CAPÍTULO 4. TEATRO APLICADO EN EDUCACIÓN
4.5. Aplicaciones del teatro en educación
4.5.2. Teatro Aplicado, educación y neurociencia
En cuanto actividad humana y cultural, el teatro y el cerebro han tenido desde siempre una profunda vinculación, pero ha sido a partir de los avances neurocientíficos y sus comprobaciones que ambos han cobrado un papel preponderante durante los últimos veinte años, con el correspondiente impacto que esto ha tenido en diversos ámbitos de la educación. Peter Brook (1925-) declaró en una entrevista que «con el descubrimiento de las neuronas espejo, la neurociencia había comenzado a entender algo que el teatro había sabido desde siempre» (Rizzolatti y Sinigaglia, 2006 en Sofía, 2011). En efecto, no se trata de algo novedoso o desconocido, sino más bien, de un redescubrimiento, de una constatación: «la verdadera novedad de este siglo viene
marcada por el hecho de que, no son solo los estudiosos de las artes performativas los
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que son los propios neurocientíficos los que encuentran en las actividades ligadas a las artes escénicas un lugar particular de observación del ser humano» (Sofía, 2011).
Ahora bien, es legítimo preguntarse, ¿qué se entiende hoy respecto al funcionamiento del cerebro y al arte dramático? ¿Qué relación existe entre ambos? Fons (2015) indica que «las aportaciones neurocientíficas dan una nueva orientación al entrenamiento y la técnica actoral, abriendo nuevos horizontes para el estudio de la creatividad a partir de la acción de su cuerpo-mente en un espacio y tiempo determinados». Motos y Ferrandis (2015) señalan que tanto la expresión corporal como el teatro constituyeron motores evolutivos implicados en las mejoras de facultades psicofísicas y mentales; además de que habilidades sociales como la empatía, la imitación y la cooperación -desarrolladas a través del arte dramático- contribuyeron a la conformación de la inteligencia humana moderna. Entre las habilidades cerebrales encontramos la capacidad de automatizar movimientos de manera inconsciente, simular situaciones futuras, rememorar o reproducir sucesos pasados, entre otras. Estas habilidades son, sin lugar a dudas, parte fundamental del trabajo del actor y esencia del arte teatral.
El encuentro académico entre estas dos disciplinas se produce concretamente en la Universidad de Bolonia durante el año 2007 con el seminario interdoctoral
"Teatro y Neurociencia" (Teatro e Neuroscienze), en el que participaron investigadores
como John J. Schranz y Richard Muscat de la Universidad de Malta, Jean-Marie Pradier de la Universidad de París VIII, Ivar Hagendoorn de la Universidad de Ámsterdam, William Beeman de la Universidad de Brown, Giaccomo Rizzolatti de la Universidad de Parma, Madeleine Barchevska de las universidades de París y Nueva
York, entre otros. Dos años más tarde se realizaba en la Universidad de Roma La
Sapienza el primer congreso internacional sobre este nuevo campo de investigación.
El encuentro "Diálogo entre teatro y neurociencias" (Dialoghi tra teatro e
neuroscienze), coordinado por Clelia Falleti y Gabriele Sofía, ya cuenta con cinco ediciones consecutivas y tres publicaciones, una de ellas en español del año 2010 (Fons, 2015).
Sofía (2011), por su parte, se remonta más atrás en la búsqueda de antecedentes y hace mención a un encuentro que tuvo lugar en Polonia durante el año
1979 titulado "Aspectos científicos del teatro" (Colloque sur les aspects scientifiques
du theatre) que reunió a destacadas figuras del ambiente teatral de la época (Eugenio Barba, Jerzy Grotowski), además de científicos e investigadores (Henry Laborit, Jean Marie Pradier). En este sentido, destaca los aportes de dos movimientos que van a
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87 tener una destacada participación en el desarrollo de este campo: La Escuela
Internacional de Antropología Teatral (International School of Theatre Antropology,
ISTA), fundada por Eugenio Barba en 1979 y el surgimiento de los Estudios de la
Performance (Performance Studies), cuyos precursores fueron Richard Schechner y Víctor Turner. Ambos movimientos compartían «el intento multidisciplinar y la apertura hacia la neurociencia y la biología» (Sofía, 2011).
Gracias a estos innovadores y a la "revolución cognitiva" producida por los descubrimientos y estudios desarrollados durante la "década del cerebro" (1990- 2000), es que hoy en día se cuenta con una serie de teorías e investigaciones que refuerzan los lazos existentes entre teatro y neurociencias. Al respecto, se debe considerar que precisamente uno de los puntos más comentados acerca de la conexión entre ambos tiene que ver con el descubrimiento de las neuronas espejo y su
relación con el concepto de ficcionalidad teatral desde donde se pueden abordar la
empatía, la imitación y la simulación. Fons (2015), indica que neurobiológicamente hablando los seres humanos son por naturaleza imitativos y que procesos como el aprendizaje, la comunicación, el lenguaje o la empatía emocional, relacionados con las
emociones sociales, suponen «una clara justificación del "sí mágico" stanilvaskiano»,
afirmando que los individuos tienen la facultad de ponerse en el lugar del otro, visualizar la acción y llevarla a cabo».
