más ricos, tienen un tercio menos de niños y viven veintiocho años más. En ese mismo intervalo de medio siglo, los nigerianos son el doble de ricos, con un 25 por ciento menos de niños y un aumento de nueve años en su esperanza de vida. En total, y según Naciones Unidas, la pobreza se ha reducido más en los últimos cincuenta años que en los quinientos años anteriores.

Además, es una apuesta bastante segura decir que estos índices no volverán a subir. «Una vez que la mejora en la posición de las clases

bajas toma velocidad»,16 escribió el economista Friedrich Hayek en su

libro de 1960, Los fundamentos de la libertad, «proveer a los ricos deja de ser la fuente principal de beneficios y ello da lugar a unos esfuer- zos cada vez más orientados hacia las necesidades de las masas. Esas fuerzas que, inicialmente, hacieron que la desigualdad aumentara, de este modo tienden a disminuirla».

Esto es exactamente lo que está pasando en África hoy en día: las clases bajas están tomando velocidad y ganando independencia. Por ejemplo, la difusión de los móviles está facilitando las microfinanzas, y las micro finanzas están promoviendo la difusión de los móviles, y ambas están creando mayores oportunidades interclasistas (lo que significa menos puestos de trabajos que dependan directamente de los ricos) y una mayor prosperidad para todos los implicados.

Más allá de las cifras económicas, tanto la libertad política como

los derechos civiles también han mejorado sustancialmente17 en los

últimos siglos. Por ejemplo, la esclavitud ha pasado de ser una prác-

tica global a estar prohibida en todas partes.18 Un cambio similar se

ha producido en la consagración de los derechos humanos en las constituciones del mundo y la difusión de la democracia. Hay que reconocer que en demasiados sitios estos derechos y esta democracia son más una fachada que una experiencia diaria, pero en menos de un siglo han adquirido tal prominencia que las encuestas globales han descubierto que la democracia es la forma de gobierno preferi-

Quizá las mejores noticias sean lo que el psicólogo evolucionista

de Harvard Steven Pinker descubrió20 cuando comenzó a analizar la

evolución de la violencia a escala global. En su ensayo Una historia de

la violencia: cada día nos estamos volviendo más amables, es cribe:

La crueldad como entretenimiento, el sacrificio humano para satisfacer las supersticiones, la esclavitud como mecanismo pa- ra ahorrar trabajo, la conquista como la misión de los gobiernos, el genocidio como un medio de adquirir tierras, la tortura y la mu- tilación como castigos rutinarios, la pena de muerte para castigar delitos menores y diferencias de opinión, el asesinato como me- canismo de sucesión política, la violación como botín de guerra, los pogromos como válvula de escape de las frustraciones, el ho- micidio como manera principal de resolver los conflictos –todos ellos fueron rasgos habituales de la vida durante la mayor parte de la historia–. Pero, hoy en día, son excepcionales o inexistentes en Occidente, mucho menos habituales de lo que solían serlo en el resto del mundo, se ocultan cuando suceden, y se condenan ampliamente cuando salen a la luz.

Lo que significa todo esto es que, durante los últimos pocos cientos de años, los humanos hemos recorrido un considerable camino. Vivi- mos más tiempo, somos más ricos, estamos más sanos, tenemos vidas más seguras. Hemos aumentado de forma masiva el acceso a bienes, servicios, transporte, información, educación, medicinas, medios de comunicación, derechos humanos, instituciones democráticas, vi- viendas sólidas, etc. Pero esta no es toda la historia. Para este debate es tan importante el progreso que hemos realizado como las razones por las que hemos progresado tanto.

Progreso acumulativo

Los humanos compartimos el conocimiento. Intercambiamos ideas e información. En El optimista racional, Ridley vincula este proceso al

sexo,21 y su comparación es más que una simple metáfora florida.

El sexo es un intercambio de información genética, una polinización cruzada que hace que la evolución biológica sea acumulativa. Las

ideas también siguen esta trayectoria. Se encuentran, se aparean y mutan. Llamamos a este proceso aprendizaje, ciencia, invención, pero, sea cual sea el término, es exactamente lo que Isaac Newton quería expresar cuando escribió: «Si he visto más lejos es porque es-

toy montado a hombros de gigantes».22

El intercambio es el principio, no el final de este camino. Confor- me se generaliza el intercambio, el comercio, se llega a la especializa- ción. Si eres el nuevo herrero que acaba de llegar al pueblo, y te ves obligado a competir con otros cinco herreros que ya están instalados, solo hay dos maneras de tener éxito. Una es trabajar como un loco y perfeccionar tus habilidades convirtiéndote en el mejor herrero de todos. Pero esta es una opción arriesgada. Vas a necesitar ser lo sufi- cientemente buen herrero como para superar los vínculos de amistad y nepotismo que beneficían a los herreros ya instalados, porque, en un pueblo pequeño, la mayoría de tus clientes son amigos íntimos o

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