De acuerdo con Falletti (2010), las neuronas espejo fueron descubiertas casualmente por un grupo de científicos dirigidos por Giaccomo Rizzolatti (1937-) quienes realizaban un proyecto para elaborar un mapa del cerebro. En su investigación descubrieron la localización anatómica en el cerebro de un mecanismo reflejo de las acciones de los demás y demostraron la coincidencia de ese programa con el programa motor responsable de la ejecución de esas mismas acciones por
parte de uno mismo, es decir, descubrieron las llamadas "neuronas espejo" (mirror
neurons), aquellas que se activan en el cerebro tanto cuando se cumple una acción determinada, como cuando se observa esa misma acción cumplida por otros. Estas neuronas no sólo se activan con las acciones sino que, también, permiten que el individuo comprenda la acción que se realiza frente a él. Estos aspectos resultan particularmente importantes si se considera que en el teatro se crea un espacio de acción compartido entre el actor y el espectador, espacio que es a su vez dinámico, intencionado y simulado.
Para Pavis (1996) en el teatro la simulación se presenta directamente al
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de un mediador. Esto provoca en el espectador -una vez que la obra dramática se convierte en obra teatral- la impresión de algo "directo" y "real", es decir, un efecto de
realidad o una ilusión de realidad. La obra dramática u obra latente, además, posee
esencialmente un carácter de realidad implícita que luego se transforma en explícita al ser escenificada. De esta manera el actor capta la atención de los espectadores mediante la empatía como proceso de identificación que establece la audiencia con el personaje. Motos y Ferrandis (2015) indican que esa empatía que suscita el actor tiene su origen en procesos neurobiológicos; estos procesos -como todos los componentes escénicos que conforman la pieza teatral- son minuciosamente estudiados para desencadenar determinadas respuestas en los asistentes, así, se puede afirmar que «en el teatro toda intención se convierte en acción y toda acción es intencionada». Davis (2012) concluye que a través de las obras de teatro y de la interpretación de los actores es posible comprender el comportamiento humano, en cuanto la función de las neuronas espejo es precisamente "percibir la acción".
Dado lo anterior, se podría establecer que el punto en que convergen teatro, neurociencia y educación es en el concepto de "plasticidad cerebral". Efectivamente, se descubrió que el cerebro es plástico, es decir, que al igual que un músculo tiene la capacidad de crecer y moldearse con su uso y entrenamiento (Falletti, 2010). Este descubrimiento puso en tela de juicio años de preeminencia de la teoría biológica y la
concepción del cerebro como una Tábula Rasa32. La idea de un individuo inalterable,
determinado únicamente por su carga genética fue reemplazada por la comprobación de que el cerebro cambia con las experiencias, las que están vinculadas directamente con el aprendizaje y la adaptación de las personas al entorno y a nuevas situaciones. Según Salas (2003), algunos de los descubrimientos fundamentales a este respecto se podrían resumir en las siguiente afirmaciones: el aprendizaje cambia la estructura física del cerebro; el aprendizaje organiza y reorganiza el cerebro; diferentes partes del cerebro están capacitadas para aprender en tiempos diferentes; el cerebro es un órgano dinámico, moldeado en gran parte por la experiencia; el desarrollo es un proceso activo que obtiene información esencial de la experiencia (Salas, 2003 en Sedano, 2015).
Ahora bien, si se tiene en cuenta que «las neuronas espejo sólo se activan frente a acciones que poseen una intención y un objetivo concreto» (Sofía, 2011) y que en la educación, como en el teatro, todo es pura acción intencionada, dirigida a capturar la atención de un auditorio de acuerdo a propósitos preestablecidos, los
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89 estudios del cerebro tienen todo que ver con el arte de la enseñanza (profesores) y del teatro (actores). Baldwin (2014) señala que «cuanto más enriquecedor sea el ambiente educativo y cuantas más partes del cerebro activemos, más vías neuronales se crearán, las vías existentes se reforzarán y se producirán más cambios en determinadas partes del cerebro asociadas a funciones diferentes». La ventaja del juego dramático, ficticio o imaginado radica entonces en que al hacer teatro el niño: desarrolla inteligencia emocional, se descubre a sí mismo, se desarrolla físicamente, desarrolla un comportamiento social, ensaya la supervivencia, ensaya para afrontar futuros retos, practica el pensamiento flexible, practica el diálogo y la escucha, aprende a aprender.